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Mercedes Mota y la trascendencia literaria

JOSÉ ACOSTA [mediaisla] La Editora El Caribe publicó en 1965 su libro «Vida y Pensamiento», que recoge su obra ensayística de 1903 hasta 1915. Con estos antecedentes, me volví a preguntar por el legado literario de Mercedes Mota. ¿Dónde está?

Cuando terminé de leer el primer tomo de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña, el que contiene sus estudios literarios, se quedó grabado en mi mente el nombre de Mercedes Mota. El ensayo comienza con esta descripción: “La más joven de las escritoras dominicanas es una personalidad interesante y sugestiva que asombró desde temprano por la seriedad de su talento y de su vida”.

Como Mercedes Mota nació en 1880, publicado el ensayo en 1904, calculé que la escritora contaba a la sazón con apenas 24 años de edad.

Más adelante, Henríquez Ureña nos dice que Mercedes Mota, graduada de Maestra Normal, consagró su vida a la enseñanza, y continúa señalando que, “mientras tanto (es decir, al tiempo en que era maestra) ha escrito abundantemente para el público”.

¿Y qué había escrito?, me pregunté. Henríquez Ureña lo revela a continuación: “fantasías puramente literarias”.

Eran estas “fantasías puramente literarias”, como las define el gran ensayista dominicano, ¿cuentos, relatos, poemas, novelas o ensayos? Los textos que fueran, me dije, consiguieron despertar el interés de una de las máximas figuras de las letras dominicanas y universales, el mismísimo Henríquez Ureña.

Intrigado, seguí investigando. Supe que Mercedes Mota era de padre chino. José Chez Checo y Mu-kien Adriana Sang, en la obra titulada Historia de la migración china en República Dominicana, nos cuentan lo siguiente: “En 1867, el señor Gregorio Rivas, mocano-vegano, importó un grupo de chinos desde Cuba. Los puso a trabajar en la confección de ladrillos y cal. De este modo construyeron depósitos en Moca, Yuma y Samaná, al menos. Uno de estos chinos fue el padre de Mercedes y Antera Mota, educadoras dominicanas, nacidas en San Francisco de Macorís, pero residentes en Puerto Plata”.

La misma Mercedes Mota, en su autobiografía, describe a su padre así: “De país lejano era mi padre. Y nada sé que pueda arrojar luz sobre mi ancestro paterno a no ser los datos administrados por la boca de mis progenitores. Hijo de gente que ejercía la profesión de comercio en una importante ciudad marítima, víctima de rapto por un buque pirata en ocasión de estar bañándose en el mar, vinieron a parar en tierna edad a playas americanas”.

Ángela Peña, por su parte, escribió una detallada biografía de Mercedes Mota donde la describe como “maestra precoz y brillante escritora”.

“Brillante escritora”, me dije y a seguidas me pregunté: si Mercedes Mota fue una brillante escritora, ¿qué obra de ella quedó en el imaginario dominicano, que texto suyo trascendió? ¿Escribió Mota, por lo menos, un poema como “Una mujer está sola”, como el de Aída Cartagena Portalatín? ¿O un “Mi Pedro”, como el de Salomé Ureña?

Sus publicaciones —nos dice Ángela Peña— y reclamos por los derechos de la mujer le granjearon reconocimientos. Representó a la República en Buffalo y en época tan remota como mediados del siglo pasado disertó en la Sociedad Internacional de Mujeres Feministas leyendo un valiente trabajo dando a conocer la condición cultural de las dominicanas.

Lo que para Mercedes Mota fue la cristalización de un ideal —continúa diciendo Ángela Peña— fue tal vez la causa que la condenó al olvido de sus compatriotas: su ausencia de la Patria, en 1919, en busca de salud moral y física, de más amplios espacios.

Mota recorrió Italia, España, Inglaterra, Alemania, Bélgica, Suiza, pero quedó deslumbrada por el encanto del alma de París donde compartió con el ex presidente Carlos Morales Languasco, entonces embajador dominicano ante varias naciones europeas, Rubén Darío —en extrema decadencia mental, una verdadera ruina humana—, Vargas Vila, Rufino Blanco Fombona, los hermanos García Calderón, Alejandro Sux, y “de los nuestros”, los doctores Betances, Julio Piñeyro, José Dolores Alfonseca, Américo Lugo, Tulio Cestero… La misma Mota nos dice: “La colonia hispanoamericana residente o transeúnte allí por ese tiempo, era en verdad, de gente selecta, brillante. Gente de alta alcurnia intelectual y social. Poetas, novelistas, periodistas, diplomáticos, algunos exilados, víctimas de nuestras corrientes dictaduras”.

Pero también se codeó con gobernantes e intelectuales parisinos.

Los últimos años de su vida discurrieron, después de veintitrés en Nueva York, según ella misma revela: “en cuatro acres de tierra en el estado de Nueva Jersey. Teniendo por fieles compañeros mis libros, mis souvenirs de otros tiempos, circundada de árboles y arbustos que mis manos han plantado, un rústico jardín, lindas flores y perfumes exquisitos. Y así, ni envidiosa ni envidiada, los versos de Fray Luis de León repercuten a mi oído: ‘Qué descansada vida, / la del que huye del mundanal ruido…’, concluía la maestra en las notas que preparó a petición de su alumna María Coiscou.

Mercedes Mota vivió cuarenta y tres años en el extranjero. Fue una escritora de la diáspora. La Editora El Caribe publicó en 1965 su libro Vida y Pensamiento, que recoge su obra ensayística de 1903 hasta 1915. Con estos antecedentes, me volví a preguntar por el legado literario de Mercedes Mota. ¿Dónde está? ¿Qué quedó de él? ¿Adónde fue a parar?

La conclusión es sencilla y hasta parece una perogrullada: Mercedes Mota, descrita en su época como una escritora brillante, no trascendió. No pudo pasar por el tamiz del tiempo. El Tiempo —ese crítico inexorable y misterioso— la aniquiló.

De Mercedes Mota la escritora (no la maestra), ya nadie se acuerda. No sobrevivió en la Historia de la Literatura Dominicana un poema, un verso siquiera, o al menos una de esas “fantasías puramente literarias”, de que hablara el maestro Henríquez Ureña.

Mercedes Mota, sin embargo, tuvo en sus manos todo lo necesario para trascender. Se codeó con lo más granado de la intelectualidad dominicana de su tiempo, viajó, conoció el mundo, tuvo en su padre un enigma genial para articular una buena novela, todo, en fin, le auguraba un brillante porvenir en las letras.

¿Qué sucedió entonces? ¿Por qué no se le dio? ¿Qué le faltó? Mercedes Mota (y esta podría ser una respuesta) no tuvo la capacidad de hacer que al menos una de sus obras perdurara en el imaginario colectivo. Una obra es trascendente cuando puede ser leída en distintas épocas y siempre sigue siendo considerada actual, cuando el lector puede reconocerse en esa lectura, cuando transmite algo significativo e importante. Tal vez, si por casualidad nos encontráramos con unas de estas “fantasías puramente literarias” de Mota, no nos causaría la mínima impresión. “Fue buena para su época, diríamos tal vez, pero para la nuestra resulta anacrónica, vieja”.

Si echamos una mirada honesta a las escritoras dominicanas de la diáspora de esta época, sin duda encontraríamos entre ellas a muchas Mercedes Mota. Escritoras que si bien han escrito (y escriben) obras de calidad, esta calidad como que no nos convence, como que al leerlas sentimos que trillan un terreno requetetrillado. ¿A qué se debe? A que han antepuesto el estrellato, el vedettismo literario, a un oficio que, además de la vivencia, lo único que necesita es soledad, papel y pluma.

Muchas de las Mercedes Mota de nuestra época, en lugar de dedicar tiempo y esfuerzo a la lectura, la investigación y el oficio de escribir; en vez de encerrarse a cal y canto a crear su obra con fe monjil, se entregan al deleite frívolo de las pasarelas literarias, que sólo dejan una fama tan mediocre como efímera.

Creen, estas nuevas Mercedes Mota, que con procurarse entrevistas en los medios de comunicación, sellarán con ello la trascendencia de sus obras. Olvidan que las obras que aún se leen de Kafka y de Pessoa, las que han permanecido y permanecerán por los siglos de los siglos en los anaqueles de las bibliotecas universales, fueron descubiertas en un baúl tras la muerte de estos autores. Todavía hay quien piensa que fue Max Brod quien, al no destruir los manuscritos de Kafka, como éste le pidió en vida, salvó a Kafka del anonimato. No; quien colocó a Kafka en el mapa de la literatura mundial, fueron sus libros. Si la obra de Kafka hubiera sido pobre en términos literarios, hasta el mismo Max Brod habría desaparecido de la faz de la tierra, y hoy nadie lo recordaría.

No vayan a pensar que estoy en contra de la promoción y difusión del libro. No. De lo que estoy en contra es que esto sea el norte de nuestras escritoras de la diáspora, de que se crean que el arte literario es un juego de quítate para ponerme yo.

Viriato Sención, que en paz descanse, una vez me dijo que entre las vacas sagradas de nuestra literatura dominicana hay muchos escritores con nombres inmensos pero con una obra pírrica. Gente que copan los medios, las antologías, las ferias de libros; gente que, como buenos publicistas (porque eso es lo que son al fin y al cabo) se han colocado en la cima del escenario intelectual de nuestra isla, valiéndose de subterfugios y engañifas. Pero cuando nos vamos a sus obras, cuando los leemos, se nos convierten en una bocanada de humo.

Si nuestras escritoras de la diáspora quieren seguir los pasos a estos farsantes, allá ellas. Las que sigan este sendero, las que no hagan un alto en su camino para entregarse por entero a hacer su obra alejadas de los cantos de sirena de las pasarelas, se convertirán, estoy seguro, en otras Mercedes Mota. (Presentado en la Feria del Libro de las Mujeres en NY). | ja, new york, ny joacosta@hotmail.com


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