¿Qué papel desempeña la literatura en el Santo Domingo de hoy?

¿Qué papel desempeña la literatura en el Santo Domingo de hoy?

Miguel Ángel Fornerín  [mediaisla] En la sociedad actual, me sorprende la abundancia de publicaciones frente al estancamiento de la lectura. Sorprende que el libro se haya constituido más que en un debate de ideas en un espectáculo mediático. Hemos asistido en los últimos años  a una afanada acción publicista.

Desde hace algunos años me vengo preguntando por el valor que tiene la literatura en la República Dominicana de nuestros días. Valor que está a mi manera de ver muy ligado a la tradición y a una sociedad en un tránsito desbocado hacia la modernización del capitalismo periférico. Veo en las manifestaciones culturales inicios de una forma de legitimación, que ya ha ido decayendo en otros países. Y esto me lleva a pensar en la existencia de una tradición letrada que, aunque haga sus últimos esfuerzos, persiste en la cultura dominicana. Los grupos letrados establecieron en nuestro medio una alianza importante entre saber y poder; entre letra y vida, como entre educación y nación. Las luchas liberales se manejaron como la expresión adversativa de las armas y las letras o de la cruz y la pluma.

El mundo liberal salta al escenario público en manos de la Historia como conocimiento del pasado y reafirma de lo nuevo en el presente. El sujeto romántico intentó construir una subjetividad libertaria que expresó en una lucha entre la individualidad y la razón, en contra de las formas feudales, del catolicismo a ultranza que intentó imponerse a la cultura popular. La vida y la palabra se pusieron en juego al construir una ética del pensar y de la acción. El escenario en que se traumatizaron los caracteres fue la cultura letrada, la prensa, la literatura. Esta fue el terreno de la libertad, donde se construyeron los caracteres nacionales. Verdades de la burguesía que a través de la educación y la repetición, se eternizaron y pasaron de ideas a cosas veneradas. Lo que era profano se hizo sagrado.

En la lucha de los héroes por establecer un nuevo régimen político al estilo europeo. En el escenario de batallas y celadas, los hombres fueron escritores, generales y políticos. La literatura no fue solamente el medio civilizatorio y el de propagación de nuevas ideas, sino el que sirvió para legitimar a una nueva casta liberal en el saber y el conocer, en el explicar y en poseer el saber. Todos estos escenarios fueron prácticamente los mismos en las letras hispanoamericanas. Cuando las analizamos hoy día notamos sus fisuras y entendemos cuán importante fue para la naciente burguesía, para la pequeña burguesía que buscaba legitimidad, para la construcción de aparatos de poder capaces de sustentar las ideas de patria, nación y república.

Hoy día nos parece que la literatura como manifestación artística ha venido a menos, combatida por nuevos medios de comunicación y otra forma de legitimación; socavada por un abandono de la educación general por parte de las clases burguesas, oligárquicas, que han convertido la educación en una simple repetición de fórmulas y en centro de aprendizajes técnicos donde el arte y el pensamiento parecen estar ausentes; que han, en fin, cambiado el interés en lo humano por un estólido espectáculo.

La literatura en nuestros países de América que fue una fuente de sabiduría y desarrollo de la creatividad, parece relegarse a ciertos círculos de la academia, donde ya da síntomas de languidez, junto a todo lo que pertenece a las humanidades. Frente a la formación de científicos y especialistas, los hermeneutas, historiadores y críticos literarios comienzan a padecer la ausencia de discípulos, el cierre de programas y la suspensión de cátedras. Un nuevo Medioevo parecería acercase hacia las humanidades y la literatura.

En el siglo XIX europeo fue, además de lo que llevamos dicho, una actividad ligada a la educación popular, a los obreros y clases emergentes que lograron una legitimidad y una manera de concebir su presente y su pasado. Las fuerzas letras creadas por los de abajo, fue tan poderosa que se hizo con el escenario de la lucha política: la imprenta, el pasquín, el libro y todo el saber y la acción que de ellos se desbordaba produjeron revoluciones y cambiaron, por lo menos una parte del mundo. Toda esa cultura ha venido a menos como en los tiempos que vivimos.

Y es lo que me lleva a pensar en el lugar que hoy ocupa la literatura en la cultura dominicana. Pongo un ejemplo de país, que es uno de los que más conozco. En Santo Domingo las letras fueron parte de una tradición: uso el concepto de tradición como permanencia en el tiempo. Una actividad que se da constantemente en el tiempo con ciertas características. El inventario del pasado de las letras en el viejo Santo Domingo, y su arqueología la realizó Pedro Henríquez Ureña, quien también avanzó el análisis del pasado literario en Hispanoamérica. Queda dicho que la literatura en Santo Domingo viene de una tradición. Es perentorio señalar que ésta discurre en medio del aislamiento y una recesión o estancamiento social que duró muchos siglos.

Luego la literatura estuvo más enfocada en la lucha entre la libertad y el autoritarismo que en renovarse a sí misma, esto puede explicar la vuelta a los clásicos o la persistencia de modelos pasatistas, o la poca innovación que hicieron en ciertos periodos los letrados en cuanto a la estética literaria, mientras presentaban cambios y nuevas acciones sociales.

En la sociedad actual, me sorprende la abundancia de publicaciones frente al estancamiento de la lectura. Sorprende que el libro se haya constituido más que en un debate de ideas en un espectáculo mediático. Hemos asistido en los últimos años  a una afanada acción publicista: por una lado, en el campo de la historia y de las reediciones de escritores pasados; por otro, en el campo de las colecciones de obras de autores y reediciones. Todo esto ha llegado al espectáculo de las ferias del libro. Sin que hayan cambiado aspectos o indicadores fundamentales: primero, seguimos publicando mil ejemplares de cada libro. Y hasta hemos vuelto a la cultura de los quinientos de que regía la literatura en los años 1930, otros deciden publicar menos ejemplares o simplemente pasar al libro electrónico  (barril sin fondo si no se es un autor de gran convocatoria). Es decir, no ha cambiado el tiraje de los libros. Por otro lado, se revela la quiera de las librerías, en un fenómeno que no es nuevo, pero sí llamativo, pues la gente cree que hay menos librerías porque se lee más libros digitales. Mi impresión es que el libro digital sigue en una escalada de dominio del mercado, pero el que más terreno gana en nuestros países es el libro pirateado digitalmente. En fin, el modelo de producción y distribución del libro ha cambiado y parece moverles el piso a muchas gentes.

En segundo lugar, los gobiernos y universidades reducen significativamente los aportes a las bibliotecas, a los fondos para la compra de libros. Se reducen los cursos de literatura, las cátedras y las carreras. Entonces, es un panorama sumamente contradictorio. En el caso dominicano, por demás, esto no solo se puede explicar, a mi manera de ver, como la persistencia del libro como elemento legitimador, no en el terreno de la difusión y el debate de las ideas, sino en que el libro ha pasado a ser parte de un escenario virtual en el cual él tiene otra existencia. Y todo esto es lo que explica la presencia de tantas publicaciones y la rimbombancia de las ferias, los encuentros culturales y literarios. Otra forma de legitimación sin que haya de manera palmaria la sustancia de la lectura y el debate.

Todo el aquel que escribe podría encontrarse con pocas gentes que le dice he leído tu libro. Sobe todo los libros de ficción, ramo más apreciado que el género de los libros de ideas. Cuando les preguntamos —al reducido número que sí lo hace— qué le pareció el texto, nos encontramos con que la persona no tiene una idea clara de lo que el libro presentaba. Es decir, cada vez tenemos más lectores que no penetran en la profundidad de los textos: unos por falta de otras lecturas, y otros por la ausencia de una educación que enseñe verdaderamente a leer. Pocos debates se dan a la salida de un libro a menos que sea un escritor conocido.

Creo que la figura del bestseller y de la literatura light no es solamente que los medios del espectáculo ofrecen esos productos al mercado, porque es lo que quieren que se lea y se venda, sino que en parte funciona la idea de que no los lectores no exigen obras más complicadas. Que los lectores quieren ese tipo de subliteratura. Frente a todo esto me sigo preguntando para qué sirve, cuál es la función de la literatura en los tiempos que vivimos y en el caso específico de la República Dominicana, un país de tradición literaria, tradición intervenida, pero en unos momentos de la modernización del capital en la periferia, en los que el hombre está abocado al mercado, a la vida instrumental, y donde la educación y las ideas se encuentran en el nivel más bajo que los grupos de poder la han colocado. | maf, cagua, pr trabajosparafornerin@gmail.com

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