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Conversación con Eliseo

Conversacion con Eliseo. E. DiegoMANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] El nervio de la creación se muestra completo y constante en todo cuanto hacemos. Es por ello que, en conversaciones, notas, entrevistas, prólogos, reseñas, comentarios, etcétera, que realiza un autor podemos encontrar una gran parte de su elaboración poética que, no pocas veces, ilumina su otra obra

A veces pensamos que la obra de un autor se refugia estrictamente en los poemas, cuentos o novelas que da a la luz. Es un esquema mental equívoco y limitador. Si es auténtico, el creador se haya constantemente desbrozando, penetrando, rehaciendo todo cuanto la vida pone en su contacto. De aquí que desarrolla muchos otros modos de hacer sensible ese peculiar dinamismo senso-conocedor que lo urge y guía. Es prácticamente imposible ser perspicaz, perceptivo e innovador en unos afanes y dejar de serlo en otros. El nervio de la creación, cuando se da, se muestra completo y constante en todo cuanto hacemos. Es por ello que, en conversaciones, notas, entrevistas, prólogos, reseñas, comentarios, etcétera, que realiza un autor podemos encontrar una gran parte de su elaboración poética (en el sentido venturosamente amplio de la palabra) que, no pocas veces, ilumina su otra obra, la más reconocida, sino que la complementa y enriquece.

La idea anterior me visita mientras releo un primoroso libro de este autor cubano. Me refiero a Conversación con los difuntos donde el poeta asume su cercanía con grandes poetas de habla inglesa y los vierte a nuestra lengua. Por su lectura no solo alcanzamos el goce de acceder a singulares poetas y poemas de la literatura en inglés, sino que nos vamos informando de la peculiar intimidad que estableció Eliseo con ellos. Todo libro que de verdad importa es aquel en que nos reconocemos y hallamos un acompañamiento amable e iluminador. Lo mejor de esto es su constancia, fidelidad e inagotable poder de sugestión, pues los libros no nos abandonan y, además, constantemente crecen con el lector.

En esta obra sólida y sentida hallamos no escasos goces y deslumbramientos que nos hacen conocer mejor el universo creativo de Diego, sino que recogemos conceptos y visiones que pueden aportarnos mucho en nuestra personal relación con la vida. Esto lo hallamos, ante todo, en su original manera de acercarse a los textos y tratarlos para que circulen en español. Ello nos sugiere los asuntos que eran cercanos al poeta, pero además nos dan una mirada interior al modo de concebir su estructuración y el lenguaje con que debía aproximárnoslos. Mucho se aprende al contrastar el original y su versión sobre la perspectiva de Eliseo y sobre el arte de traducir eficazmente y sin constreñimientos convencionales. Sus frases, sus palabras, sus soluciones compositivas, muestran mucho del bagaje técnico del poeta.

Hay otra zona de goce inteligente para nada menor sino que forma una estructura fluida y pertinente con los poemas trasladados al español. Se trata del prólogo que pone para explicarnos su fundamentación de este libro y las sucesivas notas con que nos pone ante cada poeta. Es lamentable que, en ocasiones, ciertos lectores se salten estas partes para “ir al grano”, lo cual los deja desasistidos de un poderoso instrumento de recepción y conocimiento.

En estas sagaces y hermosas notas hallamos no solo el goce de la palabra o de la inusitada manera de ver las cosas, sino también de la recreación de un entorno textual de una humanidad desbordada y gratificante. Esas notas están desprovistas de toda pedantería, de todo afán deslumbrador del soberbio y son como breves y deslumbrantes conversaciones con el lector-compañero.

Conversacion con Eliseo. Conversacion con los difuntosEliseo empieza advirtiendo que amigos no son solo los que hacen viaje junto a nosotros. Son también aquellos que, desde otras épocas, otras regiones, otras lenguas y culturas, han dejado una obra donde nos reconocemos y regocijamos. Los hombres dejan lo medular de su espíritu en la obra que hacen. Por tanto al descubrirla, aproximarnos a ella y establecer con ella esa comunión y conversación permanente que es la lectura, se vuelven entrañables amigos. Tal y como él lo pone:

“Si la amistad, más que presencia es compañía, también lo serán aquellos con quienes jamás pudimos conversar porque nos separaban abismos de tiempo inexorables.”

Esos autores nos acompañan con su inteligencia. Al elegirlos nos incorporamos a su círculo de influencia benefactora y a su aliento de realización vital.

A ellos, esos que dejaron una obra poética que aún nos conmueve por el misterio de tanta vida revelada, el poeta agradece sus hallazgos, los cuales incorpora a su mundo.

“… mis amigos distantes que me permitiesen siquiera un eco en español de los consuelos, alegrías, deslumbramientos, susurrados por ellos a mi oído.”

Estas cosas que sus distantes compañeros dicen a su oído no son más que los motivos en que se ocupa el poema. Consuelan pues las penas y trabajos que se entienden y comparten nos hacen fuertes. Alegran porque nos dan más luces para ver y más camino para andar y, por supuesto, deslumbran, pues todo poema verdadero nos pone ante un segmento de realidad que no habíamos visto en sí o considerado de tal modo. Por eso la poesía es medio de intelección, crecimiento y vigorización del yo en su relación con el mundo.

Algo cercano dice luego al referirse a la obra de Thomas Gray.

“Siempre que un hombre amansa a la tristeza o a la angustia y la soledad volviéndolas poesía, nos ayuda a soportarlas haciéndonos sentir cuánto vale, después de todo, el Hombre.”

Si bien casis siempre se resalta el papel cognoscitivo, emotivo y espiritual de una pobra poética, Eliseo la aproxima más a la realidad de la persona. Aquí resalta el valor, principalmente, humano de la poesía. Al mirarnos en el espejo de los sufrimientos y la devastación que otra persona ha conseguido elaborar como imagen inteligente y emotiva, ahondando en sus mecanismos y sentido, podemos entender mejor nuestra condición y proponernos convertirla en algo digno, como el poema que leemos. Eso reconforta y salva. Es lo que ve Eliseo.

Es sumamente curiosa la idea que tiene Eliseo de lo que puede ser el resultado de leer. No se trata de memorizar unas frases o escenas (no se trata de que no se haga, solo de que no lo ve como fundamental) sino de captar algo inefable y más esencial. Así lo expone:

“Si en una conversación mencionamos Don Quijote de la Mancha, nadie recordará la obra completa, capítulo tras capítulo, pero experimentara de inmediato la sensación, la impresión, el sabor, el aroma de Don Quijote de la Mancha…”

igrayth001p1Captar y preservar el aroma de las obras sería la tarea primordial del lector. Así este no se convertirá en mero repetidor de frases y escenas sino que irá a lo hondo, a aquello que lo impregnará del espíritu de la obra y le permitirá no solo incorporarlo sino reanimarlo y acrecentarlo. Es de tal modo que el lector se vuelve un co-creador mientras la obra (que siempre es ella y otra, la del autor y la que conforma el lector a partir de las potencialidades polisémicas de la misma) pasa a ser un territorio de constantes e inagotables incitaciones significativas.

Como siempre que hay un creador interesado y perspicaz, Eliseo trata de extraer saberes pertinentes a su arte. Así, en un apunte que hace sobre la poesía de Rudyard Kipling, resalta un elemento de particular interés. Dice:

“El arte inimitable de Kipling hace del artificio un algo verosímil. Se trata de la difícil ‘suspensión de la incredulidad –esencia del arte según Coleridge.”

El poeta cubano nos refuerza en la idea de que la poesía es, ante todo, arte, obra que se crea mediante la capacidad de invención. De manera que se necesita para ello dominar los modos con que se puede transformar lo ordinario y cotidiano en misterio y belleza. Son esos pases mágicos que el poeta denomina “artilugio”. Es un mecanismo de sugerencia y expresión más tangible. Sin embargo él hace una observación que se convierte en imperativo, ese mecanismo debe ser verosímil, esto es, que de espacio a creer en sus propuestas. El arte tiene una lógica interna donde todo debe hallar su razón y sentido. No es algo fortuito sino pensado o conseguido por la inexplicable intuición poética. Solo así se consigue que el lector acepte las proposiciones de significado que le presenta el autor y se consigue eso que cita a partir del poeta inglés, la “suspensión de la incredulidad”. Pues como decía Carpentier, la literatura presupone un acto de fe, creer en ella.

Adoptando la postura de Eliseo Diego por sus admirados poetas ingleses, puedo decir que lo tengo a él como uno de mis más fértiles y admirados amigos. En esta, su Conversación con los difuntos, vuelvo a disfrutar del ganancioso diálogo con la inteligencia sensible. Es un espléndido viaje al alma de un hombre, no mejor ni peor que los demás, solo singular y con un don poético esencial. Resulta siempre una buena cosecha de felices hallazgos pues, tal como dijera él de otro poeta, me muestra “… el corazón de la poesía, que no es otro sino el corazón del hombre.”

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MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) es profesor, poeta, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Entre sus últimas publicaciones destacan Luz sobre la piedra (2011) y El día de La Cruz (2012).


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