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Rimbaud, Saramago y la aldea cultural

JUAN MANUEL RIVERA NEGRÓN [mediaisla] En 1873, cuando Fidela tenía 21 años y empezaba a mostrar sus grandes dotes ya antes insinuadas, Rimbaud el vidente, de 19, abandonaba para siempre la poesía.

 

Los humildes o esplendorosos monumentos de papel que han de grabar un nombre, haciéndolo resonar por tiempo duradero, pueden comenzar a llegar (en rarísimas ocasiones) en plena pubertad, o pueden venir a insinuarse bien avanzada la primavera o hasta el otoño de la vida de un(a) autor(a).

De la cepa precoz de creadores que la humanidad ha conocido, el modelo por excelencia tiene que ser Jean Arthur Rimbaud. Rimbaud fue un relámpago. Una estrella fugaz que dejó sin embargo un efecto lumínico permanente. Uno abre los ojos al máximo para atrapar su destello y fracasa una y otra vez. Ya Rimbaud no está en ninguna parte pero su gesto de “infante terrible” sigue viviendo en el deslumbramiento de las generaciones que vendrán.

Demonio prodigio, al cumplir los 10 años ya es escritor, y a los 19, cuando muchos no han siquiera comenzado a sacarle punta al lápiz, Rimbaud se da el lujo de enganchar la pluma y largarse a otra aventura. Eso es lo que se llama prisa. Prisa por desaparecer de un planeta de engaños, y prisa por entrar en otra dimensión. A tierna edad, su instinto violento —arrogante y perturbador— le hizo saber que ya había escrito lo que vino a escribir. Lo demás sería, quizás, regodeo o relleno de lo ya sugerido. Con toda precisión, ese alargar más allá de las fronteras del deseo una carrera personal que la voz recóndita daba por concluida era rendirle honor a la carroña que él tanto aborrecía.

Así que, una vez cerrado su ciclo crucial que va de 1871 a 1873, Rimbaud voló la cerca. De aquí en adelante será un nómada. Recorrerá Europa a pie, deambulará por el norte de África, se establecerá por buen tiempo en Abisinia. Se irá a la otredad tercermundista a hacer maldades, a traficar carne humana, armas, café, marfil, oro, centellas, intrigas imperiales pro francesas, íntimas decepciones.

En un recodo breve del camino la prosperidad hubo de tocar a la puerta de Rimbaud el luminoso, ahora convertido en vulgar mercader o (sin pelos en la lengua) en contrabandista. Un descenso en picada, quiero decir: un ascenso material considerable para un joven que había quedado huérfano a los seis años cuando su padre, un capitán del ejército francés, desertó del hogar sin dejar huellas. También Rimbaud habría de escapar de la casa en plena adolescencia. Sería por un tiempo un lumpen sin techo, un trotamundos, antes de hacerse comerciante sedentario. A los treinta y siete años ya ha vivido de sobra, entregando a la tierra o al infierno, su pierna y su espíritu agusanados por la sífilis. Prematura poesía y prematura muerte, pero longeva fama.

El caso del lusitano José Saramago es historia distinta. Es el del escritor de lento madurar que va descubriendo el genio en la botella del bolígrafo a medida que éste se desplaza de forma trabajada y pulida, de un papelito al otro. Desde temprana edad, Saramago hubo de experimentar un ardor especial por la palabra, pero humilde hasta el fondo, tiene la dicha de comprobar que es escritor de valía —de verdad— cuando su propio talento ya desplegado en páginas de sol, se lo revela en una obra de factura acabada.

Dos paradigmas literarios contrastantes: la mariposa de oro y la tortuga de carapacho de bronce; el genio prematuro con longevidad de relámpago y el genio que va fraguándose a cuentagotas, creciendo hacia la entraña, según las exigencias y azares del duro devenir.

Un planeta eclipsado después de sus antiguas hazañas de descubrimientos y conquistas, el Portugal del primer tercio del siglo XX en el que le tocó nacer y crecer a Saramago no era la Francia ilustrada, imperial y bohemia de la segunda mitad del XIX. París era entonces la capital mundial de la cultura occidental, de hondas vibraciones capitalistas a partir de la Ilustración y la Revolución Francesa. Y aunque Rimbaud no era parisino, en torno a esa cabeza de la civilización habría de girar su escritura. Un centro de poder mundial, desde París no era imposible proyectarse siendo un artista de violenta originalidad irreprimible como él. Saramago no disfrutaba de ese feraz espacio vibrante. La provincia portuguesa, y ni siquiera Lisboa, eran nada comparadas con la Ciudad Luz decimonónica. Súmesele a esto el peso de las limitaciones socio-familiares que alimentan el alma pero que tendrían que jugar un papel en la escala de las aspiraciones abiertas al niño José.

Criado entre abuelos semi analfabetos, gente de pan, amorosos campesinos que dormían acurrucados al lado de cerditos o cabras, desde la más tierna edad Saramago tendría que remar duro, desde abajo de la rueda de la fortuna, desde los márgenes del poder internacional, y desde la clandestina lámpara de la oposición política doméstica para triunfar. Militante de izquierdas desde la adolescencia, Saramago fue por muchos años un hombre marcado por su ideario socialista, un creador estigmatizado por la elite que decidía premios y castigos en su tierra natal. Era lo que llamaríamos acá un disidente “carpeteado”, un desafecto, una voz demasiado incómoda como para ser homenajeada de buen grado por el Establecimiento cultural portugués. Pero la voluntad de su talento finalmente sabría imponerse a la dictadura de las mezquinas circunstancias que intentaban reducirlo a la frustración y la derrota. Con contundentes artefactos de papel, como El evangelio según Jesucristo o Ensayo sobre la ceguera, dos novelas como dos universos, Saramago iría escalando la gloria en buena lid, sin venderse a los poderes temporales que lo ninguneaban, ni negociar su alma entregándose a la ramera publicidad que banaliza en lugar de servir de voz de la cultura. Su hora había llegado por fin. Impotentes quedaban las fuerzas tribales que pretendían cercar y aprisionar su resplandor. Imposible era ya negarle la cima de Estocolmo, la gloria del Nobel.

Más cerca de Rimbaud que de Saramago en cuanto a la velocidad con que mostró su genio, Fidela Matheu y Adrián (1852-1927), escribe las páginas que la sobrevivirán en Puerto Rico (y algunas en Cuba) entre los años 1873 y 1876. Esto es, cuando era aún una poeta núbil. Antes y después de aquellas fechas demarcadoras hay poemas y fragmentos de poemas que ameritan atención, pero no períodos sostenidos de inspiración en los que su pluma se muestre con tanto vigor ni con la misma suerte que en aquellas jornadas juveniles. Qué razones tuvo Fidela para este desborde emocional enmarcado en estas fechas emblemáticas será motivo de discusión por largo tiempo. Lo cierto es que aquel período fértil nos ofrece la radiografía literaria de una hermosura de dolorosa estrella, cuya alma a los 18 años ya no cabía en las fronteras de su piel y tenía que darse al mundo en pulsaciones autobiográficas de hondo temblor.

En la foto de portada de su Obra poética inédita (2010) recogida por Haydée de Jesús Colón  y Ernesto Álvarez, Fidela está en su luna llena. En el pícaro resplandor de sus dos piedras de ardoroso azabache, en el carnoso labio mínimo, en esa naricita un tanto respingada, en la esponja o caracol de esa oreja no clausurada a la insinuación del verso o la caricia, no clausurada al jadeo que se derrama para encontrar el nácar de ese cuello… En la ceja abreviada, en el ‘busca-novios’ que cae sobre la frente como un garfio temible, en la melena abierta en dos por esa raya que en lengua portuguesa se conoce como “la vía del piojo”, en esa meditabunda mano que arrima a la mejilla y que nosotros, por fiebre o locura tropical, presumimos ardiente, ¿quién sería incapaz de ver la pasión palpitante de Fidela? Pero, ¿engañan las apariencias? Contemplándola así, ¿quién puede adivinar su faz de sombra, su otra cara oculta, la persistencia de su derrota invicta?

Una mujer de carne y emociones, Fidela ha de chocar con el entorno provinciano (arecibeño) porque Fidela lleva a flor de piel su íntimo ‘cantar de los cantares’. Más que una viuda triste, a los 22 años Fidela se nos aparece como una divorciada apetitosa, una fruta en su almíbar a punto de malograrse en una atmósfera aldeana, beata y conventual, encadenada a convencionalismos y ñoñeces que no cuadran con sus aspiraciones. ¿Cómo romper el cerco? ¿No sería mejor ser una oficiante de un banquete pagano de exquisitos licores y bocados? En la orgia religiosa de sus neuronas veinteañeras, Fidela se sueña música, danza y poesía: madurada manzana de pasión.

Hija de españoles, Fidela es ya otra cosa. No engaña ni se puede engañar. Es una criolla típica recién salida del cascarón genético. A la altura de hoy yo la veo a punto de conquistar la fiesta gestual de cualquier novia de Barrio Obrero o de Caimito, de Palmas Altas, Piletas, Collores, el Sur del Bronx o el Residencial Lloréns.

¿Hay alguna diferencia cardinal entre Rimbaud y Fidela, ambos modelos de precocidad? La hay, abusiva, de aquí a Etiopía. Traigo la comparación entre estos monstruos prematuros no para humillar a la poeta nuestra, sino para dramatizar lo que vengo sosteniendo: la importancia suprema del ambiente o matriz cultural que, en cualquier época y lugar, ayuda a fecundar o a esterilizar una vocación. En 1873, cuando Fidela tenía 21 años y empezaba a mostrar sus grandes dotes ya antes insinuadas, Rimbaud el vidente, de 19, abandonaba para siempre la poesía. Con su énfasis puesto en la simultaneidad intercambiable de los sentidos, dándole al sueño una función decisiva en la factura del arte y hurgando ya en las sombras del inconsciente, Rimbaud vaticinaba los resortes estéticos del surrealismo, la gran revolución vanguardista que se apoderará del mundo 50 años después, y que nos toca aún el tuétano a muchos poetas de hoy.

Mientras el espíritu madrugador del poeta luciferino (Lucifer = el portador de luz)  da visos de haberse bebido a sorbos desesperados la rica tradición poética francesa y, con gesto soberbio, da indicios de querer trascender y transformar aquella tradición, siendo apenas un imberbe, pillada en una aldeíta cultural más estrecha que la que tuvo que paladear Saramago (pues éste contaba con una larga y respetable memoria nacional de prosistas y poetas que iba de Luíz de Camôes a Eça de Queirós, hasta desembocar en la lúcida esquizofrenia del autor de las odas marinas, el gigante Fernando Pessoa), nuestra poeta ‘hace de tripas corazón’ pulsando junto a un puñado de juveniles Quijotes por poner a parir la mula del desierto que los rodea y amenaza con malograrlos. Aparte del talento natural, algo imposible de medir, esa es la diferencia capital entre aquellas dos promesas: ser hombre o mujer, y haber nacido y crecido el uno en —y a distancia de olvido la otra de— los escenarios privilegiados en los que prende en una época dada la fiesta cultural de mayor calado.

¿Es el de Fidela un caso único en el mundo, o su estrella se multiplica en infinidad de artistas y científicos del planeta alejados de la Atenas de turno? Herida de mortal cuidado por el venenoso y gozoso dardo del amor, Fidela se refugia en el único modelo de poesía al que las tribales limitaciones ambientales le permiten conocer (la escuela romántica con asomos neoclásicos) cuando las voces mayores de la lírica francesa saltaban del posromanticismo para andar ya por los rumbos formales más desafiantes del simbolismo y el decadentismo estridentes, gloriosos escarceos formales que vendrían a fundar la modernidad hasta ayer triunfante.

De cierta profundidad autodidacta, Fidela absorberá cuanto llegue a su oído para producir un verso intencionalmente autobiográfico, cargado de sutilezas pero con escaso afán renovador. Es que no había de otra. Es que lo que llega a su sensibilidad despierta no es nunca suficiente como para hacerla sentir el latigazo de la transformación. Ángel caído, su  bálsamo milagroso o tabla de salvación será siempre el recuerdo de su madre y de su hija (María Belén) muertas y —dato sicológico curioso al que habrá que seguirle el rastro en otra ocasión— sin mencionar ni una sola vez al padre. ¿Dónde está papá, niña Fidela?

No teniendo demasiadas opciones materiales y con nulas propuestas estéticas que la reeducaran y lanzaran por nuevos senderos, la poesía de Fidela toma con harta frecuencia la vía de lo anecdótico, siendo tragada en parte su inspiración por el ‘hoyo negro’ de sus inmensas pérdidas emocionales.

Protagónica, una de estas pérdidas es la de un fantasma demasiado insistente: el hombre de su vida, aquel traidor a su corazón con el cual habría de sostener un tenso diálogo imaginario, permanente. Con aquel ser de luz (otro Lucifer inconstante), iniciaría Fidela una torturante y laberíntica relación amorosa nunca culminada en rosado cuento maravilloso. En esta antigua modalidad narrativa, las parejas que se aman terminan juntando a tiempo sus tibios esqueletos e invariablemente son (colorín/colorado) felices para siempre. En la negra tradición romántica que la enmarca y casi la acorrala, los amores de Fidela y el Gran Anónimo será una pasión intensa, conflictiva, devoradora, pero siempre imposible.

Ya sabemos que la precocidad, comprobada, de Fidela no puede competir con la del prodigio instantáneo de Rimbaud en cuanto a laureles póstumos. (Creyéndolo muerto, Paul Verlaine —el “liróforo celeste” bautizado por Rubén, el amigo que por poco lo mata— hará publicar por cuenta propia los manuscritos de uno de los libros del poeta, esfumado al cruzar la adolescencia. Aquella publicación resultaría pieza clave para el encumbramiento de su gloria posterior.) También sabemos que el confinamiento cultural al que el colonialismo español destinó a Puerto Rico hizo imposible que el genio de Fidela fructificara al máximo, madurara y evolucionara, se manifestara grado a grado de forma cumulativa y natural como sucediera con José Saramago en otras tierras. Ni soñar con la fama póstuma del “poeta maldito”, autor de El barco ebrio, Una temporada en el infierno y de Las Iluminaciones, ni en reconocimientos como el Nobel que vendría a coronar la carrera del narrador portugués.

¿No está aún probado? El medioambiente en el que un escritor se cría influye de manera catastrófica o providencial sobre éste. Al sustento de esta tesis he arrimado mi sardina en este ensayo. Sostengo que el ambiente nunca es neutro. Es un actor decisivo en el drama de cualquier ser humano, que inclina y, a veces, determina cierto rumbo. Esa enorme placenta que es el medioambiente puede ser una desgracia o una bendición. En el caso de Rimbaud, el escenario cultural que le sirve de matriz (ambicioso, rebelde, cosmopolita, efervescente) compuesto, sobre todo, por genios de la pintura y la poesía, le fue muy favorable al madrugar de su voz íntima. En el caso de Saramago, como en el de Rubén Darío en Nicaragua (como el de Sor Juana en el virreinato de la Nueva España, o como el de Miguel Hernández en Orihuela, todavía a los doce años hecho un pastor de cabras…), el medio socio-cultural no hubo de prestarse demasiado a sus anhelos de brillar por las letras. Sin embargo, ambos artistas (todos estos artistas) supieron sobreponerse a las duras circunstancias construyéndose un mito personal, una segunda persona poética que les sirviera de estrella.

Pero ser mujer y pobre en un contexto colonial decimonónico es otro cantar. Imposible no ser mucho más de lo que se era: hechura parcial de mezquinas circunstancias. Fidela era parte de una generación sin padres tutelares que ayudaran a encaminarla. Sí. Una generación que no contaba con grandes figuras nacionales de las letras que le sirvieran de faro o de reto parricida. La suya sería una generación que tendría que levantarse casi sola, fabricando ella misma —como soñara Borges— sus propios precursores. Examinemos su minuto exacto.

Los verdaderos “maestros” de Fidela fueron sus propios compañeros de juego, que eran parte de la primera gran camada de boricuas ilustres que vendría a producir la Isla en el momento en que ésta iba dando muestras de madurez como colectividad, pasada su crisis de identidad. Cuando un país va a nacer un tumulto pequeño o ensordecedor lo vaticina: un vivero de tambores, el aire de un bombardino, el trazo de guaraguao de alguna pluma arisca, o un entusiasmo cultural incontenible por más minoritario que éste sea. La culminación de ese proceso de gestación se da siempre en forma de drama político. El alarido de la criatura nueva (en nuestro caso: Lares, 23 de septiembre de 1868), no es sino la confirmación de que esa patria ha comenzado a ser. Ha nacido un lucero.

Los padres precursores de nuestro alumbramiento (Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos), proscrito el primero y fichado y perseguido el segundo por el régimen español, no vivían en la Isla. No podían vivir en la Isla. Con las suelas desgastadas y la levita raída irían nuestros patriotas arrastrando la fatiga de sus huesos por los helados bulevares del exilio en París o New York, sin poder aportar todo lo que anhelaban a la formación de las hornadas de jóvenes creadores que se levantaban e irían a escribir la marcha de la nación recién nacida. Serían padres ausentes. No era fácil. Los verdaderos nacimientos vienen en repetidas ocasiones de un gran dolor, de infinitos sacrificios. Nunca ha sido fácil para ninguna nación sumergida alcanzar la madurez de manera armónica, pacífica o regalada. Nunca ha sido fácil para ningún pueblo ponerse de pie para trazar por cuenta propia su destino. Entonces, esta formidable generación de Adanes que acompaña a Fidela en su momento (Manuel Zeno Gandía, Lola Rodríguez de Tió, José Gautier Benítez, Alejandro Tapia y Rivera, Cayetano Coll y Toste) estaría forzada a abrir brecha a mano pelada, sin otro auxilio que el coraje de su propio talento.

Si no era fácil descollar en aquellas circunstancias, mucho menos lo era ser parte de la vanguardia poética mundial. ¿Con qué milagros? A mediados de siglo XIX Puerto Rico no era sino un presidio militar con un capitán general como alcaide. La mujer en la época no tenía acceso a centros educativos y la censura oficial ponía fuera del alcance de los buenos lectores los aires literarios renovadores que podrían llegar del otro lado de los Pirineos. Marginada entonces por ser mujer y pobre, marginada también por ser habitante de una colonia distante, doblegada, que carecía de una vibrante cultura que le sirviera de palanca y de plataforma de lanzamiento, Fidela tenía que terminar por ser borrada de la Historia después de un período de cierto reconocimiento merecidísimo, pero insular, aldeano y, en ocasiones, mezquino.

Hoy, en pleno siglo XXI, Haydée y Ernesto Álvarez hacen titánicos esfuerzos, no siempre reconocidos por los dueños de nuestro agujereado tinglado cultural, anti-puertorriqueño en tantas instancias, para rescatar del olvido a la más prolífica de nuestras poetas del XIX, a quien la tacañería intelectual, en atorrante complicidad con la ignorancia, ha confinado al silencio. Sepan que esta labor de rescate no ha sido nada cómoda. La voz de los que anuncian el hallazgo logra hacerse oír a veces pero esto es catastrófico. Por fortuna, después del desmantelamiento de Ramey Field en Aguadilla, Roosevelt Road en Ceiba y la Armada USA en Vieques, ya no vivimos como en el XIX: atrapados en un castillo o base militar. Sin embargo, nuestra situación no es muchísimo mejor que la de ayer. Ahora, protegiéndonos de la lluvia de balas, vivimos escondidos detrás de otras rejas, en una sociedad desgarrada y desgobernada por el crimen, una sociedad saqueada en su íntima raíz, en su cultura. ¡Imaginen! Todavía la inmensa mayoría de los poetas maduros del País ignora el nombre y la pasión hacedora de Fidela Matheu, y ni qué decir de la talentosa juventud sin pasado que abre los ojos a la creación en medio de esta feria de cadáveres, corrupción, banalidades, chismografía y difamación en que se ha transformado el entorno que en tiempos de Fidela fuera mojigatería, analfabetismo, miseria y represión.

El modelo económico vigente, sustentado en dos pilares hechos de galletas ex port soda: los cupones de la miseria y el trasiego de la muerte, ha rodado al pavimento. De la recesión económica que comenzó a azotarnos hace una década, hemos pasado para caer en la quiebra material y espiritual. Estamos a punto de tocar fondo, y lo extraño es que muchos compatriotas no dan señales de imaginar siquiera lo que ocurre. Hoy, aunque las buenas maestras y maestros, aves en peligro de extinción, sobreviven todavía en nuestras escuelas, Puerto Rico no cuenta sin embargo con un verdadero Departamento de Educación. Y los partidos políticos con opciones de triunfo, y todo aquel que maneja algún timón privatizado de poder financian de manera indirecta o solapada sus milagros con fajos de billetes ensangrentados, procedentes del reino de la noche. Lo ha evidenciado el periodismo investigativo; lo ha dicho un ex Superintendente de la Policía que tuvo acceso a organigramas del crimen organizado mientras padeció el cargo. No, Puerto Rico no es un narco-estado. No, Puerto Rico no es una narco-república. Puerto Rico es ya hace veinte años una narco-colonia: un puente que sirve para que la industria pesada de la criminalidad que viaja a toda prisa al Norte, donde hay gruesas demandas de artificiales paraísos, le pase por encima.

Justicia pedimos para Fidela Matheu, para la cultura, para el País que ya no sabemos cómo amar lo suficiente para salvarlo… Para salvarlo incluso de nuestro propio amor que es corrosivo, impaciente, feroz, bárbaro, intransigente, anti-bregador e irreprimible. Justicia y solidaridad para con proyectos de rescate como los emprendidos por los editores del hermoso volumen de Poesía inédita de Fidela Matheu y Adrián. Pensemos en el mañana si, a migaja de oro, aún esto es posible. Para que los escritores que nos sobrevivirán (nuestras mejores promesas poéticas, ensayísticas o narrativas) no caigan en el abismo en que cayó Fidela y en el que han caído tantos otros, lo mejor que podemos hacer es hacer. Esto es, hacer volar las fronteras de la aldea que nos hace invisibles al mundo, y pelear con garras de guaraguao o tigre por la creación de un clima cultural exigente y vibrante; pelear por la creación de una fiebre que galvanice a niños y ancianos, mujeres y hombres de sensibilidad: un fervor cultural que arrope a nuestras islas, de Mayagüez a Vieques y Culebra, y de Ciales a New York o a la Luna.

Un siglo de agua o de diamante, un espíritu de superación efervescente, atrevido, desafiante, hay que fundar para que la precocidad de una poeta de trece años, como la que exhibió Fidela Matheu y Adrián un día, no muera ahogada en frustración o hundida en el rezago, sino que tenga su espacio holgado en el cual mostrarse a sus anchas, sin ser menoscabada por prejuicios u obstáculos de ninguna especie. Justicia para la cultura hay que exigir, y justicia para la cultura hay que ofrecer para que ningún artista de la palabra sea proscrito o silenciado ahora o nunca por ser mujer, pobre, negro, mulato, aindiado, achinado, ‘jincho papujo’, rubio platino, lesbiana, guei, o subversivo. Subversivo… Esto es, enemigo jurado del podrido paraíso colonial que nos degrada. | JUAN MANUEL RIVERA NEGRÓN, poeta y ensayista puertorriqueño, autor de: Poemas de la nieve negra (1986), Estética y mitificación en la obra de Ezequiel Martínez Estrada (1987) y de El planeta prohibido (2004).


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