ESTEBAN A. TORRES MARTE [mediaisla] La edición de este libro es un acontecimiento del cual penden otras instancias culturales: como la transmigración del género literario, entre otras (…) se asume una memoria que irrumpe contra lo mimético, siendo su aliento el compromiso con el ser- escritural.
Tientos y trotes (Editora Nacional, 2011), remite a la zona de las aproximaciones universales en una dimensión postmoderna; además de los hitos creadores, de rupturas y de radical marginalidad de la tradición petrificada, oficial y racionalista de ciertos paradigmas escriturales, que al mismo tiempo sufren una inmersión lectural y auditiva en el sendero del dios Eros.
Como tema nos ‘encadena’ a una simbiosis de vigilia y reflexión, como sentido previene tanbien al bautismo del agua uterina con que ciertos pueblos celebraban sus ciclos lunares, en este caso la escritura imbricada como ritmo y significante. En la antigüedad, la primavera (como inicio) de un ciclo parpadea hacia la obnubilación cuya acción se recrea en dos tiempos diferentes pero cuyo espacio es un ‘mismo acontecimiento’: “Adviértase que lo que domina en todas esas concepciones cósmico-mitológicas lunares es el retorno cíclico de lo que antes fue y es, el «eterno retorno», en una palabra. Aquí también volvemos a encontrar el motivo de la repetición de un hecho arquetípico, proyectado en todos los planos: cósmico, biológico, histórico, humano, etc. Pero descubrimos al mismo tiempo la estructura cíclica del tiempo, que se regenera a cada nuevo «nacimiento», cualquiera sea el plano que se produzca. Ese «eterno retorno» delata una ontología no contaminada por el tiempo y el devenir”. (Mircea Eliade: El Mito del Eterno Retorno, Alianza Editorial, S.A., Madrid, (Emecé Editores), 1972, págs. 85-86).
Tientos y trotes, como tema indica la prospección hacia un no-ensimismamiento fetal y literario: la parodia del ser-consciente reprimido versus el afuera masificado y separado: “La Mirada Del Otro”, más que una novela del montón, es un relato descarnado y sobrecogedor que nos enfrenta cara a cara con la más cara realidad de dos seres, aparentemente inocentes y comunes, que vagan por nuestros días y, sin embargo, viven un mundo que, por lo regular, viven en un mundo que no podemos ver si no es por medio de la mirada indiscreta de algún testigo de ocasión”. (Tientos y trotes–“Mirarnos desde el otro”-, págs. 32-33).
Tientos y trotes, comparte 191 páginas de una diacronía de tiempos múltiples donde tres categorías se alían en un trayecto mono-plural: la plurivalencia de la conciencia amante, la nostalgia y la muerte como signo, y la yoidad como espejo secular y límite metafísico del deseo: “Tampoco soy poeta ni vidente ni alfarero ni entomólogo ni dios. Vivo tan sólo en la montaña. Nadaba cuando niño. Oigo cantar el viento y he aprendido a manejar con torpedo aleaciones, puntadas y vadeos, los sonidos y el tiempo. Invito a quien plazca a bañarse conmigo en las aguas que bailan cerca del remolino. Tal vez allí, no se, en las aristas del vértigo, nadando en clanes de agua, algas, piedras, arena, sal y sed que, a veces cortan de duras, pasten a sus anchas las más tiernas olas de la luz…” (Tientos y trotes -“Me basta con nombrar”-, págs.100-101).
En el texto comentado se convocan aterradoramente lo lírico de connotación ontológica con los abismos existenciales de la palabra: esto es, el horizonte de la imagen fluctuante como postura poético-narrativa; y el deseo como metáfora narciso. “…Por lo tanto, está el fuego del ser, pero ¿qué es el oscuro infortunio? ¿Cuál es la desgracia oscuramente asociable al fuego y de la que debe olvidarse aquel que quiere decir? Podría ser que “la poesía, al comprometernos enteramente en la busca de la unidad, en una relación tan absoluta como sea posible con la presencia misma del ser, no haga…sino separarnos de los demás seres…” (Maurice Blanchot: La ausencia del Libro/Lo Neutro, lo fragmentario, Monte Ávila Editores, S.A., 1970, pág. 457).
En René Rodríguez Soriano la cotidianidad adviene como amenaza misma al ritual de la identidad de los opuestos: “Mientras los filósofos de la antigüedad y la modernidad se han preocupado por entender y transformar el mundo, Cervantes sin acopio alguno de solemnidad, nos enseñó a sentirlo y a disfrutarlo en su más congruente ambigüedad”. (Tientos…“Génesis si acaso”, pág.119).
La textualidad en este tratado no garantiza el ser, mas que por representación (y desde luego por cambios pulsionales) que no se identifican consigo mismo, que no sea el existir- fabulado: “Leo a Bataille, leo a Musil, y el desfile se ensancha. Herido de vida, ya hacía rato que, como lector, había caído al cielo del placer garciaponciano. El eterno femenino, llenando toda la pantalla, entró con toda su corte galante, el día que dejé abierta la ventana y, en tropel, como por su casa, pasaron todos los perros De la Vida Perdurable”. (Tientos… “Todos los Libros el Libro”, pág. 180).
El texto como viaje es el recorrido más ritualístico e intimista para la consolidación como ética de la escritura: significante más significante. Túnel orgiástico de la palabra donde la huida es plenitud y soledad; demiurgia de la independencia, partitura del ritmo convulsionada: “El cuerpo no es un placebo que se exhibe en el escaparate de las muñecas Barbie. Es todo lo que no es ni ha sido jamás: el que nace de su propia ausencia, “como una pincelada en el vacío”. Un latido que se zumba las aburridas coordenadas de las normas y los estereotipos… “la excepción es el goce”. (Tientos… “Toda la luz es música”, pág. 108).
La omnisciencia lírica de la yoidad entre la primera persona gramatical (fluctuante con la tercera) catapulta a los insolentes adjetivos que describen en condiciones subjetivas la expulsión de un corpus-delirante: “¿mudanza o acarreo? Entra el lector sin convencionalismos al intenso mundo del verdadero valor de los conocimientos inútiles. Se lee o se aloja en el plácido recinto que lo abarca todo, y se ampara al abrigo de las palabras, capaces de decir hasta lo que no se puede decir con las palabras”. (Tientos… “El nombre olvidado”, pág. 181).
Tientos y trotes es un parricidio como homenaje a Deméter. Es una copa hirviente pero trémula frente al acontecimiento del instinctum: “…En esta hora incierta de los días –de ajetreo constante, tiempo detenido en un girar cuadriculado y absurdo-, volver a las páginas de Hechizos de la Hybris me retorna sutiles guiños del lenguaje que baña sus hélices en la profundas aguas del poema, que se puede leer en las tardes tibias de los parques tropicales, mirando con el rabillo del ojo como la brisa juguetea con las faldas y se mofa de pacatos y aguafiestas”. (Tientos… “Vacía sortija de otras sombras”, pág.113).
El Texto (como sonoridad narrativa) es la soberanía de dos imágenes que se entrecruzan y se mutilan espeleológicamente como voz y descripción, cuya égida integra una visión del arte como lenguaje: “…El Círculo no dice nada por sí mismo, excepto que el único sentido de la existencia es ser existencia; excepto que la significación no es nada más que una intensidad. Por eso se revela en una alta tonalidad del alma. ¿Cómo atentar contra la actualidad del yo: de ese yo que, sin embargo, exalta esa tonalidad superior? Liberando las fluctuaciones que lo significaban en tanto yo de manera que lo pasado repercute de nuevo en su presente…” (Pierre Klossowski: Nietzsche y el círculo vicioso, Terramar Ediciones, 2005, pág.71).
El texto como sentido es una epopeya del acto frente al acontecimiento que discurre, que niega la voz que disuelve el epicentro de una deidad narciso. Es una reafirmación del sí mismo. Es una “cosedad” frente al drama de la incertidumbre que proclama la nulidad del yo. El texto es espejo bicóncavo y presente absoluto del acto fallido. Contrapunto desde la orilla de la lucidez inmediata: “Nietzsche sigue ambiguamente a Hamlet cuando nos dice que sólo podemos encontrar palabras para lo que ya está muerto en nuestros corazones, de tal modo que hubo siempre una especie de desprecio en el acto de hablar. Antes de que Hamlet nos enseñara a no tener fe ni en el lenguaje ni en nosotros mismos, ser humano era mucho más simple para nosotros, pero también bastante menos interesante. Shakespeare, a través de Hamlet, nos ha hecho escépticos en nuestra relaciones con todos, porque hemos aprendido a dudar de lo articulado en el reino del afecto”. (Harold Bloom: Shakespeare/La invención de lo humano, Grupo Editorial Norma S.A., 2008, págs. 869-870).
Todo el texto transcurre en un imperdonable instante que arrastra tiempo y emasculación de la yoidad (una cotidianidad radical). No hay coloquio asegurado y el diálogo permisivo muere por inanición. Si la reflexión que es un encabalgamiento de la comunicación, la vivencia lo será del signo que como reflejo transmutante impregna historia y silencio: “Yo no escribo, yo pinto. Trato de describir o desdecir lo que no puedo apuntalar con mi decir en este espacio que desborda el vacío. Yo no cuento, yo no canto; toco, pulso una lira sucia de escayolado pensar. Doto alas a las plumas de mi lengua y voy por los caminos del espanto perdido en los sinónimos del diccionario. No pregunto, cuestiono, no exijo, no reclamo, no grito, no imploro ni rezo ni deliro, nado como Adán cuando nada como ave ante la indiferencia de su Eva”. (Tientos… “Falso piso”, pág.184).
En Tientos y trotes la alocución no es monista (es panteísta): totalitaria de la voz del eterno masculino-femenino en una metafísica de las imágenes. La descripción sigue a ciertas rupturas coagulantes en el lenguaje: “La poesía es la anotación de una respuesta, pero la distancia entre esa respuesta, el hombre y la palabra, es casi ilegible e inaudible. En El libro de los muertos, a la entrada y salida en la cámara subterránea, los viajeros empuñan«pasteles de azafrán en Tanenet». Ejemplo de hieratismo indescifrable, no obstante parece verse en un relieve funerario, entrar en el mundo subterráneo y salir de él comiéndose un pastel de azafrán. Quizás ambos pasteles representan el cielo y la tierra. Afirman que los pasteles de azafrán son los ojos de Horus. Tanenet es la sepultura de Osiris. El hecho de entrar en la muerte comiéndose un pastel de azafrán, nos suspende y desazona”. (José Lezama Lima: Los Enigmas Permanentes, Editorial Letras Cubanas, 1993, pág.54).
En esta obra de René Rodríguez Soriano se asume una memoria que irrumpe contra lo mimético, siendo su aliento el compromiso con el ser- escritural; cuyo proyecto es avocarse a la vida como fenomenología: “…La muerte no da todo su sentido a la vida, según podría desprenderse de Heidegger. Pero no quita todo sentido a la vida, como sugiere Sartre. La muerte misma carece de sentido y, sin embargo, otorga sentido a la vida. La muerte es, en gran medida, un “puro hecho”, enteramente contingente y totalmente fuera de mi al
cance y de mi poder y, sin embargo, sin ella mi vida no podría manifestar “contenidos” (pensamientos, acciones, decisiones, etc.) distintos de los que constituyen el “proceso” del vivir puro y simple. Así, nuestra vida no deriva su pleno sentido de la muerte, pero no pierde tampoco todo su sentido a causa de ésta. En suma: la muerte es una de las “posibilidades” de la vida, pero a la vez es obvio que vivir no es lo mismo que morir”. (José Ferrater Mora: El ser y la muerte, Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1995, pág. 137).
Tientos y trotes no es un espacio contextualizado de miasmas en doble moral: es pura ética (presencia descarnada de la amoralidad). “…el […] sustrato ético de la tragedia pesimista, como justificación del mal humano, es decir, tanto de la culpa humana como del sufrimiento causado por ella. La desventura que yace en la esencia de las cosas […] no está inclinado a eliminar con artificiosas interpretaciones-, la contradicción que mora en el corazón del mundo…” (Friedrich Nietzsche: El nacimiento de la tragedia, Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1997, pág. 93). Potencialmente, asunción de la palabra para recordar la sombra viandante. Es un texto con hálitos de latidos marginales cuya experiencia erótica se presenta en la suma invertida: “Basta pensar en sentir
Para en esto pensar,
mi corazón hace sonreír
a mi corazón que llora.
Después de parar y andar,
después de quedar e ir,
he de ser quien va a llegar
para ser quien quiere partir
Vivir es no conseguir”.
(Fernando Pessoa: Antología mínima, Ediciones 29, 1996, pág. 41).
El texto originalmente comentado de René Rodríguez Soriano no es un arrullo de solemnidades. Es un caracol de secretos y conflictos expuestos a la mirada posesiva. No es un emblema paródico de una superficie real y vertical. Es ácido patibulario para lo exponencialmente fatuo: “No iba buscando el yan, estoy seguro, en julio del 96, ni el Vellocinio ni los Argonautas ni ángeles en Los Ángeles. Iba tan sólo en una nube, con mi atávico terno de Clark Kent, buscando un ala…Papá pulsó una tecla, dijo mi nombre conjugando el verbo cercanía, y de un tajo achicó la lejanía. Era julio 29, han pasado los años desde entonces, y pienso, estoy seguro, que tan sólo se alejó un ratito para estar cerca todavía./A papá, en las páginas del agua”.(Tientos… “Cerca de lo lejos”, pág.172).
La gnoseología en este texto se niega a un tratamiento identitario: “La fórmula más general de la relación consigo mismo es el afecto de sí por sí mismo, o la fuerza plegada. La subjetivación se hace por plegamiento, cuatro pliegues de subjetivación, como en el caso de los ríos del infierno. El primero concierne a la parte material de nosotros mismos que va envuelta, incluida en el pliegue: entre los griegos, era el cuerpo y sus placeres, los aphrodisia; pero, entre cristianos, sería la carne y sus deseos, el deseo, una modalidad sustancial totalmente distinta. El segundo es el pliegue de la relación de fuerzas, siempre se pliega, en sentido estricto; pues la relación de fuerzas siempre se pliega según una regla singular a fin de devenir relación consigo mismo; no es lo mismo cuando la regla eficiente es natural, o bien divina, o racional, o estética…El tercero es el pliegue del saber, o pliegue de verdad, en la medida n que constituye una relación de lo verdadero con nuestro ser, y de nuestro ser con la verdad, que servirá de condición formal a todo saber, a todo conocimiento: subjetivación del saber que no se realiza en modo alguno de la misma manera entre los griegos que entre los cristianos, en Platón, en Descartes o en Kant. El cuarto es el pliegue del afuera, el último; constituye lo que Blanchot llamaba una “interioridad de espera”, de él el sujeto espera, de modos muy diversos, la inmortalidad, o bien la eternidad, la salud, la libertad, la muerte, la renuncia…Los cuatro pliegues son como la causa final, la causa formal, la causa eficiente, la causa material de la subjetividad o de la interioridad como relación consigo mismo. (…)
Esa es la transformación más importante (…): convertir la fenomenología en epistemología. Pues ver y hablar es saber, pero no se ve aquello de lo que se habla y no se habla de aquello que se ve; (…) como si la intencionalidad se negase, ella misma se derrumbase. Todo es saber, y “esa es la razón fundamental por la que no existe experiencia salvaje: nada hay previo al saber ni bajo él. Pero el saber es irreductiblemente doble, hablar y ver, lenguaje y luz, y ésa es la razón por la que no existe intencionalidad…” (Gilles Deleuze: Foucault, ediciones Paidós Ibérica, 1987, págs.136- 143).
Tientos y trotes, va en dirección diferente a la creación de una superstición del ego-escritura. En el tamiz límite de lo narrado-descrito se recrea el tiempo primordial de lo indistinto, pero en un contexto de sujetos (que finalmente reconstituyen el sendero y la sorpresa). Los sintagmas entran en un desacuerdo frente a la voz-audición (lo que confiere a su estética una iconografía de la sombra-valor). Su potencia imaginativa trasciende cualquier obstáculo de la tradición donde toda yoidad muere en el ser-en- situación: puro acontecimiento orgiástico. | eatm, new york, ny estebana.torresmarte@gmail.com