RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla] La literatura dominicana actual no escapa de la realidad caribeña y latinoamericana. Hay escritores muy buenos y escritores que se creen “muy buenos”. Hay comparsas de amigos y empleados que se encargan de encontrar “mangos” en los libros donde solo hay “aguacates”.
Luis es uno de esos primos con los cuales uno siempre tiene temas y abrazos pendientes. Casi siempre nos encontramos de pasada, y a parrafadas cortas nos contamos tantas cosas. Desde hace tanto rato que me abrió puertas y ventanas por donde salir y distenderme: eterna deuda que no saldo ni siquiera con la desmesura de mis rezos. Luis Beiro Álvarez escribe. Escribe desde el escritor que es. Sin fisuras, sin ruegos, sin aspavientos. Loco de azul, por no decir tan manso como las reinas y duendes de Goico; callado y solitario, tan circunspecto y entregado a sus afanes y cometas. Lo conocí una noche de apagón, después que me salvé del ramplinazo de una voladora que venía como la honda del diablo por la Luperón; traía una cesta llena de preguntas y enseñanzas. Desde entonces, casi no nos vemos nunca. Pero nos leemos. Nos abrazamos e intercambiamos —más que elogios y alabanzas— amigos tan inmensos como Generoso.
Desde hace tiempo quería leer sus Cuentos habaneros (Unicornio, 2011). Se lo saqué recién en este viaje por la isla. Lo leí en el trayecto, sin despegarme ni un segundo de sus idas y venidas de La Habana a Angola, a Santo Domingo y a su vieja Santiago de Las Vegas. Luis Beiro es uno de esos escritores que se dejan la piel y casi todo el aliento en cada página; no se arredra ante los conciliábulos ni las piaras… escribe como si respirara a chorros. “Me divierte escribir y, mientras lo hago, soy yo mismo. Creo que esto es lo que más importa (…) he aprendido a hacer algo por mi vida y a no buscar el bienestar dentro de un cofre que, en resumidas cuentas, siempre está vacío.”, dice como advertencia a sus lectores.
También, desde hace tiempo, quería hacer este alto. Hablar con él y que me contestara algunas preguntas; que nos contara un poco sobre sus actividades, sus letras, sus lecturas y su mundo más allá del dintel de la ventana desde la que nos ilumina cada sábado desde las páginas del Listín Diario.
—¿Escribes para huir de algún lugar o simplemente escribes porque sí?
—La escritura es mi profesión. A ella me debo y ella me permite sentirme gente. Mientras otros administran empresas, alcanzan senadurías y cargos públicos, cuidan el orden o salvan vidas en los hospitales, yo me limito a escribir. Las demás profesiones que he desempeñado en mi vida (el derecho, el periodismo, la corrección de estilo…) son, al decir de Marx: “la miseria de la filosofía”. Nunca he escapado de ningún sitio. Simplemente he saltado sobre puertas cerradas.
—En “Aparecidos”, uno de los relatos de tu libro Cuentos habaneros, uno de los personajes dice: “no siempre se puede escribir lo que se quiere…”, ¿qué relación tiene esa reflexión con La Habana de esos años, los ochenta?
—La literatura debiera ser un producto mercantil regido por las leyes de la oferta y la demanda. Y, a la vez, debiera ser también una profesión de fe. Mercado y fe (es decir, industria y arte) deben ir siempre de la mano. Pero, lamentablemente no siempre es así. La irresponsabilidad de “escribir mal” o de no escribir lo que se quiere es solo del escritor. Yo mismo soy un ejemplo. Una vez le escribí una décima a Fidel Castro (en versos blancos). Nadie me lo pidió. Pero me pareció que para ganar un premio literario (como realmente ocurrió) nada mejor que concebir un poema como ese. Y me quedó muy bien. A cada rato lo incluyen en antologías, no sé si por sus valores literarios o por la trascendencia de la persona que lo inspiró. Pongo otro ejemplo. Ulisito Hereaux fue un brillante dramaturgo dominicano de principios del siglo XX. Una vez le escribió una biografía a Trujillo, libro que hoy se conoce más que todos sus aportes al teatro. Son cosas de la literatura que no tienen explicación. O si la tienen, son demasiado subjetivas. Por eso los escritores no debemos ceder ante el poder porque, como dijo Guy de Maupassant: “Dios hizo el mundo en siete días y todavía estamos pagando el precio de ese apuro”.
En el caso de mi cuento “Aparecidos”, sus protagonistas se mueven en tiempo y espacio. Aparecen y desaparecen sin que nadie se los pida. Se equivocan y rectifican porque son humanos. Viven, aman y combaten dentro de muchas vidas, pero sin dejar de ser ellos mismos.
—A todo lo largo y ancho de las historias de tu libro subyacen una abulia, un desencanto y una cierta desazón que va apoderándose del lector que, en determinado momento también se siente acosado por la burocracia, los trepadores y agüizotes que se mueven tras bastidores, ¿en qué momento comienza a cobrar vida el moretón del desencanto y el rechazo en los escritores de tu generación?
—Mi generación está llena de grandes escritores, literatos laboriosos, creativos; fue una generación que mereció una mejor suerte. Algunos nombres pueden ser Alberto Serret, Chely Lima, Rosa Ileana Boudet, Antonio Orlando Rodríguez, Raúl Hernández Novás, Emilio de Armas, Osvaldo Navarro, Renael González, Virgilio López Lemus, Waldo González López, Raúl e Ibrahim Doblado, Carlos Crespo, Roberto Manzano, Efraín Morciego, Carlos Tamayo y muchos más. Fíjate que ninguna de las figuras que te he nombrado tiene resonancia farandulera. Tal vez por ello, ninguno ha sido invitado a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, como tampoco yo hubiera asistido a ese evento si no hubiera emigrado a República Dominicana por mi cuenta y riesgo y la hubiera convertido en mi segunda patria. Sin embargo, los que campean todos los años por la Plaza de la Cultura y regresan con sus chelitos en los bolsillos son, o poderosos funcionarios o “amiguitos del poder”.
Las diabluras y pecadillos que mi Generación pudo haber cometido dentro de Cuba, no se igualan a la doble moral de quienes la traicionaron. El grueso de mi generación no fue xenofóbica, ni le hizo mal a nadie. Por tanto, de nada tenemos que arrepentirnos. Sí son los otros “escritores” dentro de Cuba los que sí tienen mucho de que arrepentirse.
—Angola, ¿a qué estadio de agrado o desagrado te remite?
Angola me remite a un gran amigo cubano, el mago Ayra, quien me contó la historia que bajo el título de “El retorno de Interián” está incluida en “Cuentos habaneros”. Ayra y yo compartimos escenarios y trabajo social en las montañas de Maisí, como integrantes de las brigadas de artistas y escritores voluntarios del entonces llamado “Plan Turquino”, de reanimación cultural de zonas montañosas.
—¿…y el racionamiento en todas sus expresiones?
—Al principio hacía sufrir, pero después lo asumimos como un juego ingenioso, o como un cuento de relajo. Las filas en las bodegas, en las pescaderías o en los restaurantes se convertían en escenarios de tertulias y puntos de encuentro. No nos quedó otro remedio que ser felices dentro de la miseria. O dentro de las ridiculeces que se cometían en nombre de la miseria. Con el tema del racionamiento recuerdo un cuento popular que se hizo muy famoso por los años ochenta: “Un chino se dormía durante un discurso en la Plaza de la Revolución. Pero cuando el orador decía: “en el año 2,000 vamos a tener los huevos por la libre…” el chino se levantó y aplaudió delirantemente, mientras decía a su alrededor que “era verdad, porque no íbamos a tener calzoncillos que ponernos””.
—Si volvieras, si un día regresaras a La Habana, ¿cuál ciudad quisieras encontrar?
—En estos momentos solo pienso volver a La Habana hecho cenizas, para que mis hijos me depositen (sin pedirle permiso a nadie) en la playa de Bacuranao, donde fui muy feliz. Un familiar me propuso un cambio de escenario porque, a pocos metros de esa playa, el gobierno alojó a los infectados por la tragedia de Chernobil y, en esas aguas, se depositan residuos radioactivos: “A lo mejor en la otra vida, eres un “Alien”. Es mejor que te lleven a Cojímar”, me dijo.
—De tus libros, que cubren una amplia temática y géneros, ¿cuáles llevarías contigo a cualquier punto donde fueras?
—Me llevaría el que estoy escribiendo en estos momentos que, por cierto, todavía no tiene título.
—¿Cómo sientes que te perciben tus lectores de esta y otras islas?
—Ahora mismo, no soy un escritor de mercado. Es decir que dudo que mucha gente del mundillo conozca mi obra literaria. Como periodista en el Listín Diario sí soy conocido. Escribir y trabajar en este periódico ha sido mi gran proyección como escritor y me ha permitido tener miles de lectores todas las semanas.
—Poeta, narrador, ensayista, ¿en cuál de esas butacas te sientes a tus anchas?
—Y el cine, la crítica de cine, ¿qué significa en tu vida? ¿Todavía vas al cine, como íbamos en aquellos tiempos?
—No voy al cine comercial por falta de tiempo. Como sabes, la vida moderna te exige acudir al pluriempleo para existir con cierta dignidad. Y en mi caso específico, para poder auto financiar la publicación de mis libros. Pero me mantengo muy actualizado en cuanto al desarrollo del cine mundial del nuevo milenio. Escribo notas de cine, pero también investigaciones y ensayos sobre el séptimo arte. El cine de hoy es muy distinto al de ayer. Cada película es un compendio cultural que incluye artes visuales, música, literatura, dramaturgia, danza, y demás artes escénicas. Requiere de mucha reflexión y estudio. A veces se aprende más viendo una película que leyendo un libro de medianías. El cine de hoy te enseña, incluso, a alcanzar un estilo literario personal. Todo eso ha hecho posible que me aparte del cine del ayer y me concrete en el presente, aunque a cada rato disfruto cintas de algunos de mis cineastas preferidos como Bergman, Tarkovski, Fellini, Buñuel y Hitchcock.
—Desde hace tiempo eres editor cultural de Ventana en uno de los periódicos más importantes de tu tierra de adopción, en tu calidad de editor tienes que lidiar a diario con el quehacer y los manejos culturales dominicanos, ¿podrías darme un breve panorama sobre la literatura dominicana actual?
—La literatura dominicana actual no escapa de la realidad caribeña y latinoamericana. Hay escritores muy buenos y escritores que se creen “muy buenos”. Hay comparsas de amigos y empleados que se encargan de encontrar “mangos” en los libros donde solo hay “aguacates”. Te confieso que no tengo tiempo, para integrarme a ese mundillo de chismes e intrigas. Tengo mucho que escribir. Además,
como editor, no puedo leer todos los libros que me envían. Sólo leo algunos y no quiero mencionar nombres para no despertar celos. Por suerte, Carlos Ardavín e Ibeth Guzmán se mantienen como colaboradores de Ventana y ellos se encargan de los comentarios valorativos. Sin embargo, creo que como literatura en sí, la dominicana es una de las mejores de América Latina en estos momentos, sin nada que envidiarle a ningún otro país.
—¿Piensas que hay una camada de escritores emergentes con un valioso instrumental capaz de inyectarle nuevos aires a un panorama por casi siempre gris, chillón?
—Sí, hay una nueva generación de escritores de mucho valor que me hace muy feliz. Escriben poesía, cuentos, ensayos y hacen periodismo a la vez. Esto los distinguen de otras generaciones, cuyos miembros practicaban (y practican) géneros específicos. Muchos de ellos han crecido durante mi gestión al frente de Ventana. Homero Pumarol fue quien abrió el nuevo discurso formal. ¿Algunos nombres? Rey Andújar, Ariadna Vásquez, Frank Báez, Alexéi Tellerías, Rosa Silverio, Alejandro González, Jennifer Marline, Deidamia Galán, Juan Dicén, Argénida Romero, Virginia Sánchez Navarro y Daniela Cruz. Son más mujeres que hombres. Y eso es brillante.
—Además de armar Ventana cada semana, sobrevivir con el cuchillo en la boca en una sociedad tan parecida a La Habana de tus cuentos, ¿qué escribes actualmente para seguir viviendo e ignorando la vaciedad del cofre que ni te importa ni te desvela?
—Escribo lo que más quiero/ lo que siento y lo que vivo/ porque yo soy, cuando escribo/ un incansable viajero. | rrs, kingwood, tx rodriguesoriano@yahoo.com
