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Puertas y ventanas

Queda la música | El futuro de la lectura | Letras en la Frontera 2012 | VI Feria del Libro Dominicano en NY | Julio Ramón Ribeyro – Dichos de Luder | Para un diccionario básico | ¿Pero hubo alguna vez un premio honrado? | Tres décadas sin Grace Kelly | Rafael Valera Benítez – Soneto para un amor más grande | Violencia y redención | Alicia Alonso se mira en Narciso | Auguste Rodin baja a los infiernos | Thomas Bernhard inédito | Luis Goytisolo: “La historia de la humanidad tiene mucho de cuento de terror”  | Los años salvajes de la generación beat | La poeta de los muertos: metáforas de la violencia en Colombia | Ciudades habitadas por la literatura | Elogio del desamparo | Un Lacan secreto | Los muchos rostros de Virginia Woolf | El valioso patrimonio sirio que sufre bajo el fuego cruzado | Las batallas terrestres | El cuento clásico de la semana | Imágenes del mundo

El futuro de la lectura

El futuro de la lectura ya no será lineal, sino radial. Los libros electrónicos permiten saltar a imágenes, música o diccionarios. Las ediciones en papel serán un lujo y un placer. Con todo, los expertos animan a no perder la capacidad de leer con atención.

Leemos todos los días. A todas horas. Inconscientemente. La información nutricional de la caja de cereales, las señales de tráfico, la factura de la electricidad, las vallas publicitarias.

Conscientemente. Una novela de Jonathan Franzen, el periódico, el muro de Facebook, los resultados de una búsqueda en Google. Somos más lectores que nunca. Pero desde hace tiempo utilizamos esa vieja palabra, leer, para nombrar un acto que está en transición. Que no es lo que era. La lectura está cambiando y, con ella, nosotros, los lectores.

Día tras día leemos titulares sobre la desaparición del libro físico y los correspondientes desvelos de editores, libreros, bibliotecarios, pero, cuestiones de mercado aparte, nosotros, los lectores, ¿cómo leeremos en el futuro? ¿Qué entenderemos por libro? ¿Qué entenderemos por leer? ¿En qué soportes leeremos? ¿Cómo hablaremos de libros? ¿Dónde conseguiremos los libros?

1 Una vieja tecnología. ¿Qué entenderemos por libro?

“La tecnología es todo aquello que fue inventado después de que tú nacieras”. La cita es del ingeniero informático Alan Kay y hace referencia a esa idea generalizada de que tecnología es sinónimo de nuevo. Los ordenadores, los móviles, los GPS son tecnología. ¿Los libros? También, insiste Joaquín Rodríguez, editor, autor y responsable del blog Los futuros del libro. “Aunque nos preceda nueve siglos y sea algo natural en nuestras vidas”. El libro es una tecnología para muchos inmejorable: compacta, portátil, fácil de usar, barata, autónoma. Por eso precisamente ha tardado tanto en iniciar su tránsito hacia lo digital. “Los libros son artefactos increíbles”, reconocía Jeff Bezos, consejero delegado de Amazon, para luego añadir: “Son el último bastión de lo analógico”. Esa semana de noviembre de 2007 el gigante de Internet presentaba el lector electrónico Kindle.

Hasta hace no demasiado, la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española bastaba para describir qué era un libro: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. Ahora empieza a haber consenso en torno a otra, propuesta por el veterano periodista, escritor y gurú del futuro Kevin Kelly: “Un único argumento o narrativa de extensión larga, sin importar su forma o si es en papel o electrónico”.

Siempre habrá libros muy aumentados, como los infantiles, con un despliegue muy llamativo

Una de las principales características de los libros del futuro es que “no serán un ladrillo inmutable”, escribe Craig Mod, editor, escritor y diseñador de la revista social Flipboard, en el texto Post-artifact books & publishing. Esas erratas que siempre se escapan a pesar de las múltiples revisiones podrán corregirse en posteriores actualizaciones, donde autores o editores no solo enmendarán errores, también ofrecerán nuevos contenidos a los lectores, práctica común en el terreno de las aplicaciones y con la que ya experimenta Nórdica Libros: El viento comenzó a mecer la hierba, de Emily Dickinson, pronto incluirá más poemas recitados. También los lectores contribuirán con sus notas a engordar el e-book que, en muchas ocasiones, será una lectura multimodal, es decir, podrá incluir letras, imágenes, enlaces, vídeos…

Aunque no conviene esperar fuegos artificiales de todos ellos, opina José Antonio Millán, autor de varios estudios sobre la lectura en España y responsable del blog Libros y Bitios. “Siempre habrá libros muy aumentados, como los infantiles, con un despliegue muy llamativo. También habrá obras científicas con muchas adiciones que facilitarán el estudio o la comprensión, pero la novela podrá seguir siendo novela. En una edición de Ulises podrás ver un mapa, por ejemplo. Pero hay veces que no hace falta nada”. Siga leyendo El futuro de la lectura

IV Encuentro de Escritores “Letras en la Frontera 2012”

San Antonio, TX.- El IV Encuentro de Escritores “Letras en la Frontera 2012”, dedicado este año a la poeta Carmen Tafolla, contará con la presencia de veinte destacados escritores latinoamericanos y se celebrará los días 20 y 21 de Septiembre de 2012 en la sede de la Universidad Autónoma de México de esta ciudad.

El encuentro, enmarcado dentro de los eventos promovidos por la alta casa de estudios de México con sede en San Antonio, tiene como objetivo acercar la comunidad latina con sus autores y permitir la coincidencia de los jóvenes escritores con los emergentes. Durante las jornadas del encuentro habrá sesiones de lectura, talleres y presentaciones de libros de los autores participantes.

Además de la laureada Carmen Tafolla, recientemente nombrada “First Poet Laurette of the City of San Antonio”, estarán presentes René Rodríguez Soriano, Carlos Acosta, Ophir Alviarez, Elvia Ardalani, Alfredo Ávalos, Rebecca Bowman, José Juan Colín, Santiago Daydi Tolson, Rebeca Gómez Galindo, Juan Antonio González, Conchita Hinojosa, Bertha Jacobson, León Leiva Gallardo, Amelie Olaiz, Joaquín Peña Arana, Juan Miguel Pérez Gómez, Carlos Ponce, Ramiro Rodríguez, Alejandro Rosales Lugo, Erika Said Izaguirre y Javier Villarreal.

Este año, se unen también “The Jazz Poets” de San Antonio, quienes estarán recibiendo a los escritores de este encuentro el jueves 20 a partir de las 9 pm, en “The Expresso Gallery” para una noche de micrófono abierto, jazz y poesía. Este evento también es gratuito.

Los horarios de Letras en la Frontera 2012 son:

Jueves 20:

  • 6:30 pm  Presentación del libro Voyeur, de Alfredo Ávalos
  • 7:30 pm Homenaje a Carmen Tafolla, con lectura por parte de la autora.
  • 9:00 pm  Visita a “The Jazz Poets” en Expresso Gallery

Viernes  21:

  • 10:00 am – 1:00 pm Taller Literario “La creatividad en las letras”
  • 3:00 pm a 7:30pm   Mesas de Lectura. Poesía y Narrativa.

VI Feria del Libro Dominicano en NY

NUEVA YORK.- El libro y el autor dominicano volverán a ser protagonistas del ambiente cultural del Alto Manhattan durante los días 28, 29 y 30 de septiembre, con la celebración de la 6ta. Feria del Libro Dominicano en Nueva York.

Dedicado este año a los escritores Dinorah Coronado y César Sánchez Beras, el evento, considerado el más trascendental realizado por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana fuera del país, a través del Comisionado Dominicano de Cultura en los Estados Unidos, se desarrollará en los salones de Boricua College, localizado en la calle 155 y Broadway, en Manhattan, e incluirá decenas de actividades, entre ellas conferencias, lecturas, obras de teatro, paneles, talleres y presentaciones de libros de escritores de la diáspora dominicana y de la isla.

Con el lema: “La lectura te distingue”, la feria ofrecerá a las comunidades hispanohablantes estadounidenses la oportunidad de entrar en contacto con la voluminosa, variada y rica bibliografía dominicana.

También se realizarán numerosas actividades para los niños, como talleres de pintura y actos de magia, en el Pabellón Infantil, a cargo de la escritora Elizabeth Balaguer.

Además se efectuará el II Concurso Juvenil de la Feria del Libro 2012, en los géneros de Cuento y Poesía, para estudiantes de secundaria de cualquier nacionalidad.

“Estamos muy entusiasmado con la realización de esta 6ta. Feria del Libro Dominicano en NY, la cual se ha convertido en la fiesta cultural más importante de la comunidad quisqueyana que reside en los Estados Unidos”, dijo Carlos Sánchez, Comisionado de Cultura de la República Dominicana. “Esperamos contar como siempre con la asistencia masiva del público, y agradecemos la colaboración de las decenas de voluntarios que hacen posible esta celebración cultural”, agregó.

Julio Ramón Ribeyro | Dichos de Luder

Cuando a Balzac le entra la manía de la descripción -observa un amigo- puede pasarse cuarenta páginas detallando cada sofá, cada cuadro, cada cortina, cada lámpara de un salón.

–Ya lo sé -dice Luder-. Por eso no entro al salón. Me voy por el corredor.

* * *

Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.

–Estoy confundido –dice–. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estéticas.

Contenido. Cansancio – Sergio Borao Llop | La muerte inefable  – Orlando Alcántara Fernández | Guiñapos rosa tristón – Abilio Toimil | Azules que se caen de morados – René Rodríguez Soriano

proSÁBADO 003. Pájaro fugaz que nada o vuela al borde de su ausencia, las palabras son la luz infinita de su articulación; se origina el último sábado de cada mes con la colaboración de los habitantes de mediaIsla. Siga leyendo proSÁBADO

Para un diccionario básico

Bastantes ciudades empiezan bien, pero casi todas acaban mal. Ámsterdam se va mutando en tejidos sucesivos, como disolviéndose en ellos.

Atardecer. La luz diurna que queda todavía cuando ya se ha ido el sol le da un brillo móvil de mercurio a los canales de Ámsterdam. Por encima de los tejados, de las ventanas sin cortinas en las que van encendiéndose las luces, pasan las grandes nubes viajeras que trae el viento del Atlántico. En las calles comerciales donde sólo está permitida la circulación de tranvías y bicicletas se han cerrado las tiendas y hay un silencio en el que se nota la fatiga y el alivio del día laboral concluido.

Bicicletas. Anochece y sus pequeñas luces flotan en la penumbra como luciérnagas: algunas parpadean, otras permanecen fijas, hay quien las lleva colgadas en el pecho; el parpadeo se corresponde a veces con el sonido breve y rápido de los timbres; los timbres riman en tono menor con la campana del tranvía, igual que el ruido de cacharro de las bicicletas se escucha con el fondo de esa trepidación de los motores eléctricos y del roce de las ruedas de los tranvías sobre los raíles.

Ceda el paso. O no lo ceda y láncese, con la suficiente decisión como para que se lo ceda a usted el que se le acercaba por la derecha o por la izquierda, a veces en dirección contraria, en bicicleta o a pie, en una negociación que dura segundos, décimas, en la que sólo el novato da un acelerón o se para del todo. Casi todo el mundo, con pericia muy semejante, se apresura un poco más o apacigua su avance, de modo que el flujo está cambiando siempre de velocidad y nunca se detiene: un tanteo, un ligero desvío, un apresurar o un ralentizar que determinan un cruce que no se convierte en choque por sólo una fracción de segundo, unos centímetros. Una mezcla de atrevimiento y deferencia a la que el no iniciado se lanza a veces como el cobardón que se tira al agua de cualquier manera, tapándose la nariz, cerrando los ojos. Parte de la destreza del nativo o del habitual consiste en eludir al forastero torpe, en prever a tiempo sus equivocaciones, sus paradas súbitas.

Ciudades. Siempre son dos, idénticas y a la vez muy distintas entre sí, superpuestas en el mismo espacio, como las ciudades sucesivas que excavan los arqueólogos en el mismo solar, estratos de ruinas apilados los unos sobre los otros. Está la ciudad desconocida del primer o de los primeros días y la otra ciudad que ya es familiar. En la primera las cosas flotan sin orden, aparecen, desaparecen, se pierden, se encuentran de golpe inesperadamente al doblar una esquina. Es la que se explora con la ayuda de un mapa: es esa ciudad de los viajeros perdidos que desdoblan y despliegan un mapa y no encuentran correspondencia entre lo que en el mapa está tan claro y la confusión en la que se han extraviado. En la segunda ciudad reina el orden y aunque no se vea su final las calles conducen siempre a los mismos sitios. Son como las dos caras de la mujer amada de las que habla Proust: cuando Charles Swann mira a Odette un día antes o unos minutos antes de estar enamorado de ella dice Proust que la está viendo de verdad por última vez. La primera ciudad se atisba en breves relámpagos de memoria en los que uno es de nuevo el recién llegado. Siga leyendo Diccionario básico

¿Pero hubo alguna vez un premio honrado?

Con escasas (y notables) excepciones, el premio literario honrado es el que todavía no ha sido concedido.

Es más que probable que mis improbables lectores conozcan mi opinión acerca de los premios literarios. Se la resumo: con escasas (y notables) excepciones, el premio literario honrado es el que todavía no ha sido concedido. En todo caso, tengo la certeza de que los que sí conocen perfectamente esa antigua opinión mía son los editores: por eso hace mucho tiempo que no me invitan a formar parte de ningún jurado. Y, qué quieren que les diga: hacen bien. Y conste que hay una parte de mí que lo lamenta, porque ese es precisamente el tipo de bolo agradecido en épocas de bolsillos yermos. Pero así son las cosas. Sobre todo en un país como este, en el que priman casi exclusivamente los premios a originales inéditos sobre los más fiables que se conceden a obra publicada, es decir, a libros que ya se han enfrentado al veredicto de la crítica y de los lectores (el Goncourt, el Booker, etcétera). Lo más tremendo es que, entre nosotros, ya nadie se escandaliza cuando, en la ceremonia de entrega, el representante del jurado anuncia algo así como que “abierta la plica, el ganador resultó ser…”, para, acto continuo, pronunciar un nombre que ya se conocía en el milieu varias semanas antes. Respondemos al cinismo agresivo con proporcionales dosis de cinismo pasivo, como si interviniéramos a pesar nuestro en un juego que nos resulta imbécil, pero en el que todo el mundo sigue participando. Y en ese juego los medios también tienen su papel: como afirmaba el llorado Juan José Saer (debo la cita a un buen amigo), “la comunicación empresarial dirigida a los medios, donde ya se está sugiriendo de antemano lo que hay que decir del producto, vuelve superflua la crítica”. Pues bien, el último eslabón de esa cadena de premios más o menos fuleros y concedidos de antemano es el que inaugura la temporada: el premio de novela negra de RBA, que este año ha recaído en The black box, del estupendo Michael Connelly, a quien los 125.000 eurillos y la promesa de una apabullante promoción (en gran parte gratuita) han convencido para dejar a su antigua editorial (Roca) con tres palmos de narices y migrar a la competencia. Por cierto, supongo que en la “operación” habrá tenido algo que ver su famosísima subagente española (sí: la antigua socia de Ricardo Rodrigo, el presidente del holding). De modo que RBA, que ha conseguido situarse entre los líderes de la edición española de thrillers a golpe de premio-talonario (entre otras cosas; no quisiera obviar los méritos de la editora Anik Lapointe), sigue ampliando catálogo. Este año, lamentablemente, no me fue posible acudir a la fiesta, en la que siempre encuentro viejos amigos, me empapo de maltas de las Highlands y me entero de dos o tres cosas que me cuentan mis topos catalanes. Como, por ejemplo, que Jesús Badenes, uno de los ejecutivos más valiosos del Grupo Planeta, había declinado recientemente la oferta de dirigir RBA, aduciendo que se encuentra muy a gusto en su tajo. Y es que, como recomendaba el austero de Loyola, “en tiempo de desolación, nunca hacer mudanza”. Me aplico el cuento. Siga leyendo Pero hubo alguna vez…

Los cuentos que Nueva York no sabe, un libro desconocido

Por muchas razones, la literatura dominicana permanece desconocida para aquellos  que debieran valorarla. También es cierto que por “tocar de oídas”, los comentaristas de libros se hacen ideas falsas sobre los textos. Los cuentos que Nueva York no sabe, de  Ángel Rafael Lamarche (publicado en México en 1949), ha corrido con la mala suerte de ser desconocido e inexactamente presentado por los críticos literarios dominicanos. Don Sócrates Nolasco eligió para su antología El cuento en Santo Domingo (1957) el cuento Pero él era así…, un cuento psicológico que se ha repetido en algunas antologías. Se desconoce la calidad de otros de sus mejores cuentos.

Lamarche es un cuentista de sólida composición. A diferencia de los que escriben impresiones de viaje, este autor buscaba penetrar en la profundidad del alma humana. Creo que realizó en la literatura el predicado de La Poesía Sorprendida: una literatura con el hombre universal. Estuvo ligado en su juventud al grupo Plus Ultra que orientaba Peña Batlle, y a La Poesía Sorprendida. Ejerció la crítica,  escribió crónica de viaje  y poesía. mediaisla prepara una edición de sus cuentos…

Entiende el autor la gran ciudad como un espacio en el que se encuentran los hombres con todas sus características humanas y donde confluyen, además, todas las naciones y las razas. Desde el inicio, la obra apela a otro escritor, a Hill, quien se encuentra postrado en su lecho de muerte. Por la ventana de su casa, se aprecia la ciudad, sus grandes edificios, su variada luminosidad… Hill es hijo de inmigrantes. En ese pórtico donde se relata como personaje que busca a un escritor que le dé forma a su memoria de ciudadano de Nueva York, se encuentra su historia amorosa, abriendo así las puertas a la ciudad. Hill lega su historia de Nueva York.

En su libro, el subway se establece como un lugar de encuentros. Esa arteria humana que cruza por debajo de la ciudad es un complejo espacio donde lo humano presenta su propia historicidad. Esto se echa de ver en la historia “El día en que Dy pensó en el ‘Subway’”. Dy hacía su travesía acostumbrada, unos veinte minutos para llegar a la estación Rector Street. Se quedó parada, luego encontró asiento y en lugar de leer un libro o un periódico decide reflexionar sobre el metro. Advierte que el tren es ruidoso. La muchacha había leído una novela “en que varias generaciones viven dos o tres siglos sin saber del mundo en una ciudad subterránea” (107). Esta imagen nos muestra la metáfora del subterráneo, la gente vive debajo y solo cuando sale del hoyo encuentra de nuevo la ciudad, así lo subterráneo es otra ciudad, que existe debajo de la otra. Pero a la muchacha le pareció mejor un cuento en que un tren conduce “los mismos pasajeros en un eterno viaje.” ¿Qué medio de transporte es ése? ¿Será la vida como un viaje que solo para en la muerte? Y esta era su impresión: “Corría en un tren donde todos parecían eternamente ligados por el mismo destino” (ibid.).

La mirada de Dy se posa en las gentes y en los carteles que aparecen en el tren. Ve como si los rostros parecieran y desaparecieran. Eran espectros. Como una reescritura de la caverna de Platón. También pensó eran las sombras de las muchachas que habían viajado en este vehículo. Y entra en la escena Dy; luego se enfoca en un bailarín. La narración es maravillosa, pues ocurren cosas inusitadas, las creaciones mentales de Dy en el subway. Ella mira a cada pasajero y en su rostro lee, maravillosamente una historia. Así de la historia van saliendo otras historias, como la historia de la muchacha rubia que establece el tema del otro (págs. 112-114). En la secuencia siguiente se inicia con una anciana, pero ésta, a diferencia de la muchacha rubia, “retrocedía al pasado.” Así entre una historia y otra, hay una prospección y una retrospección. Elementos técnicos muy innovadores en la narrativa dominicana de los años cuarenta (115). Como en el tiempo retrospectivo de “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier, la anciana se transfigura en una muchacha. Y pasa del presente al Nueva York “con mecheros de gas y coches de briosos caballos” (115). Siga leyendo Un libro desconocido

Julio Cortázar en el matasellos

La edición integral en cinco tomos de las cartas del escritor ayuda a reconstruir su vida personal y el proceso de elaboración de algunos de sus libros mayores.

Julio Cortázar se sentaba ante la máquina para escribir sus cartas y dejaba correr “el vasto río de los pensamientos y los afectos”. No le gustaba, sin embargo, guardar copias: “Hay que conocer muy mal a los cronopios para imaginar que guardan cartas”, le dijo en 1962 al director de cine Manuel Antín. En sus misivas, Cortázar contaba a sus familiares, amigos, editores y traductores un sinfín de vaivenes personales, la creación de sus libros, anécdotas de viaje, opiniones políticas o literarias: el reflejo de su época y su generación intelectual.

Estas Cartas (Alfaguara) llegan en forma de una edición aumentada (con más de 1.000 cartas nuevas), ampliamente corregida y completada. Quien recorra este auténtico legado epistolar del autor de Rayuela asistirá por primera vez no solo a la gestación de algunos de sus libros mayores (Bestiario, Historias de cronopios y de famas o el propio Rayuela), sino también al nacimiento, consolidación y final del boom de la literatura latinoamericana, del que se cumplen 50 años.

Después de la publicación en 2009 de Papeles inesperados, una colección de capítulos de libros, prólogos, artículos y cuentos inéditos hallados un día en una vieja cómoda, Aurora Bernárdez y Carles Álvarez García se propusieron corregir y aumentar, mediante un exhaustivo rastreo, los tres tomos ya publicados con la correspondencia del escritor argentino. El resultado son estos cinco volúmenes con más de 3.000 páginas que se leen como un diario o un relato autobiográfico.

Muchas de estas cartas ofrecen detalles específicos del mundo cortazariano. Una vez Paul Blackburn, su traductor al inglés, le preguntó de dónde salieron los cronopios, “esos seres arquetípicos que se oponen a la fama”. Y el escritor respondió: “¿Cómo puedo saberlo? Yo estaba en el Teatro de los Campos Elíseos escuchando música y llegaron los cronopios. Simplemente llegaron, en cuerpo y alma. La única diferencia con la forma definitiva es que al principio eran más bien algo parecido a globos verdes y húmedos. Sus características humanas aparecieron después”. Siga leyendo Julio Cortázar

Tres décadas sin Grace Kelly

La actriz fue una de las rubias de Hitchcock en ‘La ventana indiscreta’ o ‘Atrapa un ladrón’. Su carrera solo duró 11 películas, suficiente como para ganar un Oscar con ‘La angustia de vivir’.

Hoy El País de TCM lo dedicamos a esta actriz que murió un día como hoy de hace treinta años después de sufrir un accidente de tráfico. Representó el glamour y fue una de las rubias de Hitchcock en películas como La ventana indiscreta o Atrapa un ladrón. Tuvo una carrera corta de tan sólo once largometrajes, pero lo suficientemente intensa como para que le diera tiempo a ganar un Oscar y a trabajar con maestros como John Ford. Su última película se tituló Alta sociedad. Y pareció un guiño porque, a partir de entonces, se dedicó a representar el papel de princesa de Mónaco. Un personaje que habitaba en el papel couché pero que, pese a su brillo, nunca consiguió que olvidáramos sus interpretaciones en pantalla. Siga leyendo Sin Grace Kelly

Rafael Valera Benítez | Soneto para un amor más grande

Es para ti la luz, la luz nacida
en la tierra más pura y permanente,
alta niña de lluvia dulcemente desde
un tiempo de trigo descendida.

Viene el sueño a nacer, viene otra vida
por ti, por la paloma de tu frente,
es un rumor el mundo y de repente
nace vasto el milagro, sin medida.

Dueña del tiempo solitario, dueña
de una ciudad delgada en la que sueña
por tu mano movido el firmamento.

Es el amor ahora y sobre el mundo
eres llovizna, luz, amor rotundo
y estrella, sobre todo, de alto viento.

Contenido. Mirar el mar – Sergio Borao Llop | Ha pasado – Hernán Tenorio | Ráfagas  – Sally Rodríguez | Cazador Herido  – Pedro Glup

poeMARTES 003. Tan relámpago, tan luz, el poema es el poema. Luz que brota de la lámpara o del agua y se bebe o se vierte hasta el filo de las tardes. Sin género sin sexo, se origina el último martes de cada mes con la colaboración de los habitantes de mediaIsla. Siga leyendo poeMARTES

Violencia y redención

“En Guatemala se vive un ‘apartheid’ sin leyes”, afirma Rodrigo Rey Rosa, que publica ‘ Los sordos’. La novela trata sobre la virulenta realidad de su país.

“Me prohíbo saber de la historia más de lo que va surgiendo mientras la escribo. Nunca hago un bosquejo previo, sobre la marcha me doy cuenta de lo que necesita la novela. Supongo que eso me pone en el lugar del lector”. Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) habla de su trabajo sin plan para explicar que su nueva novela, Los sordos (Alfaguara), le llevó por caminos que no tenía previstos. “Pensé que sería la historia de un pistolero antipático, un vaina, y me surgió este chico más bien inocente”, dice refiriéndose al protagonista, un muchacho de campo reciclado en la ciudad como guardaespaldas y que termina investigando la desaparición de su jefa, hija de un banquero al que ella misma considera un tirano.

Sentado en la cafetería de un hotel madrileño, Rey Rosa es a la vez parco, delicado y rotundo, como sus libros, escritos en una prosa sin materia grasa y que rara vez, es el caso, sobrepasan las 200 páginas. El suyo es un estilo sin adornos, pero no frío, en todo caso, “una enorme cámara frigorífica en donde las palabras saltan, vivas, renacidas”, según la descripción de Roberto Bolaño, que siempre señaló a su colega como uno de los grandes narradores de su generación. Títulos como Piedras encantadas, Caballeriza, El material humano o Los sordos han ido pintando poco a poco el mural de contrastes de la Guatemala actual, pero Rey Rosa insiste: ni plan ni tesis. “Hay quien divide a los escritores en dos: los que tratan de explicar algo y los que tratan de explicarse algo. Yo soy de la segunda clase. No sé más que el lector al que estoy hablando. Escarbo mientras escribo”.

Pero ausencia de plan, admite, no significa ausencia de prejuicios. En el origen de su nueva obra, los que despertaba en el escritor la figura de alguien que se gana la vida pegado a una pistola y que lleva en la frente escrito: no pasar. Cuando un personaje de Los sordos. Siga leyendo Violencia y redención

Alicia Alonso se mira en Narciso

La legendaria bailarina cubana apadrina en Madrid el ensayo del crítico Roger Salas sobre su coreografía tardía dedicada al mito del hombre enamorado de sí mismo.

Figura fundamental en la iconografía artística del siglo XX, el mito de Narciso es fuente inagotable de inspiración del ballet, quizá porque esa dura y misteriosa disciplina reconoce en él su propio ensimismamiento, su inhumana rebelión contra el paso del tiempo. Los 11 minutos que dura la coreografía de Alicia Alonso Muerte de Narciso forman parte de ese ramillete de obras maestras nacidas a la luz del fatal destino del hombre enamorado de sí mismo, una obra cumbre de la bailarina cubana sobre la que ahora indaga el crítico de danza de EL PAÍS y escenógrafo Roger Salas en el ensayo Más allá del escenario: el ballet Muerte de Narciso de Alicia Alonso.

Editado dentro de una colección dedicada a las Artes Escénicas de la recién nacida Editorial Cumbres, el libro de Salas destripa las raíces de una obra que provocó su admiración desde que la contempló por primera vez en un rudimentario vídeo casero. Muerte de Narciso, con música de Julián Orbón, telón de José Luis Fariñas y diseños de Ricardo Reymena, fue estrenada en el Gran Teatro de La Habana durante el 22º Festival Internacional de Ballet en 2010. El bailarín fue Yanier Gómez. Pese a su brevedad, la pieza concentraba toda la maestría y sabiduría de una de las bailarinas más importantes de todos los tiempos. Una deslumbrante joya tardía que sorprendió a un escéptico Salas que, cómo reconoce en su libro, se mostraba incrédulo, “hasta desconfiado  sobre las últimas coreografías firmadas por Alicia Alonso, creía más en la factoría de circunstancia, lo veía como un ejercicio de consolación, si bien respetable, de poco valor testimonial y duradero, como sucedió en los últimos tiempos con Martha Graham”. Pero la miniatura sobre Narciso rompió el prejuicio, le devolvió el viejo hechizo.

Alicia Alonso y Roger Salas han presentado el libro en Madrid y la bailarina no escatimó en elogios: “Ha hecho consciente mi inconsciente. Me ha sorprendido la profundidad de su análisis”, dijo Alonso sobre un Salas que bucea en las claves estilistas e intelectuales de una pieza tan sintética como rica en sabiduría y tradición. Compuesta literalmente a ciegas (la bailarina perdió la vista hace más de una década), está basada en el poema del mismo título de José Lezama Lima. “¿Y se preguntan como se compone una coreografía sin ver?”, dice Alonso abanicándose con sus esplendorosas manos. “Sí, yo no veo bien, pero hago coreografías. Yo veía muy bien y mi cerebro, con tantas computadoras han olvidado ustedes que existe un computador mucho mejor, ha guardado todo. Con dos ayudante, uno para la música y otro para que escriba los pasos, logro verlo todo”. Siga leyendo Alicia Alonso

Auguste Rodin baja a los infiernos

Los mecenas son gente muy suya, pero necesaria. Indispensable, si lo que se pretende es que los creadores de obras de arte puedan seguir ejercitándose en sus estudios sin ser molestados por las moscas cojoneras del prosaico y mundanal ruido. Cuidado: no es que el mundo del arte esté precisamente ante unos señores cuya vocación y acción se deslicen por los caminos del puro altruismo. No. El mecenas siempre pide algo a cambio de su generosidad, que a veces es sincera y otras hipócrita. Por ejemplo, reconocimiento social. Por ejemplo, favor político. Por ejemplo, el acceso meteórico a ciertas esferas del arco social en teoría vedadas al común de los mortales, un poco como si fueran el Juliane Sorel parido por Stendhal en su Rojo y negro: el acceso a un mundo que, en teoría, no nos toca.

Pongamos por caso Maurice Fenaille. Este señor, además de pionero y magnate de la industria petrolífera en la Francia de finales del XIX, fue miembro de la Academia de Bellas Artes. ¿El motivo? Su condición de coleccionista impenitente y de amigo de los artistas, entre ellos, y sobre todo, aunque no solo, Auguste Rodin.

Entre viaje y viaje a lo largo y ancho del mundo y entre invención y comercialización de lubrificantes, saxoleínas, oleonaftinas y todo tipo de aceites de petróleo (lo que le hizo rico) Fenaille fue comprando obra a Rodin, le encargó unas Bañistas para decorar la piscina interior de su mansión de Neuilly, se dedicó a entender por igual al genio y al ogro y, en el caso que nos ocupa, sufragó los gastos de lo que desde 1897 es conocido como el Album Fenaille, cuyos 139 estremecedores grabados cuelgan desde ayer y hasta el 11 de noviembre en las salas de la Calcografía Nacional, Academia de Bellas Artes de San Fernando, según se entra a la izquierda, en la exposición Figuras de sombras.

Son los popularmente conocidos como dibujos negros de Rodin, inquietante saga gráfica edificada a lo largo del tiempo por el creador de El pensador y Los burgueses de Calais. Su relación con las Pinturas negras de Goya transcurre, en el caso de esta exposición, por una doble vía: sus propias concomitancias temáticas y el hecho de que, en noviembre, los Desastres de la guerra propiedad de la Academia de Bellas Artes de San Fernando viajarán hasta Burdeos para ser expuestos en el Museo de Aquitania, que es justo de donde proceden las estampas del Album Fenaille.

El álbum fue editado en 1897 por la casa Goupil, firma pionera en las nuevas técnicas de reproducción de imágenes artísticas. Eran los balbuceos de la democratización del arte: la multiplicación y comercialización de obras de arte mediante la técnica del fotograbado, creada en 1870 por Henri Rousselon, permitió a muchos acceder a un universo que hasta entonces había sido exclusiva o fundamentalmente cosa de aristócratas y demás adinerados. Las obras ejecutadas por Rodin en el Album Fenaille encuentran su inspiración en el Infierno de Dante, y fueron creadas por el artista de forma paralela a una de sus creaciones mayores, Las puertas del Infierno, obra inacabada y colosal (seis metros de alto por cuatro de ancho) que pueden contemplarse en un lugar de honor del Museo Rodin de París, una suerte de respuesta a las Puertas del Paraíso esculpidas cuatro siglos antes en Florencia por Lorenzo Ghiberti. Las visiones de origen bíblico expresadas por Rodin resultan estremecedoras: espectros condenados al suplicio, amantes arrastrados por la tempestad, violentos acosados por centauros, herejes (Mahoma incluido) destripados, blasfemos como pasto de las llamas, ladrones convertidos en reptiles, corruptos ahogados en pez… Siga leyendo Auguste Rodin

Thomas Bernhard inédito

Ardía. Relato de viaje para un amigo de otro tiempo.

Un Thomas Bernhard viajero y furioso, es decir, un Bernhard en estado puro, aparece en los cuatro cuentos reunidos por Alianza bajo el título Goethe se muere, que se publica estos días en versión de Miguel Sáenz, su biógrafo y traductor. Los escribió el escritor austríaco entre 1982 y 1983, seis años antes de su muerte, pero sólo dos son inéditos en español y sólo este “Ardía” fue su penúltima provocación, una declaración de principios que se burla de Austria, Europa y de sí mismo.

Como sabe usted, llevo ya más de cuatro meses huyendo, pero no, como le indiqué, en dirección sur sino en dirección norte, finalmente no me atrajo el calor sino el frío, no la arquitectura, mi querido arquitecto y artista de la construcción, sino la Naturaleza, y realmente esa Naturaleza del norte muy determinada de la que con tanta frecuencia le he hablado, esa, así llamada, Naturaleza del círculo polar, sobre la que hace treinta años redacté un escrito, uno de esos innumerables escritos escondidos, escritos secretos, que nunca estuvieron destinados a la publicación, sólo a la aniquilación, porque recientemente vuelvo a tener la intención de seguir viviendo, no sólo de prolongar mi existencia sino de continuar sin freno alguno, mi querido arquitecto, mi querido artista de la construcción, mi querido charlatán de superficies.

Por decirlo así, haciendo época en secreto, secretamente, mi querido señor. Primero pensé no volver a escribirle en ningún caso, porque nuestra relación me parece ya desde hace muchos años haber terminado real e irrevocablemente, sobre todo terminado espiritualmente, no tener nunca más contacto con usted fue mi intención, como es natural no volver a escribirle una línea, cualquier línea más me parece ya desde hace mucho un completo absurdo, dirigirla a un ser que en otro tiempo fue durante decenios un amigo, un compañero espiritual pero finalmente, durante muchos decenios, nada más que un enemigo, un enemigo de mis pensamientos, un enemigo de mi forma de pensar, un enemigo de esta existencia mía que, sin embargo, no es más que una existencia espiritual. le escribí varias cartas en Viena y en Madrid, finalmente en Budapest y Palermo, pero no envié esas cartas, realmente dirigí y franqueé todas esas cartas, pero no las envié, para no convertirme en víctima de una vil falta de gusto. Destruí esas cartas y me juré no escribirle una línea más, como a todos los otros, tampoco a usted una línea más. No me permití ninguna correspondencia.

Por eso viajo desde hace varios años por Europa y Norteamérica, posiblemente con una inútil locura, como diría usted, sin contactos, sin correspondencia, porque mi capacidad de comunicar se extinguió de repente después de habérmela negado yo durante años. Por decirlo así, entré dentro de mí y no volví a salir. Sin embargo, no puedo decir que esa época careciera de sentido para mí. En pocas palabras, escribí varios artículos para el Times, que como es natural no aparecieron porque no los envié al Times, después de haberme asentado en Oslo en el sentido más literal de la palabra. Oslo es una ciudad aburrida y la gente de allí carece de espíritu, es totalmente carente de interés […] . Un país totalmente antifilosófico, en el que toda clase de pensamiento se asfixia en el plazo más breve. Lo intenté en un asilo en Mosjöhn, una pequeña ciudad de gente pobre, en la que disipan el aburrimiento tocando el piano; al parecer, una de cada dos familias de Mosjöhn tiene un piano, yo mismo, en una casa donde pasé, mejor sobreviví, la primera noche tuve que ver y oír un piano de cola Bösendorfer que estaba tan desafinado que hasta la música de peor gusto, por ejemplo la de Schubert, tocada en él, se volvía interesante; la gente de Mosjöhn, como supongo los noruegos en general, con sus pianos desafinados, han conseguido tener realmente una idea de la llamada música moderna de hoy, es decir, como puedo decir, más o menos por sí mismos, porque no tienen ni idea de ella. Sin embargo, esas experiencias noruegas, que casi me quitaron toda esperanza sobre mi futuro y que realmente se agotaron con la adquisición de gorros de piel y zapatillas y botas de fieltro y, como queda dicho, las más perversas de todas las posibilidades de tocar el piano, no son las que me hacen escribirle estas líneas. He tenido un sueño y, como usted es coleccionista de sueños, no quiero privarle de ese sueño mío soñado en Rotterdam, porque, como sabe, soy un patrocinador y seguidor incondicional de las ciencias y especialmente de la suya y, situándome sencillamente por encima del total enfriamiento de nuestra relación, le cuento ese sueño que soñé en Rotterdam, después de haber dejado Oslo, haberme detenido un tiempo en Lübeck y Kiel y en Hamburgo, y unas semanas también en la repulsiva Brujas, en la que, como en Noruega, lo intenté como cuidador, aunque como cuidador de locos, lo soñé y lo anoté, porque, como sabe, la verdad es que sueño a diario pero no anoto todos esos sueños soñados a diario. ¡Qué pocos sueños realmente soñados y anotados por mí hay! Siga leyendo Thomas Bernhard

Luis Goytisolo: “La historia de la humanidad tiene mucho de cuento de terror”

La última novela de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935), El lago en las pupilas (Siruela), tiene poco más de 150 páginas pero encierra una vocación de totalidad. Pluralidad de voces (que se expresan en primera y tercera persona “objetivada”), saltos del pasado al presente (de la guerra civil a las cumbres macroeconómicas en medio de la crisis), escenarios castizos mezclados con territorios foráneos (Riofrío y Locarno), la narración pura veteada con la reflexión ensayística: sobre el sexo, la banalidad contemporánea, la economía, los conflictos bélicos… El escritor barcelonés sigue demostrando una profunda ambición cuando se sienta a escribir. “En realidad”, explica Goytisolo al teléfono desde Santa María de Poblet (pueblo de Tarragona donde se recluye para urdir sus libros), “todo parte de la dificultad que siento para comprender la realidad”. Que cada vez le resulta más compleja e inaccesible. Pero no arroja la toalla.

Pregunta.- Moro, uno de los protagonistas de El lago en las pupilas, aparecía al final de Antagonía. ¿Fue de este cabo suelto del que nació esta novela?

Respuesta.- Es cierto, pero su verdadero árbol genealógico se encuentra, primero, en Diario de 360°, y luego en Liberación y Oído atento a los pájaros. En estos libros ya aparece un pueblo muy parecido a Riofrío y también se entremezcla la narración pura con la reflexión. Todos parten de la dificultad que siento para comprender la realidad. No sólo el pasado sino también el presente: toda esta crisis económica mundial; la guerra en Siria, con esas milicias que no sabemos muy bien quien las respalda (sí, Arabia Saudí, y también las potencias occidentales, cada una por unos motivos)… Hay un intento de comprensión: de la macrorealidad de los grandes acontecimientos, pero también de los pequeños detalles cotidianos y de las relaciones humanas.

P.-¿Cree que la realidad contemporánea es mucho más compleja que la de periodos históricos precedentes?

R.-Sí, hemos ido acumulando cada vez más complejidad a lo largo de la historia. Lo que no hemos acumulado es desinformación. Gracias a internet estamos informados casi a tiempo real de lo que sucede en el mundo. Ahora estoy leyendo un libro de Thackerary sobre la batalla de Waterloo. El resultado tardó semanas en conocerse en Londres y París, además la información, que corría a través de cauces individuales, llegaba distorsionada. Es un cambio brutal. La dificultad ahora estriba en la pluralidad de versiones. Detrás de lo que se dice siempre hay otra cosa.

P.-Y aparte de ser más compleja, ¿cree que también es más banal?

R.-En líneas que generales puede decirse que sí. La sobreinformación va contra la profundización del conocimiento. Todo está contado desde un presenta inmediato y si falta algún dato, se recurre a internet rápidamente, donde es muy fácil que te engañen y autoengañarse. Es un territorio en el que las cosas se mueven por impulsos: hay auges muy bruscos, pero todo dura poco, se esfuma con demasiada velocidad. Siga leyendo Luis Goytisolo

Los años salvajes de la generación beat

Nómades desesperados, los autores de “Aullido” y “En el camino” construyeron un vínculo afectivo a través de sus cartas. En ellas se revela admiración, envidia, ansiedad, desilusión y literatura.

Jack Kerouac tenía 21 años y Allen Ginsberg apenas 17 cuando se conocieron. Eran jóvenes, vitales, a su manera terriblemente románticos y de algún modo lo seguirían siendo siempre, a pesar de los largos momentos de oscuridad, el deterioro físico y la fama planetaria. La primera carta que se mandan está fechada en algun momento incierto de agosto del 44; Kerouac la recibe en una cárcel del condado del Bronx, en Nueva York, donde se hospedaba por haber callado frente a un caso de homicidio. Esa primera carta, pieza fundante de una de las correspondencias más estimulante del siglo XX, es todavía tímida y contenida, de una prosa encorsetada, pero ya late en ella el descontrol y la sintaxis rabiosa que fueron la marca de fábrica de aquella generación norteamericana.

Rápidamente, el vínculo epistolar cobró un cariz geográfico: nómades desesperados, como si en el movimiento se cifrara la búsqueda del futuro, se empezaron a escribir desde todos lados, improvisando escritorios, contrabandeando cuadernos y biromes, ganándole las horas muertas a un trabajoso viaje en micro. México, Europa, toda Norteamérica, Canadá, Tánger, Marruecos; las direcciones se suceden una tras otra en lo alto de las cartas y arman un mapa en miniatura de los destinos más intensos de la década del cincuenta, un topografía adelantada a su época, porque esos mismos lugares serían, ya en los sesenta, lo íconos del occidente contracultural. Tenían además poco dinero y grandes aspiraciones, una combinación que hoy se lee bajo una luz romántica pero que el día a día de las cartas muestra como lo que es: un calvario de supervivencia. El dinero es uno de los temas centrales del libro. Los beatniks eligieron vivir, por lo menos hasta el momento de la madurez y la consagración, en los límites del capitalismo (pero nunca fuera de él) justamente en el país del sistema. La ecuación para ellos era directa: la libertad, el camino, se pagan con la falta de dinero. Por lo demás, las referencias monetarias, que están en todas las páginas, no son teóricas ni políticas –aunque Ginsberg tiene una raíz más política que Kerouac– sino cotidianas y prácticas.

Cartas es también un testamento de una época previa a los agentes literarios y la profesionalización del escritor. Ginsberg es el tipo que oficia como una especie de agitador y colocador de textos de toda la generación. La “historia” más fuerte del tomo, en ese aspecto, es la de la dilatada publicación de En el camino, de Kerouac. El libro se terminó de escribir en 1951 y encontró editor recién en el 57, después de una larga serie de rechazos, que fueron minando el ánimo y la autoestima del escritor. Pensó en cambiarle el título, para ver si golpeaba en los editores, pero no había caso. (“En el camino, que he retitulado Generación beat para poder colocarla, ha sido rechazada por Seymour Lawrence de Antlantic Monthly”; “No, no he podido colocar mis libros. La verdad es que Knopf me devolvió Generación beat después de todo el rollo de mecanografiarlo que me tuvo al pie de la máquina hasta las tantas de la noche durante el mes de diciembre, y la opinión del jefe de edición Joe Fox es más bien despectiva porque dice que ni siquiera es una buena novela”; “En el camino ha sido rechazada otra vez, ahora por Dutton”). Al mismo tiempo, está la historia de la publicación de Aullido, el glorioso poema de Allen Ginsberg, que fue menos tormentosa. (“La librería City Lights de aquí publica unos cuadernos –de menos de cincuenta páginas– con obra de poetas locales, ha reeditado uno de W. C. Williams, ha sacado otro de Cummings y el año que viene publicará Aullido, un folleto con el poema, nada más”. 30 de agosto de 1955). También podemos ver, sin mediaciones, el trabajo de Ginsberg como promotor y colocador de la obra de sus compañeros en los distintos países del mundo. Cuando publica Aullido, por ejemplo, lo envía por correo a un grupo de notables: “He enviado ejemplares de Aullido a T. S. Elliot, Ezra Pound, William Faulkner, Meyer Shapiro, Lionel Trilling, hasta que se me acabaron los ejemplares. Me pregunto qué hará T. S. Elliot. Les escribí hablándole también de ti. Cartas curiosas. Imagínate la de T. S. Eliot”. Siga leyendo Los años salvajes

La poeta de los muertos: metáforas de la violencia en Colombia

Debajo de un árbol, junto al río Cauca, María Isabel Espinosa ha visto pasar cientos de cadáveres mutilados. “Se han confabulado, porque si todos denunciáramos, el río no traería tanta muerte”, dice. Aquí, la terrible historia de la mujer que pasó de cultivar flores a escribirle a los masacrados.

María Isabel Espinosa nunca pensó que dedicaría su vida a escribirle a los muertos. Era algo que no imaginaba cuando vivía en La Bella, un pequeño poblado rural en la ciudad de Pereira, Colombia. Pero pasaron diez años desde aquel tiempo de flores, cuando María Isabel cultivaba jazmines, tulipanes, un jardín nutrido capaz de seducir a los extranjeros que por allí pasaban y le rogaban permiso para tomarse fotos. Ese jardín ahora es sólo recuerdo. La escena cambió en 2002, cuando le anunciaron que se iría a vivir con su esposo e hijos, a la zona de Guayabito en Cartago-Valle. Allí vio bajar cientos de cadáveres por el río mientras trabajaba en la finca y cuidaba de su familia. Ahora, sentada frente a ese mismo río, reflexiona: “Pasé del congelador al horno”

María Isabel escribe. Sentada debajo de un árbol en la ribera del río Cauca contempla el torrente, y de allí emergen sus poemas. Vienen versos junto al río, ese cauce inmenso que recorre más de 180 municipios y que ha sido la fosa común en la historia de la violencia en Colombia. María Isabel llega allí después de trabajar en su casa. Se levantó como todos los días a las tres y media de la mañana. Trabajó en el jardín, trapeó los pisos, cocinó, limpió la casa que habita y la de sus patrones, que sólo vienen a la finca en días de vacaciones. Va de oficio en oficio María Isabel. Sus manos curtidas y ásperas se vuelven suaves y frágiles cuando escribe. Sigue sentada, cuando le pregunto por lo que escribe:

-A mí que no me falte un lapicero, una hoja de papel, para que mis manos registren todo lo que mis ojos me dejan ver…

- ¿Ha visto muchos muertos?

Eran días en que bajaban  5 o 7, entonces yo decía “esto puede ser común, pero normal no”, común todo lo que usted quiera, pero normal no es.

En Guayabito vive muy poca gente. Los pocos habitantes del pueblo están  surcados por extensos cultivos y sembrados de maíz. Son miles de hectáreas con más ganado que gente. Un puñado podría decirse. Y las pocas fincas se mantienen en solitario, salvo algunos fines de semana cuando llegan los patrones a pasar revista o a veranear con sus amigos. Sin embargo, María Isabel y su familia han tenido un contacto directo con los muertos, no solo porque los ven pasar ahí como en el patio de su casa, sino porque los muertos han sido una constante desde que ella llegó. Hace dos meses, decapitaron a dos muchachos del lugar y sus cadáveres fueron echados al río. Allí anduvieron flotando, entre algunas vacas que caen, en medio de esas aguas pasivas en la superficie pero tumultuosas debajo. Cuarenta metros de ancho mide el río, que a veces llega a 15 de profundidad. Allí guarda los misterios del devenir cruel y sanguinario de la historia colombiana. Los cuerpos deshilvanados, maltrechos, putrefactos y torturados no son normales para la poeta de los muertos. A ellos les ha escrito cientos de poemas en papelitos. El asombro la hizo escribir, aun exhausta tras su trabajo, sentada bajo un árbol escribe. Por necesidad, emoción y puro sentimiento.

Pasó del frío al horno. De su tierra apacible al tumultuoso Guayabito, un lugar arrinconado en la geografía, en la punta de Cartago, un pueblo testigo de cuanto muerto tiran al río Cauca. Mientras nadie dice nada, mientras muchos callan el dolor y la angustia por “estar curtidos de tanto muerto”, María Isabel escribe, exorciza sus penas, ajenas, prestadas y las vuelve suyas. Ella no conoce a quienes con indolencia e inhumanidad han bañado al río de sangre, a las familias de vacíos, al país de olvido y a los muertos de desolación.

Para María Isabel, haber llegado a este sitio fue asunto del destino. Los muertos no tenían quién les escribiera y al parecer zambullidos allí, los victimarios esperaban borrar sus rastros y que quedaran impunes sus atrocidades, pero la pluma de esta mujer aviva la memoria e impide el olvido. Los cuerpos no son sus parientes, no conoce ni sus nombres, ni su procedencia, tampoco los llora como las madres en Trujillo, Bolívar, Salónica, Bojayá, Riofrío y muchos lugares más; sitios que han tenido que padecer lo fatídico de los asesinatos en serie y las masacres. Nada de eso, María Isabel, les escribe por pura humanidad. Alguien los debía anclar, una persona se debía escandalizar y nada más que una mujer que tenía por pasión escribir, variar los sentidos emocionados por el color de las flores, al del horror producido por los muertos.

Qué curioso, en un país de indolentes, una mujer se toma la tarea de registrar el dolor. María Isabel sigue sentada, debajo de ese árbol que la resguarda, desde ahí puede ver un río infinito, grande, misterioso, un río con el que ella conversa, intercambia ideas. Se relaciona con él como si fuera un ente vivo: “Un día se me entró a la casa”, dice. Y ella no lo culpa, el río la quería visitar. Al otro día le dijo que por favor no entrara sin avisar, y hasta el momento no lo ha hecho. María Isabel habla del río como si fuera una persona, y ella es una Magdalena, no llora, pero gime por lo hijos de una patria, y lo hace con letras y símbolos en un papel. “Qué tanto han hecho con ese río que se me ha sentado en la casa”, recuerda. Siga leyendo La poeta de los muertos

Ciudades habitadas por la literatura

Tres ciudades británicas encabezan un ranking global, pero para los escritores argentinos, entre tantos otros, las luces parisinas fueron un llamado a la creatividad.

Las raíces latinas que abundan en la Argentina, esas que a muchos empujan a responder “De un barco” cuando se les pregunta de dónde descienden, pueden teñir de sorpresa la afirmación que la revista National Geographic Traveler realizó a fines del años pasado en un artículo que dio la vuelta al mundo: las tres ciudades “más literarias” del globo se concentran en el Reino Unido.

La influencia parisina marcada en Buenos Aires como en ninguna otra ciudad de Latinoamérica, los años que allí vivió Julio Cortázar, quien además pintó muy detalladamente la capital francesa en Rayuela, una de las novelas constitutivas de la literatura argentina, las experiencias que en esa ciudad vivieron autores como Leopoldo Lugones, María Elena Walsh, Oliverio Girondo o Ernesto Sábato, e incluso el deseo de Jorge Luis Borges de morir ahí, en el mismo lugar que Oscar Wilde, vuelven a la Ciudad Luz familiar y cercana. No sólo por la arquitectura de algunas avenidas porteñas, o por la cercanía idiomática, sino también por lo que simbólicamente aportó al mundo de las letras argentinas.

Sin embargo, según el análisis publicado por la revista, Edimburgo es la ciudad más literaria de todas: en la capital escocesa hay un importante Museo de Escritores, donde se homenajea, entre otros, a Robert Louis Stevenson y a Sir Walter Scott y hay pubs que se jactan de haber sido sitios de inspiración de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Dublín, la capital de Irlanda, se ubica en segundo lugar: allí nacieron o vivieron James Joyce, George Bernard Shaw, Bram Stroker y Oscar Wilde. Allí transcurre el Ulises de Joyce, una de las novelas más importantes del siglo XX, y por la cual cada 16 de junio dublineses (y miles de turistas) celebran el Bloomsday, el único día en la vida de Leopold Bloom que el autor narra en su extensísimo texto. Londres también tiene lo suyo: aunque William Shakespeare –el autor fundacional de ese idioma, como Cervantes funcionó para el español- nació en Stratford-upon-Avon, la capital inglesa alberga al teatro en el que se interpretaban sus obras y que aún funciona, y además, la biblioteca del Museo Británico es una de las más importantes del mundo y cuenta con manuscritos de Jane Austen y del mismísimo Joyce, entre tantos otros.

La característica de París tal vez sea que allí no sólo hubo escritores nativos de importancia universal, como Víctor Hugo y Honoré de Balzac, o como Jean-Paul Sartre y su compañera, Simone de Beauvoir, con mesa fija en el célebre Café de Flore; sino que también fue La Meca de las Letras -¿la tierra (de la inspiración) prometida?- para autores de todo Occidente: nada menos que Ernest Hemingway, Truman Capote y Sábato también frecuentaron esas mesas; Mario Vargas Llosa, como Cortázar, vivió en la capital gala, y allí escribió La ciudad y los perros, su primera novela, que acaba de cumplir 50 años.

A mediados del siglo XX, París fue una especie de centro neurálgico de las artes, y eso abarcó a la literatura: mudarse allí, conocerla, caminarla, podía resultar inspirador, no sólo por su paisaje y su carácter cosmopolita, sino porque ahí mismo podían encontrarse a otros artistas y compartir con ellos la experiencia creativa. Eso tal vez la haya vuelto el escenario de textos como París era una fiesta, en el que Hemingway rememora su tiempo allí, o la mismísima Rayuela, situada sobre los puentes del Sena y en la que la propia historia muestra esa efusividad artística que asociaba a músicos con escritores y con pintores en proyectos colectivos. Los años en los que las dictaduras militares se instalaron por la fuerza en Latinoamérica fueron motivo de exilio para muchos autores, y en algunos casos, París fue no sólo inspiración sino refugio. Siga leyendo Ciudades habitadas

Elogio del desamparo

A mitad de camino entre la novela y el teatro, La lluvia de verano de Marguerite Duras encuentra poesía en una trama centrada en un matrimonio que sobrevive pobremente.

Creerse el mejor escritor del mundo es una utopía frecuente, por no decir ineludible, con la que los escritores suelen fantasear. Lo raro es no darse cuenta de que son varios los que pueden estar presumiendo de lo mismo. Tal es el caso de Marguerite Duras (Gia-Dinh, 1914 – París, 1996), dueña de uno de los estilos más reconocibles del siglo XX francés y una rabiosa admiradora de su propia literatura (“A mí van a leerme. Lo dicen las encuestas de Gallup. Estoy entre los doce que van a quedar”, declaró) y de su persona. Hacia el final de su vida, al coincidir en un restaurante con François Mitterand, compañero en las filas de la Resistencia, tuvo el descaro de manifestar el asombro que le suscitaba ser más famosa que él en todo el mundo. El ex mandatario, que algo entendía de diplomacia, no la defraudó al contestar que jamás había dudado de que la figura de ella llegaría a eclipsarlo algún día.

La lluvia de verano trata sobre un matrimonio de escasos recursos que sobrevive gracias a subsidios familiares y seguros de desempleo en una casa cuya demolición está en suspenso. Una escenografía hecha a la medida de un film de los hermanos Dardenne. Pero a diferencia de los cineastas belgas, a Duras no le interesa el naturalismo suburbano de la pobreza sino su poesía. Ernesto, el hijo mayor de una prole de siete, aprende a leer solo el Eclesiastés, sin necesidad de pisar la escuela. “Somos ignorantes y parimos la inteligencia”, resume su madre con cierto resquemor.

La mayor influencia en la obra de Marguerite Duras es, valga la redundancia, la obra de Marguerite Duras. La lluvia de verano , por ejemplo, es una novela basada en un film dirigido por ella ( Les enfants , 1985) que se originó en un cuento de su autoría (“Ah Ernesto!”, 1971). Esta historia contagiada de sí misma y contagiosa (Straub y Huillet filmaron un corto en blanco y negro adaptando el mencionado cuento) aborda una problemática muy post 68: el niño versus la escolaridad, un cul-de-sac que Duras también explora en su película Nathalie Granger (1972). Siga leyendo Elogio del desamparo

Un Lacan secreto

Con estilo ameno y accesible, Élisabeth Roudinesco presenta un retrato íntimo del psicoanalista francés y explica también algunas claves de su pensamiento.

Elisabeth Roudinesco es hoy mundialmente conocida por sus trabajos sobre la historia del psicoanálisis en Francia, por su libro sobre Jacques Lacan y sus obras posteriores como historiadora, pero también como una polemista de peso en su defensa del psicoanálisis (por ejemplo, en el tratamiento del autismo infantil, que en Francia ha sido desaconsejado oficialmente por el Ministerio de Salud del gobierno de Sarkozy) y de todos los movimientos que podrían llamarse de “liberación”: de la mujer, de los homosexuales, de todas las minorías, sexuales o étnicas. Profesora de la Universidad de París VII y de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, ha fundado y es presidenta de la Sociedad de Historia del Psicoanálisis que cuenta con filiales en innumerables países, formadas sobre todo por miembros de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Colaboradora del periódico Le Monde, reseña episódicamente en sus páginas culturales la actualidad psicoanalítica y la aparición de cada seminario de Lacan establecida por Jacques-Alain Miller.

Este libro, según ella misma escribe, desarrolla una reflexión personal y no se trata pues de un libro de historia o científico. Al comenzar, Roudinesco se coloca a sí misma bajo la advocación de Marc Bloch, uno de los historiadores más eminentes del siglo XX, fusilado por los nazis, fundador junto a Lucien Febvre de la Escuela de los Anales, que revolucionó no sólo en Francia sino en todo el mundo occidental la concepción de la historia. Marc Bloch pregunta en esa cita a partidarios y enemigos de Robespierre: “Díganme tan sólo: ¿quién fue?”

De este modo se abre este ensayo, con una pregunta por quién fue Lacan, a quien la autora conoció personalmente de niña (ya que es hija de Jenny Aubry, figura tutelar del psicoanálisis de niños en Francia y primera jefa de psiquiatría infantil que abrió su servicio a psicoanalistas no médicos, habilitándolos a emprender curas de niños y sus familias). Y a quien trató de adulta, ya que es miembro desde su fundación de la Escuela Freudiana de París, donde ingresó al comienzo no como analista sino como lingüista y escritora. En esa época y hasta la muerte de Lacan, fue también, como Jacques-Alain Miller, discípula de Louis Althusser. En los años 90 mantuvo una amistad teórica con Jacques Derrida con quien publicó un libro de diálogos, ejercicio en que el gran filósofo descollaba, lo que no puede, a ciencia cierta, afirmarse de Jacques Lacan. Pero, ¿es eso lo que importa? Roudinesco admite explícitamente que sin él, el psicoanálisis en Francia se habría convertido en una psicología médica, administradora de test y evaluaciones. Siga leyendo Un Lacan secreto

Los muchos rostros de Virginia Woolf

Alguien la comparó con un pez melancólico, encerrado en una pecera, en una sofocante sala victoriana, pugnando por salir de su prisión; pero ¿qué le pasaría al pez fuera del medio en que transcurrieron sus primeros años? Irene Chikiar Bauer ha invertido siete años de trabajo y novecientas páginas para responder a esa pregunta, en esta monumental (en todas las acepciones) biografía crítica de la célebre escritora inglesa, de quien los lectores argentinos tenemos una imagen magistralmente trazada por Victoria Ocampo. Imagen idílica, donde Virginia asume la figura melancólica de una ninfa de Burne-Jones, tal como la retrató Gisèle Freund en una sesión fotográfica abusivamente tramada por Victoria y en vano resistida por la autora de Orlando.

Virginia: ¿fue realmente así, ese ente casi inmaterial que en las imágenes de Freund parece una ondina hecha de pura luz? Otra pregunta a la que la señora Bauer suministra un haz de respuestas que enfocan a la biografiada desde todos los ángulos posibles: el puramente literario, desde ya, pero aderezado por incursiones en la fisiología, la psicología, la política, la sexualidad, los antepasados. El método elegido es el desmenuzamiento, año tras año (siguiendo la pauta fijada por Virginia misma en sus famosos Diarios) y casi día tras día, de las actividades de esta mujer singular que es, sin duda, la escritora inglesa más famosa de todos los tiempos. A la vez, se analiza cada uno de sus libros, cómo se gestó, de qué se trata, la recepción que tuvo y su posteridad. En un ámbito poco propicio, en general, a este tipo de trabajos (la biografía no es un género cultivado en lengua española -argentina, en este caso- con el fervor con que se lo practica en inglés y en francés), el libro de la señora Bauer es comparable, en calidad y erudición, con la mejor producción exterior. Sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de bibliografía ya existente sobre el tema.

La historia empieza, como es debido, con los antepasados, entre los cuales asoman cortesanos de Luis XVI y personajes de las diversas etnias que han compuesto el pueblo británico. Lo más concreto e inmediato es el casamiento, el 26 de marzo de 1878, de dos viudos: Julia Jackson, nacida en la India en 1846, de padres ingleses, viuda de un tal Duckworth, de quien tuvo tres hijos -Gerald, George y Stella-, y Leslie Stephen, que había enviudado de Minnie Thackeray, hija del célebre novelista autor de Feria de vanidades. En una sociedad tan estrictamente jerárquica como la inglesa, la nueva pareja ocupaba el rango de “clase media alta londinense”, o sea, el nivel inferior de la alta burguesía. En otras palabras, gente de buen pasar, cultivada y refinada, con intereses culturales mucho más elevados que los de la aristocracia, pero que sabían mantenerse dignamente dentro de sus límites, de los que eran conscientes al parecer sin resentimiento. Los Stephen-Jackson tenían parentesco lejano con algunos nobles, y toda su vida Virginia Woolf se sintió atraída por la aristocracia, sin dejar de verla, a la vez, con críticos ojos burlones. El nuevo matrimonio tuvo cuatro hijos, en este orden: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian. Vivían -con su propia prole y los tres Duckworth- en un caserón de Hyde Park Gate, que Virginia desde chica bautizó “la jaula”: grandes ambientes oscuros (el terror a las famosas corrientes de aire), con boiserie de roble tallado, enormes muebles, alfombras y tapizados espesos, plantas voluminosas, innumerables adornos y bibelots de todo tamaño. En suma, el ornato victoriano. Los Stephen recibían a menudo, con elegancia (“Vanessa y Virginia jamás olvidaron el código para servir el té”, anota la biógrafa), a personajes importantes del mundo cultural: Thackeray, desde ya, y Dickens, Henry James, Lewis Carroll, los pintores Watts y Burne-Jones. Todos ellos servían de modelo a una tía abuela importante, Julia Cameron, la fotógrafa que Virginia evocaría, años después, en su obrita de teatro Freshwater. Siga leyendo Los muchos rostros

El valioso patrimonio sirio que sufre bajo el fuego cruzado

La guerra civil en el país árabe ha dejado en medio del fuego cruzado a una vasta y riquísima colección de objetos antiguos, mezquitas, iglesias, mercados, madrazas, ruinas de la antigüedad y yacimientos arqueológicos. Con seis sitios Patrimonio de la Humanidad, cinco de ellos ya habrían sufrido algún tipo de daño.

La guerra siempre es sinónimo de destrucción. Por eso, desde que comenzó el alzamiento contra el gobierno de Bashar al Assad en Siria en marzo de 2011, la preocupación de las entidades, tanto sirias como del mundo, dedicadas a la conservación del patrimonio arqueológico e histórico solo ha ido en alza. Con seis sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, 12 en la lista tentativa del mismo organismo internacional y varios otros más considerados patrimonio nacional, la riqueza patrimonial de Siria es vasta, riquísima y preciada.

Hasta ahora, la información sobre qué ha sufrido daño, cuán profundo ha sido éste y qué ha sido saqueado es poco precisa. No ha sido fácil para los expertos internacionales comprobar lo que realmente está sucediendo. Se estima que han sido bombardeadas las antiguas villas del norte del país; la ciudadela de Bosra y el Cracs de Chevaliers (castillo de los cruzados), todos patrimonio de la Humanidad; como también sitios en la lista tentativa, como Apamea (Afamia) y la ciudadela de Qal’ at al-Mudiq, entre muchos otros. La Unesco ha hecho públicos llamados para impedir la destrucción de lugares como la ciudadela de Alepo, Patrimonio de la Humanidad, exigiendo que se respeten las convenciones internacionales de protección y cuidado del patrimonio firmadas por el gobierno de Damasco.

Más punzante es Rodrigo Martin, encargado de prensa del sitio “El patrimonio arqueológico sirio en peligro” (en árabe, francés y español), en Facebook. La organización, creada por el arqueólogo sirio Ali Othman, se ha convertido en referente para académicos y prensa por la labor de denuncia sobre lo que está sucediendo en el país. Reciben informaciones y videos de gente que está en Siria, cuyos nombres mantienen en secreto, por temor a las represalias del gobierno. Martin menciona, como caso dramático, lo sucedido en Apamea, donde existen ruinas grecorromanas junto a una colina coronada por una fortaleza árabe-medieval, aún habitada. La fortaleza ha sido bombardeada por el ejército. Sobre otros lugares agrega: “Tenemos algunos videos de tanques haciendo caminos en yacimientos arqueológicos, que han destruido todo material estratigráfico”. Siga leyendo Patrimonio sirio

Las batallas terrestres

Además de sus obras narrativas, su vertiente testimonial y su prolífico trabajo periodístico, Rodolfo Walsh supo incursionar en el teatro con dos obras que, además de tener en común una impronta bélica, revelan a un autor tan preocupado por la representación como por la precisión literaria en las acotaciones escénicas. La granada y La batalla se publican en un volumen que trae a modo de presentación la carta que le escribiera Walsh a su hija María Victoria a propósito del estreno de La granada, en 1965.

En 1965 Rodolfo Walsh escribió dos piezas teatrales tituladas La granada y La batalla, que el mismo año publicó la editorial Jorge Alvarez. Para entonces ya se había destacado como narrador, con, entre otros, Diez cuentos policiales o Variaciones en rojo, continuaba su labor periodística y había iniciado su famosa vertiente testimonial. Asimismo tenía plenamente asumido un muy definido compromiso político al que ofreció mucho más que su talento como escritor y periodista. La preeminencia de la narrativa quizás opacó en parte sus dos obras de teatro, una de las cuales se representó el mismo año de la publicación en el Teatro San Telmo de Buenos Aires. Muchos años después de las casi legendarias ediciones de los ’60, es posible acceder al Walsh dramaturgo gracias a la reciente reposición de De la Flor. Aunque, como indican los títulos, la presencia militar se verifica en ambos casos, no es similar, en tanto en la primera la historia tiene que ver con maniobras de entrenamiento y armas (justamente lo que va a desencadenar el conflicto), mientras que La batalla, aun cuando se trata de una obra teatral, parece inscribirse en la serie de relatos de dictadores latinoamericanos que se fueron sucediendo a lo largo del siglo pasado.

La descripción de los ambientes y las acotaciones escénicas, lejos de ser meras indicaciones, se destacan por el afinado estilo y la sugerencia de las imágenes, así, al final de La granada: “Diana triste y friolenta. Amanece”, resume en una compleja concisión, el desgraciado episodio que acontece a Soldado. Este, como otros personajes, aparece con nombre genérico (la madre, el padre), en una confluencia entre el caso específico y rasgos comunes a sus respectivas condiciones de existencia, visibles en el modo de expresarse de cada uno de ellos, las reflexiones del soldado, los reproches de la madre.

En ambos textos Walsh apela a cierto matiz grotesco, en particular en La batalla. La mezcla de tramos risibles donde, por ejemplo, se exhibe la torpeza o ignorancia, se contrapuntean con lo terrible de las situaciones que se narran. El accidente provocado por esa granada que aparecía como gran adelanto tecnológico en la guerra no hace sino subrayar el desamparo y abandono, y en resumen podría decirse que en las actitudes que tanto el protagonista como su entorno van mostrando se juega el drama de la desolación y el egoísmo, como acicateado por una espoleta. Siga leyendo Las batallas

El cuento clásico de la semana

Incluimos el cuento clásico de la semana, seleccionado por Luis López Nieves: Los cazadores de marfil, por el autor argentino Roberto Arlt (1900-1942). Pulse sobre el título para leer el cuento en Ciudad Seva.

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