LUCI GARCÉS [mediaisla] El 13 de noviembre de 2011 se cumplieron siete años del envío del primero de los boletines que dieron origen a mediaisla, con tal motivo solicitamos la colaboración de entrañables amigos. «Sobre rizos, vellos y canas» de la española Luci Garcés es el quinto de los relatos que compartimos con nuestra gran familia de lectores.
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ué quieres que te diga? El tema de los apéndices capilares siempre marcó mi vida y mis relaciones con las personas que me rodean.
No ha sonado. Están tan afinadas las tijeras que no se ha escuchado ni un ris-ras, y los mechones han caído también sin romper el silencio, la densidad del aire o un instante de mi vida. Sin embargo, yo sé, que esos rizos que después barrerá la escoba e irán a parar a cualquier recipiente de basura son una prueba de amor. Sólo faltaría cubrir mis rebeldes y, por fin, airosos rizos con una cofia o con una toca y dejarlos engrasarse bajo la pureza del tejido monjil, o mejor de novicia. Porque lo que soy ahora es una novata, a la que no le sirve de nada la experiencia y debe de afrontar otra vez el juego ese de la seducción. Debería haber clases de seducción, de cómo no dejarse seducir, de cómo ocultar en cortos rizos melenas de perversión. Pero no, en cuanto la peluquera deje de quejarse de que mi melena, de que mis bucles naturales olviden la geografía de mi espalda y desaparezcan como ha desaparecido el deseo que permitió que creciesen y día a día, mes a mes, durante años, bajasen tras mis orejitas, se enredarán en la nuca, fueran divididos en coletas infantiles, en trenzas folclóricas y en melenas espléndidamente huecas, suaves y rizadas.
El primer rizo de mi abundante pilosidad superior apareció, envuelto en un papel de seda amarilleado por el tiempo, en la cartera de mi padre, muerto hacia décadas. El paquetito guardaba mi primer rizo, cortado por sus manos y acompañaba la fecha de mi nacimiento. Rebusco en las fotografías y me veo con la cabeza llena de ricitos, el ceño fruncido y una boca bembona. Interrogo a mi madre, a mi abuela y coinciden, nací con cabellera, sin musguillo lactante, no tan larga como presumía Mariquilla, mi niñera, la gitana más dulce y hermosa que he conocido, quien afirmaba rotundamente que poseía un cabello tan largo y hermoso que las enfermeras me peinaron con trenzas, que después la matrona mandó cortar.
El rizo paterno tiene su historia y da fe de la largura de mis crenchas primerizas. Mi madre se puso de parto con tiempo suficiente para mandar aviso a mi hermano mayor, que andaba entonces entrenándose para una novillada —creo que su novillada— y decirle que avisase a mi padre de que ella se iba a la clínica. La criada, posiblemente conmocionada porque el bebé fuera a nacer fuera de la alcoba conyugal, y sin partera, sino con médicos, puede que se olvidase de dar correctamente el recado a mi hermano, o éste estuviese llevando el capote manchado de sangre a la tintorería en seco, el caso es que mi padre llegó tarde a la clínica. Bastante tarde, porque la movida de la rotura de aguas había comenzado a las nueve de la mañana, mientras él tomaba unos mojicones con el párroco, tras haber asistido a misa y comulgado como buen cristiano practicante que era (“Un santo” repetiría una y otra vez el sacerdote que le tomó la confesión última y le administró los santos óleos tres años después). Bueno, pues terminados los bollitos y el chocolate, mi progenitor marchó a sus quehaceres profesionales y regresó al hogar a la hora del almuerzo y allí se enteró de que mi madre, su santa esposa, estaba ya de parto y en la clínica de marras.
Hasta allí se marchó don José, que así le llamaban, aunque los íntimos se referían a él como el bueno de Pepe, para que su señora, mi madre, su María del alma, su linda castellana, su flor salmantina con el alma y vida, tu Pepe (poemilla/dedicatoria que él incluyó en una foto cuando la rondaba), gozase de su compañía entre contracción y contracción. Pues bien, llegó allá casi una hora después, porque en el camino tuvo que saludar varias veces, en algún caso alzando levemente el sombrero de ala; en otras parándose y dando las razones por las que tenía prisa en su camino y sonriendo por los parabienes que recibía.
Pues bien, llego por fin a la clínica tras explicarle el párroco que había acudido al lugar porque dado los malos partos de mi madre, estaba acostumbrado a que le llamasen para administrarle la santa extremaunción. Don José dio al sacerdote un par de duros de plata y unas monedas al monaguillo que le acompañaba, y sin esperar al ascensor subió los escalones de dos en dos hasta el centro sanitario que estaba en la segunda planta. Allí pregunta por su señora y una enfermera que portaba una criatura de seis kilos de peso, vestidito de organdí con alforcitas y un lazo de seda amarrando un mechón rizado de los muchos que adornaban la, llamémosla, cabecita de la morena chiquilla.
El diálogo que entablaron la enfermera y mi progenitor fue de los calificados de besugos. Ella decía: su niña. Y se la pasaba. El se la devolvía, diciendo: ¿Mi niña? Esa tiene por lo menos un año. Con ese diálogo repetido hasta la saciedad llegaron a la puerta de la parturienta, que escuchando a su esposo, se enfadó y lo echó del cuarto al grito: ¡No reconoces a tu hija!
Una escena calderoniana, pero al revés. Mi padre aceptó que con las prisas se le había despintado un poco que esos rizos, esos ojos grandotes, la escasa y chata nariz respingona y la boca de labios regordetes, eran de la familia, y que su niña parecía tan grande porque pesaba seis kilitos de nada. Eso motivó otra bronca conyugal porque mis seis kilos habían optado por salir del útero materno previa comprobación de que el clima abrileño era agradable. Vamos que primero saqué un pie, lo estiré y antes de que alguien hiciera una maniobra que evitase mi salida pedicular, seguí por ese camino con mis seis kilos. En fin, cuando se sosegaron, mi padre se dedicó a hacerme fotografías y cortó el rizo de marras que guardó en su cartera; mi madre a hacer jerseys y mi abuela a enarbolar el Catón empeñada en que tenía que aprender a leer enseguida.
Años después
Monologo continuamente, porque preciso escuchar una voz en la soledad en la que estoy, por propia voluntad para poder pensar y escribir. Por ello me alegra tanto que anuncies tu regreso y si dices fecha beberé en tu honor cava… y derramaré al viento un cesto de pétalos de rosas, tan bellas, tan efímeras…
El tiempo es un azar, un largo aprendizaje. Yo me contemplo en una foto de mis 30 años y no me recuerdo… quizás perduren de ella, los mismos labios gordezuelos y la mirada triste, nada más… quizás los rizos…si, ellos si.
Y ahora un relato breve, más bien una anécdota… personal e intransferible de aquella época treintañera.
Una vez me enamoré y suelo decir que entonces di como prueba de amor algo que no repetiré nunca. Y no es porque no encontré a nadie mejor sino porque me costó tanto… que… En fin, me enamoré. Y se me notaba.
Mi adorado entonces, ahora solo un recuerdo brumoso, venía a verme desde allende los mares y yo decidí prepararme para el evento con toda la batería sensual desbordada. Así opté por comprar ropas traslúcidas, suavidades para la interior, zapatos vertiginosos, medias, ligueros… y hete aquí que una mirada al espejo me reclamó otros cuidados. (Yo había olvidado que nuestro amor surgió en zapatillas de tenis y chandal, por cierto. O no lo había olvidado).
Pues bien… mi amado entonces, venía de tierras árabes, así que decidí ser yo, pero con algunos toquecillos. Acudí a mi salón de belleza (¡cielos, iba a tomar rayos UVA y masajes!), y pedí un tratamiento de casi todo…. Así que pasé por el láser para hacer desaparecer diminutas cicatrices (las grandes las dejé porque soy masoca), por los rayos, la limpieza de cutis…
En eso último es
tábamos cuando decidí que además de la depilación habitual, me hicieran un par de cosillas más, como depilarme las cejas donde dejan su rectitud para expandirse un poco. Y bajo las pinzas fueron desapareciendo los pelines. Después llegó el masaje, y de repente ¡¡¡la ví!!!! Allí, en mi monte de Venus, desafiante, enroscada: ¡Una cana!
Yo que carecía de ellas y aún peino pocas… (sobre todo si cambio de colorín al pelo) se me hundió el alma, la moral y no sé cuantas cosas más.
¿Quieres que te la tiña? me preguntó mi masajista con voz dulce… Es muy común y tú solo tienes una, añadió. No, dije farfullando. Porque de improviso, sus manos, heladas por las cremas, y de dedos afilados se habían desplazado a no sé qué puntos linfáticos y nudos nerviosos… que mis pezones se irguieron desafiantes y mi entrepierna comenzó a humedecerse, mientras que mi mirada se tornaba turbia y mi aliento jadeante…
Siguió impertérrita, ¿masajeándome?, mientras yo recorría un camino desconocido hacia el placer, conducida por unos dedos sabios que en ningún momento tocaron la fuente del néctar…
(Ay que cursi me pongo rememorando). Cuando concluí, sentí sus labios, tenuemente, sobre los míos, y noté como me cubría con una sábana. Aspiré hondo y abrí los ojos. Sonreí y le dije: Sigamos, depílame también mi sexo.
Y así perdí esa cana… como prueba de amor. Por cierto, después dejé crecer los rizos del monte y aledaños y no volvió a aparecer ninguna. Para mi desconsuelo tampoco mi masajista me consoló otra vez de igual forma.
LUCI GARCÉS BÁSICA
Luci Garcés, periodista de La Voz de Galicia en A Coruña, nació en 1949 en Córdoba, España, en una familia de periodistas. A los tres años participaba, recitando en Radio Chupete, un programa radiofónico en el que logró su primer y único premio de declamación. En el Diario Córdoba publicó su primer relato a los cuatro años. A partir de ahí se dedicó a sus estudios alternándolos con apariciones en recitales.
En Madrid estudió la carrera de Periodismo, parte de ella becada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En esa etapa trabajó en el periódico Informaciones, como actriz semiprofesional y en tareas de ayudante de producción en una serie televisiva coproducida por España y Francia. Ha desempeñado tareas informativas en numerosos medios de comunicación, entre ellos: Avui, agencias de noticias Pyresa y Europa Press, Hermandad, Antena 3 Radio: Oasis (México). Durante más de 17 años jefe de área del Anuario de La Voz de Galicia.
Obra impresa individual
Me basta con mirar (2002); Versus perversus (2004); De yantares y yaceres (2006)
Otras publicaciones
Prosa
Callejón de las palabras (2002); Elecciones Gallegas (1987); Raíz y Horizonte (Coautora de Galicia, 1987)
Poesía
Letras de la Conjura (Buenos Aires, 2002); Poemas quietos (Ourense, 2002); Antología La mujer rota (Guadalajara, México 2008); Las voces de las mariposas Antología (México, 2011; Antología Grito de Mujer (México, 2012)
Encuentros
Invitada anualmente, desde el 2000 ha participado cinco veces como poeta en Horas de Junio (México); Literatti Jaén (España 2007); Ponente en el Congreso de Literatura Virtual en la Universidad de Mayagüez (Puerto Rico 2007); Participante del XIX Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes (México 2011)
Gráficas de Elizabeth González. Venezuela, 1969. Estudios de escultura, joyería y pintura en Venezuela, México, Bulgaria y Alemania. Exposiciones en Venezuela y Alemania. http://elizabethgonzalez.jimdo.com/

Cómo no querer compartir semejante texto… Luci es inconmensurable. La admiro y eso se nota y cuando sea grande, indudablemente, quiero ser como ella. Lo comparto en mi muro de fb-