El multiculturalismo como problema y las coordenadas de la cultura

El multiculturalismo como problema y las coordenadas de la cultura

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla] La diversidad y el multiculturalismo nos han creado. La vieja Europa trata de renovarse no lo podrá hacer sin los otros. Y me es imperioso citar al maestro Claude Levy Strauss: las razas aisladas están condenadas a perecer.

Mario Vargas Llosa como cronista de la actualidad pone frente a nuestra atención un problema esencialmente europeo: el multiculturalismo. Una situación que parece nueva, pero no lo es en Europa. Y que en América es fundacional. Con la caída del imperio romano Europa fue asolada por grupos de distintas culturas. Su carácter agrario no permitió el efecto que hoy tiene las múltiples emigraciones hacia el viejo continente. Pero nos sirve para vernos en la historia. Luego de las emigraciones llamadas bárbaras (el concepto de bárbaro cambió mucho su significado desde Herodoto a nuestros días) se constituyeron los estados nacionales. La cultura fue su carta de presentación: lengua, literatura, educación y cultura material perfilaron a los estados nacionales. Las burguesías —con Napoleón a la cabeza— internacionalizaron sus acciones liberales a la vez que fortalecían sus fronteras. Hubo y existe una contradicción entre producción nacional y mercantilismo. Que hoy en día ha llegado al extremo de la globalización, en donde la cultura sigue siempre a la zaga.

Europa intenta, luego de la segunda guerra mundial de 1945, eliminar las fronteras, a la vez que coordina sus mercados, impone formas culturales en que los bienes simbólicos son despojados de sus múltiples sentidos para refugiarse en el mercado. La Unión Europea es el caballo de Troya, el Euro es la nave de Aquiles que trata de regresar del viaje del eterno retorno europeo. El multiculturalismo de Eurasia es aceptado, siempre y cuando el mercado haga de él su negocio. En la medida en que sirva al capital. Ejemplo las confederaciones futbolísticas, sin embargo, la gente y su cultura plantean una otredad que pone en jaque las costumbres, la moral…

Esto en nada afecta al capital sino a los pequeños comerciantes arruinados, temerosos de la diversidad. Hacen coros: la cultura toda la convierte en un símbolo binario. La cultura del otro es problemática. El otro no debe acceder a la situación de bienestar creado por el Estado nacional. El de aquí se considera superior y propietario de los referentes culturales válidos y establece una identidad excluyente.

Pero, ¿por qué hay tantos inmigrantes en Europa? ¿Por qué el problema con el nuevo mundo creado? Pocos de los discursos de los pequeños comerciantes arruinados contienen una respuesta a estas preguntas. En primer lugar, porque es el  capital que ha ido creando la situación de diferencias a nivel global. El análisis debe iniciar, a mi manera de ver, con el problema postnacional y el postcolonial. La postnacionalidad hizo que la burguesía alemana e inglesa o francesa intentaran cambiar las fronteras, no porque estuvieran contestes en crear una única nación europea (de ahí el fracaso al intentar redactar una constitución europea), sino extender sus mercados, desestructurar los sistemas legales nacionales para tomar el control de los bienes de los países, sobro todo los de la periferia sur, verbi gratia, los países que fueron comunistas.

No hay mentira más grande que la Unión Europea en la Europa del Este. Un simple recorrido por  Rumanía, por ejemplo, y escuchar los comentarios de los  europeos del Este  bastan para  darse cuenta  que  la Unión es la nueva quimera de la burguesía europea. El euro funciona, los bancos europeos funcionan (o funcionaban hasta hace poco), pero cuando se trata de la gente, cuando los rumanos van a Italia, Holanda, España… los zarandean con los discursos xenófobos. Hasta el extremo de que el descontento contra los inmigrantes, no solo viene de los pequeños burgueses arruinados por la globalización de los caudales bancarios, sino de los obreros afectados por la crisis que hoy son la base del Frente Nacional en Francia.

La Unión Europea no ha hecho mucho por la Europa del Este. Conozco bien a Rumania, la he visitado y recorrido en varias ocasiones y no he visto la acción de la burguesía europeísta a favor de ese país, al que al igual que a muchos otros le vendieron las bondades de la democracia. No han podido levantar sus industrias nacionales y no los acepta como inmigrantes ni como iguales.

Si esto es así para los mismos europeos en el proceso de posnacionalidad, ¿qué se puede esperar que les ocurra a los inmigrantes de otros países, de culturas menos aceptadas comos los árabes y los africanos? Veamos brevemente el asunto. Francia e Italia han necesitado de los emigrantes (no olvido el empleo que les ha dado Alemania a los turcos o el uso de hindúes en Inglaterra…) porque su población ha envejecido y necesitan mantenerse como países en los que funciona un complejo agrícola-industrial-militar y financiero. (Ortega y Gasset diría que Europa ha perdido la vitalidad). Para eso se necesitan emigrantes. No debemos dejar de ver la falta de emigrantes para la atención de ancianos, enfermeros, o para el trabajo en la construcción que ha sido frontal en la economía del ladrillo y las tarjetas de créditos.

Ahora bien, motivados por las necesidades económicas y producto de un traslado la producción del proceso poscolonial, en la que muchos países lograron ciudadanía de las metrópolis, lo cierto es que Europa ha hecho algo para integrar a los inmigrantes, pero no lo suficiente para aceptarlos como iguales. Francia es uno de los países en los que podemos ver con mayor claridad el problema. Los acontecimientos anteriores a la elección —hace unos años— de Nicolás Sarkozy,  su expresión racista de rocailles, basuras, a los inmigrantes de la banlieue (suburbios) franceses, nos dice mucho de cómo el discurso político anti-inmigrante tiene ya una historia y hay sectores de la derecha que lo ha apadrinado.

La Unión Europea ha hablado hace unos años de integración. Y de la necesidad de inmigrantes. Discursos que vienen de los sectores ligados a la planificación. Lo cierto es que los inmigrantes en Londres, París o Madrid se encuentran en la marginalidad y son, igual que en Estados Unidos y peor que en Estados Unidos, ciudadanos de tercera o cuarta categoría. Aclaro que es en Estados Unidos donde la ciudadanía no está basada directamente en prejuicios nacionales ni étnicos, aunque persistan los discursos restrictivos.

En Francia los discursos contra los musulmanes hacen que Mario Vargas Llosa no distinga muy bien la diferencia entre multiculturalismo y comunitarismo. Si el mundo musulmán se encierra cada vez más dentro del comunitarismo se debe, a mi manera de ver, a dos factores: el comunitarismo que promueve el fundamentalismo religioso, que no quiere caer en los estilos de vida occidentales o el empuje a que los fuerzan los grupos occidentales que los ven como una otredad y los marginan cultural, política y socialmente. Creo que ha sido en este tenor acertada la política de François Hollande de reconocer social y políticamente la ciudadanía plena a los franceses de religión y cultura musulmanas.

Ver a los franceses inmigrantes musulmanes como una otredad que hay que atajar y reducir a favor de la alta cultura, de la pureza y el orden de las tradiciones ancestrales francesas, no es buscar ni el origen o causas ni las soluciones a una situación planteada desde la Edad Media y que hoy se manifiesta en espacio y tiempo muy reducidos como las ciudades y el mundo de las comunicaciones, es decir, en un mundo de simultaneidades.

Comunitarismo y fundamentalismo son dos productos, no son construcciones voluntarias de las culturas musulmanas. Solo esas consecuencias pueden ser atenuadas con la integración, lo que implicaría poner en marcha una política de la diferencias y llevar las ideas nacionales a donde ha llegado el capital y su mercancía. Si para consumir solo hay que tener dinero o una tarjeta de crédito, para viajar, trabajar y existir en el planeta no debería haber más diferencias. Pero el capital ha sido más ágil que sus ordenamientos nacionales, entre el mundo nacional y su transformación, entre el mundo colonial y su destrucción está el ser humano.

El humanismo es el rasero. Como señaló Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas” El capital sin humanismo es una barbarie con el rostro humano (y esta es una expresión debe servir de reenvío al famoso libro de Bernard Henri-Lévy). Pues ya el capital nazi y el capital comunista siguieron esa ruta, bien lo saben los rusos bajo Stalin o los rumanos bajo Nicolae Ceausescu.

Y estamos en otro aparte. No puede haber dos o tres ciudadanías, en el momento en que somos más consumidores que ciudadanos. Pues debemos abolir las fronteras y las ciudadanías. Como han hecho para los productos, como las lechugas… solución de la que estamos muy lejos. Los derechos humanos que se proclamaron en la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen, en el Bill of Rights de Estados Unidos, y su reafirmación en la Carta de las Naciones Unidas, no pueden excluir a nombre de cierta civilización, o cultura, leyes nacionales y los temores en los tiempos de crisis.

De ahí que el movimiento de los indignados, la búsqueda de una democracia real, cobre hoy tanta importancia. Solo nos podemos concebir (y pienso en Alain Touraine) como iguales y diferentes. Y dueños de un único destino. Y esto no es nuevo para los latinoamericanos, tierra donde los descendientes de indígenas, africanos y europeos —a pesar de la marginalidad y la pobreza— conviven y no existe ningún partido anti-negro ni anti indio ni anti-eupopeo, donde ningún país piensa en la destrucción del otro. La diversidad y el multiculturalismo nos han creado. La vieja Europa trata de renovarse no lo podrá hacer sin los otros. Y me es imperioso citar al maestro Claude Levy Strauss: las razas aisladas están condenadas a perecer.

Esto parece no entenderlo del todo Vargas Llosa. Como es un hombre que se nutre más de fenómenos que de principios, como es un metafísico que no puede ver lo social en movimientos o pensarlo —cosa contradictoria en un novelista de su profundo calado— se instaura como un nostálgico del orden anterior, sin percatarse que este mundo en crisis no lo está porque el pasado es mejor al presente, sino porque en el presente buscamos, balbuciendo, la resolución de los problemas humanos y esos están en concebirnos en una hermandad, en la cual todavía nadie podrá decir que Marx estaba equivocado. Un capitalismo que crea millones de hambrientos, que relega al lugar de las cosas sin sentido a los sujetos —que destruye y convierte en objeto de cambio el mundo simbólico— no puede ser aceptado dentro de la tradición y la criticidad europea. | maf, caguas, pr trabajosparafornerin@gmail.com

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