René Rodríguez Soriano: “Escribo a puro pulso, casi sin apoyar las yemas de los dedos…”

René Rodríguez Soriano: “Escribo a puro pulso, casi sin apoyar las yemas de los dedos…”

REY ANDÚJAR | “…siempre fui un estudiante medio, con muy bajos índices de atención e interés por la sarta de conocimientos inútiles con los que a diario nos bombardeaban los maestros, la radio y el púlpito”.  

El lugar del desasosiego 

René Rodríguez Soriano (Constanza, 1950) asedia lo literario desde la multiplicidad tanto de géneros como de disciplinas. Su narrativa es inquieta, abierta a la transgresión lírica y a la cultura pop. Su poesía ha madurado hacia un tono casual y melancólico. Las cuestiones intelectuales le han llevado a organizar antologías e investigaciones relevantes a la cuentística dominicana. La crítica internacional estudia sus textos con cuidado. La consistencia de su labor artística se premia regularmente con reconocimientos dentro y fuera de la Academia. 

Pasas de la narrativa a la poesía de una manera sutil. Al observar tus textos podría decirse que ambos géneros se permean constantemente. ¿Te propones el destino de la obra al momento de considerar el proyecto? 

—Escribo, voy sobre el teclado como si nadara o caminara sobre las olas o sobre el prado. Como Picasso, no busco; sólo encuentro. 

Cuando te propones la experimentación recurres bastante al cuento como género y a elementos mediáticos como la prensa, el Hit Parade, el cine. ¿Qué tanto influye tu experiencia en el campo de la publicidad y las relaciones públicas al momento de escribir? 

—Mi niñez, chapoteando entre la yaragua en los fríos días de Constanza, está marcada por la radio, por la música. Recuerdo a mis hermanos desvelados frente a un viejo Siera, siguiendo paso a paso los pormenores de los interminables juegos de Licey y Escogido; a mamá, papá y a mis hermanas, vacilando ante los sones y tonadas de Olga y Tony o Leo Marini. Después vendrían Lucecita, Julio Ángel, Los Clanners como una especie de entremés para acercarnos a los Rolling Stones, Beatles, Dave Clark Five, Petula Clark y Chubby Checker. Todos esos sonidos, sin imágenes todavía, acompañaron mis idas y venidas a la escuela, mis refunfuños de casi amanecida por no ir con mis hermanas a la misa de domingo. Después llegaría el cine, la televisión con su Estelar de Brugal, Teenager Matinee, Teen Time, el Show del Mediodía, la Rondalla Universitaria y Siete días con el pueblo

En un estudio sobre el cuento dominicano planteas una línea directa entre Francia y la narrativa de nuestro país. ¿Cuáles serían los puntos referentes al trazar esta tesis? 

—Llevo dicho por ahí que la historia de la literatura dominicana, casi como la verdadera historia de la infamia, es la historia de la exclusión aposta. Se selecciona para descalificar, ningunear y desterrar a alguien o a unos cuantos. El canon oficial u oficioso está íntimamente apegado a las leyes y coordenadas del estalinismo ambiental; en tiempos de Trujillo, Bosch —por razones obvias— no era cuentista y por lo tal no aparecía en las selecciones de los empleados del régimen. Al finalizar la tiranía —que no el trujillismo, que sigue vivito y coleando todavía—, quizás avalados en las mismas rígidas reglas, la misma gente excluyó autores como Sanz Lajara y Hernández Franco, por su confesa militancia en las huestes del tirano… Por años, se mantuvo desterrado o sepultado El hombre que había perdido su eje, libro escrito y publicado por Tomás Hernández Franco en París en 1925, mucho antes de que Bosch publicara su cuento “La mujer”. Pienso que arrojaría ciertas luces leer con detenimiento “La última aventura de Charlot”, un cuento con todas las de la Ley, casi totalmente desconocido por más de una generación de lectores dominicanos que, la mayoría de las veces —o casi toda— tienen que leer la más reciente antología que no es otra cosa que una antología de la antología que el año anterior antologó los mismos cuentos que había antologado la antología del año anterior y así hasta la segunda que repite y amplifica los mismos vicios y errores de la primera. 

¿Cuáles fueron tus primeras influencias? ¿Cómo te acercaste a la literatura? 

—Las historias que, noche a noche, nos contaba Manuelico alrededor de una fogata de leños y cuaba. Una porción de la cena era el boleto que te permitía ocupar un lugar privilegiado en cabina y volar y soñar por los inimaginados mundos del Sastrecillo valiente, Juan Bobo y Pedro Animal, Pedro el Cruel y el Enano Tun tun. Después, de la mano de mis hermanos mayores, llegó a la casa el libro de lectura de la Colección Sembrador. Más tarde, ya no recuerdo por cuál vía ni cuales oficios apareció Rapunzel, los cuentos de Perrault, los Hermanos Grimm, Verne, Dickens y Calleja… 

Vivíamos en una casa inmensa, aromada por florecidos naranjales siempre llenos de pichones y ruiseñores revoloteando. Ir de un cuarto a otro era un descubrimiento extraordinario, conquistar esos territorios eran fascinantes aventuras para mis hermanas y yo. Fue un día cualquiera, tal vez era jueves y los mayores andaban distraídos en sus afanes; no conservo claros los detalles. Sé que llegué de repente a un lugar con varios tramos atiborrados de esos objetos de papel llenos de láminas… luego de arrancar una que otras imágenes, terminé seducido por aquel descubrimiento. Durante mucho tiempo ese fue mi secreto. Tampoco tengo claro el día en que aprendí a leer, pero de ese día aun conservo el valioso trofeo que papá me trajo de regalo. Desde entonces, perdí la cuenta de las veces que he leído Nuestra señora de París de Víctor Hugo. Sería en la otra casa, por los lados del pley, mientras mis amigos se desollaban las rodillas intentando deslizarse en la segunda base como Mateito Alou, yo me pelaba los dedos por escribir una historia o el poema que jamás me atreví a leerle a la que se sentaba en el tercer pupitre de la segunda fila, casi junto a la puerta, del tercero de bachillerato. 

¿Qué peso ejerce tu condición de errante en tu trabajo? ¿Cuál es tu opinión sobre el recurrente tema de la diáspora? ¿Te consideras diáspora? 

—Escribo a puro pulso, casi sin apoyar las yemas de los dedos sobre el teclado —creo que danzan mis dedos cuando piensan y escriben, no me creas, no estoy seguro… pero puede ser—; escribo, creo que ya lo dije por ahí, con un pulpo haciendo cientos de señales de la cruz y voy de un lado a otro del alfabeto y del diccionario, buscando los tambores, las magnolias y las azucenas en las palabras que casi mueren de aburrimiento y abulia porque casi nadie las usa. Escribo sobre el camino y desde el camino, untándome del guarapo de la yaragua y la hierbabuena; escribo a todo pulmón, como si respirara o boqueara como pez o lagarto. Poco me importan las convenciones de los manuales de estilo o los paquidermos de la censura. 

¿Hablas de la diáspora judía? Desde hace mucho tiempo me radicalicé; soy  cuasi fundamentalista, acérrimo militante de los tigres del Licey y del Partido Comunista del Niño Jesús. 

Tu obra se caracteriza por cierta (inter)independencia editorial. Has publicado gran parte de tu obra con esfuerzos propios y además has sido editor de varias revistas. Me gustaría que hablaras un poco de la situación editorial dominicana desde tus inicios hasta lo actual. 

—Digámoslo de esta forma: como proyecto de autor he sido publicado por proyectos de editoriales o por amigos quienes, al igual que yo, son ampliamente conocidos a escasos metros de su lugar de origen. Tal vez, porque ellos, como yo, se toman muy pocas cosas en serio, entre ellas la seriedad del comercio, los comerciantes y las sacrosantas leyes de la oferta, la demanda y los insufribles modelos del Mass Media. Desde mis días de estudiante de la escuela secundaria vengo bregando con el mundo editorial y he tenido que ver con la edición, publicación y producción de más de un centenar de revistas, periódicos y programas radiales y televisados. 

El negocio editorial dominicano marcha a vela o a vapor, aunque todavía quedan restos de carbón vegetal y mineral. Los escritores dominicanos tienen que arar con bueyes todavía, o utilizan los servicios de un sinnúmero de impresores a quienes les es mucho más rentable imprimir tarjetas de presentación, sobres y papel cabecilla, que embarcase en la empresa de publicar libros para un público que prefiere perder su tiempo oyendo o viendo un centenar de Talk Shows que no tienen otro propósito que no sea entonar un coro bola de humo para que la gente ni se dé cuenta de que, además de desfalcar las urnas y el erario, sus gobernantes y funcionarios les están robando la capacidad de diferenciarse de los otros animales que, también, desde hace rato ni siquiera pasto tienen donde morir de hambre. La literatura, la edición y promoción del libro y del autor dominicano, dentro y fuera de los 48 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional, no es la prioridad de ninguno de los indignatarios dominicanos de todos los tiempos. Mientras más peloteros tengamos, más se nutren la bestia y el circo. 

En tu opinión, ¿a qué se debe que la República Dominicana no haya logrado materializarse en los grandes mercados del libro? 

—Nadie, creo que lo leí algún día en las memorias de David Ogilvy, puede vender unas empanadas que le provoquen retortijones en las tripas. Nadie muestra ni defiende lo que no ama. Te reto a que intentes un sondeo entre un alto porcentaje de profesores de literatura de la República Dominicana. El asunto es sencillo: pedirles que escriban el nombre de cinco escritores dominicanos y que mencionen siquiera una de sus obras. Si no tuvieres éxito en tal empresa, te recomendaría que a ellos mismos, les pidieras que te den los numeritos de por vida de Manuel Mota, Mateo Alou, Julián Javier y Sammy Sosa. Es más puedes preguntarles cuantas veces fueron sometidos —por asunto del cilantrico— el Mayimbe y el Mayimbito. Me cuentas los resultados, por favor. 

Tus más recientes publicaciones han sido libros premiados (novela, poesía) y una antología mínima de tus cuentos. ¿Podrías hablar del proceso en El mal del tiempo y Rumor de pez? ¿Cómo nace la iniciativa de publicar Betún melancolía? 

El mal del tiempo (UCE, 2007) es un texto en el que yo retomo la aventura que había emprendido con Queda la música (Baquiana, 2003). Bregar con una especie de cine mudo en el que, valiéndome de una serie de garabateados cartelitos, trato de armar o configurar una desmadejada historia que aparentemente se cuenta gracias a la ausencia de la historia en sí. Digamos, quizá apoyándonos en lo que ya dijo el desagradable Cela, es una novela porque le dieron un Premio de Novela. Lo mismo podría decirte de Rumor de pez (UCE, 2009), si no le hubieran dado un Premio de Poesía, estoy convencido de que sería una especie de menú o manual para resguardarse de espinas o escamas en cualquier cementerio marino. Casi nunca califico, siempre fui un estudiante medio, con muy bajos índices de atención e interés por la sarta de conocimientos inútiles con los que a diario nos bombardeaban los maestros, la radio y el púlpito. Betún melancolía (Ferilibro, 2008) es otra cosa; justifica lo que ya te llevo dicho: es otro mal negocio de alguno de mis amigos que, al igual que yo, se toma poco en serio la seria seriedad de los que sufren delirio de constipación o de Medalla al Mérito. 

¿Cómo/Cúal es tu relación con la Academia Dominicana? 

—¿La de Las Carreras o la de Hatillo? En realidad, nunca he tenido muy buena relación con los uniformes, con los contables. Me aburre el monótono tableteo de las botas sobre la talvia, prefiero caminar descalzo sobre el pasto y desear, con todas las fuerzas de mis vísceras, que ciertas sierpes se engullan a sí mismas con todo y cola, no importa si son cadetes del ejército o de la policía. 

¿Qué proyectos tienes en el tintero? 

Leer, caminar por el verde encendido de los matorrales de Kingwood, descubrir arroyitos y esperar que salga tu nuevo libro para disfrutarlo con el mismo placer que me deparó tu Amoricidio.

About the Author

mediaisla