¿Café?… Sí, por favor

¿Café?… Sí, por favor

NIEVES Y MIRO  FUENZALIDA | La articulación entre plantas, fenómenos religiosos y conciencia es enigmática y compleja, para decir lo menos, y lo curioso es que abarca todas las regiones del mundo. ¿No  sería bastante irónico descubrir que, después de todo, el origen de la conciencia no es tanto un problema metafísico, sino metabólico? 

Según la leyenda Sartre escribió las 776 páginas de El ser y la nada en un café. Una de las imágenes más celebradas en la historia de la filosofía es su descripción fenomenológica del garzón del café “Les Deux Magots” en Saint-Germain-Despres, para ejemplificar el concepto de “mala fe”. Por pura curiosidad uno podría preguntarse: ¿Cuántas de las ideas que allí hay deberíamos agradecérselas a la cafeína? No, en serio. La pregunta no es banal. Hay una larga historia de la complicidad entre las casas de café y la creación intelectual. Algunos historiadores, por ejemplo, han mostrado como los espacios sociales en que se acostumbraba a beberlo han estado íntimamente conectados con la construcción de los conceptos de esfera pública, identidad religiosa o nacional, estatus, conveniencia, ceremonia, asociación y subversión entre otros. Incluso han sugerido que el descubrimiento de William Harvey del sistema circulatorio, que inició la medicina moderna se debe, en gran medida, a su adicción al café. 

La gran diferencia entre las casas de café y el bar es que el café estimula el cuerpo mientras mantiene la mente, a diferencia del alcohol que obnubila el pensamiento. Los intelectuales podían tener largas discusiones en esos sitios de reunión, en lugar de borracheras con balbuceos incoherentes. En Europa, muchas de ellas  sirvieron de centros intelectuales y artísticos. Más de un historiador ha argumentado que fue en el “Café Foy” de París en donde Camille Desmoulins planeó el 13 de Julio de 1789 el asalto a la Bastilla. Los cafés “Les Deux Magots” y “Café de Flore” en  Saint- Germain-Des-Pres, desde comienzos del siglo XX,  fueron los lugares de discusión de G. Apollinaire, Andre Bretón, Louis Aragón, G. Bataille y Picasso, entre tantos otros. En la década de los 50 y 60 fueron famosas las cafeterías de San Francisco y New York, especialmente las de Greenwich Village, que atrajeron a activistas políticos y sociales y a la generación de poetas “Beat”, de la que salieron Allen Ginsberg y Bob Dylan.  

Entre muchas otras cosas el café se ha considerado una droga que ayuda a estar despierto, una medicina que previene la fatiga, los disturbios digestivos y otras enfermedades y un estimulante de la fuerza laboral, de la claridad mental y la creatividad. La cafeína se clasifica como alcaloide y hasta el día de hoy, a pesar de ser una de las drogas más estudiadas, no se tiene una completa comprensión de su naturaleza. Su lado  medicinal va unido, como cualquier otro alcaloide, a su lado venenoso que se desarrolló, probablemente, como un mecanismo defensivo para protegerse de las bacterias y hongos. 

En ocasiones ha sido considerado una droga subversiva, no por creer que fuera un intoxicante, sino por el libre pensamiento que se practicaba en las casas de café en donde se bebía. En otras ocasiones fue puesto fuera de la ley por la realeza monárquica preocupada por el impacto que producía en el balance del intercambio comercial. Pero,   raramente ha sido considerado una droga ilícita y, a pesar de que su atracción inicial en Europa fue vista con sospecha, hoy ha conquistado un lugar prominente como droga social en el mundo contemporáneo. ¿A quién no le ayuda a moldear el día? Es lo primero que encontramos en la mañana antes de iniciar las faenas cotidianas y lo volvemos a reencontrar en las conversaciones del mediodía. Esto no significa, sin embargo, que esté libre de contradicciones y que no haya tenido a través del tiempo una relacion inestable con los humanos. Como estimulante y mercancía, el café  fue el producto apropiado para el surgimiento y prosperidad del capitalismo, pero a costa del sufrimiento y sudor de los esclavos de las plantaciones que transformaron al café en una bebida de masas y el beneficio de su exportación ha mantenido la dependencia y el neocolonialismo en los continentes del sur hasta hoy día. Los países productores han permanecido como países rurales con altos índices de analfabetismo y pobreza, en tanto que los países urbanos con una clase de intelectuales consumidores de café introdujeron al mundo a la Edad del Iluminismo.  

Steven Topik, uno de los historiadores del café, dice que hay una variedad de especies, a lo menos nueve, conocidas como café. Pero, fueron sólo Coffea arábica y Coffea canéfora las que conquistaron el siglo XX. Según los conocedores, Coffea arábica tiene su origen en Etiopía en donde era una bebida sagrada usada por los indígenas en las ceremonias en honor al dios Waqa. Las leyendas abundan acerca de su origen y todas ellas enfatizan su capacidad farmacológica para liberar adrenalina. El lugar más citado en su difusión es la secta mística sufi Shadhili, en Yemen, cuyos miembros bebían el café como parte de sus rituales devocionales para producir visiones que garantizaran el acceso a la divinidad. El objetivo inicial de los bebedores de café fue el de trascender el mundo material y encontrar la paz y dicha espiritual, a diferencia del análisis racional individualista que posteriormente encontramos en los consumidores de café. 

En los últimos 500 años, el cultivo, comercialización y consumo de “Coffea arábica” ha jugado un papel importante en la transformación de la economía mundial desde el instante en que, de una rara bebida lujosa e innecesaria, se transforma en el estimulante de la vida diaria. El mejoramiento en la transportación y las técnicas de refinación ayudaron a su popularidad. Mega compañías como Starbucks han expandido su consumo internacionalmente y por primera vez empieza a transformarse en la bebida de la juventud y a integrarse en la cultura informática, en donde el cyber café opera como centro. “Java”, el nombre de uno de los programas de computación más populares, debe su nombre al hecho de que quienes desarrollaron su “code” consumieron litros y litros de café mientras lo  diseñaban. Uno muy bien podría decir que hoy ya no es sólo una mercancía, como tampoco el centro de la protesta y subversión, sino, más bien, un símbolo social. Desde su origen como agente místico y contemplación espiritual, se transforma en signo aristocrático, mercancía colonial, bebida contracultural, beneficio corporativo y, finalmente, en estilo de vida. 

La diferencia del café con los otros intoxicantes es que funciona como estimulante y, en general, su uso no perturba la vida diaria como el alcohol, sino que, por el contrario, ayuda a energizar la vida moderna y, más importante, su circulación sirve bastante bien a la economía mundial y a los actuales beneficiarios de la prosperidad capitalista. En un mundo de rápida y continua actividad, que no respeta el ritmo biológico, el café juega un papel importante en adaptar nuestros cuerpos a las exigencias de la economía global.  Los psicodélicos, en cambio, son drogas malditas para el actual sistema económico y hay que declararles la guerra porque la experiencia que proporcionan, al estar contenida solamente en el ámbito de la propia percepción, no motiva al sujeto a trabajar ni a gastar.  El objeto de la experiencia sicodélica se encuentra en el propio cuerpo, en objetos que ya poseemos o en objetos que se encuentran al alcance de la propia percepción ¿No es esto lo opuesto del consumerismo, de la búsqueda constante de objetos que nunca terminan de satisfacernos? 

Desde el mismo comienzo de la historia humana ha existido el diálogo entre la conciencia y los estimulantes y alucinógenos que se encuentran en las plantas. Callampas, amapolas, ayahuasca, salvia, marihuana o café, según las investigaciones etnologicas, fueron, entre otras hierbas, las  que estuvieron presentes en el origen de la religión y los estados místicos y, tal vez, de la misma conciencia. Terence Mckenna, el sumo sacerdote del movimiento psicodélico, una vez preguntó: Si se niega el diálogo entre la conciencia y las plantas entheogénicas, ¿cómo podríamos explicar, entonces, la existencia de receptores entheogénicos en nuestro cerebro? La articulación entre plantas, fenómenos religiosos y conciencia es enigmática y compleja, para decir lo menos, y lo curioso es que abarca todas las regiones del mundo. ¿No  sería bastante irónico descubrir que, después de todo, el origen de la conciencia no es tanto un problema metafísico, sino metabólico? 

Bueno… ¿Otro café?| NIEVES Y MIRO FUENZALIDA, profesores de filosofía, Ottawa, ON

About the Author