JOSÉ TOBÍAS BEATO | Todos procuran andar encorbatados, llamarse licenciados, hablar de sus propiedades y brillantes perspectivas, mientras que endeudados hasta el tope, engañan a todo el mundo y no pagan a nadie.
Para reconocer la grandeza de otros, hay que atreverse a salir de nuestro caparazón, hay que liberarse de cuanta mezquindad haya en nuestro interior. Todo lo creado por la humanidad tiene su origen en la grandeza de unos cuantos individuos. La categoría de un pueblo viene dada por la relación que establece con esos individuos, por la manera en que los digiere, en que se los apropia.
Los pueblos situados en la cúspide de la historia humana, están o han estado allí porque con sabiduría y modesta actitud, han decidido dejarse guiar por tales individuos. El resto decide ignorarlos y en ocasiones hasta los sacrifica. Así con frecuencia ha procedido Iberoamérica. Y esa es una de las razones que explican su atraso.
En ciertos momentos históricos, la grandeza de un individuo es tal que choca violentamente con su entorno, por lo que su vida termina en trágico fracaso. Sin embargo, sus ideas o su obra, paradoja de paradojas, se imponen precisamente al malograrse su vida. En todos los campos y esferas de la actividad humana nos encontramos con ejemplos: Sócrates en el terreno de la filosofía. Jesús en el religioso y moral. Los humanistas del Renacimiento y siglos siguientes, mártires de la ciencia. Mozart en el de la música. Martí, Moreno, Ghandi en el campo político.
Algunos de estos hombres, sin morir violentamente, son sometidos a muerte lenta mediante el hostigamiento, el aislamiento, la subestimación, la burla implacable: es el caso de Juan Pablo Duarte, de Américo Lugo, y hasta de intelectuales como Pedro Henríquez Ureña, por tan sólo citar unos cuantos ejemplos. Sin embargo, la obra de estos hombres gloriosos, permanece y se agiganta con el paso del tiempo. La grandeza requiere de muchas cualidades: fuerza, utilidad o rendimiento, originalidad, objetividad, universalidad. La lista no es limitativa. Ninguna por sí sola nos da la grandeza, pues ésta es aquello que nos vincula con lo trascendente, invitándonos indefectiblemente a ser mejores.
Una cosa resulta trágicamente cierta: el azaroso destino de la América ibérica se parece al desarrollo de un adolescente que dueño de un potencial inmenso, por dejadez a veces, por arrogancia en otros casos, y en general por atontado y desordenado, se niega a oír consejos que le brindan experimentados maestros, por lo que termina arruinando sus posibilidades. Así ha procedido permanentemente esta América cobriza, al negar a sus mejores hombres toda posibilidad de guiarle hacia el futuro.
La eliminación de los mejores fue un síndrome de la España histórica, diagnosticado por Ortega en la España Invertebrada. También, lo fue en la Roma imperial, pues desde esa época se sabe que el fenómeno está vinculado a la decadencia, cuando no a la degeneración. Muchos otros intelectuales estuvieron de acuerdo con el insigne filósofo y hasta crearon una escuela de historia con el fin terapéutico de curar el mal. Una escuela que hacía de la crítica, una forma del patriotismo. Sin duda alcanzaron la meta, aunque no sin grandísimos dolores. Hoy España forma parte del exclusivo círculo de las naciones desarrolladas, con un rejuvenecimiento que promete nuevas y hermosas primaveras, con fértiles cosechas.
La historia latinoamericana es historia dominada por dictaduras, por el ‘limpiasaquismo’ ante gobernantes de mano dura o simuladores democráticos, ante aspirantes a tiranuelos, así como por la sumisión hacia todo aquel que posea poder o dinero. Es notable el caso degenerativo de la República Dominicana. Desde la dictadura de Trujillo, especialmente en su última etapa, donde eliminar físicamente a todo aquel que tuviera algo que ofrecer en el campo político, intelectual o moral se hizo norma. Balaguer y demás gobiernos siguieron la práctica.
Los enemigos del famoso doctor no solamente caían violentamente en las calles o en sus propias moradas, cuando no eran encarcelados o sencillamente terminaban eliminados de los empleos, como hizo con Francisco Augusto Lora y sus seguidores, cuando éste pretendió que Balaguer honrara su palabra no reeligiéndose nuevamente en el año setenta. Ahora, más modernos y cibernéticos, se practica la invitación “cordial” a abandonar el país, a emigrar, para luego —como deber imperativo, patriótico “remesar” todos los meses—, y así contribuir de manera significativa con la “estabilidad” de la sociedad que se ha dejado atrás.
Poder y dinero han subvertido en tal grado la conciencia pública que casi todos los ciudadanos se prosternan obedientes ante quienes lo detentan o poseen. Sin importar para nada de qué lado esté la verdad, la justicia o la razón. La hipocresía y el deshonor se han hecho hábitos. Sólo hay una consigna: tener dinero, no importa cómo. Por eso la delincuencia, ejercida no precisamente por los pobres para calmar el hambre, sino por un sector preocupado por su ascenso económico- social, sin que le importe mucho el medio usado. Por eso, directivos bancarios asaltan desde dentro sus propias instituciones financieras. Pocos son sancionados por ello, pues son muchos los que esperan ansiosos su borona.
La modestia, el trabajo manual o productivo ha sido declarado pecado mortal, y el pobre es aislado como si tuviese una enfermedad contagiosa peor que el SIDA. Todos procuran andar encorbatados, llamarse licenciados, hablar de sus propiedades y brillantes perspectivas, mientras que endeudados hasta el tope, engañan a todo el mundo y no pagan a nadie. Estos individuos recuerdan a los ciudadanos de la vieja Francia quienes, en el decir de Rabelais, eran como Panurgo quien “tenía cuarenta y tres maneras de ganarse la vida, la más honesta de las cuales era el robo disimulado.”
Llaman grande hombre a aquel que les regala algo, al que tiene posibilidades de recomendarles, al que les permite apropiarse de tierras, fincas, hacer toda clase de truhanerías con las propiedades de terceros….o que les permite que abiertamente dilapiden la riqueza nacional. Y le celebran ruidosamente, con batir de palmas, todas sus canalladas ejercidas arbitrariamente sobre justos y humildes. Porque asumen el comportamiento de aquellos que según el poeta Pushkin “……cazan las ideas, negocian con su voluntad, inclinan ante los ídolos sus cabezas, y piden a gritos dinero y cadenas.”
No hay grandeza en quien nos obliga a la sumisión y al endiosamiento de quien gobierna. No puede haberla en quien prevalido de su poder económico, político o militar coacciona, o nos reduce a la impotencia. Mucho menos puede haberla en quien exime la responsabilidad individual, refugiándose en la fuerza del grupo.
Hombre grande es aquel que logra revelarnos quiénes somos, expoliándonos a llegar hasta lo más profundo de nuestro ser. Es quien nos invita a dar generosamente todo cuanto podemos. Grande es quien nos invita cordial, pero imperativamente, a ser mejores. El hombre grande mira hacia cada ser humano, y con esa mirada lo invita a elevarse por encima de sus circunstancias, mientras él, humilde, renuncia a todo endiosamiento. | JOSÉ TOBÍAS BEATO, dominicano, autor de La mariposa azul, 2002
como siempre deseo saludarle, confirmarle mi amistad y respeto, ademas debo regocigarme que escritores como usted, se dignen en enviarme sus escritos, de forma personal a mi correo electronico, antes lo llamabamos, al correo, donde se nos enviaba una carta, pero bien gracias. con respecto a su articulo debo escribirle que como siempre no tienen desperdicios, pero quiero hacerle una pequena anotacion, cuando usted escribe acerca de que el dominicano es empujado a salir del pais o invitado, para luego mandar la religiosa remesa, yo anbadone mi pais en 2002 y lo hice quizas obligado por las circunstancias, que ese momento eran o son muchas, es cierto soy un fiel enviador, si es correcto la expresion de remesas, pero tengo mi familia en mi pais, usted quizas tiene razon cuando dice nos obligan quizas entre comillas, pero ahora entiendo que hice lo mejor, alla no hay las oportunidades que hay aqui, cuando vuelva alla, espero emplear mi conocimientos, que no son muchos en ayudar los mas necesitados, porque quiero ser feliz y para ser feliz no se necesita vivir con mucho, es vivir con poco, pero lo poco que tu tiene compartilo con los demas, su fiel lector y amigo, jose ny, mi telefono es 646- 228- 0373, llameme, o envieme su telefono me gustaria estar en contacto con usted