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Un río de palabras llenas de luz

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO | Mami decía es uno de esos árboles-río, especie de arcón de palabras y sentencias de las que nadie sale ileso. Un libro simple como el barro, como las cosas elementales que orientaron los primeros pasos, mucho antes del polvo y del camino.

Hoy he bajado de los cerros a refrescarme. Enrique Noriega

Si retorno a junio, entre los pardos yaraguales oreándose al sol, tengo que deshojar a mayo y sus aguaceros (lleno de dalias y lirios), y brillar por mi ausencia en las clases de Historia e inventarme otra historia de rosas sin espinas para ganar otras indulgencias. O desbandarme pueblo abajo en bicicleta, tras el largo y tortuoso camino que salmodiaba la radio. Pero esa historia no se escribe todavía; mora en gastados acetatos y amarillentas instantáneas de aquellos días.

De ahí que no tenga otra excusa para regresar al calendario, al primer día de clases tal vez, al aula con su Carpe Diem grandísimo sobre el ángulo superior derecho del verde pizarrón con bordes rojos, a los Teenagers del ritmo, El Ananké o aquel inolvidableno ha podido ser científicamente comprobada la aparición del hombre sobre la tierra…” Taty apareció en el aula con unas ansias de aprender y de enseñarnos. Desde entonces, supongo, comenzaron a germinar en sus manos las páginas de Mami decía (mediaIsla, 2010), el libro con el que ahora nos sorprende de éste y el otro lado del mar.

Ojo, no se distraigan los sentidos, éste, como libro entrañable —urdido con toda la paciencia y el amor del mundo—, tiene la intención y la sabiduría de aferrarse piel con piel con el lector hasta que se confundan uno y otro, en un encuentro dialógico que, en ningún momento, intenta ser de púlpito o de huera cátedra; por el contrario, fluye como una conversación que se deshila al balanceo de arrítmicas mecedoras en las terrazas de junio, casi llegando a julio.

Este libro es como un río, cada página es un tramo que nos lava el polvo y los desaires del camino. En sus cauces nacen y se suceden las palabras como ramas de un árbol que nos puede a todos, y nos nutre y nos da vida. Un libro ante el cual, no tenemos otra opción que arrellanarnos en el tronco hasta saciarnos poro a poro toda la savia que corre y se derrama en flores, frutos y semillas.

Mami decía es uno de esos árboles-río, especie de arcón de palabras y sentencias de las que nadie sale ileso. Un libro simple como el barro, como las cosas elementales que orientaron los primeros pasos, mucho antes del polvo y del camino. Probablemente desde mucho antes de que el libro fuera libro y nos lavara con su magia.

De nuevo: ojo, no magia de la turbia que se ensambla en las tinieblas y rincones. Por el contrario, se trata de la magia con la que nos atrapa y nos induce a nadar en lo profundo de las cristalinas aguas de los sentimientos más puros: el amor, la amistad, el respeto y el cariño que heredamos y que debemos a nuestros semejantes. Más que un homenaje a la abnegada madre, Mami decía es un manual de urbanidad para lidiar en el congestionado tráfico que nos ha tocado vivir.

Nadie como Victoria Altagracia Záiter de Tactuk (Taty para nosotros) para decir, con tanta economía de recursos retóricos y sin lujosas envolturas, verdades tan profundas y tan diáfanas como Pan, Paz y Justicia. Sin lugar a dudas, la fe, la educación y el amor a su familia, a sus amigos y a quienes fuimos sus alumnos, refuerzan en ella esa pasión por enseñar y enseñarnos: hay savia para rato y es prudente aprovechar; abrevar y saciarnos, llenos de luz y gozo.

Este es el libro-río en el que todos, lo recomiendo, deberíamos lavarnos del tedio y el cansancio de estos días sin sol.

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