SOLEDAD ABRIL [mediaisla] La escritura es mi lugar de libertad entonces es mi lugar salvaje y sagrado. Estoy diciendo que me alimento y conjuro al aire que me susurra aguas, tierras y fuegos; lo elemental que me constituye y es materia en mí.
Mucho se puede elogiar de la escritura de Alicia Melo (argentina, 1949), pero nada más cabal que el lugar desde el que escribe: el territorio salvaje.
El virgen en la mirada al mundo, que mira y descubre, que inaugura cada cosa. El lugar de la ancestral sabiduría, la que late en su voz desprejuiciada, suelta, que invita al banquete de los sentimientos primeros.
Porque ese camino no aparece sino mirando hacia adentro, indaguemos juntos en ese “ser salvaje”.
—Alicia, ¿podrías decirnos cuál es tu mayor alimento, aquello que invocás cuando escribís?
—Y…según en qué circunstancias provoco el acto de escritura: siempre es un acto de autoconocimiento, como amar.
Una ama al mismo hombre y aún a otros día a día y hasta con caricias previsibles y siempre es diferente, siempre. Heracliano lo mío, está la imaginación, la magia de suponer, el milagro de cómo será esta vez. Un amar libre y salvaje donde solo hay un ahora, el paisaje —el hombre— es el mismo y sin embargo no lo es. Ni siquiera es pensamiento. Pertenece al orden del Kaos griego. En ese sentido soy preclásica tal como lo define Nietzsche, Heráclito a caballo entre las dos grecias, pero nunca apolínea. Nunca simétrica no me compré jamás el modelo de lo que debo decir, de lo que se debe decir. Ese elemento convocante es Dionisíaco, irreverente, bello.
La escritura es mi lugar de libertad entonces es mi lugar salvaje y sagrado. Estoy diciendo que me alimento y conjuro al aire que me susurra aguas, tierras y fuegos; lo elemental que me constituye y es materia en mí. Hombres, mujeres, chicos, lo que entiendo por belleza. Y claro, el amor, desamor, la vida.
—¿Cuánto hay de cosa sentida y cuánto de cosa sabida en tu obra?
—Mirá, todo lo que escribo lo sé. Por otros, por mí. Y a veces solo lo sé. Es una pregunta muy aguda, pues, si te referís a lo autorreferencial pues sí; siempre acudo a lo vivido o a lo que me han contado o he visto. Uso muchísimo la condensación para no estar tan expuesta, para arrimarme algo al grado “0” de Barthes. No siempre lo logro, pero me hago ilusión de que sí.
—¿Creés que tenés una escritura política?
He contado algunos hechos políticos, hechos donde los enfoqué según mi ideología. Mi conjunto de ideas, Althusser decía algo así como que el ladrillo no construía una casa sino estaba el cemento. El cemento es la ideología, está mas allá de tiempo y espacios, en cambio lo político es más coyuntural, más un aquí y un ahora, aunque sincrónico, en una especie de juego cortazariano se vuelve diacrónico. Cuento la masacre de Trelew, en 1972 en el Sur de nuestro país y fue un hecho político. Es diacrónico, pero por hábito de mi juego, entendido como lúdico, como transformación y cambio y creación constante. Allí se torna sincrónico por ideología el instante cuando el lector lo hace suyo a ese discurso ficcional ya aniquilándolo, ya acordando con lo narrado. Un escritor está más allá de las políticas. Un escritor comprometido, al decir de Cortázar como narrador o poeta no escribe política, se compromete con ideología. Y juega en la tragedia, el drama o el dolor de la miseria, por ejemplo:
Yo amo al Facundo de Domingo F Sarmiento, un escritor impecable, no acuerdo con su ideología de Civilización y Barbarie, no acuerdo cómo divide y encasilla en esa definición a los hombres, pero el Facundo es uno de los mejores libros escritos de Argentina, bellísimo en su decir, y parte se debe a esa ideología que no comparto. Sin embargo es un cemento perfecto para ESE texto. Es un buen escritor y hace este libro maravilloso porque se asienta sobre esa ideología del gaucho bárbaro, analfabeto, incivilizado y el alfabetizado, instruido, amante de la Nueva Inglaterra como civilizado. Lo civilizado como una lectura ordenada, y ahí otra vez lo apolíneo, lo que se debe ser, en oposición a lo caótico, a la injusticia, al hambre, a lo no equitativo, al desorden como respuesta de este lenguaje violento que es lo salvaje y dionisiaco.
—¿Qué lugar ocupa la poesía en tu escritura, en tu lectura, en tu vida?
Te voy a contestar con una frase de Isidoro Blaisten: la poesía va al pie, como en el truco. La poesía es todo. La poesía es la madre de la escritura. Mi vida depende de la poética, y no es una exageración. Miro la vida desde esa poética: cuando me levanto y saludo al día, al sol, a las flores violáceas del jacarandá. Es una poética cuando camino y veo perros al servicio de los hombres, perros salvajes y puros devenidos en guardianes, esclavos modernos al frente de casas enrejadas. Perros escudos para que los maten antes, para que avisen. No normalizar lo que es anormal, eso aviso en mi escritura. Que también es poética. Suelo leer varios libros a la vez, poesía y cuentos casi a diario pues doy Talleres de escritura y es material de mis clases, uno o dos capítulos de alguna novela por semana. Amo la cuentística, me parece un género a mi medida de decir. Pero, es la poética la que subyace en cada uno. Primero va el poema, de ahí viene lo demás. Un poema es mi casa, mi guarida, mi lugar. Un poema me cuida y protege, Allí me desangro o amo o sueño esa eternidad que escribo. Puedo ser críptica o luminosa. Pero me cuida, como síntesis y palabra minima me pone bordes para no romperme en la narrativa.
—¿Cuál es tu refugio cuando no podés escribir? ¿Cómo vivís esos momentos?
Bueno, convengamos que siempre escribo. No tal vez para, escribir escribo cada día porque si no, no soy. De ahí a decirte una escritura aceptable, trabajada, sentida, literaria y no meramente confesional hay un abismo.
Cuando no escribo de forma ficcional no me angustio, sé que mi alma está creando, que lúdicamente juega, da vueltas las cosas, las subvierte como Alicia la de Carroll… sé que estoy acopiando vida, que junto en el río de mis emociones todos los charquitos y las gotas de agua que aparezcan. Un día eso será letras, será legible, lo que hoy son formas oníricas, sueños, fragancia o lágrimas .Y creeme que lo son. Cuando descanso de escribir por meses, en ficción, digo, leo, dibujo poemas en cuadernos, a mano son para mí, son todos míos y disfruto del jardín, observo. Nada de lo que es uno se desaprende. Si una vez escribiste, dentro está la materia, el deseo.
—¿Qué acontecimientos o personas han dejado su marca en vos y por ende, en
tu obra?
Cuando se nace con esta bendición y esta maldición de ser poeta, el susurro de una nueva hoja colorada en líquido ámbar ya me evoca situaciones de discurso narrativo o poético. El parto de mis hijos, el nacimiento de mi nieto, cuando me han dicho mamá por vez primera, el primer y el último hombre que me ha mirado mujer, la muerte de mis padres. El miedo en dictadura. El tajo ante la pérdida de un mundo soñado para habitarlo en felicidad. La desaparición de mis amigos. La dictadura de 1976/1982 que nos convirtió en un pueblo de pañuelos. La absurda, dolorosa guerra de Malvinas.
Días atrás leí a John Berger, dice que el nuestro (XX) es el siglo de las desapariciones. El siglo de los viajes forzados por hambrunas o guerras. Que nunca se viajó tanto en la historia. Que es un siglo en que miles de personas han visto a otras personas muy próximas desaparecer en el horizonte, sin poder evitarlo. Esta situación que cito de Berger, fue enloquecedora en mi país, en el continente.
No ver más a quienes amabas y eran tus pares, tus amores, es amputarte partes irrecuperables. Un exilio símil a la muerte para el que se va y para el que se queda. Eso me marcó mucho, y mi familia, mi escritura me han salvado de tanto horror de pérdidas y si bien poeta se nace, esta circunstancia desgraciada, reafirmó más mi poesía, pues ella es siempre ausencia. Es el objeto ausente el sujeto poético en mis poemas. Ya en mi narrativa, el cuento viene llorado. Sin tanta agüita pero con mismo fuego.
—¿Qué futuro quisieras ver?
Y, quiero ver amorosidad. Delicadezas cotidianas, ya que no puedo cambiar el mundo y sus horrores, al menos hallar ventanas de fuga deleuzianas: crear con el alma, la sangre, el cuerpo. Crear buenos lazos, hijos, amistades, escritura. Crear, crear siempre. Danzar la vida como en la más bella noche de amor. Pintar. Y sentir por quien tengo frente a mí confianza, y no miedo a que me destruya en el cotidiano.
En Los cantos del pequeño paraíso, el Kanginshu, poemas anónimos populares y medievales japoneses, se habla de lo evanescente de la vida y de esta tensión entre resignación y rabia ante el fin de las cosas, se produce el carpe diem romano: es decir la firme voluntad de sonreír y hallar placer en el aquí, el ahora. Un modo de no aceptación de la “mentira” del amor, pero no connotada como en occidente o en la ética. No. Es una concepción del mundo desterrando la apariencia (la mentira) de lo natural como necesidad. Y el modo de salir de la mentira, sería para los orientales medievalistas la “locura”. Me encanta el concepto de “locura “en este libro que prologa María Kodama, dice que se evade (Deleuze) de la seriedad (el deber ser, lo engañoso) a través del placer como forma de hallar libertad y expresarse y actuar libres. Eso sueño para el futuro, ya que estamos condenados a ser libres, dijo Sartre pues busquemos el modo. Eso quiero, sin poder volver, obvio, a ese estado medieval, al menos recordar qué nos es natural, inherente a nuestra alma, a nuestros deseos. Eso sueño. Y escribo. | sa, zárate, buenos aires, argentina soleabril1974@yahoo.com.ar

Excelentes respuestas para muy atinadas preguntas. El juego del decir intelectual con las emociones que escapan. Felicitaciones por este reportaje que da gusto leer.
Preguntas muy agudas propiciando un decir que es torrente de sabiduría
bien sedimentada, palabra hecha cuerpo y pulsión de vida. ¡Felicitaciones! Jorge Ariel Madrazo
Cumplido el cometido del cuestionario.Ha resultado un placer conocer más de la interioridad de Alicia Melo y su literatura, como lo será leer cada una de sus obras.
Exitos multiples en su carrera Ms Sol.