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“Sujetos… no se les puede llamar de otra forma” (88)[i]: «Mundo cruel», de Luis Negrón

negronCARLOS VÁZQUEZ CRUZ «Mundo cruel» denuncia y propone. El autor asume un compromiso: apunta problemas, hurga, incomoda, transcribe el entorno sin miramientos […] va quitándose los velos para destapar, bajo una superficialidad simulada, esa brujería particular que enreda con la lengua a un sinnúmero de personajes y escenarios. 

Porque “la patería es siempre una subversión”.[ii]

El libro es un instrumento pasivo para el lector activo. Por tanto, abrámoslo, virémoslo bocabajo y echémosle… un vistazo.

Desde el reverso hacia la portada, viajan dos líneas paralelas de un título: la superior nombra estos universos ficticios como mundo; la inferior, entre tantas cualidades, destaca la crueldad como base de ese mundo o como encubierta por él. Si cerramos el libro, el título se parte[iii], se escinde en dos niveles subrayados por fotografías que, al decir de Roland Barthes[iv], como “contingencia pura… revela[n] enseguida esos ‘detalles’ que constituyen el propio material del saber etnológico”.

En el primero de esos estratos, al parecer, protagoniza la ruralía. Se muestra a dos varones travestidos, quizás inconscientes de ser víctimas del lente. Al fondo, dos hombres miran hacia la cámara: sonriente uno; el otro, serio, rígido, con actitud. Entre ambos dúos, resguardada por el abrazo del joven con attitude, aparece una mujer cuyos ojos se desvían hacia algún punto ajeno a los demás. Reitero lo ajeno, puesto que la vista, en la foto, puede ser narrada de la siguiente manera: un hombre, en su esfuerzo por espiar mundo ve primero lo cruel; otro observa a ese hombre; dos más confrontan visualmente a quien fotografía, y la mujer se enfoca en la orilla, margen o precipicio de la foto y de la portada.

En la contraportada, camino a enderezarse o a volcarse, se aprecia a un bailarín, implícitas sus posibilidades contextuales: vedetto, stripper, Chacon dancer, etc., asociables al escenario citadino de las discotecas, al festejo de la vida nocturna, al divertimento o a la prostitución masculina. Ni al derecho, ni al revés; ni straight, ni gay, según estereotipos… imagen intersticial entre las fronteras internas de el ambiente.

“[E]l mundo es mundo desde hace mucho tiempo. Y este mundo de nosotros es así”, dice Luis Negrón (42). Pues así como es, también yo lo voy a exponer en este ensayo.

Mundo cruel está constituido por nueve cuentos que desestabilizan la pseudotransgresión, la rabia hace tiempo súper escrita, súper… ada, y el lamento victimado, abundantes en parte de la literatura producida en Puerto Rico por homosexuales o acerca de homosexuales. Este libro rebasa la acusación tradicional de que la raíz del mal hacia los gays está signada por la homofobia: salida parcialmente verídica y absolutamente conveniente. Esta costumbre de mirar al otro y evitar mirarnos, no existe en la creación de Luis Negrón. Como en la foto de la portada, los ojos viajan hacia todos lados y cuentan las perspectivas que tocan.

mundo-cruel-covers-267x200Mundo cruel denuncia y propone. El autor asume un compromiso: apunta problemas, hurga, incomoda, transcribe el entorno sin miramientos. En esta danza, el español puertorriqueño populachón, que me fascina [“de ahí vengo yo, de ahí vengo yo”[v]], va quitándose los velos para destapar, bajo una superficialidad simulada, esa brujería particular que enreda con la lengua a un sinnúmero de personajes y escenarios.

Negrón anuncia un mundo condensado en sectores de un barrio. Acude a la sinécdoque [el todo por la parte], puesto que halla en Santurce la representación del planeta… un microcosmos en donde pulula la crueldad sin dilatar. Por un lado, el autor explora mitos pueblerinos acerca del origen de la homosexualidad, recetas para curarla—sobre todo, a cantazo limpio—, crímenes de odio y tantos lugares comunes. Por otro lado, también devela el racismo y el clasismo dentro de esta subcultura, aunados a la lesbofobia [que se traduce, en sexismo, misoginia, entre los homosexuales]. En ese sentido, Luis Negrón destapa la olla de grillos: la conducta autodestructiva de una comunidad gay que reproduce los modelos hegemónicos y cuya propuesta de una mejor sociedad, no admite otras diversidades fuera de la homofilia. A fin de cuentas, la bandera del arco iris figura como una utopía que sostiene sus colores sólo porque están cosidos en ella.

“El elegido” presenta a un adolescente cuya hermosura se ha labrado a galletazo, puño y pescozá. El protagonista, heredero de las vicisitudes de Job (11), sirve como piedra de tropiezo a cuanto macho se le planta en frente.

El inventario de maltrato físico en su contra, amenaza con hacerse interminable. Valiéndose de la retrospección, el protagonista divulga la severidad de castigos previos:

Mi padre… se había cansado de darme palizas…. cogí cachetadas, aguanté golpes de mano abierta, de puño cerrado. Pelas con correas de cuero, con hebillas, con chancletas de goma, con varitas de tamarindo y de gandules enviadas por mi abuela desde Arroyo o arrancadas del palo de limón (13).

Más tarde, cuando el hermano Samuel chotea[vi] el episodio ante los urinales ocurrido durante la vigilia,

…Papi agarró mi cara con una sola mano y la apretó como una bola de papel dentro de su puño. Se quitó la correa y azotó mi espalda… cruzó con la hebilla mi frente hasta que el corito que cantaban en la radio paró. Me dejó ambos ojos hinchados y la nariz rota. Al bajar la inflamación, el rostro… parecía al de las estampitas de santos que tenía mi abuela, la católica (12-13).

La carpiza más reciente al presente del narrador, ocurre cuando su madre se percata de que el muchacho se había comprado unas chancletas blancas de cuero para el bautizo. Después del consolador: “Pareces un jodío pato” [una madre siempre se ampara en la equivocación como esperanza, aunque, desde antes de hablar, sabe que está en lo correcto], ella: “Me dio con la pandereta en la cara, me arrastró por el pelo y me metió tres bofetás” (17).

Luis-Negrón-21Contradictoriamente, estos padres extremadamente preocupados, entregan a su hijo al deseo homosexual gravitante en las dinámicas de la iglesia. Confiados en que “el coro era un buen ministerio” (15), secundan la afirmación del pastor, eligen al Elegido para pasar todo un verano con el cantante cristiano que lo enseña a fumar [valgan la fijación oral y el ardiente símbolo fálico].

Esta vivencia coral invierte la norma establecida por los cantantes mundanos. No estamos ante el pecador arrepentido en vías de regeneración, como: Blanca Rosa Gil, Vico C, Tito “El Bambino”, Álex D’ Castro, Tony Vega, La Lupe, Tito Lara, Iris Chacón, Ismael Miranda o Domingo Quiñones, et al, integrantes de la nómina de figuras públicas que, con mayor o menor tribulación, cifraron esperanzas en denominaciones religiosas. Aquí, el artista cristiano protesta contra el protestantismo al trazar la meta de espectacularse, lanzarse al non plus ultra del estrellato: el “crossover a la música mundana” (16).

Los padres de The Chosen One sirven su oveja en bandeja de plata para la inmolación del pastor, encuentro presentido gracias a la otra representación fálica: la vela bautis-mal.

En este cuento, brillan dos ritos de paso [la presentación social del recién nacido y el bautismo]; la resistencia de los varones de la familia ante el destino religioso del Elegido [“tanta iglesia y tanto culto me iban a malograr” (11)]; la Biblia ilustrada transformada en la primera documentación pornográfica del protagonista, en la cual ejercita el voyeurismo y aprende a leer el deseo sexual; el mitin privado entre el Elegido y Dios, el acto de sentarse sobre “la roca” [otra forma de denominar a Jehová] y un recurso tomado de “El Aleph”.

Parte de lo observado por Borges se enumera en su cuento de la siguiente manera:

…vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor… yo claramente la veía… Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto… (descripción sostenida hasta el final de un largo párrafo).[vii]

En el caso de Negrón, su personaje retoma el recurso borgiano, pero lo vacía del asombro para disminuirlo con lo gráfico, lo cotidiano:

El pastor me miró… Lo vi mirarme… sus ojos vieron… al verme mirarlo… Vi su cuerpo moreno… Vi los pelos de sus brazos… Vi que veía que yo veía lo que veía. Vi, a través de sus pantalones blancos… Vi a los hermanos en la orilla… Vi la cara de Papi a lo lejos, mirándome mirar… Vi a Mami mirar mi monstruosidad en el rostro de Papi… miré de nuevo aquello que ya se encorvaba sobre el muslo del pastor… (18-19).

51cqXQeWxzL._SX258_BO1,204,203,200_Todo este cuento se articula mediante la voz angelical-demoníaca de un homosexual elegido y, por ende, sujeto a equis [X] destino. ¿Electo por Dios para enseñar sumisión y tolerancia a su familia, a burladores o castigadores? ¿Seleccionado por Satanás como tentación que socava o pervierte los designios divinos? Ojalá lo haya rescatado Dios para alivianar el peso de los estigmas que, según el “Monólogo del Mal”, de Monterroso,[viii] le han caído encima al Diablo a través de los tiempos.

“El vampiro de Moca” dibuja al adulto gay en espera del jovencito que le inyecte vigor, desenfreno y estremecimiento. Este cuento demuestra la tremenda sutileza de Negrón para volcar dinámicas tan aparentemente reconocibles, como la prostitución. En vez de ofrecerle dinero al chamaco para que se mude a su propiedad o para que forme parte de ella, el hablante dispone de todas las condiciones [rebaja la renta sustancialmente, invierte en acondicionador de aire y decoración, instala una línea clandestina de Cable TV] con el fin de comprar al muchacho y confinarlo a su estudio en alquiler.

El adulto entrampa al joven. Sin embargo, este último cierra la puerta de la jaula, y el otro descubre el propio encierro. El chico “lee” al arrendador [lo identifica como homosexual], da el paso al frente para avergonzarlo de sus intenciones al declararse heterosexual, mas, finalmente, cede ante el mejor postor: la Carlos, amigo del protagonista y quien había negociado con éste a su inquilino como posible mercancía.

La narración exhibe una muestra excelente de patetismo emocional cuando, tras la desilusión, el protagonista llama a su ex “para que me dijera que después de mí no había conocido a alguien tan especial. Para eso sirve mantenerse en buenas con los exes, especialmente si bregaron mal con uno” (27). Momentos como este logran tan bien el tono melodramático que nos llevan a pensar dos veces si, de veras, “un melodrama… es un producto de segunda categoría”, como declara el extracto de diálogo escrito por Puig y empleado como epígrafe del libro.

“El vampiro de Moca” enfoca, por primera vez en Mundo cruel, un estereotipo de comportamiento lésbico, así como la predilección del narrador, no por alquilar el estudio a hombres gay, sino por no alquilárselo a lesbianas:

…un estudio. Pequeño, pero acogedor. Hace un año se lo renté a una pareja de lesbianas. Confieso que fue abrupto de mi parte, pues cuando accedí había pasado en esos días la parada gay y me sentía solidario. Error y horror. Todos los sábados sin falta la fila de mujeres entrando en mi marquesina era interminable… BBQ… la musiquita de Ana Gabriel… Shakira… boxeo pay-per-view y, al final, de lo más folklóricas ellas, sacaban los panderos y campanas para acompañar el CD de plenas de Lucecita (22)[ix].

A ello, se suman el privilegio de lo masculino y el rechazo por el tufo de su contrario: “…me gustó mucho la voz. Sonaba bien machito” (23), “…me dice bien partía ella” (25). Dicho de otro modo, la voz masculina agrada, mientras que la voz “partía” rompe al hombre: lo desprestigia.

Se añaden también la barra como carnicería, la valoración de la delgadez, vertientes que facilitan la comercialización del cuerpo:

Tía María, mi segundo hogar. Me encanta esa barra… Desde que el nene se había mudado para el estudio, no había vuelto por allí… Me sentía como carne nueva y esto en este ambiente es un plus. Todo el mundo me encontró más flaco (26)…

…y se aprecia, finalmente, al protagonista refugiado en el arte como alternativa de clase para superar la decepción:

…fui al MAC[x] y al MAPR[xi], a Bellas Artes y a ver todas las películas que ponían en Fine Arts y en el Metro, menos la de Mel Gibson, a quien no soporto por homofóbico (28).

cruel_thumb[1]En “El vampiro de Moca”, los depredadores terminan depredados. Los sujetos están sujetos a pasiones y traiciones. Su cadena alimenticia reproduce la ley de que sólo el más apto sobrevive, pero premia al “más apto” falsamente con una presa que no ofrece las garantías esperadas porque se le vira al revés.

Otra narración insólita aflora en “Por Guayama”, texto notal, cuyo pretexto yace en la necesidad de disecar a una perra realenga con nombre de municipio, recogida por el protagonista “en plena autopista” (del sur[xii]).  Ello lleva a Naldi, el narrador, a perseguir a su “amigo” Sammy, en el afán de cobrarle unas cortinas para sufragar el costo de la disección de su mascota.

Clasifico como notal una producción que se pinta como epistolar, porque, a diferencia de la holgura temática y extensiva que puede alcanzar la carta, la nota es breve y precisa. En este caso, la nota también se adjudica a la clase del hablante, quien emite el mensaje hacia un ansiado o alegado receptor que jamás aparece. Por medio de las notas, Naldi fabula su sensibilidad hacia el animal enfermo o muerto, su aspiración a eternizarlo y el engranaje de toda una maquinaria subterránea ligada al tráfico de documentos y al robo de identidad.

Desde el inicio, “Por Guayama” plantea arbitrariedades. La perra se está muriendo y hay que “ponerla a dormir”. Se propone la muerte como solución: lo mismo que pasaría irremediablemente. Existe mayor preocupación por el animal muerto que por el destinatario desaparecido.

¿Qué dice de Naldi el hecho de que encuentre cerradas tantas puertas? ¿Cómo es posible que Naldi facture servicios a nombre de Sammy, sobre todo en el extranjero, donde la identificación resulta más que necesaria? ¿Estará ahí parte de los cargos que se le radicaron por robo de identidad?

Las porosidades de esta fabulación conforman sus mayores atributos. El símbolo siempre presente de las cortinas por cobrar, denota que algo se escenifica tras bastidores. ¿Se habrán redactado las notas sólo para contar con la coartada perfecta?

A Naldi lo aniquilan el apego a Guayama, la confianza extrema, la ignorancia o la necesidad que nutre toda ambición… escoja usted entre las posibilidades. Como dice Naldi acerca del trabajo que el dominicano realiza con los animales: “Los ojos se los pone del color que tú elijas”. Otra versión de “todo depende del color del cristal con que se mira”.

La relación entre los dominicanos y los animales adquiere relevancia cuando se escucha a las habladoras en “Muchos”. El dominicano, emergente en “Por Guayama” como una colindancia entre el puertorriqueño y el animal, se reitera como un ser humano menor en boca del dúo de bochincheras que, en “Muchos”, hace acopio de las marginalidades santurcinas. Sin embargo, el chisme—por fin—se materializa en “La Edwin”.

Desde inicios de Mundo cruel, los personajes reconocen las habladurías como un acto de terrorismo. En “El elegido”, la madre comenta: “A quien le van a decir pato es a ti” (17). En “El vampiro de Moca”, se informa: “Los amigos en la barra ya me daban por muerto” (25). En “Por Guayama”, el paradero de Sammy se divulga por conversaciones: “La vecina me dijo que estás en Santo Domingo… Estás en Santo Domingo. Tu casero me lo acaba de confirmar” (34), “…cuando mencioné tu nombre aquí en el hotel rapidito entendieron la que había y me han llovido los ofrecimientos” (35). Finalmente, “La Edwin” se elabora a base de un diálogo del que sólo conocemos la versión de quien se encuentra a un lado del teléfono.

“La Edwin” expone al homosexual lengüetero que se burla de la desgracia ajena. Destapa, desde el título, la feminización del otro y la falta al respeto de ese otro que rechaza que se le feminice: “…Edwin. La que se cree hombre” (40).

La voz construye como historieta la historia de Edwin, para quien “era difícil bregar con… la patería” (40). El hablante discurre con sarcasmo sobre la experiencia de el hablado, su infatuación con el fupista bisexual con novia, quien luego lo abandona por irse “con una loca del Condado” (41).

En “La Edwin”, actúa la falsa izquierda estudiantil universitaria, que se manifiesta acérrimamente contra el ROTC, pero que cede ante las comodidades del sistema capitalista si se le da el break. Ahí hay reminiscencias del vividor de “El vampiro de Moca”. Sin embargo, sobre todo, se representa al gay que define la homosexualidad por lo femenino[xiii] y cuya vida adquiere sentido mediante la divulgación de la catastrófica intimidad del amigo. ¿Cuáles son las cuerdas que sujetan a este personaje? La falta de empatía y la incapacidad de percatarse tan siquiera de su propia soledad… otro ejemplo muy común de patetismo del cual ninguna esfera se salva.

Los rumores, la preocupación familiar y el sexilio[xiv], se exploran en “Junito”, cuento titulado, paradójicamente, con el nombre de quien nunca habla. Sólo accedemos a la voz de un padre atribulado porque presiente que su hijo, “el más chiquito mío[,] como que es así… desde chiquito lo miraba y lo miraba y ¡jum!… a la gente así la joden mucho” (48). El papá alude al bulling escolar: “Yo lo veo que cuando va para la escuela, él como que lo piensa, yo sé[,] mano, él no dice na, pero yo sé” (49).

En “Junito”, se plantea salir de Puerto Rico como alternativa para el gay interesado en sobrevivir y progresar, aun cuando el protagonista no advierte que su propuesta implica la falta de visibilidad y de representación social. Él ha planificado a favor de la seguridad y la vida de su hijo. Personifica el refrán de que la sangre pesa más que el agua. Vive amarrado a la genética. Está dispuesto a hacer por su niño el sacrificio que nunca hizo por sí mismo.

negronA través del relato, la voz del narrador cuela la bisexualidad de algunos hombres del barrio. El cuento culmina con la invitación sospechosa del hablante para que Junito se marche con él más adelante: “…pídele a mi mujer mi dirección… por si acaso te da con irte a Boston. No te preocupes que si alguien sabe que yo soy macho es ella… pídesela” (50).

“Botella” discurre sobre crímenes de odio hacia homosexuales, perpetrados por el narrador, un bugarrón casado que solamente identifica como maricón a quien se deja penetrar, aunque él participa [obviamente] del deleite carnal. Esto lo ejemplifican el alcohol como excusa para estar con otro hombre [“…borracho para poder bregar con el viejo…”], y el encuentro sexual con Caneca: “…me lo clavé… le dije que él era mío y el viejo se vino y yo me reí porque me daba mucha gracia que fuera tan maricón” (53).

No existe evidencia palpable de que el narrador haya asesinado a Caneca. Sin embargo, el modus operandi exhibido cuando mató al profesor, revela: “…con un cable lo ahorqué para que no hablara […] Cogí su cartera y tenía como seiscientos pesos…” (57). Recordar que “…Caneca est[aba] en el inodoro, con la lengua salía y un cable en el cuello” (54), permite atribuir ambos ahorcamientos al mismo autor.

El robo de los seiscientos dólares al profesor también abre la posibilidad para creer que el narrador le sustrajo dinero a Caneca. Se conoce que Caneca “paga bien”, aunque tenga el agravante de que “apesta a ron por más que se bañe” (53). Se sabe que las posesiones del narrador se reducen a “una bolsa con mis cosas” (54). Por lo tanto, adquirir cocaína, comprar cloro, trasladarse de casa en casa… esa combinación de pelambrera[xv] y trámites que exigen moneda, sugieren que Caneca pagó muy bien o que el protagonista le robó [la transacción monetaria entre ellos jamás queda clara].

Dos elementos adicionales lo delatan: la obsesión por las huellas digitales y el regreso insistente a la escena del crimen. En cuanto a las huellas dactilares, sólo un criminal encontrable, cercano a su víctima, o uno con antecedentes penales, debe temer que se le descubra. En cuanto a revisitar el lugar del asesinato: “Me fui con la bolsa para la casa de Caneca… me acuerdo de las huellas digitales y vuelvo donde Caneca” (54), “…me acuerdo del ADN en el cuerpo del viejo y vuelvo para su casa (55), esto lo incrimina según reza “el viejo y conocido refrán”, celebrísima filosofía del Chapulín Colorado. Resaltan, además, su esmero en borrar con cloro el ADN y la eficacia con que practica el método para erradicar sus rastros del cadáver de Caneca, en la bañera.

Una premonitoria peste a mierda persigue—o acompaña—al narrador hasta que, finalmente, un paso le cumple el vaticinio: “…piso una mierda y es de algún cabrón tecato… lavo la chancleta, pero la peste no se va” (59). El hedor se impregna al olfato a medida que el asesino circula por una comunidad diversa, como la sociedad misma, que paga sus negocios con dinero o trueque, pero que, a la vez, se muestra cerradísima: espacio claustrofóbico donde la noticia viaja veloz y la cantidad de sospechosos, por ende, se reduce sustancialmente párrafo a párrafo.

La chancleta como símbolo de penetración y la peste a mierda humana en ella, remiten al sexo anal, al extremo del cuerpo, asociado a la conclusión digestiva y al desperdicio. Asimismo, cierra el cuento con un personaje que, echado a perder, llora ante la realidad que lo desgarra.

El relato comienza con risa y concluye con lágrimas a partir de la peste: ese detalle de las interioridades que vinculan al protagonista con su trabajo y sus víctimas. He aquí, como en “La Edwin”, a otro sujeto para quien es “difícil bregar con… la patería” (40). En último término, ¿no constituye ese llorar sin causa aparente una especie de llanto por sí mismo?

La metáfora del envase se metamorfosea de Caneca [alcohol, vejez, pagador] a botella de cloro [erradicación de evidencia, purificación del sentido de culpa ocasionado por el acto homosexual] a Botella [uno de los pares; a la larga, otra versión del narrador]. Esta última Botella es la única que sale a cruzar el mar, pero, antes, deja el mensaje de inocencia: “Yo no fui” (59). Cada contenedor—de vejez, encubrimiento o solidaridad—produce la impresión de que, aunque cambie el exterior, el cuerpo no es más que un frasco habitado por un producto que, viviendo, se derrama.

El deporte nacional de las cuerdas vocales y los balcones, la chismo-grafía sin piedad, se registra en “Muchos”. Dos vecinas boricuas que “…se dedican a pelar a todo el mundo” (63), desuellan a cuanta persona les pasa por la mente [bueno, por la lengua]. La preocupación sirve de excusa para la homofobia, y la homofobia les permite un vuelo sin escalas a la xenofobia.

Del dúo dinámico de bocas, despegan los discrímenes enyunta’os o en racimos. Las narradoras aluden a que el hijo de Altagracia “va a salir pato” (63). La lengua bruja predice la sexualidad del niño mediante un solo síntoma: “el nene empezó a llorar porque el pai le apagó la novela” (64), “…le gustan demasiado las novelas… y recuerda que es varón” (65). Ante la sospecha, renacen las recetas agresivas practicadas en “El elegido”, esta vez contra una homosexualidad estereotipada: “enseñarle a Yanielito el mío… que coja malicia, y que si ese nene lo manosea o le hace algún gesto, que le meta un puño y después venga y nos lo diga … Éste [marido de la Mamá Preocupada También] lo coge y lo suena bien sonao” (64), “los papás tienen que ponerse fuertes… y tratarlos como si fueran hombres” (65).

Las vecinas dan un ligero descanso a la alegada sexualidad del niño, para torcer la plática, tornarla en xenofobia hacia Altagracia y, por antonomasia, los dominicanos:

“…Pa mí que ella se casó por los papeles. […] …esa gente es trabajadora… pasan necesidades en su país, pero son unos acomplejaos” (65), “…me dijo…que tenía un bachillerato en consejería. […] Será de Santo Domingo. […]  Nena, de aquí. Si ellos están cogiendo todas las becas. […] …ella llegó aquí porque el marido la conoció en un torneo de billar por allá y se enamoró de ella y la mandó a pedir […] …llegan aquí y se quedan con to… La plaza del mercado está llena de dominicanos” (66).

Después, la homofobia retorna al trono para reinar con su esplendor oscuro. Las amigas se regocijan por actos de maltrato y violencia contra homosexuales, entre los que destacan:

“[un] bibliotecario… recogimos firmas y nos quejamos en la región hasta que lo sacaron… no es bueno para los nenes”; “…en el baño de Plaza… un tipo mirándolo [a Éste] y mirándose ahí… [Éste] ha sacado la mano y le dio un bofetón…”; “…en Caguas hay una iglesia que se los lleva para la Florida y allá tienen un campamento y vienen derechitos. Al hijo de la señora que trabaja en Obras Públicas lo mandaron… y ya tiene novia” (67).

Cuando llega el momento de comenzar con las mujeres, las vecinas hallan la guardarraya del silenciamiento. Evitan transgredir el terreno que invade el sexo al que pertenecen, quizás no por respeto, sino porque, con las lesbianas, les comienza otra historia.

A medida que concluye la lectura, quedan fijadas y atrás dos mujeres amarradas por la lengua: su brujería, su veneno. Gravita en el ambiente la figura sombría de “Éste”, el esposo de la Mamá Preocupada También, quien había contado que “en el trabajo hay una [dominicana] que dice que ella no se mete con hombres casados porque se quiere hacer ciudadana” (66). “Éste” es el mismo que protagonizó el referido episodio en el baño de Plaza [Las Américas]. ¿Le habría hecho “Éste” un acercamiento sexual a la compañera de trabajo como para que ella contestara que no se metía con hombres casados? ¿Estaría “Éste” haciendo los baños en el afamado centro comercial cuando golpeó al otro hombre? ¿Le propinó “Éste” un puño al otro por el tipo de acercamiento realizado o simplemente por la insistencia de un hombre que no le gustó?

Luis-Negrón-21En “El jardín”, se impone un escenario muy distinto al resto del conjunto narrativo de Mundo cruel. Aun cuando el mismo cuento alude a un lugar “llamado ‘jardín’ como en el cine[xvi]” (74), fuera de nomenclaturas, este relato remite también a una versión más intimista de la película It’s My Party,[xvii] en la cual el personaje VIH+, a punto de morir [por decisión propia], dispone de todo a su alrededor para que su último día de vida transcurra a la perfección. Aquí, se nombran dos dimensiones del fallecimiento: la literal en Willie y la simbólica en la despedida de año.

Como revés a las voces de los demás cuentos, en “El jardín”, los hablantes pertenecen a la norma culta. Nestito, el narrador, estudió Biología en la Universidad del Sagrado Corazón, aunque se desconoce si obtuvo el grado. Sharon y Willie, pareja de hermanos, provienen de una familia académica. Sharon aprendió cuatro idiomas y laboró como asistenta de profesores visitantes. Willie se doctoró en Historia del Arte con concentración en Cine en la Universidad de Columbia.

La vida acomodada de esta familia deviene en relaciones clasistas. En primer lugar, Nestito valora los privilegios de Willie y los transfiere para su beneficio: “quería llevarlo a mi casa en Arroyo para que entendiera por qué yo era tan jíbaro. Para que mis padres supieran que él era profesor y de familia” (82). En segundo término, aparece el racismo, encubierto o justificado por la fantasía solemne y triste de Sharon, condenada a encontrarse con su amante negro [un haitiano de la mafia china… ¿?] en el garaje de su casa durante veinte años. Sin embargo, el respeto de Willie a la intimidad de su hermana—complicidad fraterna que le alimenta el sueño de mirarse y verse como Lady Di—ha sido el vehículo de ambos hacia la supervivencia.

Al final, Willie se fuga con el sonido de la música: “Terminamos en el cuarto… los tres… viendo The Sound of Music” (82) […] “En la tele, la familia von Trapp decía adiós con una canción” (83). Acto seguido, el cuento describe pormenores de su funeral.

Tres personajes ensoñados en las ruinas de una clase social alta a la usanza de las postrimerías decimonónicas o con la fastuosidad del cine americano de mediados del siglo XX. Tres residentes en un hogar desplomado por el racismo, la homosexualidad, el estigma del SIDA y la relación amorosa con un amante pueblerino. Tres sujetos sujetos al triángulo vicioso de su minúscula trinidad. He ahí a la tripleta de esa pequeña utopía edénica llamada “El jardín”, cada vez, menos florida.

En el cuento “Mundo cruel”, se regodea el colmo de los colmos. Estamos ante un par de amigos gays acostumbrados a trabajos lucrativos, gimnasios, rigor alimenticio, bulimia, moda, tratamientos de belleza, lujo y razones para la humillación ajena… mecanismos de compensación para subsanar una sexualidad desvalorada o castigada por la norma. Por fin, las décadas de lucha a favor de los derechos humanos y civiles, han desembocado en un mundo sin homofobia. Sin embargo, los personajes estelares se resisten a abandonar su esclavitud rutinaria y la superioridad que se han atribuido ante otras personas de su mismo grupo.

El discrimen desempolva las raíces raciales como motivos bochornosos cuando Pachi comenta su temor a que se descubran el espiritismo y la negritud de sus antepasados: “La palabra presentimiento podía dar cuenta de un pasado hace tiempo compactado y enterrado: tenía una tía espiritista en Carolina, no en Isla Verde, sino en pleno Country Club. Carolina es como decir Loíza—pueblo de negros—y si eso se sabe, se hundiría para siempre” (86).

Se acentúan en esta historia la falta de solidaridad para con la “comunidad gay”:

“Pachi tragó vidrios cuando vio a los sujetos… los había visto en la barra en chancletas y con bultitos, repartiendo condones y papeles para manifestaciones a las que nadie iba” (88); “…vieron la primera señal de que el mundo, su mundo, se estaba yendo para el mismísimo carajo. Seis parejas de lesbianas, con el celular en la correa, estaban entrando. Alarmados y casi reclamando le preguntaron asqueados al bouncer: ¿es noche de mujeres?” (90); “…José A. y Pachi salieron con cara de disgusto y con las manos casi en alto para no tocar a tanta gente lucía y sudada” (91).

Finalmente, Pachi apaga pasiones con el amor de su juventud, Papote, el hijo del bombero, y José A. opta por el exilio en busca de un nuevo horizonte donde la homofobia y prejuicios colindantes se encuentren intactos, dispuestos al ejercicio de su costumbre.

En resumidas cuentas, el Mundo cruel de Santurce, espacio de rabias y aniquilaciones, expande su comarca despreciable para contagiar de vicios latitudes nuevas. De entre la muchedumbre, Luis Negrón convoca personajes tipo—varios de ellos innombrados en aras del silencio o del anonimato—con quienes toca la fugacidad profunda de las sensibilidades. Sin alardes, el autor se vale de recursos como la narración convencional, la pseudoepistolar y el diálogo teatral, para filtrar discursos primordialmente populares que embotellan a la sociedad—en especial, a la comunidad gay—en dinámicas autodestructivas que nos están matando.

“[E]l mundo es mundo desde hace mucho tiempo. Y este mundo de nosotros es así”(42), dice Luis Negrón. Pero, ¿saben qué? No tiene que serlo, digo yo.

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CARLOS VÁZQUEZ CRUZ  (Puerto Rico, 1971) Escritor Residente del Municipio Autónomo de San Lorenzo y Premio Nuevas Voces del Festival de la Palabra, 2014. Obtuvo la maestría en Bellas Artes (MFA) de New York University, en donde recibió la “Beca del Banco Santander para la Escritura Creativa en Español”, y el bachillerato en Educación Secundaria en Español del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado: Ares (poesía, 2014), Malacostumbrismo (cuentos, 2012), Sencilla mente (poesía, 2010), Dos centímetros de mar (novela, 2008), 8% de desk-cuentos (cuentos, 2006; reeditado en 2011 como Asado a las doce) e Inimaginado (poesía, cuento, ensayo, 2003).

[i] Los números entre paréntesis corresponden al número de página en que se haya la cita en la edición analizada. (Luis Negrón. 2000. Mundo cruel. 1ra edición Río Piedras: La Secta de los Perros..

[ii] Eduardo Alegría. Primero de los epígrafes de Mundo cruel.

[iii] En Puerto Rico: “varón homosexual… homosexual” (Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Tesoro Lexicográfico del Español de Puerto Rico. 2005. p. 582). “Partirse” implica, pues, “afeminarse”.

[iv] La cámara lúcida: Notas sobre la fotografía. 9na edición. Barcelona: Paidós Comunicación; p. 61.

[v] Frase tomada de la canción popular con el mismo título, cantada por Wilkins (puertorriqueño).

[vi] En Puerto Rico: “delatar” (Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Tesoro Lexicográfico del Español de Puerto Rico. 2005. p. 205).

[vii] Jorge Luis Borges. 2000. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial. 5ta reimpresión. pp. 192-194.

[viii] Augusto Monterroso. 1997. “Monólogo del mal”. La oveja negra y demás fábulas. Madrid: Alfaguara Bolsillo. p. 49.

[ix] Todos los énfasis añadidos a las citas, pertenecen al autor de este ensayo.

[x] MAC [Museo de Arte Contemporáneo]

[xi] MAPR [Museo de Arte de Puerto Rico]

[xii] Alusión al título del cuento de Julio Cortázar (“La autopista del sur”). El Municipio de Guayama está localizado al sur de Puerto Rico.

[xiii] Contrario a lo comentado acerca de la apreciación de la voz en “El vampiro de Moca”.

[xiv] El término “sexile” se utiliza en inglés con la acepción de excluir a otra persona del acceso a una habitación en la que otras personas sostienen relaciones sexuales. Sin embargo, el sociólogo puertorriqueño Manolo Guzmán acuñó “sexilio” al “fenómeno por el que personas con identidades distintas a la heterosexual se ven obligad[a]s a emigrar de su barrio, su comunidad o su país por persecuciones hacia su orientación sexual” (Cita tomada de: Rocío Sánchez. “Discriminación por orientación sexual lleva al exilio”. Agencia Especializada de Noticias NOTIESE. México: 6 de junio de 2007. Enlace a la fuente: http://www.notiese.org/notiese.php?ctn_id=1645).

[xv] En Puerto Rico: “Escasez de dinero, quedarse sin recursos en un momento dado… Pobreza” (Academia Puertorriqueña de la Lengua Española. Tesoro Lexicográfico del Español de Puerto Rico. 2005. p. 594).

[xvi] The Secret Garden (Famous Players-Lasky Corporation: 1919; MGM Studios: 1949; Technicolor, 1993); La mort en ce jardin (Luis Buñuel, 1956), The Garden of Redemption (Paramount Pictures, 1997); Midnight in the Garden of Good and Evil (Clint Eastwood, 1997), etc.

[xvii] Randal Kleiser, 1996.

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