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El escritor, su obra y el lector

MANUEL GARCÍA-VERDECIA | La escritura y la lectura se presuponen, no puede existir la una sin la otra, se complementan. Son un inseparable binomio intelectual. Quien escribe lee su tiempo, quien lee escribe mentalmente su mundo. 

A la pregunta, “¿qué es un escritor?”, normalmente la gente da una respuesta pragmática, “alguien que escribe”. Y sí, grosso modo, no dejan de tener razón, tal generalización excluye matices importantes. Alguna persona más sutil argüirá que se trata de alguien que tiene algo que decir. Lo cual potencialmente haría escritores a todos, pues es prácticamente imposible hallar alguien que no tenga un asunto que decir. Todavía otra persona más cercana al oficio afirmará que es un individuo con el talento y la imaginación necesarios para reflejar la vida por escrito. Cada una de estas respuestas no deja de contener cierto elemento de verdad. Sin embargo, tal y como lo veo, no atinan en el punto esencial. 

Para mí, un escritor es un individuo que desea conocer en profundidad. Alguien que no está conforme con las visiones y versiones ad usum, al que no satisfacen las respuestas y explicaciones recibidas y, por consiguiente, intenta hallar su propia interpretación de los hechos, aquella que se adecua mejor a su percepción y su perspectiva de las cosas. Porque, a fin de cuentas, la única explicación válida es aquella que se atiene a nuestra peculiar concepción de la vida, a nuestro modo de ser en el mundo, pues —a menos que uno pretenda ser un mero compilador de información— se desea conocer para ser. Uno escribe para explicarse algo y, explicándoselo, eventualmente ayuda a otro —el lector— a aclararse. No porque le demos una mejor respuesta, una definitiva o certera, sino porque, con nuestras explicaciones, lo incitamos a formularse sus propias preguntas de otro modo que lo conduzca a más eficaces respuestas. Se escribe para entender. 

En su cariz creativo, escribir es un acto complejamente intelectual. Antes de escribir existe cierto asunto turbiamente inquietante que uno quiere penetrar. Entonces uno debe acercarse y estudiarlo en sus más diversos ángulos, matices y relaciones. Debe verificar cómo se ha asumido y tratado anteriormente, para no llover sobre mojado. Esto es lo que le confiere un peso significativo a la tradición escritural en que uno se adscribe. Es además el elemento que nos permite abordar un asunto ya asumido y encontrarle aristas intocadas. Hay que desmenuzar, ahondar, asociar y perfilar. La escritura es altamente analítica. Sobre todas las cosas uno debe ser honesto, no responder por lo que supuestamente el lector o un receptor en poder desea escuchar o por acogernos a modas o posturas. Lo único que salva cualquier tema es el acercamiento absolutamente personal y honrado, pues siempre la experiencia propia será única. Esto enriquece y otorga novedad a cualquier asunto. 

Así mismo, escribir resulta concomitante con otros procesos intelectuales. Al sopesar un asunto para escribirlo, uno perfila su mirada, aguza su penetración, amplía el ángulo de visión hasta tocar cuantos aspectos puedan entrar en relación con lo enfocado. Se organiza más efectivamente el pensamiento, pues es imprescindible ir cada vez más allá de lo inmediato, visible y conocido. Hay que descubrir los nexos causales así como las consecuencias. Además, el propio hecho de escoger, calibrar y estructurar las palabras para que expongan las respuestas halladas del modo más eficaz, implica una acción sutilmente lógica. Las palabras no sólo dan visibilidad a lo que pensamos, ellas mismas vienen saturadas de significado, son conceptos. De manera que al juzgar cuál vocablo debemos elegir, estamos hallando no sólo una forma más funcional sino un sentido más sugerente. 

Por otra parte, está el componente de belleza implícita que debe comportar la escritura creativa. Se trata de responderse, pero hacerlo bellamente. No es, como suelen pensar los escritores eunucos, añadir ornamentos, escoger palabras supuestamente elegantes o tropos rocambolescos para dar la impresión de hermosura. Es encontrar formas de más alta tensión significativa, de riqueza connotativa, de amplios márgenes de sugerencia. La belleza literaria lo es porque ofrece modos potenciales de significación, mayores horizontes de sentido. Una hermosa frase, si en verdad lo es, constituirá un reto lectivo cada vez que el lector se encuentre con ella. 

Hay un aspecto que se ha blandido una y otra vez respecto al acto de escribir, la soledad en que se halla el escritor. De cierta manera, creo que esto lo han enfatizado tanto los enemigos como los turiferarios del escritor sin considerar los debidos matices. Los primeros lo han hecho para subrayar la supuesta desconexión de los escritores respecto al mundo donde habitan y el cual expresan, aislados en la desdeñosa Torre de Marfil. Los segundos, desde una petulancia esnobista, han querido hallar cierta esencia etérea, excepcionalmente alada, que lleva a los escritores a andar con los pies en el aire. 

Indudablemente que hay un grado de trabajo en solitario. Creo que aquellos autores que honradamente han hablado de la soledad lo han hecho refiriéndose a la imprescindible paz que deben tener para cumplir una labor tan ardua y comprometedora, al deseado distanciamiento para poder hallar la debida perspectiva de análisis, así como a la indelegable responsabilidad de decidir el cómo y el qué se escribe. 

La soledad del escritor es, en todo caso, una soledad acompañada. Si bien resulta imprescindible la atmósfera de sosiego para el trabajo, el respeto a la intimidad y el espacio del creador, el mundo nunca abandona al escritor. No lo hace porque aquél permanece en los asuntos que éste aborda, así como en la memoria que lo anima y acerca. De igual modo, el mundo se vuelve presencia en la tradición literaria donde el escritor se inscribe. Uno no parte de cero en cuanto a técnicas y estilo sino que ha asimilado un universo creativo que se actualiza cada vez que el autor se afana con sus temas, tratando de hallar las mejores maneras de exponerlos. Por último, tal vez el factor más importante, en su herramienta de trabajo, la lengua, el escritor acoge y revive el mundo. La lengua, como ha dicho Carlos Fuentes, es la única propiedad realmente colectiva que ha desarrollado el hombre. El escritor escribe con las mismas palabras que todos usan, si bien incorpora determinados matices específicos. Al hacerlo, no sólo emplea un signo que refiere una realidad determinada sino que reanima toda la historia que la propia palabra acarrea. Las voces agua, pan, mujer, cielo, al ser enunciadas suscitan las miles de experiencias que alguna vez han implicado para determinadas personas y que, de uno u otro modo, llevan a sus espaldas. 

Ese acompañamiento virtual pone en escena a un componente esencial de la santísima trinidad de la creación, el lector. A través del lenguaje y la tradición a que apela el escritor, el lector se hace presente. El ejercicio de leer es el reverso del que cumple el escritor al manejar ciertos códigos y técnicas para explicarse determinados asuntos. El lector no sólo debe compartir la lengua que utiliza el escritor. De igual modo, se presume que debe tener un nivel cercano de intelección, lo cual presupone una familiarización con ciertas maneras de ordenar, estructurar y simbolizar la realidad que el autor extrae de su tradición. De modo que a la sombra de la solitaria labor del escritor está siempre en vela el lector. 

Éste es la parte que redondea el sentido de la obra. En realidad, el escritor no escribe pensando en un lector, tal afirmación es una falacia esgrimida oportunistamente por algunos populistas. Uno tiene una necesidad expresiva que dimana del mundo donde uno vive y lo expone en un orden integral coherente. Lógicamente, en la medida que el autor asume y refleja asuntos que son significativos para los seres que lo rodean con mayor profundidad y certeza, pues estos establecerán mayor empatía con su obra. El lector no sólo completa un sentido sino que le aporta nuevos matices. 

Según la experiencia vital e intelectual así como la sensibilidad del lector, la potencial riqueza de significados de la obra literaria se activa para permitirle ampliar constantemente sus áreas de intelección. Tengo verificado por mi labor profesoral que quince, veinte personas al leer un libro no leen el mismo libro. Hay que fijarse sólo en lo que cada lector subraya en un texto, de qué modo lo señalado apela a sus más personales inquietudes y visiones. Igualmente, un libro leído por una misma persona en distintas fases de su vida, alcanzará inéditas interpretaciones. El libro que leímos en la niñez, leído luego de adulto nos enfrenta al descubrimiento de zonas que antes permanecieron sumergidas en nuestra inocencia. Es por esto que la relectura deviene tan estimulante ejercicio intelectual. No sólo nos muestra lo enjundioso de la obra sino nos revela nuestro propio crecimiento intelectual. 

En cuanto al reflejo de la verdad, dos condiciones son principales en el escritor. Primero debe ser modesto. No puede pretender que él está en posesión de la verdad, pues nadie en particular es propietario de ella. Incluso no sé si hay una verdad. Más bien creo que hay muchas verdades y que cada uno sólo suma fragmentos a la verdad que entre todos construimos. En segundo lugar, debe ser honrado. Expresar con franqueza aquello que él siente y piensa es su porción de verdad. Sólo así los lectores y el tiempo no lo tendrán por charlatán o embustero. Si el escritor alcanza a mostrar en su obra algún elemento de realidad que mueva al lector a ahondar en la compleja verdad para hallar nuevos visos de la misma, ha cumplido su parte. La verdad, las verdades, se construyen entre todos y en el tiempo. Ella nunca es una ni nunca es la misma. 

Respecto a la posteridad, pues uno no deja de ilusionarse con la idea de que lo lean por los siglos de los siglos. Es reconfortante pensar que en el siglo XXIII o XV, alguien se sonreirá, estremecerá o asombrará con una línea escrita por un tal “Manuel García-Verdecia” a principios del XXI, resucitando la línea y,  por ella, al autor, de modo que lo hace su contemporáneo. Sin embargo, establecer qué escritores pasarán el juicio del tiempo, es una tarea veleidosa, cuando no un atrevimiento irresponsable. Las circunstancias cambian y con ellas el sujeto, así que la posteridad es una realidad incalculable. No obstante, considero que si el escritor es honrado, honesto, profundo y trabaja por necesidad de expresar los asuntos esenciales de su tiempo, pervivirá. Es por esto que uno debe ser consciente de qué lo mueve escribir. Si uno lo hace por un indeclinable afán de conocer y afirmar la vida, pues transita el rumbo verdadero, pero si obedece a ganancias materiales, veleidades de farándula u oportunidades y simpatías de los que manipulan los hilos del momento, pues se confundirá en la oscura hojarasca cuando esta decline en su otoño. 

Si de algo sirve mirar al pasado es para usarlo de espejo a posibilidades perspectivas, pues la vida es en esencia una repetición. Cuando uno vuelve la vista hacia los tiempos cumplidos, comprueba que los autores que han sobrevivido, incluso algunos que fueron ignorados en su momento, han persistido por reflejar esas cuestiones vitales para los hombres de su tiempo y, por tanto, de interés para los hombres de todos los tiempos. El que se ocupa de las esencias siempre tendrá vigencia, pero el que se entretiene en las apariencias, que son lo cambiante, una vez éstas desaparecen, desaparece con ellas su relator. 

La escritura y la lectura se presuponen, no puede existir la una sin la otra, se complementan. Son un inseparable binomio intelectual. Quien escribe lee su tiempo, quien lee escribe mentalmente su mundo. Este complejo intelectual resulta enriquecedor pues nos posibilita, en nuestra vida confinada a un determinado tiempo y un espacio, conocer otras vidas, otras historias, otros modos de ser y de percibir el mundo. Gracias a ello, uno dialoga con esos autores, puede ser discípulo y hasta contemporáneo de ellos, estar junto a Sócrates, Shakespeare, Martí. Eso nos provee no solo información sino un vasto sentido de la vida. 

El complejo escritura-lectura ayuda a ser libres pues nos lleva a lo hondo y esencial de la existencia. “Ser cultos para ser libres”, dice Martí. Esta labor intelectual nos enseña a discernir lo necesario de lo eventual, lo sustantivo de lo adjetivo, lo trascendente de lo trivial. O sea nos conduce a aquello que no puede quedar fuera de nuestras vidas. Nos amplía horizontes y perspectivas. Al informarnos y formarnos, nos permite encontrar nuestra propia individualidad y fortalecerla para enfrentar todo cuanto intente disminuirla. Ya no se nos podrá engañar fácilmente, pues tenemos referencia de gente sabia y triunfadora en el tiempo. Y cuando se dice libre se habla de muchas formas de subyugación y sometimiento, a ideas, a costumbres, a modas. En fin, nos ayuda a forjar nuestra verdadera humanidad espiritual y redimida. |  | MANUEL GARCÍA VERDECIA, Holguín, Cuba, profesor, escritor, editor y traductor poeta y ensayista, en 2007 obtuvo el Premio Julián del Casal de la UNEAC en poesía, autor de El día de la cruz, 2008.-


Comments (2)

  • Nuno Cobre

    Brillante. Un honrado y erudito ensayo que intenta acercarnos y explicarnos de manera loable un misterio que probablemente nunca se podrá resolver: la literatura. Por otro lado, desde que uno escribe una palabra abandona irremediablemente el campo de la objetividad cayendo en la dictatorial subjetividad, pero aún así, este ensayo no debe andar muy lejos de la verdad, como quiera que esta se manifieste.

    Nuno Cobre

  • victor

    muy bonito su articulo, gracias por publicarlo, como decia borges, publicamos para dejar de corregir

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