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Mr. Steel se salva de un cuento

JAIME CABRERA GONZÁLEZ [mediaisla] El 13 de noviembre de 2011 se cumplieron siete años del envío del primero de los boletines que dieron origen a mediaisla, con tal motivo solicitamos la colaboración de entrañables amigos. «Mr. Steel se salva de un cuento» del colombiano Jaime Cabrera González es el sexto de los relatos que compartimos con nuestra gran familia de lectores.

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a frente al hotel he bajado la mano que unos pasos atrás llevaba en la frente a manera de visera y dos líneas dibujadas entre el arco de mis cejas han reflejado la pregunta en el vidrio de la entrada principal: ¿cuándo es, cualquier día?

Desde la playa el edificio de cuatro plantas da la impresión de contar con esa cierta comodidad que a menudo se señala en las construcciones antiguas de Collins Avenue, pero una vez se ingresa al aire de los ventiladores con que este hotel —que no aparece en la guía Michelín ni en ninguna otra— pretende ayudar a un pequeño y oxidado acondicionador a contrarrestar el sofocante verano de este año, uno se tropieza con el mueble más importante de la recepción: una tabla de caoba semicircular, borde de latón y ladrillos de vidrio translúcidos que otorgan un espacio con apenas las justas medidas para que Mr. Steel, good morning Mr. Steel, mueva su panza de banquero de Coral Gables, y el huésped pueda transitar hacia el interior.

Son las nueve de la mañana de un día de julio. He regresado de mi caminata diaria de dos horas por la orilla del mar. Los castillos de arena han quedado atrás, apachurrados con sus banderitas de barras y estrellas, sin que haya podido salvarlos de la distracción de mis pasos. Aún escucho el sonido abrasivo de mis chancletas contra las baldosas al cruzar el vestíbulo. He saludado a Mr. Steel que embutido en el mueble de la recepción ha hecho un ademán con una mano y con la otra me entrega un desproporcionado llavero de plástico color naranja con la llave de mi cuarto. Entonces me asalta la idea de que algo ha pasado con aquella figura apresada que hoy parece contenta. Podría llegar a jurarlo, aunque no tenga manera de probar mi apreciación. En apariencia, sigue siendo el mismo gruñón de siempre; corpulento y autoritario.

Mr. Steel alimenta una imagen de hombre solitario, pero tiene un sueño que mantiene lejos de las preocupaciones de su trabajo diario al frente de este hotel; un sueño que guarda con celo cada mañana cuando termina de acicalarse frente al espejo de su closet; se coloca una camisa a cuadros Mondrian en que existe la amenaza de que, de un momento a otro, salten los botones; sale del estudio en donde vive entre palomas que se posan en los alfeizares de las ventanas y, después de caminar algunas cuadras con un vaso de cartón con café humeante, se mete en su puesto convertido en el hombre de acero que tanto dicen temer los empleados que me hablan de él.

“Good morning, Mr. Steel”, dice a mis espaldas alguien que entra.

No tomo el ascensor. En la escalera que me lleva a mi cuarto, mientras lleno los pulmones en cada rellano, pienso que lo que los empleados me han dicho de Mr. Steel me ayudaría a construir un personaje para un cuento. ¿Por qué no? Así tendría motivos de entretención en esta espera. ¿Qué tal un cuento sobre Mr. Steel? Pero soy arquitecto; estoy en otro país y me niego a sentarme a una tarea distinta a llenar algunos renglones de tarjetas postales de Miami. ¿Qué pasaría si me pusiera a jugar al escritor? Alguna vez lo intente. Recuerdo que me publicaron un relato corto en una revista junto con una ilustración en tinta china que consideré bonita, pero que nada tenía que ver con mi historia. Lulú guarda una copia de la publicación. ¿La habrá roto?, me pregunto.

Y a renglón seguido, sin que exista respiro o pausa, no dejan de asaltarme los comentarios de algunos empleados del hotel sobre ese hombre gordo, alto y rubio de la recepción. Un hombre para un cuento. Un hombre ordenado, metido en su empaque.

“Bien vale la pena anotar que Mr. Steel sólo concede un poco de cortesía a los turistas”, me ha dicho un botones de bigotito canoso, vivaracho y un poco bizco antes de encargarse de recoger las maletas de un asiático que lleva puesta una de esas camisetas que llaman “esqueleto” y que se demora en descender de un taxi. Y después sigue con la rutina de su labor diaria como si no le interesara hablar conmigo: monta el equipaje en un carrito que hace un ruido molesto con las llantas y va sin prisa tras el asiático que cruza — este sí con rapidez— la puerta de cristal hacia la estación de Mr. Steel. Entonces antes de ingresar con el equipaje se voltea con lentitud para hablarme por encima del hombro, no como si me mirara, sino como si lo hiciera con alguien que estuviera parado a mi lado:

“Es un gordo mantecoso que se…”. Y no dice más o no sé si lo que he creído oír corresponde con lo que ha dicho. Sus palabras se han cortado al cruzar la puerta.

Por eso creo que la soledad de Mr. Steel es una soledad que pesa. Robustecida por esa presencia física que no da espacio a la amistad ni a la confianza. Es una soledad obesa. Asusta a cualquiera con sus grandes ojos azules de navegante de mares del Norte; con la manera como mueve las manos sin abrir la boca y ordena y ordena; con sus orejas de murciélago y el cuello recortado de boxeador venido a menos y genio de perdedor. Una soledad en la que también se puede descubrir el esmero de las sábanas limpias, talco para los pies y barrita de desodorante, un poco de perfume, gárgaras bucales y barba rasurada. Una soledad que nunca saca de paseo en un día de sol como hoy; pesada como un elefante que estira la trompa en busca del cacahuete que, según dicen, una vez le obsequió a un domador que había decidido hospedarse en una pieza con vista al mar. Una soledad hecha de claroscuros.

Pero quizás no debería detenerme en ello, digo en mi soliloquio de gondolero, y me quedo jugando con el gigantesco número grabado en el llavero naranja como si no me hubiera enterado que estoy parado frente a la puerta de mi cuarto, respirando apresuradamente; el corazón me golpea el pecho y sudo. ¿Tal vez si me refiriera a sus manos? Sí, las manos. Porque fuera de la estrechez en que se mueve el solitario gordo en la recepción, sus manos no dejan de ser protagonistas. Es como si tuvieran vida propia; en ellas se notan una locuacidad blandengue y quebradiza que es lo único que sobrevive a la luz de la mañana, además de algunos restos de barniz en las cutículas que sólo notaría un buen observador.

Mr. Steel no deja de mover las manos regordetas de ángel mofletudo de pintura renacentista. A veces asemejan las manos de un preso al que sólo le queda una alada desesperación que sale por las rejas al pasillo en una cárcel. En otras ocasiones son las manos de alguien que ha caído en uno de esos pantanos de los folletos a todo color de los Everglades y chapotea ante la proximidad de un caimán que ha abandonado la orilla de su quietud. Agita las manos, las alarga más allá de los límites de la tabla semicircular, las retrae; de repente, parecen aferrarse a algo en el vacío o, por lo contrario, sus gestos se vuelven sólo dos palmas bien abiertas surcadas de profusas líneas azules. Afloran a la altura de unos carrillos rechonchos de maquillada rudeza. Responden al pedido de preparar la cuenta al hombre que molesto habla de marcharse. Dicen un O.K, O.K, O.K, asmático.

“Eso que me pregunta sobre las manos de Mr. Steel, lo acompaña con un nervioso balanceo en los pies. ¿No lo ha visto? Es como si tuviera dentro un niño crecido de resabios, insolente, malcriado, que no ha dejado el abrigo de una madre protectora ante un padre desconocido”, me ha dicho una camarera con aspecto de sicóloga del Mount Sinai Hospital mientras termina de colocar una almohada en la cama de una pieza de este último piso.

Y sigo inmóvil en el pasillo sin atreverme a abrir mi puerta en el momento en que al cuarto de al lado llega un joven de cara aindiada y labios delgados, con esos rasgos que se repiten y que hacen creer que se trata de un conocido del que cuesta recordar en dónde hemos sido presentados. Lo saludo con un leve movimiento de cabeza para no pasar por descortés. El muchacho deposita en el suelo las maletas de una pareja (un matrimonio, supongo) de alemanes (por el idioma que hablan, supongo) que procede de Orlando (por las camisetas de Mickey y Minnie Mouse, supongo) y abre la puerta para que entren, sin devolverme el saludo. Los alemanes caminan con pasos de plantígrados; llevan bermudas, zapatos de cuero y calcetines a cuadros hasta media pierna. El muchacho no deja de mirarme, aunque no levante la vista del suelo; alza las maletas y entra. ¿Realmente no lo conozco?

De repente, sin ninguna razón, pasan por mi cabeza las palabras de Lulú, su llanto en mi casa y la posterior llamada por teléfono. No debí haber partido así, haciéndome el ofendido por lo que me dijo aquella noche después que no quise participar en la reunión con su familia. Y me asaltan los primeros cuchillos de la recriminación. Y la duda. Tal vez un simple correo electrónico sería suficiente para ella. O, ¿qué tal una tarjeta en Yahoo!?, pero ¿y Miami? En cambio, las postales… Sé que le gustaría recibir una imagen de la ciudad. Sin lugar a dudas, me decido por una postal y la brevedad de espacio para escribir algunas líneas después de un mes de silencio. Debo tener sobre la mesita una tarjeta de Ocean Drive en que hay en primer plano un automóvil Buick azul y detrás un letrero vertical: COLONY; una del downtown tomada desde Bayside en que al fondo sobresale el Centrust con sus terrazas de zigurat iluminadas de diferentes colores; otra con la Torre de la Libertad y una más con una vista aérea de una fila de edificios que bordean el mar en Miami Beach.

Lo que debo hacer es abandonar este pasillo, pienso. Entrar. Ya escogeré una tarjeta mientras espero una respuesta. ¿Tendré que enmendar mi error? ¿Dar mi brazo a torcer, otra vez? ¿Escribir un cuento, por ejemplo? Introduzco la llave en el picaporte, pero antes de darle vuelta miro al final del pasillo por donde se aleja el botones, pequeño y enteco, guardándose un billete en un bolsillo y entonces reconozco a la muchacha que me sonríe con una hilera de dientes blancos y parejos. Aquel cabello oscuro sobre los hombros, el vestido gris ratón, los senos redondos, la cintura apretada, el anillo en el meñique de la mano izquierda y el andar incendiario. No puede ser otra (aunque otras se vistan igual), sino Mirka. Desde la primera vez que hablé con ella me aprendí su nombre, lo leí en la plaquita roja y letras blancas que lleva en el pecho y empecé a repetirlo. Me gusta más que el de Lulú. ¡Ay, la pobre Lulú!

Aquella vez Mirka, con el cuerpo apoyado en una mano contra una pared y la otra mano doblada con coquetería en la curva de su cintura, me dijo con esa forma peculiar de soltar algunas palabras y cerrar un ojo y dejar el otro abierto: “Sólo cuando Mr. Steel advierte cuánto hay que abonar por el uso del teléfono, deja de mover las manos y habla. Porque ni siquiera cuando le piden la cuenta, abre la boca: le estira al huésped un papel con todo lo que cobra, más los impuestos”, dijo. “Casi nunca habla y cuando lo hace apenas despega los labios. Nos cuesta un mundo entender sus gruñidos”. Y mientras ella hablaba, yo miraba a Mr. Steel. Desde esa distancia él no la podía oír ni podía saber lo que pasé a decirle cuando la interrumpí y no me respondió que sí o que no, sino que cualquier día y que yo lo sabría porque llevaría aretes. Pero no dijo más, me dejó a un lado con mi propia espera.

Por su parte, Mr. Steel, aparentemente desentendido, seguía esperando que más gente empujara la puerta, ese vidrio por donde se introduce a borbotones este verano y se moviera el letrero con letras verdes y rojas que ve al revés, separadas y grandes y que desde dentro a nadie se le ocurre juntar. Espera por el hombre que pletórico de tanta ginebra le pide las llaves y se marcha cantando. Espera por el negro de la cabeza desnuda, lisa y brillante que metido en ropas grandes permite entrever su triste musculatura de saltamontes apaleado que ha pedido una llamada. Espera por un desfile de pantalonetas de colores y chancletas y gafas oscuras que no pararán de hablar, que si el 205, que si el 321, que entonces el 414, después de haber descendido de un autobús. Espera por los asiáticos, los canadienses, los rusos y los alemanes, mientras del otro lado del vidrio se asoma un hombre que habla solo y lleva una máquina de afeitar en una mano.

—…aunque tiene el alma de acero y el corazón de hierro…—, complementa a mansalva el botones zalamero del bigotito canoso cuando ha vuelto a tropezarse conmigo en el pasillo. “Mire, pana, tome…”, agrega, siempre como si estuviera mirando para otra parte, y me ha entregado —esta vez a toda prisa— una hoja volante rosada debidamente doblada en cuatro. Para este empleado que empuja un carrito de unos visitantes que no logro identificar por la lengua que hablan es como si el tiempo no hubiera trascurrido desde la última vez que nos vimos. Había sido sólo una pausa obligada, en la que se aprovecha para tragar saliva, y continuar con la respuesta que había comenzado el día en que llegó el asiático con la camisilla-esqueleto. Es lo mismo que me pasa con Mirka en que la conversación sigue y mi insistencia y su respuesta es la misma.

Finalmente he entrado al cuarto sin preocuparme en cerrar la puerta, he visto sobre la mesita las postales y la hoja rosada desplegada con la información y no me he detenido, ni tengo porqué, mas que a vestirme. Ya no pienso en Lulú, ni en escribirle nada. Después tomo la maleta y la abro sobre la cama. Entonces me ocupo de colocar lo mejor que puedo —dada las circunstancias— la ropa que saco de las gavetas. Escucho el sonido que viene de la habitación contigua: agua que desciende por un tubo. Alzo la mirada para comprobar que ella sigue ahí, que después de todo ha aceptado y lleva aretes y hoy es cualquier día. Su reflejo me llega triple desde el espejo del baño: espera apoyada al marco de la puerta, con una mano doblada en la cintura, sin decir nada y los labios pintados de rojo carmesí.

¿Quién puede resistirse al fuego?, pienso al cerrar la maleta y la puerta y el pasado, ni siquiera Mr. Steel que se quedó sin un cuento, un cuento que le hubiera gustado a… en que instalado en un bar de Collins Avenue, en donde como cada nuevo anochecer se ha acomodado los excesos de carne dentro de un falso vestido de Versace, una peluca negra, el rostro maquillado y las uñas pintadas, sale a escena. Una luz dulce lo ilumina. En un momento dado se arrodilla ante ese jovencito de labios delgados y rasgos que hacen que parezca conocido y cuyos ojos rasgados en la primera fila derriten la gravedad del día como si a esta hora de la noche y sólo a esta hora, él, Mr. Steel, fuera de mantequilla. Y lo oímos cantar una canción en que pide llegue su cualquier día, my good time

JAIME CABRERA GONZÁLEZ BÁSICO

Jaime Cabrera González nació en Barranquilla, Colombia. Es autor de Como si nada pasara y Textos sueltos/bajo palabra-Autobiografía de los sueños. Ha obtenido distinciones en concursos literarios en Colombia, Chile y Estados Unidos.

Algunos de sus cuentos aparecen en las antologías Cuentos Celestos, Antología del cuento caribeño de la Universidad del Magdalena (Col), Cuentos sin cuenta de la Universidad del Valle, Cuentos cortos del Diario El Tiempo de Bogotá, Cita de seis de la Casa de la Cultura Hispanoamericana de Miami, Veinticinco cuentos barranquilleros de la Universidad del Norte de Barranquilla y Manojo de Sueños de la Universidad Metropolitana de Barranquilla, entre otros. Su cuento Ben Benny Benito ha sido traducido al francés por André Charland.

Prepara para pronta publicación En un bosque de la China; tiene inéditos los libros de cuento La playa, blues y resaca, La canción de Trío Jesús y La ronda de Los Jobos; y la novela El tumbao de Macorina. Desde 1993 reside en Miami Beach, Florida (EU).

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Gráficas de Daniel Angulo
, Artista Multi-Media, Barranquilla, Colombia, profesor de Arte en Focal Point Community Center en Pembroke Pines, Florida.


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