JOSÉ T. BEATO [mediaisla] Don Pedro Henríquez Ureña en modo alguno es un hombre del pasado. Al menos, no por ahora. Todavía su pensamiento nos dice algo.
Pocos han esperado tanto del porvenir de Hispanoamérica como el pensador, filólogo y crítico de arte, Don Pedro Henríquez Ureña. A su vez, pocos le han exigido más a sus gentes, y especialmente, a su élite intelectual y política. Hizo aportes notables como filólogo y como crítico de arte, pero es que sobre todo, algunos de sus ensayos tienen plena vigencia, o cuando menos, hay que tomarlos muy en cuenta, porque señalan posibles rutas, caminos alternativos en la sociedad que a diario construimos. Ensayos que escribió en un estilo preciso, limpio, casi desnudo, con el que nos adentraba en reflexiones, con información abundante, aunque nunca exagerada, sistemáticamente separando lo valioso de lo intrascendente.
Definitivamente, Don Pedro en modo alguno es un hombre del pasado. Al menos, no por ahora. Todavía su pensamiento nos dice algo. Razón por la cual quiero explorar, aunque sea brevemente, dos de esos temas: la posibilidad de crear una sociedad —y un tipo de hombre— diferente del hombre que existe amontonado en las grandes ciudades al modo como viven las abejas en su colmena. El segundo es el porvenir de nuestro idioma, que compite, se mantiene al día, y amplía horizontes pese a la creciente influencia del inglés hablado por tres de las grandes potencias: el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y algunos estados emergentes. Y que es, nadie se engañe, el idioma de la ciencia y del comercio de hoy, como lo fuera el latín siglos atrás, y antes el griego.
Al respecto el maestro trazó un altísimo ideal: la posibilidad de que “nuestra América se aproxime al hombre universal, por cuyos labios hable libremente el espíritu, libre de estorbos, libre de prejuicios, esperamos que toda América, y cada región de América, conserve y perfeccione todas sus actividades de carácter original, sobre todo en las artes: las literarias, en que nuestra originalidad se afirma cada día; las plásticas… en que poseemos el doble tesoro, variable según las regiones, de la tradición española y la indígena, fundidas ya en corrientes nuevas; y las musicales, en que nuestra insuperable creación popular aguarda a los hombre de genio que sepan extraer de ella todo un sistema nuevo que será maravilla del futuro.”
Esas palabras proceden de su ensayo “La utopía de América”, y fueron escritas en 1925. Contra toda apariencia, se están realizando, aunque obstáculos como rocas enormes se interpongan en el cauce tormentoso de nuestro río histórico. Hace poco se cumplieron, a modo de ejemplo, cincuenta años de que los Beatles, el grupo más exitoso de la historia musical, hiciera sus dos primeras grabaciones en el estudio EMI de Abbey Road, después de haber sido rechazados por varios estudios. Fue el 2 de junio del 62. Esa noche grabaron Love Me Do y, aunque no muchos lo saben, Bésame mucho de la mexicana Consuelo Velázquez, un bolero compuesto en 1953. Paul McCartney hizo una fusión de Cha Cha Chá con Rock’n’roll con la que habían tenido mucho éxito en presentaciones personales en Hamburgo. Pero fue desechada por los productores, que la sustituyeron por Please, Please Me, que pronto alcanzó el primes lugar en el “Hit Parade.” No quisieron arriesgarse con un ritmo “raro” en el mercado anglosajón.
De ese entonces hasta hoy ha llovido mucho. El sabor o el ímpetu latino en casi todos los campos se abre paso en el mundo. Desde la literatura, la ciencia, pintura y el arte en general, el baile, los ritmos como la “salsa” o el merengue, la bachata o “la quebradita”, el jazz latino, la música clásica recreada al modo brasileño con Villa-Lobos o la dirección de Molina, la comida (desde el aromático café cubano, pasando por las tortillas y tacos mexicanos, hasta el sancocho dominicano), la manera de gozar, la risa imparable del caribeño, la chanza, la moda. De paso, fueron los Beatles quienes impusieron el calzado de hombre con el tacón cubano de herencia flamenca.
La literatura latinoamericana y española se ha hecho mundial, con varios premios Nobel incluso: Gabriela Mistral, Neruda, Echegaray, Benavente, Juan Ramón Jiménez (quien viviera en Coral Gables), Asturias, Octavio Paz, García Márquez y recientemente Vargas Llosa. Otros aparecen en numerosas antologías. Hay varios premiados en Química (Luis Leloir, Mario Molina) y otros en Medicina o Fisiología. La investigación gana en desarrollo. Por ejemplo, el HAHB -42, obtenido a partir del girasol, según el “Instituto de Agro Biología del Litoral”, en Argentina, promete hacer más tolerantes a la sequía una serie de cultivos, facilitando que la producción de soja, trigo o maíz, por ejemplo, se duplique. México que estuvo presente en los inicios de la carrera espacial con varios cohetes sonda, reinicia nuevamente su programa espacial para desarrollar tecnología propia, entrenar científicos y construir pequeños satélites de observación.
Ahora bien. El asunto no es repetir la experiencia europea o norteamericana, o que “contagiados del delirio industrial” creemos grandes ciudades donde el ser humano pierde su dignidad como persona, viviendo en ratoneras o acaso en celdas de colmena donde queda deslumbrado por una miel que lo aliena. Lo hemos hecho, y hasta hay ciudades como Río o Brasilia que por sus construcciones superan toda expectativa. Pero el reto es más grande. En palabras de Don Pedro, de lo que se trata es de que “el hombre puede ser mejor de lo que es y socialmente vivir mejor de cómo vive”. Hay que ser como aquel pueblo (griego) que inventó la discusión, la crítica; que mirando al pasado, creó la historia, y mirando hacia el futuro, creó la utopía: la idea del perfeccionamiento constante.
De ahí que insistiera en que “Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre (y por desgracia, esa es hasta ahora nuestra única realidad), si no nos decidimos a que ésta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación. Sería preferible dejar desiertas nuestras pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos; no los dolores que no se alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infligen al débil y al hambriento. Nuestra América se justificará ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de su naturaleza y por el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad donde se cumple la emancipación del brazo y de la inteligencia”.
Porque esa es otra. Don Pedro no creía como los persas o los israelitas en una salvación repentina, sin trabajo, y por acción divina. Para nada, creía en el esfuerzo diario, sistemático, no simplemente de grandes hombres, sino del hombre promedio: En “Patria de la Justicia”, afirma: “No es ilusión la utopía, sino el creer que los ideales se realizan sobre la tierra sin esfuerzo y sin sacrificio. Hay que trabajar. Nuestro ideal no será la obra de uno o dos o tres hombres de genio, sino de la cooperación sostenida, llena de fe, de muchos, de innumerables hombres modestos”.
Por otro lado, nuestro idioma, nuestra expresión y búsqueda espiritual. ¿Por dónde comenzar, por dónde seguir y a quién? No podemos encerrarnos en nosotros mismos, en un criollismo que aísla. “Todo aislamiento es ilusorio”, decía Don Pedro, conduce a un callejón sin salida. Se cumplió el vaticinio del maestro, el que hizo en 1926 en Seis ensayos en busca de nuestra expresión: el eje espiritual del mundo español ha pasado a las orillas americanas del Atlántico. Pero el idioma, hablado por decenas de países, por más de 400 millones de personas, convertido en segunda lengua de Estados Unidos, dialogando de tú a tú con el inglés, tiene, sin embargo, por qué preocuparse.
Empezando en el cercano 2014, el Politécnico de Milán, uno de los centros de estudio de mayor prestigio en Italia, impartirá la mayoría de sus programas, incluyendo post-grados, en inglés y no en italiano. Sigue en esto a otros centros de Holanda, Dinamarca o Suecia (BBC 21 de junio 2012). El propósito: que los profesionales egresados de allí sean más competitivos. La idea ya es implementada, al parecer, en algunos centros de España, por lo que no tardará en llegar a Latinoamérica, donde de hecho ya hay algunos programas.
Otra vez, la sabiduría previsora del maestro. La lengua, el idioma, debe ser necesariamente variado, respetar la tradición, el lugar de origen, porque no puede un caribeño hablar como un madrileño, ni un argentino como si fuera un colombiano. Ha de mezclar la tradición con la novedad, lo culto con lo popular, lo universal con lo particular. Y sobre todo, nada de encerrarse en las propias fronteras. Don Pedro, que dominaba varios idiomas, recomendaba el estudio del propio y de otros. Era devoto de Ibsen, y de Wilde, de Arthur Wing, de Bernard Shaw que devoraba en sus idiomas originales, según testimonia su hija Sonia, entre otros. Así como fue de los primeros en escribir sobre Rubén Darío o Rodó cuando pocos lo conocían, también dio a conocer en Latinoamérica a William James y a Nietzsche.
En los hechos, Pedro Henríquez Ureña enseñó en Harvard y publicó en inglés. Por igual su colaborador en la Gramática Castellana, Amado Alonso, que luego de la muerte de Don Pedro, vivió y dio clases en la misma universidad hasta su muerte. Yo añadiría —hablo del futuro, para las nuevas generaciones— que deberíamos ser cuando menos “trilingües”, dependiendo del lugar donde se viva: español como lengua materna, inglés como segunda y una tercera que según el caso sería francés, portugués o los idiomas nativos como el quechua o la lengua de los aztecas, entre otras. Eso, a nivel popular, pues claro, el que quiera y pueda asimilar los idiomas clásicos como el latín o el griego u otras, pues que lo haga con entusiasmo.
A propósito: Pedro Henríquez Ureña escribió un libro que se ha hecho clásico sobre gramática, en colaboración con otro filólogo, Amado Alonso, como ya dijimos, pero lo hizo, para ponerla en riel, pues como advierte Sabato en su estudio sobre PHU, éste enseñaba que “donde termina la gramática, comienza el arte”, diciendo que era absurdo aplicar las reglas de la Academia a los creadores. El idioma es libertad; se hace literatura escribiendo y leyendo a los grandes autores, como a nadar se aprende nadando. El arte no puede reducirse a reglas y fórmulas, como la retórica de los romanos (grandes imitadores en arte) pretendía heredar la fórmula de los griegos en un terreno en el que la única “ley” no puede ser otra más que la originalidad. En fin, como dice Sábato en sus apuntes sobre el maestro, no se trata de recrear “normas dictadas por cadáveres para ceremonias funerarias”.
En todo caso, la cultura es una síntesis: el tesoro heredado vinculado a lo que la comunidad concreta crea dentro del esquema recibido. Nadie puede crear una cultura absolutamente autóctona, partir de la nada, prescindir de la historia. No puede negarse la herencia europea y aún africana, como tampoco puede eliminarse lo que los pueblos aborígenes legaron, en palabras, en arte pictórico y arquitectura o escultura, en materia religiosa o tradición. La cultura azteca, inca, guaraní, la de los mapuches….no debería ser motivo de vergüenza, sino de legítimo orgullo. Porque en resumidas cuentas no habrá “alta cultura, porque será falsa y efímera, donde no haya cultura popular”, como bien dijo Don Pedro. Si ha de crearse una nueva fe, que sea la de la “fe en la educación popular, la creencia de que toda la población del país debe ir a la escuela, aun cuando ese ideal no se realice en pocos años, ni siquiera en una generación”. Son palabras de la Utopía de América o del estudio que hizo Don Pedro sobre la “Influencia de la revolución en la vida intelectual de México”. (Resumen de la conferencia dictada el 29 de junio pasado en los salones de la Cámara Domínico Internacional de la ciudad de Miami, en homenaje a tan ilustre intelectual latinoamericano). | jtb, homestead, fl setobe1@yahoo.com