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Julio Verne y la perenne conquista del porvenir

Julio Verne. 1MANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] Verne no era un simple urdidor de historias o inventor de artilugios que antecedieron muchos alcances de la tecnología humana. No es casual que su carrera literaria comenzara en el teatro. Evidentemente lo motivaban las fuerzas que se ponen en tensión en determinados dilemas humanos.

No sé si en estos tiempos de navegaciones virtuales, juegos electrónicos y torrenciales canales televisivos los adolescentes leen a Julio Verne. Tal vez la imaginación se ha convertido de cierto modo en un consumo más, algo que quienes diseñan las diversiones digitales ya ofrecen preempaquetado, listo para el uso, y todo lo que hay que hacer es dar un clic para adentrarse en un ámbito de deslumbramientos. Sin embargo, en mis tiempos de escolar, él fue uno de nuestros taumaturgos mayores. Nos ataba a sus letras para conducirnos por los más fantásticos pasadizos de la ilusión. Incluso daba ganas de estar un poco acatarrado solo por tener una justificación para quedarse en cama y leer aquellos maravillosos libros donde uno participaba de las más deslumbrantes empresas humanas.

No obstante, creo que siempre ha habido “expertos” y “académicos” que sienten un poco de menosprecio por la obra de Verne. Hay numerosos artículos y libros que hacen repasos sistemáticos de la literatura francesa en los cuales ni siquiera se le menciona. Al parecer no les parece “serio” o “literario” que alguien cocinara historias donde lo irreal, en términos de lo que no se podía precisar en lo circundante, fuera de tal exuberancia así como la acción tuviera un carácter frenético y desembridado. Lo tenían como un mero juego mental, una prodigalidad de la fabulación, como si la literatura tuviera que regirse solo por lo verificable en la existencia objetiva tenido por supuestamente importante. Sin embargo, si nos atenemos a que la literatura es arte, o sea, creación que despierta determinadas actitudes espirituales en el ser, veremos que la obra de Julio Verne no es simple pasatiempo sino que incita la identificación y la animación de virtudes principales en la persona. ¿O es que ansiar conseguir lo que nos excede o batallar por rehabilitar la justicia no son asuntos trascedentes? Y para escribir de ello, Verne se apoya en su arma más eficaz, la imaginación.

De hecho, la literatura comporta un elemento medular a la hora de incitar la capacidad de imaginar. Se trata de que ella no la concreta en imágenes únicas y estrictas. A diferencia de otras artes como el dibujo o el cine, la materia de la literatura es una abstracción. Ella se realiza mediante la palabra, que es una imagen con mayor margen de posibles sutilezas. Al decir “hombre”, “barco” o “espada”, precisamos algo todavía impreciso, algo que aún incluye un cierto nivel de indeterminación. Si es hombre, cuán alto, cuán robusto o delgado, cuán blanco o negro. Incluso si decimos alto, robusto y negro, cabe no obstante una amplia magnitud de matices dentro de estas cualidades. Por eso es la literatura de todas las artes la que más hace participar a la mente en la creación personal de imágenes, o sea, la que más estimula a la imaginación. Cuando leemos una novela, cada uno conformará un retrato del protagonista que será cercano al del otro, por las descripciones del escritor, pero no exactamente igual. Eso ocurre igualmente con objetos, edificaciones, paisajes, etc. Claro, hasta que el cine o el cómic los fraguan en imágenes invariables. Una vez que vimos a Sean Connery en el rol de Guillermo de Baskerville en el filme El nombre de la rosa ya no pudimos ponerle otro rostro.

Grandes obras ilustradasDe modo que si la literatura es un arte de alta provocación a la facultad de imaginar, pues calculemos qué tanto puede serlo una obra narrativa cuyo designio es precisamente asomarnos a las más impensadas búsquedas y desafíos del hombre. En la vasta y variada producción de Julio Verne hallamos los más insólitos y extremados desafíos a la inteligencia y la intrepidez humanas. París en el siglo XX, Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la tierra, De la Tierra a la Luna, Los hijos del Capitán Grant, Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff, La esfinge de los hielos, Los quinientos millones de la Begún… su capacidad de inventiva parecía no conocer límites ni extinguirse. Tampoco su caudalosa curiosidad para plantearse muchos retos que el hombre debía resolver en su aventura de progreso. En las inmensidades oceánicas, en las desoladas estepas, en los hielos árticos, en las profundidades terrestres, en el espacio celeste, el ser humano debe hacer uso de su capacidad para la invención así como de su coraje ante lo adverso para lograr una tarea que lo dignifica y enaltece. ¿De dónde extraía el escritor francés esa inagotable veta de inspiración para sus extraordinarias y fascinantes aventuras?

Primogénito de cinco hijos que tuviera un abogado francés, me pregunto de qué modo la jurisprudencia podía ayudar a fertilizar la fantasía, más allá del constante trasiego con mamotretos y legajos. Sin embargo, a pesar de haberse graduado de abogado rechazó su ejercicio a favor de la escritura. La abogacía era un territorio demasiado pasivo, ortodoxo y memorístico que daba poco margen a la acción emprendedora. Y a él le fascinaba inventarse mundos donde los individuos tenían que ingeniárselas para salir de escabrosos conflictos. Tal vez la parentela materna, constituida por militares, le propició el interés por actividades que demandaran más esfuerzo. Desde pequeño, Verne fue un ser que parecía quererlo saber todo. No solo sentía una curiosidad voraz por los desarrollos de la ciencia y la técnica sino que prestaba el mayor interés a las historias que le contaban, principalmente una maestra que le narraba anécdotas suplidas por su esposo marino. En el principio de todo gran narrador hay un ser que desde muy temprano lo bautiza en el Jordán de los cuentos que le cuenta.

En sus años casi adolescentes le regalaron un balandro que es como decir la posibilidad de viabilizar los más caros sueños aventureros. Se soñaba cruzando las desmesuras oceánicas. Tampoco es casual que quisiera embarcarse para irse a los confines del Asia a conseguir un collar de perlas para su primer amor, una prima. Ya esto habla de una mente enfebrecida en la persecución de horizontes inéditos. Sin embargo, fueron su interés por la ciencia y los cuentos sobre viajes marítimos los decisivos. La primera es la herramienta para emular la naturaleza construyendo lo hasta entonces imposible para añadir nuevas perspectivas al escenario del mundo, mientas que los segundos ponen en tensión la agudeza y el talento en pos del uso propiciatorio de la fuerza y la astucia. Son los nutrientes que fortalecieron su placer por armar inusitadas historias donde ambas se unían para alcanzar lo soñado.

La vuelta al mundoVerne no era un simple urdidor de historias o inventor de artilugios que antecedieron muchos alcances de la tecnología humana. No es casual que su carrera literaria comenzara en el teatro. Evidentemente lo motivaban las fuerzas que se ponen en tensión en determinados dilemas humanos. Ese dramatismo lo supo llevar a sus narraciones con espléndido dominio. Sus personajes no solo son inolvidables sino creíbles y con una poderosa vida interior. El desarrollo de la acción en sus novelas, los sucesivos episodios, tiene una lógica propia que no decae y que nos somete por su justificada verosimilitud. ¿Es acaso un demérito literario contar historias amenas, acometidas por personajes de sólida singularidad, colmadas de insólitas acciones para las cuales se emplean los más inusitados medios, siempre con la garantía de un acontecer bien tramado y debidamente argumentado?

Verne era un sujeto que representaba lo mejor del espíritu positivo y liberal que surgió como consecuencia de los desarrollos del a revolución Industrial. No debe entonces asombrarnos que criticara muchos elementos del capitalismo utilitario y guerrerista, acercándose a un socialismo utópico. Pensaba que la inteligencia le sirve al hombre para fabricarse los medios más expeditos y eficaces de resolver dilemas que lo someten. Sin embargo la inteligencia puede servir lo mismo a lo noble que a lo diabólico. De aquí que es su ética humanista lo que puede encaminarlo a la salvación. Es en la confrontación del mal que las mejores cualidades del ser humano afloran y prevalecen. Para el hombre pocas cosas son ciertamente imposibles (tal vez solo lo que contradice las leyes que rigen el universo) si conoce las fuerzas de la naturaleza y sabe aplicarlas. Además, esforzarse por un fin noble resulta no solo enaltecedor sino que propicia las energías extras para conseguir lo ansiado. Tal es, a mi entender, el fundamento más hermoso y trascedente que hallamos en las fascinantes y amables historias de Julio Verne.

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MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) es profesor, poeta, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Entre sus últimas publicaciones destacan Luz sobre la piedra (2011) y El día de La Cruz (2012).


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