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Paulina Vinderman, una mujer al borde del camino

MANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] El sujeto poético de la poesía de Paulina Vinderman es, como dice su verso, «una mujer al borde del camino». Camino e imaginación, dos elementos como tierra y agua que dan sustento a su mundo y que pueden ser intercambiables, fundirse en uno.

Tenía que asistir por don del azar a un Festival para hallar su poesía. Son tantos los desatinos de la difusión de nuestros autores que apenas tenemos noticias unos de otros. Los propósitos que mueven por lo común la promoción editorial tienen su pragmática, no desgraciadamente el talento, la necesaria comunión humana ni la imprescindible necesidad de exaltar los valores que podrían salvar al hombre del desastre final. Pero, en fin, por los enigmas con que se abre camino el destino logré conocer la obra de la poetisa argentina Paulina Vinderman.

Esta generosa mujer de ojos como uvas traspasadas por la luz celeste, ha conseguido, en su ya amplio recorrido por el verso, una sólida obra. En ella destacan libros como Los espejos y los puentes (1978), La otra ciudad (1980), La balada de Cordelia (1984), Rojo junio (1988), El muelle (2003), Cónsul, honoraria, antología personal (2003), y Hospital de veteranos (2006). Estos le han cedido las llaves de significativos reconocimientos donde resaltan el Premio Fondo Nacional de las Artes, en 2002 y 2005, el Citta de Cremona, 2006, así como el de la Academia Argentina de Letras, 2004-2006, por toda su obra. Mas, sobre todo le han concedido la serenidad y el rigor del dominio de un oficio privilegiado.

Leo y releo su libro Los gansos salvajes, una hermosa antología que le preparara la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2010. Me hundo en un universo de sutilezas donde experiencia e invención se hermanan para enfrentarnos a los dilemas de la persona que construye su yo en medio del interminable caos contemporáneo. Lo mejor que tienen estos versos es lo escurridizo que resultan. Uno cree haber asido una punta de significación, pero luego asoma otro ápice y eso le da ese favorable encanto de las posibles relecturas. Su poesía toda goza de esa enigmática sustancia representada en el poema «La dama del mediodía»:

«La vida no es más que eso, pienso, | la lucha para no ahuyentar para siempre | a la dama del mediodía.»

¿Aprehensión de lo ignoto? ¿Deslumbramiento ante la belleza fugitiva? ¿Intensa atención para evitar que escape lo verdadero? ¿Delicado acercamiento a lo sustantivo vital? ¿Atención a la enviada de la poesía? ¡Cuántos signos puede contener esa dama que se pasea al mediodía con sombrero de paja! Es esa la riqueza potencial que propone la lectura de sus textos.

Entonces no trataré de explicar lo inexplicable ni reducir lo irreductible. Apenas quiero compartir ciertas intuiciones y deslumbramientos que me llegan al leerla como propuesta de incitación/ invitación a leerla. Tal vez puedan servir de puntos de referencia. Por lo general, sus poemas son textos descriptivos. Describir, en el sentido más acabado, es hacer sentir. Alcanzar a reproducir los elementos que circundan y concretan determinada experiencia. Entonces la poetisa nos presenta una serie de imágenes que dibujan un cuadro donde el sujeto lírico se inserta y el lector-espectador se refleja en él, volviéndose cercano y partícipe.

«Hay algo violento, remoto en el aire, | la primavera desapareció. | Se mezclan cabezas trofeo con pabellones universitarios | pero el mundo parece separar las contemplaciones | y dejarlas caer.

… … …

Nadie hace de conejo en este hueco o el instinto | hace de conejo: | es amargo y perfecto como una almendra amarga | y no deja ni mi miedo ni mi sombra | mientras el auto sigue suavemente | al camión azul.» («Cielos»)

Es así, como esta inefable aventura en medio de una ciudad ajena e indescifrable, que entramos en los asuntos que mueven a la autora. La autora nos enfrenta a situaciones que extienden ramificaciones hacia otras posibles asociaciones de sentido.

Un aspecto llamativo es la preponderancia de una voz en primera persona. La mayoría de sus poemas crecen desde el yo. El sujeto no parece poder dejar de ser actor y padeciente de todo cuanto acontece a su lado. Esta poesía es un constante diálogo del yo con el mundo. Precisamente el encuentro entre el individuo y el ámbito circundante crean el sentido de la existencia. Con el trato y el intercambio esta deviene memoria, nostalgia, pérdida, sueño, en fin, materia de poesía.

«Alguna vez una calle me devuelve al desierto | y cuando oscurece, | las sombras de las bolsas de basura | son instalaciones de museo, que solo puedo ver | cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas | detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que | me vendió la caja mágica y la oportunidad | de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas | en la belleza de su oro.» («El muelle II»)

Toda experiencia queda así atrapada en el recuerdo, como esas mariposas en su oro. He ahí la antesala del poema.

Esta perspectiva desde el yo le confiere a su obra un carácter eminentemente lírico. Sin embargo su subjetividad se explaya de un modo singular, no deja de involucrar lo reflexivo.

«Las ciudades se definen en sus puertos | (o en su carencia), pienso, | en lo inescrutable de los extravíos y la espera. | Me inquieta este antiguo golpe del corazón, | esta mirada directa de cuando era chica, | que partía en dos los secretos de gente muy quieta | en las habitaciones silenciosas del verano. («El muelle III»)

El yo no es únicamente un sujeto que siente y padece. Es un ser que quiere entrar en el mundo, pensarlo y hacer algo al respecto. Expande lo estrictamente lírico, que es contemplativo, a lo participativo.

Ya en la estrofa mencionada aparece una palabra que tiene una especial consistencia en los textos de Paulina, esperar. Esta acción-inacción, oxímoron del hacer-no hacer puede implicar una estrategia para ajustarse al tiempo, un rincón para ocultar temores, un saber que cuece voliciones y esperanzas, en fin, es dilatada su semántica. El vocablo tiene una continua presencia y múltiples connotaciones en sus poemas. Dice:

«No espero nada del verano. | No espero nada del poema.» (Isla Tortuga)

Afirma así la actitud del que acepta los restos y se atiene a las sorpresas del devenir. No es desdén ni desesperanza, solo el simple fluir con lo objetivo. En otro texto dice:

«Nunca vi a nadie echar una carta en ese buzón. | Y yo podría hacer de la espera de ese gesto | la tabla de salvación, podría convertirlo en un destino.» (En el muelle IV)

Aquí la espera es fermento de una posibilidad, colindante con otro componente muy activo de su poesía, la imaginación. Esperar conduce al alcance de lo posible mediante la fe en que ocurrirá porque se desea que suceda.

«Afuera brilla una ciudad que cierra los ojos, | Tal vez sufra más sin embargo… | Pero espera, pacientemente espera.» (Hospital de veteranos 10)

En este caso, la espera es un narcótico contra el dolor. La paciencia es la energía suprema de la espera, puede resultar de la sabiduría o de una voluntad que se sabe entera. Siempre hay algo de afectuoso optimismo en que el tiempo no nos traicione:

«La región espera la lluvia como yo el poema.» (Pisadas sobre el vidrio 8)

No tiene por qué todo cumplirse en desastre. La espera puede desembocar en la fuerza revitalizante de la lluvia o del poema que alaba, consuela y afirma.

«Esperaba al mundo, lo esperaba todo | (un puerto amplio de aguas oscuras y brillantes) | y allí estaban las palabras para darme aire: | noche, duelo, frío.» (Bote negro 8)

El anhelo tiene sus tensiones de premura, pero solo cuando se acompaña de la esperanza más decidida puede convertirse en futuridad promisoria. Así «esperar todo» es desear, esforzarse, intentar lo máximo probable.

Otro elemento léxico de constante aparición es imaginación. No es fortuito que el texto que dedica a la poetisa suicida Sylvia Plath se denomine «La muerte de la imaginación», porque el desespero, el cansancio, la entrega ciega a la anulación pueden partir (y culminar) con el exterminio de esta facultad maravillosa de hacer presente lo potencial.

Dice en otro texto:

«Me subo a la única colina que existe en esta ciudad | –la de la imaginación –» (Dispersión)

La poetisa crea una colina para este pueblo abúlico, para desde allí gritar tratando de alzar la existencia derrumbada. Un punto desde donde ver y ser vista y, sobre todo, ser escuchada en su ansia de avivar lo externo. Porque allí no hay nada que inspire vida:

«Todo es intolerablemente ambiguo, | no hay objetos tesos, resplandeciente, | pero tampoco historias para contar.»

Entonces hay que apelar a esa otra energía que nos sostiene, la que inventamos. Porque más que esa vida íntima, múltiple y ajustada a nuestros deseos que nos creamos no crece nada:

«La única poesía que ilumina es la que arde | y ningún mar será más extenso que mi imaginación.» (Pisadas sobre el vidrio 10)

Y lo que no se tiene se ha de conseguir por su medio:

«Invento el jardín que no tuve y me fotografío | bajo un toldo de cielo.» (Bote negro 9)

Lo repite en otra situación, cuando conocer, saber del otro, para acercarse o para no estar sola puede conducirla a tenerse que crear una historia que conecte y de congruencia a sus actos. Es así con el poema del hombre de la pipa y la voz que hace el poema se pregunta:

«¿Debo averiguar su historia o inventarla?» (En el muelle III)

En definitiva, toda experiencia se vuelve marca en el alma personal porque se transmuta en palabra, código imaginable. Es de allí que puede reconvertirse en experiencia resucitable.

«Debería ser dueña a estas alturas | de la canción que custodia mi mudez aparente: | una canción que habla de bosques y la amargura de lo fingido, | que dice cada palabra | para y tatuarla en la imaginación…» (En el muelle IX)

Entre la espera y la imaginación transcurre la vida. La espera que busca sus mejores signos para ser y la imaginación que colma y potencia el tiempo de la espera. En fin, son modos de cumplir la existencia que no siempre frutece en los actos apetecidos. Así que el sujeto poético se reconoce como una adaptada:

«Me he –me han – convertido en un sabueso | entrenado para la vida…» (Carta)

Porque espera e imaginación no tendrían sentido si no se ansiara, por sobre todo, vivir. De aquí el reconocimiento de esa condición de un ser «entrenado», con las habilidades y las armas necesarias para sostenerse entre los embates de la anulación.

Se impone vivir y en esto aparecen dos nuevas señas, el camino y el viaje. Son estos otros dos elementos persistentes en la obra de este sujeto empeñado en vivir. Todo cuanto se nos abre delante como perspectiva o meta de realización implica un camino que hemos de elegir o, de otro modo, de abrirnos, pero que está ahí, junto a nuestro ser:

«Nada de todo esto se parece al miedo || … || Este vacío se parece al hambre || … || Soy una mujer al borde de un camino.» («Campo quemado»)

Tal se define el sujeto que enuncia estos versos. Dos condiciones la sostienen, el sentirse mujer, con sus múltiples implicaciones y avatares sociales y culturales, y el de estar, no ya en tránsito, sino a la vera de lo transitable. ¿Por qué? Volvemos al acto sin acto que la sume, porque espera. Varias pueden ser sus motivaciones. Así afirma en otro poema:

«El corazón no tiene quien le escriba, | Nadie se atreve a cruzar la noche remando a la intemperie.»  (La muerte de la imaginación)

Tal vez sea un gesto de temor, pero bien puede ser de sabia decisión por preservar lo más codiciado, la existencia. Si no hay quien «le escriba», gesto de cercanía y afecto, ¿por qué lanzarse a lo abierto e ignoto que no solo es riesgoso sino insensato y, más, sin objeto?

Vida es viaje y viaje es camino. Viaje a la experiencia, a lo posible, al conocimiento, a lo otro. Todo depende de un camino que elijamos o forjemos. Pero decididamente hay que emprenderlo. No hay otro modo de cruzar el páramo de la nada que construir un camino (« hacer camino al andar») que en su estela fija la vida.

«Los trenes interceptan los días como un ritual de paso | y el viaje se instala en su vida como destino | (no solo como deseo). | El viaje para correrse de sí misma, el viaje | para encontrarse.» («En el muelle X»)

Tanto para rechazar lo que no se acepta del yo o para hallar lo que de este desconocemos, tenemos que lanzarnos a las arenas de lo insondable. El viaje mismo es el destino, no el término donde se llegue o se pretenda alcanzar, sino el hecho de arriesgarse y andar.

El sujeto que está convencido de esta inminencia del viaje también huye de la soledad. Viajar puede constituir una forma de abolir la soledad. Esta no depende exactamente de estar junto a otros, sino de ser en, con el otro. Por eso la voz poética se define:

«He sido amada (no comprendida), | he sido aquel perro solitario de mi primer poema | que atravesó la calle para ser mi amigo.»  («Hospital de veteranos I»)

La comprensión es la cirugía que extirpa la soledad. Solo en el reflejo de otro necesitado puede hallarse una respuesta, aquí es el perro solitario. Ambos, se tornan solidarios y próximos en el poema. El poema es el territorio donde toda soledad se ilumina de alteridad, se vuelve resistencia que fortalece y acrecienta.

Entonces reaparece la invención:

«Uno puede adueñarse de los sueños de otros  | para no morir, uno puede aceptar la vida como una | representación del deseo.» («Postdata»)

Hasta las vidas ajenas, reales o potenciales, se pasan al territorio de lo propio mediante la imaginación. Nos las apropiamos para disuadir el viento solar de la soledad y el desentendimiento.

La voz poética tiene la experiencia del sufrimiento. Puede identificar lo que saja y hiere. Sin embargo, es el camino la perspectiva de salvación:

 

«Sé predecir la herida, | pero nada puedo hacer salvo escapar.» («Pisadas sobre el vidrio 1»)

 

Evadirse, echarse a un camino para evitar las mordidas de los canes del desdén y el odio.

 

Hay un texto del libro que creo resume este tumulto de posibles señas de un sujeto que busca cumplir su deseo. En el mismo se observa ese convencimiento de un inevitable avance hacia la nada, pero también del conocimiento de que, en el intermedio, en ese lapso entre el principio y la nada, ocurre la vida. Se abre ese camino, lo sostiene la imaginación, se realiza en el poema que, hace tangible, operable, accesible la existencia y pospone la definitiva aniquilación, a pesar de su traición por ser ficticio, pero exacto en la revelación de la verdad última.

«Todo va hacia el invierno | y mi cielo sigue bordado por tu imaginación. | ¿Qué tosco dios puede decirme que levante | mi cabeza y espíe por la cerradura en plena oscuridad?

Escucho al sol hundirse en mi calle, y al viento, | atraído por las raíces dormidas de mi flor.

Soy inexperta otra vez. | Torpe y maravillosamente antigua como | una campesina en plena ensoñación.

Habito un poema descabellado, | sobre una mesa hundida por una tarea fantasmal.| “el poema es traición aún porque es verdad”. («Bote negro 35»)

El sujeto poético de la poesía de Paulina Vinderman es, como dice su verso, «una mujer al borde del camino». Camino e imaginación, dos elementos como tierra y agua que dan sustento a su mundo y que pueden ser intercambiables, fundirse en uno. ¿Qué puede hacer esta mujer ahí a la vera de lo que va o viene? Tal vez esperar su momento, tal vez imaginar qué hay más allá de los confines a ambos lados, tal vez sumar fuerzas para echarse a andar en una u otra dirección, incluso quizá querer convertirse ella misma en camino. Es por ahí por donde todo pasa. Es el camino lo que resulta en destino. La poesía es de algún modo la revelación de la experiencia de su tránsito. Así nos lo sugieren los sutiles y hermosos poemas de esta poetisa argentina que debemos escuchar. | mgv, holguín, cuba manuel.odiseo@gmail.com


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