ORLANDO ALCÁNTARA FERNÁNDEZ (ORLY) | Sánchez Féliz ha sabido crear una novela corta de excelsa factura que nos hace reflexionar sobre el sentido transitorio de la vida en su paso inexorable hacia la muerte.
Mientras que en La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi, la muerte figura en primer plano desesperadamente altisonante y ciega, en Los muertos no sueñan, de Rubén Sánchez Féliz, la parca aparece en primera línea desconsoladamente tácita y pérfida. Su omnipresencia en ambas novelas cortas convida a la reflexión meditabunda acerca de los entresijos de su desfachatez más cierta. No lo podemos negar. La muerte es una obscenidad. Todo un descalabro. Un desasosiego que impide dormir en quietud cuando sus tentáculos nos persiguen con su voracidad abismal o su esplendidez paradisíaca. Pues dos opciones nos presenta la impávida muerte: la Gloria Eterna o el Infierno con sus Eternos Tormentos. No hay atajos; no hay otra salida. Gracias a Dios en Jesucristo podemos enfrentarnos a esta realidad certera con ojos lúcidos y placenteros si nos arrepentimos a tiempo y ejercemos a la vez fe en el sacrificio perfecto de nuestro Señor Jesucristo en la Cruz Golgótica del Calvario (ver Marcos 1:15).
En Los muertos no sueñan, el autor se nos muestra ágil e imaginativo mediante un accionar narratológico impecable con técnicas y recursos excelentemente manejados para dotar a la ficción del matiz de realidad que hace de esta novela y todo su andamiaje una pequeña obra maestra de 120 páginas esmeradamente hilvanadas en sendas paralelas de una sola historia exquisitamente unificada.
Mientras que en La muerte de Iván Ilich el grito es estruendosamente sonoro ante la muerte, en Los muertos no sueñan ese mismo grito es silentemente apacible y hasta cierto punto reflexivo sin entrar en disquisiciones escatológicas o teleológicas. Se trata simplemente de “la muerte a secas”, sin explicaciones ni divagaciones, sin aspavientos, asumida de un modo telúrico como es asumido todo el panorama neoyorquino al describir una y otra vez el cielo, los árboles, los animales, la lluvia, el aguacero, los gatos de espeluznante presencia.
Sánchez Féliz ha sabido crear una novela corta de excelsa factura que nos hace reflexionar sobre el sentido transitorio de la vida en su paso inexorable hacia la muerte. Una vida que en el protagonista principal de la narración lo remite implacablemente al recuerdo tormentoso de su niñez desvalida en Santo Domingo. Una vida que en el segundo protagonista de la ficción lo hace transitar por el bajo mundo del narcotráfico y el crimen de la manera más descarada posible con sus desafueros sexuales.
Nueva York, de este modo, sirve como escenario impersonal e impávido, como telón de fondo de una tragedia y un drama apabullantes, dotados de una sordidez desquiciante que lleva a uno al suicidio y al otro al asesinato. Se trata de un Bronx y un Alto Manhattan poblados por latinos que han emigrado tras el Sueño Americano para encontrarse frente a frente con la realidad más cruda ensortijada en pequeñas pesadillas cotidianas en la Gran Urbe. Pérdida de inocencia en la mayoría de los casos. Pérdida del sentido de la existencia en muchas de las historias citadinas. Y de este modo la muerte hace acto de presencia con sus garras omnipresentes que muestran a cada momento sus apetitos insaciables narrados de modo magistral por la pluma de Rubén Sánchez Féliz, para así hacerse merecedor digno del Premio Único del Concurso Letras de Ultramar 2010 (género Novela), del Ministerio de Cultura de la República Dominicana, con el presente texto narrativo tan apasionante en la elipsis de sus sentimientos acallados.
De su lado, el Apóstol Pablo clama en I Corintios 15:55: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” Y la Buena Nueva de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo continúa resonando como un eco profundo, sostenido como estandarte y baluarte, ante el sinsentido de la muerte, ante la sinrazón obscena de la inescrutable parca que con su implacable presencia toma el primer plano en Los muertos no sueñan. Y así notamos la fe farisaica y vacía de Pimpo, el narcotraficante asesino, quien se persigna tres veces en la novela, y la fe ausente de Héctor, el suicida atribulado por los cargos de conciencia, quien rememora sus andanzas de sexo fortuito y absurdo al pasar frente a un convento sin hacerse la señal de la Cruz: Contradicción pertinaz que hace eco en la memoria del lector desprevenido.
Como digo que la novela Los muertos no sueñan es una pequeña obra maestra ahora daré algunas razones adicionales que sustentan esta valoración crítica. En primer lugar, no se puede considerar la presente edición de la novela como definitiva, pues amerita una corrección de estilo más rigurosa que resuelva algunos problemitas, como es el uso incorrecto del subjuntivo. En segundo lugar, el punto clave que dota de maestría a este texto narrativo es el hecho de que proporciona la solución salvífica necesaria e imprescindible en cualquier obra literaria que busque alcanzar el estatus de obra maestra. Esa solución salvífica está implícita en toda la obra de marras y permea todo el discurso narratológico por medio de el empleo estratégico de los siguientes términos y conceptos: Dios, Cristo, pecados y Diablo. En uno de los momentos más cruciales de la novela aparece el nombre “Cristo” como elemento salvífico inferido. La realidad existencial siempre presenta el problema vital entre el Cielo y el Infierno y en este texto fictivo el narrador asume una posición imparcial y sugerente ante los sucesos tumultuosos de la trama. El poder sugestivo de los elementos salvíficos permea toda la novela. En tercer lugar, tenemos las características sobresalientes del uso excelente de las técnicas y los recursos narrativos, la riqueza léxica, la tridimensionalidad de los personajes, la trama perfecta, la agilidad narrativa, la florida imaginería poética, entre otros aspectos que nos hacen valorar como una pequeña obra maestra esta novela. Todo encaja a la perfección y el andamiaje sugestivo de la solución salvífica sobresale con brillantez y lucidez al someter el texto a una acuciosa y ecléctica lectura.
El uso de malas palabras en esta novela no se hace de manera gratuita u ofensiva, sino, por el contrario, como un reflejo de la crudeza social en que viven los personajes. Además del contenido erótico en este texto narrativo tiene un contenido humorístico que le confiere mayor valor a lo narrado. El hecho de que esta novela sea una pequeña obra maestra, en mi humilde opinión en Cristo Jesús, significa que es una obra de antología que merece un lugar de primacía no sólo en la literatura dominicana o latinoamericana, sino, también, en la literatura universal.
Felicitamos encarecidamente a Rubén Sánchez Feliz y le deseamos futuros éxitos. Gracias a Dios en Jesucristo ha logrado producir una pequeña obra maestra en 120 páginas. Debe sentirse satisfecho por el deber cumplido. Felicidades en Cristo Jesús. ¡Albricias! ¡Enhorabuena, novelista impecable!
Felicito a Ruben por tan tremendo despliegue de arte. Sus estudiantes de la escuela Manhattan Bridges High School son encantados con la interpretacion literaria con la que Ruben lograr captivarlos. Sus colegas anhelan poder interactuar con Ruben para contagiarse con su sabia. Como le llaman nuestros jovenes, Ruben es un monstruso. Felicidades y Adelante!
Mirza Sanchez Medina
Directora