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Dulces uvas

ALICIA MELO [mediaisla] El 13 de noviembre de 2011 se cumplieron siete años del envío del primero de los boletines que dieron origen a mediaisla, con tal motivo solicitamos la colaboración de entrañables amigos. «Dulces uvas» de la argentina Alicia Melo es el tercero de los relatos que compartimos con nuestra gran familia de lectores.

ALICIA MELO BÁSICA

Alicia Melo (Argentina, Buenos Aires, 1949) es docente y escritora. Cursó estudios de Periodismo en Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de Psicología en la Universidad de La Plata. Se desempeñó como periodista, correctora y directora de medios gráficos de la Ciudad de Zárate —provincia de Buenos Aires, donde reside— y de Capital Federal.

Ha disertado sobre temas y tópicos literarios y educativos como Literatura de la Pobreza, Literatura de Género en Latinoamérica, Ser ágrafo en Argentina, Talleres de Escritura: una propuesta subversiva. También ha impartido Seminarios sobre Lenguajes Simbólicos: La imagen y la palabra, Hacia una cultura de la Creación y Literatura de Fronteras: Cómo dejar la extranjería. Fue docente de literatura infantil de la Escuela de Educación Estética de Zárate.

En el año 2009 publicó Mujeres de la calle, en 2010 participó como invitada con textos narrativos a la Nau Ivanwou de Barcelona. Es Asistente Psicopedagógica y Docente de Lengua y Literatura. Desde 1990 hasta la actualidad coordina Talleres de Escritura Creativa y  Talleres de Expresión.

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stá sentado mirando nada. Las olas golpean la arena. El cielo hoy parece más alto y la luna se demora en subir. No hay borde entre cielo y tierra, no hay mayor oscuridad ni mayor silencio en todo el Universo.

El primer día fue casual. Llegó detrás, del lado opuesto al que me llevaron mis pies. Me senté con las piernas cruzadas. Yo, llevaba una tristeza, como a otra conmigo. Apenas reparé que se sentó a unos diez pasos, paralelo a mí.

Me molestó que encendiera un cigarrillo. Me molestó su cabeza fija contemplando el mar. Me molestó su remera blanca que rompía mi paisaje habitual. Me molestó que fuera compañía.

Me paré y me fui. Se paró y se fue, yo hacia el Norte y hacia el Este. Él, al Norte y hacia el Oeste. En las tres cuadras que separan el mar de la casa, no pude no pensar en esa rareza que me provocó. Sin pensamiento alguno. Sensaciones.

Al otro día, no sé de dónde vino, si lo trajo el aire o el agua; sigiloso abrió una cerveza y se sentó, pero acortando distancias. Con minuciosidad lió un cigarrillo, lo prendió enviando mensajes de fuego, pájaros que ardían hasta el cielo, se acostó boca arriba.

Supongo que amaba las estrellas, el mar tañía violento, el mar movía la tierra entera, no era fácil quedar serena entre violencias, oscuridades, y ese hombre que miraba el cielo como si fuera el primer hombre que habitaba el planeta.

Inmóvil. Él y yo. Juntos. Él y yo. Extranjeros uno del otro.

Turbada, inquieta, no podía perdonarlo. Rompía mi gozo de luna y mar, la soledad deliberada —deleite para mí en aquellos tiempos— que estaba triturando. Ahora, yo, sabía que ese desconocido no podía no estar. Comprendí que iría a su encuentro.

Los próximos días se repitieron de idéntica manera.

Tomaba sol por las mañanas, lo busqué acechante y desquiciada. Conocía la redondez de su cabeza, la gruesa forma de su cuello erguido. Conocía sus pies, lo único que miré de cerca: sus dedos fuertes, los huesos de su empeine, su caminar seguro, lento; la exacta medida entre sus hombros anchos. Podría distinguirlo en una manada de hombres. Pero nunca lo vi.

Pensé que tal vez el sol lo encandilara. Si tendría faenas —pensé— de Capitán o buzo. Si las algas y los caballitos de mar serían sus compañeros.

Seguí a ese hombre que me seguía. Aguardaba la media noche. Fui a rastrear el sol en medio de la luna. Fui al encuentro del cosquilleo entre las piernas que presagia delicias. En un ritual de baño lento, acaricié mi piel. Perfumé cada hueco, cada hendidura, cada pliegue para convidar.

Vainilla y azafrán. Debajo de mi nuca aromé con naranjas. Quería hechizarlo. Quise ser frutas y flores. Quise ser musgo, agua y sándalo. Fui llamarada clamando sosiego en su selva.

Está sentado, paralelo a un palmo de mi cadera. Me prende fuego con su silencio y su cercanía. Mi corazón tiene la música de las mareas. Siento su olor. Huelo su cuerpo. Huelo su olor animal sin esencia alguna, su puro olor a macho.

Y por primera vez gira la cabeza, su cara hacia mí. Es un hombre hermoso entre la luz y las sombras de la luna. El mar salpica nuestras huellas. Me da un cigarrillo. ¿Cómo no…? Si ya estoy, como buena hembra que soy, cazando ciega a puro instinto. Danzo alrededor, soy una mariposa turquesa. Soy una perra en celo. Una suave gacela de terciopelo. Vuelve su cabeza al horizonte. Con cada bocanada siento la respiración entrecortada, agitada como la mía. Hasta escucho su corazón desesperado. Mis dedos juegan, los hundo en la arena húmeda, su mano está extendida, quieta, apenas roza mi pollera. Acaricia la tela blanca hasta desangrarla.

No hay nadie en la playa.

No nos hablamos en lenguaje habitual. Este otro código, pleno y salvaje, me desarma. Acostumbrada como estoy a las palabras y sus simulacros, a protegerme con armaduras de teclas o papel; soy un animal desnudo y frágil: como siempre frente a un desconocido, pero esta vez no temo. Desespero deshacerme, fundirme en otro. Hacer despétalos. Ser amor

Tengo hambre de este hombre. Siento vértigo en mi panza humedecida y caliente, miro también la línea que separa el cielo del mar. El gemido de las olas se torna infernal. Es un aquelarre alucinado de deseo.

Saco uvas de mi mochila. Me acuesto, chupo y lamo y saboreo, una a una, jugosas uvas verdes. Se oye mi lengua reventar la pulpa dulce contra mis dientes. Dejo un racimo cerca de su mano. Él recuesta su cabeza sobre mis pies mojados, muerde uvas entre mis dedos que arranca con sus labios.

Siento que vamos a explotar. Anuda un cordón delgado y fuerte a mi tobillo, entonces, acaricio con mi pelo la curva de su empeine. Sus piernas fuertes y moras. Permanecemos así, en silencio, no se sabe qué cuerpo, qué piernas, qué manos. Uno sobre el otro, de vez en vez, mirando las estrellas. Oyendo el mar que nos invita con su ritmo constante, su furia y sus misterios tocando el cielo.

No conozco su voz, la forma en que nombrará al mundo y sin embargo estoy fundida en esta danza de gestos simultáneos. Somos el sol y la luna.

Entonces, recuerdo que me voy. Que debo irme. Que en un rato estaré subiendo al ómnibus. Que es mi último día allí.

Retiro los pies suavemente, como si saliera de su cuerpo que no cabalgué. Salgo como en brumas de la boca no besada. Del sexo que no onduló dentro de mí y que, no obstante, estuvo por las ganas hirvientes. Siento el rumor de las venas de su pie, latiendo.

Es un felino rodando en la arena, despidiéndose sin quitar la boca de mi tobillo, lo único que sostuvo entre sus dientes, la lengua y sus manos.

Ya no mira las estrellas, por primera vez en una semana, se acuesta boca abajo y no me sigue cuando me voy. Pero, persiste en mí, rondando cada instante, es una cicatriz de brasas alrededor de mi tobillo que recuerda el placer y me sacude la vida.

 


Comments (5)

  • pilarpujolspenn

    Cuán sutil esa danza de deseos, y el silencio, cual música de fondo, imprescindible. El suspenso desemboca en un final que supondrá la salvaguarda de la magia del encuentro que fue todo sin serlo.Encantador relato.

  • Silvia Carrera

    Bellísima manera de mostrar el deseo.

  • joge ariel madrazo

    Una escena inquietantemente irreal en su exasperada realidad. Y una escritora honesta con cada palabra, con cada jadeo del texto. Que lo hace llegar paso a paso hasta el fondo: hasta la poesía-pasión. Gracias. Jorge Ariel

  • Carla Bortolussi

    Tus ideas Alicia Melo son pájaros en el aire que danzan multicolores y se muestran para amarse…los pájaros del deseo…¡excelente!, la ambigüedad de lo que no es y es.

  • Zelica Denardi

    Que bello interior se revela en ese mar de deseos,que como todas las cosas de la vida, quedan suspendidas en particulas de sueños apenas cumplidos.

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