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Yelidá: una nueva lectura

PLINIO CHAHÍN | Yelidá llega a producir ese asombro que se siente ante una materia muy polémica y a la vez muy concreta que supone un relato ontológico.

Tomás Hernández Franco es un originalísimo escritor dominicano. Con su obra poética sembró el germen de la poesía criolla, ensanchando el cauce de su imaginario. Nació en Tamboril el 29 de abril de 1904, iniciándose en la poesía a los diecisiete años con Rezos bohemios (1921), libro de marcada influencia modernista.

Uno de sus mayores logros poéticos, además de Canciones del litoral alegre (1936), cuyo contexto descubre un ámbito marítimo, es sin lugar a duda Yelidá (1943), poema épico que se desarrolla en Haití, reelaborando el mito que mezcla el vudú con exóticas leyendas escandinavas.

Yelidá es una obra hermética. La nitidez de su lenguaje elude la significación y continuamente la posterga. Sus referentes culturales se transmutan en elaboraciones muy personales. Historia y ficción, tradición e invención, resultan ser una misma cosa. A todo lo cual se suma un deliberado y paradójico juego simbólico.

No es extraño, pues, que su lectura ha suscitado tantas divergencias. Se le han aplicado muchas nomenclaturas: romántica, parnasiana, simbolista, modernista, aún la de surrealista. Y tampoco ha podido escapar de las muy previsibles denominaciones de “preciosista”, “exótica”. Aún los estudios más detenidos que se le han dedicado en los últimos años, ¿no siguen siendo aproximaciones? Sin embargo, algo es cierto: con la perspectiva que da el tiempo, ahora se tiende a situarla en un contexto más amplio y a ver mejor sus influencias. Nos damos cuenta, al menos, de que por su propio lenguaje es una obra que rompe con las pautas lineales y cronológicas que solemos imponer a nuestras mejores obras. O que su visión, vinculada a nuestras circunstancias históricas, va dibujando una vasta trama de la condición humana.

Uno de los rasgos más notorios de este poema, son sus alusiones culturales. Ahora bien, esta obra no es un exempla: no pretende ilustrar el presente por medio del pasado, tampoco ofrecer un mayor conocimiento de éste. En Yelidá se escenifica un acto mágico religioso. No se trata de un sentimiento profano o de una veneración sumisa al pasado. Es otra cosa: la experiencia mística de autoctonía, el sentimiento profundo que se ha emergido del suelo, de que se ha parido por la tierra, de la misma manera que la tierra ha creado, con insaciable fecundidad, rocas, ríos, árboles y flores. Ése es el sentido en que se debe comprender su autoctonía: uno se siente parte “de”, y es una sensación de estructura cósmica, que traspasa cualquier lugar o referencia. La visión del erotismo como actualización de un proceso cósmico y casi un ritual, tiene también en Hernández Franco otro sentido no menos revelador: es un rechazo y una crítica a la historia. Se entiende, como enajenación de la vida concreta, bajo el deseo posesivo del Otro; la vida sacrificada a la abstracción de las “ideas”, del hombre o de la mujer, del deseo del Otro.

En Yelidá el cuerpo es objeto sólo en la medida en que es polo del deseo y de comunión; aun lo que de él puede parecer “desgarramiento” es también “purificación”: una vocación de absoluto, de expiación y de purificación. De nuevo hay que subrayarlo: se trata de un acto en el que la vida y la muerte, la pasión y la destrucción, el cuerpo y el no-cuerpo se reconocen como una totalidad—¿cómo una armonía? Hernández Franco encarnó ese acto en este poema lleno de imágenes “feroces” y hasta “chocantes”.  “Pero Suquiete  amaba… y cambió el amuleto de mamaluá Clarise/por el corazón de una gallina negra”, dice en una parte del poema; prosigue: “Buscaron a Ayidá—Queddó que es el que pone arder la lámpara roja del estupro/la que en el hondo vientre de cueva de bongó mantiene/las cien serpientes locas del dolor y la vida/la que en la noche de Legbá suelta los perros locos del deseo/la que está partida en dos mitades por el sexo infinito”.

El cuerpo como privilegio y reto a un tiempo.  Ni las cristalizaciones encarnizadas del deseo ni las transfiguraciones del alma cristiana, más bien, acá, el instinto á l´ état pure. Por ello esas imágenes chocan: no respetan el decoro social, atentan contra nuestra hipocresía. Pero esa desnudez del instinto quiere decir presencia del ser y del mundo. Este poema es una “consagración del instante”. Una vuelta al frenesí erótico, y su pulsión de muerte. El deseo mutilado ante la posible ausencia del Otro.

En Yelidá se perciben  dos tendencias dominantes: la pasión de amor y  el pensamiento poético especulativo. La realidad y el mito participan del ser en la medida que no es un sentir del cuerpo sino del alma y aún de la mente. “Y el macho y hembra en los cementerios/enciende fuegos verdes sobre el vientre helado de los muertos/y el que está en la garganta  de los perros lejanos/y el del miedo con sus mil pies y su cabeza cortada/…esta quiere ser la historia de Yelidá…”.

A Hernández  Franco  se le ha criticado, según  Manuel Rueda, “el que situara los personajes de su poema en Haití, en esa Fort Liberté en la que Erick, amparado por su esposa negra, toma quinina en grandes tragos de tafiá”. Pues bien: más que una lucha entre dos nacionalidades y ahí su grandeza, Yelida, “es el enfrentamiento de dos mitologías que se activan para recuperar la sangre que les pertenece”, por un lado Damballá – Queddó, Badagris, Legbá y Ogún del voudú, y, por el otro, “los liliputienses infantiles de la nieve (…),  los hiperbóreos duendes del  trineo y del reno”.

Hernández Franco configura un extenso poema, “cargándolo con las misteriosas connotaciones de dos culturas opuestas”, que ilustran el “perenne conflicto emotivo en que viven los pueblos en América en su fusión y entrecruzamiento de razas”.

Dentro de este poema, tan fluido y ambivalente, la obra de Hernández Franco es sin duda una de las más singulares y sigue siendo una de las más complejas. Su obra poética fue muy breve; apenas comprende un centenar de poemas. Yelidá llega a producir ese asombro que se siente ante una materia muy polémica y a la vez muy concreta que supone un relato ontológico. Se trata de un habla que se puede describir de este modo: una voz discurre con libertad y hasta cierta entonación poética, luego siente que está como violando un secreto y, entonces sabe replegarse sobre sí misma, revelando otro ser. | PLINIO CHAHÍN, escritor dominicano, autor de Cabaret místico, 2007.


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