Francisco Umbral o la escritura como ilimitada posibilidad creadora

Francisco Umbral o la escritura como ilimitada posibilidad creadora

CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO [mediaisla] La obra umbraliana ha representado para mí una especie de fascinación, un autodescubrimiento feliz, puesto que leyendo a Umbral he descubierto mi paradigma o arquetipo de escritor: ese ser al que leemos con avidez y fervor, con el que no siempre estamos de acuerdo y que nos ha enseñado a contemplar la vida y la literatura a través del filtro estético de sus pupilas, de su mirada cuajada de lecturas

A Eduardo Martínez Rico,  insigne umbraliano

Francisco Umbral nació en Madrid el 11 de mayo de 1932 —y no de 1935, como aseguran las solapas y portadas de sus libros—, de madre soltera y padre desconocido. Estos datos sobre sus progenitores no tendrían relevancia alguna si la presencia de la madre y el desconocimiento del padre no fuesen fundamentales en la obra umbraliana. Fue justo la madre, Ana María, la que introdujo al escritor a la literatura y le inculcó el amor a los libros y a la lectura, actividad que, todavía adolescente, le llevó a leer el ciclo novelesco completo de El Ruedo Ibérico de Ramón del Valle-Inclán, escritor que desde entonces se convertiría en uno de sus paradigmas predilectos. En Valle-Inclán el joven Umbral descubre fascinado la voluntad de estilo, el dandismo, el sesgo autobiográfico de la escritura, la política y la historia como prestigiados temas literarios, y con estas ideas seminales va gestando su deseo de ser algún día escritor y vivir de forma exclusiva en y para la literatura. A este respecto, escribe Umbral en su Diario político y sentimental: “De muy pequeño, fijo ya en la idea de escribir, no me importaban las eternas desgracias de la infancia o del hogar o del colegio: paseaba solitario por un parque, escribiendo mentalmente algo que me parecía bueno, un poema, una greguería, un arranque de novela o cuento, y sentía cómo me iba llenando de una seguridad, un optimismo, una euforia plena y total” (p. 162).

Este sentimiento se fue rápidamente consolidando en su juventud, durante los años de aprendizaje periodístico en Valladolid y León, como el propio autor reconoce en su libro La noche que llegué al Café Gijón: “Yo tenía… la sospecha de vivirlo todo literariamente. O sea, de no vivirlo, lo cual en algún momento fue angustioso, pero luego se tornaría consolador, cuando uno comprende que los males y la necedad del mundo apenas le han tocado, porque uno, en realidad, no ha salido jamás de su claustro literario” (p. 206).

Tras esta primera etapa —que Umbral ha rememorado en el llamado ciclo novelesco de la provincia, conformado, entre otras novelas, por Los males sagrados, Las ninfas, Las ánimas del purgatorio y El hijo de Greta Garbo—, nuestro escritor se traslada a la capital del Reino en busca de la gloria literaria. Sus primeros años madrileños transcurren marcados por las penurias económicas, la incertidumbre y el pluriempleo; entre pensiones oscuras y rancias, revistas de medio pelo y gentes miserables, que Umbral ha evocado de forma magistral en Retrato de un joven malvado y en Trilogía de Madrid, textos que recrean la memoria personal del escritor y la colectiva de la España de los años sesenta. Son los tiempos en los que el nombre de Umbral comienza a multiplicarse en los periódicos y en las revistas culturales, a la par que escribe sus primeros libros de creación y empieza a pergeñar un estilo original e inconfundible, y, lo que es más importante aún, una teoría literaria propia, bien meditada, de una solidez teórica y filosófica poco notada por la crítica, tal vez por hallarse la misma dispersa en numerosos libros y no haber sido sistematizada.

Esta concepción teórica, que le ha servido a Umbral de fundamento creativo, podría resumirse en las siguientes premisas: 1) La literatura (en la que se incluye el periodismo) es asumida como una empresa esencialmente autobiográfica; 2) El temprano rechazo de los géneros literarios, por entender que los mismos son inútiles y artificiosos, cosa que aprende de su maestro César González-Ruano, al que califica de escritor sin género y perpetuo. Siguiendo el ejemplo del maestro, Umbral traspasa y borra todas las fronteras genéricas, creando textos híbridos de difícil clasificación; 3) El estilismo como elemento imprescindible de la escritura; estilismo que el escritor madrileño entiende como fascinación por las palabras, cualidad indispensable, según él, del auténtico escritor. El estilismo de Umbral conduce a una importante revalorización del lirismo como componente irrenunciable de su literatura y de su periodismo, y de forma específica, como rasgo definidor de sus novelas, ya que él ha sido y es, ante todo, un novelista lírico, con expresa voluntad de emular, aunque sea de manera tenue, a sus admirados Marcel Proust y Gabriel Miró. En este sentido, Umbral ha aseverado que sus novelas son novelas fingidas, categoría que toma de Ramón Gómez de la Serna, y que define como textos que “no nacen de una idea novelesca, sino de una idea poética”. Esta particular concepción de la novela ha llevado a Umbral a abandonarla en los últimos años en favor de otros géneros, como admite en su Diario político y sentimental: “Amo los géneros literarios por donde corre el tiempo real, vivo, lozano: memorias, diarios íntimos, crónica periodística. El tiempo de la novela es un tiempo falso, convencional, parado, del que dispone el autor como de un capital, mezquinamente” (p. 11). Es por ello que en la actualidad, el escritor madrileño prefiere usar el término prosa al de novela. 4) Finalmente —es la cuarta premisa—, al lirismo acendrado, de estirpe juanramoniana, se une el empleo de la ironía, el sarcasmo y el argot callejero y popular, en un ejercicio retórico que el propio Umbral ha denominado “la rosa y el látigo”. Esta disposición responde a un explícito deseo de epatar, de sorprender al lector, agarrándolo por las solapas de su conciencia adormecida para plantarlo en una realidad a veces lúgubre, chocante y moralmente hiriente. Buena prueba de este afán por recoger las voces del pueblo y de las clases marginales son los trabajos lexicográficos que el autor ha venido publicando, siendo su Diccionario cheli el más importante hasta el momento.

A pesar de que en la década de los sesenta nuestro escritor desarrolló una labor literaria frenética y variada en Madrid, llegando a publicar unos 15 libros —entre ellos sus inolvidables Memorias de un niño de derechas—, no es hasta la transición y la llegada de la democracia que su nombre y su obra comienzan a traspasar el círculo de las minorías hasta convertirse en un verdadero fenómeno periodístico de masas, en el memorialista más importante del postfranquismo y en un novelista de éxito, aunque esto último no siempre sea reconocido.

En el ya mítico año de 1975, Umbral publica Mortal y rosa, considerada por la crítica su obra maestra; en 1976 gana el prestigioso premio Nadal con su novela Las ninfas y comienza a colaborar en el recién fundado periódico El País, colaboración que perdurará hasta principios de los noventa, cuando abandona el citado diario para entrar en El Mundo, tras un breve periodo en Diario 16 y en el ABC; entre 1977 y 1982 da a la estampa varias recopilaciones de artículos como Los ángeles custodios, Diario de un snob y Spleen de Madrid/2, con las que contribuye a fundar el articulismo español contemporáneo, empresa en la que le acompañan escritores de la talla de Manuel Vicent, Fernando Savater, Cándido y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros.

Umbral culmina el siglo XX con el reconocimiento oficial de su valía literaria al serle concedido el Premio Cervantes 2000 tras una polémica votación y con el abierto rechazo de algunos sectores intelectuales y sociales de España. (Entre las figuras que expusieron públicamente su desacuerdo y desagrado está Juan Goytisolo en su ya famoso artículo “Vamos a menos” —publicado el 10 de enero de 2001 en El País—, en el que recordaba la doblez moral, la desfachatez política y el servilismo intelectual del premiado).

Entrado el nuevo milenio, Umbral publica cuatro libros: Madrid, tribu urbana (2000), en cuya portada aparece subido a una moto disfrazado de dandy desencantado, postmoderno y previejo; Un ser de lejanías (2001), diario íntimo repleto de reflexiones filosóficas y metaliterarias; Los Alucinados (2001), con prólogo del filósofo José Antonio Marina, y finalmente, su biografía celiana titulada Cela: un cadáver exquisito (2002). En estos últimos libros, Umbral se hace más introspectivo, íntimo y profundo; se reconcentra en sí mismo y en su mundo cotidiano, en el que las horas aparecen regimentadas por la escritura, la lectura y el perfume de los libros. Por estas páginas el escritor deja correr sin ataduras su vena filosófica, libre ya de las pasiones y las ansiedades literarias del pasado, dueño absoluto de un estilo propio, perfectamente reconocible y ya solidificado como un monumento hecho de tiempo y  palabras.

Quiero cerrar este artículo con dos citas que sintetizan mi criterio sobre la literatura umbraliana. La primera proviene del prólogo que escribiera José Antonio Marina a Los Alucinados, y reza: “Tengo con Umbral una deuda de gratitud y farmacopea. Sólo releo asiduamente a dos autores —Umbral y Ortega— y por la misma razón: ambos me resultan anfetamínicos y terapéuticos. Uno en la escritura y otro en la teoría reafirman siempre la posibilidad creadora. Todo se puede decir una vez más de una forma brillante. Todo se puede pensar una vez más de un modo sorprendente” (p. 9). La segunda la tomo del discurso que leyera su Majestad Don Juan Carlos I en la ceremonia de entrega del Cervantes 2000 a nuestro escritor, y dice: “Por la extraordinaria riqueza de su escritura, por su condición de gran creador de lenguaje, por la tensa belleza con que nos ha conquistado a través de sus palabra, Francisco Umbral se merece nuestra gratitud. Esperamos, y aún diría que necesitamos, que nos siga enseñando y deleitando. Por muchos años” (p. 5). Hago mías, sin reservas, estas hermosas palabras.

La obra umbraliana ha representado para mí una especie de fascinación, un autodescubrimiento feliz, puesto que leyendo a Umbral he descubierto mi paradigma o arquetipo de escritor: ese ser al que leemos con avidez y fervor, con el que no siempre estamos de acuerdo y que nos ha enseñado a contemplar la vida y la literatura a través del filtro estético de sus pupilas, de su mirada cuajada de lecturas, de saberes, de vivencias… Es, en definitiva, ese escritor cuyo nuevo libro compramos con la impresión de ser los primeros en encontrar el tesoro, en degustar una prosa recién salida de la imprenta; ese escritor, en fin, que parece escribir sólo para nosotros. | cxat, san antonio, tx, cardavin@trinity.edu

Bibliografía

Juan Carlos I, “El mundo está para ser escrito”, El Mundo, 24-IV-2001, p. 5.
Marina, José Antonio, “Prólogo. Manual de instrucciones para leer a Umbral”, en Francisco Umbral, Los Alucinados, Madrid, La Esfera de los Libros, 2001, pp. 9-24.
Umbral, Francisco, Memorias de un niño de derechas, Barcelona, Destino, 1972.
—-, Los males sagrados, Barcelona, Planeta, 1973.
—-, Diario de un snob, Barcelona, Destino, 1973.
—-, Retrato de un joven malvado (Memorias prematuras), Barcelona, Destino, 1973.
—-, Las ninfas, Barcelona, Destino, 1976.
—-, La noche que llegué al Café Gijón, Barcelona, Destino, 1977.
—-, Ramón y las vanguardias, Madrid, Espasa-Calpe, 1978.
—-, Los ángeles custodios, Barcelona, Destino, 1981.
—-, Spleen de Madrid/2, Barcelona, Destino, 1982.
—-, Las ánimas del purgatorio, Barcelona, Grijalbo, 1982.
—-, El hijo de Greta Garbo, Barcelona, Destino, 1982.
—-, Diccionario cheli, Barcelona, Grijalbo, 1983.
—-, Trilogía de Madrid. Memorias, Barcelona, Planeta, 1984.
—-, Diario político y sentimental, Barcelona, Planeta, 1999.
—-, Madrid, tribu urbana, Barcelona, Planeta, 2000.
—-, Un ser de lejanías, Barcelona, Planeta, 2001.
—-, Los Alucinados. Personajes, escritores, monstruos. Una historia diferente de la literatura, Madrid, La Esfera de los Libros, 2001.
—-, Cela: un cadáver exquisito. Vida y obra, Barcelona, Planeta, 2002.

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