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Julia de Burgos y Jimenes Grullón: exilio, amor, la tragedia de ser poeta

JOSÉ T. BEATO [mediaisla] Estas palabras son un modesto homenaje al consagrado maestro que fue Jimenes Grullón y a la excelsa poetisa puertorriqueña, en ocasión de que el próximo 6 de julio es un aniversario más de la muerte de Julia (el 59)

Vivir fuera del lar nativo, el exilio por un entorno cultural o político que lo hace inevitable, es circunstancia que pone siempre a prueba al ser humano que lo sufre. No todo el mundo puede sobrellevarlo, se requiere de un temple de acero; por eso abundan en quienes lo viven suicidios o muertes tempranas, enfermedades que como las relativas al corazón o al cáncer están indirectamente asociadas a padecimientos no solo físicos, sino principalmente morales. Pues son enfermedades vinculadas a viejos arraigos, a temores o amores hacia personas o al pequeño terruño del que un día cualquiera tuvieron que alejarse, acaso para no volverlo a ver jamás.

Sin embargo, y sin desdecir lo primero, en ocasiones es el inicio de prosperidad económica, otras de felicidad personal al encontrarse a la persona exacta que complementa y apoya. En otras es ocasión de encuentro con el verdadero destino. Excepcionalmente, es el incidente que provoca el paso a la inmortalidad. Así le ocurrió al filósofo e historiador Juan Isidro Jimenes Grullón —una de las cumbres del ensayo y de la erudición latinoamericana— al encontrarse fortuitamente con Julia de Burgos, relación que provocó la creación, bajo los embriagadores arrumacos del amor, del poemario Canción de la verdad sencilla, contribución cimera de la boricua al refulgente parnaso del idioma castellano.

Jimenes Grullón le llevaba a Julia unos once años. La conoció cuando ella tenía 24, en la plenitud de su belleza física y creadora, mientras él ya había dado algunos pasos en lo que sería una larga carrera como teórico y luchador social. Ella ni siquiera llegaría a los cuarenta, cayendo víctima en plena calle neoyorkina, de algunos hábitos que tal vez las circunstancias le impusieron, siendo enterrada sin nombre hasta que amigos y admiradores rastrearon su paradero, llevando sus restos mortales a la tierra que la vio nacer y por la que luchó sin descanso, lucha que acaso provocó su temprano encuentro con la muerte.

Jimenes Grullón era descendiente de una familia de la burguesía dominicana, muy bien situada económicamente; había nacido en el año 1903. Inició estudios de derecho, pero su amor por la filosofía hizo que los abandonara. Sin embargo, por presiones familiares fue a estudiar medicina en París, de donde regresó graduado en el año 1930, año de ascenso al poder de Rafael Leónidas Trujillo Molina, que gobernaría férreamente Santo Domingo por casi 31 años.

Nada convencido por los métodos dictatoriales de Trujillo, enemigo temprano del fascismo que veía encarnado en el gobernante dominicano, se unió en 1934 a una conspiración de unos pocos profesionales e intelectuales. Denunciado, fue apresado el 19 de julio de ese año y enviado a la Penitenciaría de Nigua y luego a las celdas solitarias de la Fortaleza Ozama; en ambos sitios fue torturado. La experiencia vivida la expondría en el libro Una Gestapo en América, en el que describió la brutalidad de las prisiones trujillistas.

Jimenes Grullón fue de los pocos intelectuales que desde temprano adversó al feroz dictador. La mayoría de ellos se inclinaron ante él por diversos motivos, es más, lo propiciaron, considerando la dictadura una necesidad para enderezar los caminos del pueblo dominicano. Los profesores universitarios fueron de los más fervientes. En ese mismo año en que el médico se rebeló (1934), una magna asamblea universitaria celebrada a principios de octubre de ese año, acordó concederle a Trujillo el título de doctor honoris causa. Y como tal fue investido el día 18 de octubre (Jesús de Galíndez, La era de Trujillo, pág. 70, ed. L.G. Breve, 1ra. Edición). En lo adelante siempre se le nombraría como “Generalísimo doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria nueva”.

Otro ejemplo: Juan Bosch, quien luego fundaría junto a Jimenes Grullón el que sería con el tiempo el principal partido de masas dominicano, y que conocería ya en Cuba a la poetisa y patriota puertorriqueña, para esos tiempos era un creyente en la misión de Trujillo, pues se expresaba del siguiente modo en un artículo del periódico La Opinión el 11 de octubre de 1935: “Dedicarse a la política es poner la vida, los intereses y la honra sobre una mesa de azar. Pero nacer Jefe es nacer mártir… Mientras sus amigos pueden disfrutar de los placeres que el mundo brinda a todo hombre, él tiene que seguir aquí, con la República a cuesta, sin derecho a agobiarse….”

El asunto es que Jimenes Grullón fue posteriormente indultado por “sus delitos políticos”. Pero como en el año 1937 también fue de los primeros en denunciar internacionalmente la matanza de haitianos realizada por Trujillo en las postrimerías de tal año, una resolución del Congreso lo declaró “traidor” a la Patria, y un poco antes, el decreto del 5 de abril, ya le impedía el regreso al país por sus actividades comunistas, es decir, anti trujillistas, pues para la fecha ciertamente no profesaba tal ideología, que luego abrazaría, ya en sus postreros años. Mas estos son otros asuntos, un tanto espinosos, por lo que prosigamos con el hilo de nuestra narración. Mientras todo eso acontecía, Julia, una atractiva muchacha pobre, miembro de una familia de trece hermanos, graduada de maestra, laboraba en una agencia gubernamental repartiendo desayuno escolar a alumnos de escasos recursos; también contraía matrimonio con el joven Rubén Rodríguez Beauchamps. Era el 1934. Un año más tarde es maestra en el barrio “Naranjito” y se da a conocer como poeta original, de gran fuerza expresiva con el poema “Río Grande de Loíza”.

Partidaria de la independencia de su isla, se hizo seguidora de Pedro Albizu Campos, ese atormentado y controversial hombre creyente radical en la soberanía de Puerto Rico, como antes lo había estado de la de Irlanda y la India. Julia recorrió la isla haciendo recitales, dictando conferencias, como la titulada “La mujer ante el dolor de la Patria”. Tales batallas dejarían huella profunda en su espíritu, pues era una lucha desigual, que provocaba rechazos apasionados. Por lo demás, la servidumbre femenina es cosa de milenios y bien se sabe que la costumbre hace ley.

En 1937 rompió con su esposo. Acaso ayude un poco a entender esta ruptura la lectura de algunos versos de “Yo misma fui mi ruta”:

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
 un intento de vida; un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los  heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos, se me torció el
deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome. 

En esa situación, cuenta Jimenes Grullón en una entrevista que le concedió al suplemento cultural Aquí del periódico La Noticia en el año 1981, daba una serie de conferencias en Puerto Rico, donde estaba exiliado. Julia asistió a ellas, y prontamente simpatizaron. Ella le pidió una cita para darle a conocer sus poemas, su obra. Él la recibió en el “Hotel Roma”, donde estaba alojado. Oyó la declamación de los poemas y ella agradecida por la atención, le obsequió su primer libro, Poema en veinte surcos.

Siguieron citándose, en apariencia solo para tocar temas artísticos o intelectuales, a ratos políticos. Pero la atracción ya era evidente y decidieron vivir el romance. Jimenes Grullón contó entusiasmado cómo vio nacer cada poema de la Canción de la verdad sencilla, la principal obra de Julia:

Él y yo somos uno.
Uno mismo y por siempre en las heridas.
Uno mismo y por siempre en la conciencia.
Uno mismo y por siempre en la alegría.
……………………………….

La forma que se aleja y que fue mía un instante
me ha dejado íntima.
Y me veo claridad ahuyentando la sombra
vaciada en la tierra desde el hombre.

Los familiares de Jimenes Grullón se opusieron a la relación: sabían que Julia era poeta, y buena, pero sospechaban que no era mujer apegada a los valores tradicionales del hogar. Pese a ello, los enamorados prosiguieron su relación por largo tiempo. En Cuba, ella conoció a Juan Marinello y a otros intelectuales de izquierda. En esta isla estudió diversas materias, desde idiomas clásicos —latín y griego— pasando por la biología, antropología, higiene mental y otras.

Finalmente la relación con el intelectual dominicano se deterioró y terminó en 1942. Por esos años, ella vivió entre Cuba y Nueva York. En la gran urbe fue reconocida por sus compatriotas como gran poeta, pero se vio precisada a ejercer diversos oficios para sobrevivir: vendedora de lámparas, costurera, oficinista, y otras. Como dijo Jimenes Grullón sobre la vida de su ex amada en aquellos días: ahí en Nueva York, conoció la soledad profunda. Algunos dicen que le fue diagnosticado un cáncer; es posible. Lo cierto y verdadero fue que entró en depresión. Se hizo alcohólica. Un día fue encontrada sobre una acera. Internada en el hospital de Harlem, murió de pulmonía. No tenía encima nada que la identificara.

Uno de sus poemas —A Julia de Burgos— refiere su lucha, cuyo soporte es la liberación femenina, pero que va más allá de la política. También retrata la doble vida que con frecuencia se ven obligados a llevar buena parte de los artistas e intelectuales, forzados a escribir o crear obras de trascendente humanismo, con frecuencia desafiantes al lado de grandes causas, y al mismo tiempo sumisos u obligados por la cotidianidad que le impone la sobrevivencia, sobrellevando rebajamientos y muchas veces infamias. He aquí parte de este combativo y desgarrador poema:

Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.
Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;
y el más profundo abismo se tiende entre las dos.
Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.
Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.
Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.
Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.
Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos…

Estas palabras son un modesto homenaje al consagrado maestro que fue Jimenes Grullón y a la excelsa poetisa puertorriqueña, en ocasión de que el próximo 6 de julio es un aniversario más de la muerte de Julia (el 59), esto es, de que traspasara las puertas que dan a los empíreos jardines de la inmortalidad, ideal espacio en donde con toda seguridad —dado el afán de justicia de ambos— se encontraron para siempre y donde hallaron finalmente el equilibrio que buscaban y “la verdad del beso de los senderos nuevos” para decirlo con las palabras que ella usó en “Yo misma fui mi ruta”. Loor por siempre a las almas nobles. | jtb, homestead, fl setobe1@yahoo.com       


Comments (3)

  • jose espinal ny

    Hola hermano, como siempre excelente articulo.

  • Miguel A. Arzola-Barirs

    El dolor de perder lo que se ama se hace fuerza ciclónica en la profunda poesía y vida marchita de nuestra insigne poeta nacional Julia de Burgos y de eso sabemos los que la admiramos y lamentamos su trágico final; no obstante es nuestra y trasciende los límites de nuestra Isla.

  • Amanda Rivera

    Buen artículo, buena pluma. Creo vale la pena consignar que Julia libró una intensa batalla política en N.Y., y que fue una de sus preocupaciones principales la unidad hispana. El amor entre Julia y el dominicano Jimenes Grullón, sin duda un gran intelectual, no cuajó finalmente porque él temió dar el paso, prefiriendo no contradecir su medio social, acaso esperanzado de alcanzar algún día la presidencia de su país.

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