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Letras vueltas

Poetas andaluces | Una tarde con René en el alto Manhattan, NY | ¿Pueden los poetas ser buenos amigos? | El no tiempo de la «Casa de viento de Marta Ortiz» | René Rodríguez Soriano, “Si sientes que mi voz te suena tierna…” | Marta Sanz: “La lucidez es una navaja que se te clava en el ojo” | Desmontando el ‘Mein Kampf’ (sin silenciarlo) | ¿Por qué besamos? | La voz viva de Marcel Schwob | Fresán: “El chiste malo es una forma sublime de humor” | Lolita, un paraíso infernal | A setenta años del Nobel: el legado político de Gabriela Mistral que Chile no quiere reconocer | El escenario de la desnudez ya no es la piel | Las ceremonias del daño | Sentimientos, verosimilitud y Starbucks | Visitando al maestro | Poeta bajo los focos | Frank Sinatra, un siglo de magia | El libro más misterioso del mundo | El cuento clásico de la semana | Colores del mundo microscópico.

Una tarde con René en el alto Manhattan, NY

Copia edMANHATTAN, NY.- Luego de su exitosa gira por las ciudades tejanas de San Antonio, Harlingen, Edinburg y Houston, René Rodríguez Soriano llega este 26 de diciembre a las calles de Manhattan, a bordo su «Nave sorda», libro que deja recuerdos en cada puerto.

Una tarde con René, evento organizado y promovido por Solo para Locos Inc, tendrá lugar en la Biblioteca del Isabella Center (515 Audubon Ave. Nueva York, NY 10040, el 26 de diciembre a las 6 de la tarde.

«Nave sorda», el nuevo libro de René Rodríguez Soriano ha sido publicado por el sello Libros Medio Siglo y está circulando desde finales de agosto. A juicio del académico Fernando Valerio-Holguín «es un “pequeño milagro” de la poesía en prosa. Y es también un canto al amor y al erotismo».

Urdido como una especie de diario, «Nave sorda»en un libro de difícil clasificación. Va de la prosa al poema y navega o vuela, dentro de esos páramos donde Rodríguez Soriano tiene habituados a sus lectores.

No sin razón, destaca la mexicana Regina Swain: «En Nave sorda la ausencia funciona como hilo narrativo y la añoranza, expresada con un lenguaje bellísimo y conmovedor, juega trucos, porque es universal. Nave sorda es un delicado canto de sirena que llama a los lectores a naufragar en cada poema del libro».

Para la venezolana Mery Sananes, «Nave sorda es un libro para leerlo y releerlo, siguiendo las estaciones de la luna o un calendario de melancolías. Ritual de amor en tiempos sombríos».

René Rodríguez Soriano (Constanza, 1950), ha recibido distinciones como el Talent Seekers International Award 2009-2010, el Premio uce de Poesía 2008, el Premio uce de Novela 2007, el Premio Nacional de Cuentos José Ramón López de República Dominicana (1997), entre otros. De sus libros publicados destacan: Nave sorda (2015), Solo de flauta (2013), Tientos y trotes (2011), Rumor de pez (2009), El mal del tiempo (2008), Betún melancolía (2008), Apunte a lápiz (2007), Sólo de vez en cuando (2005), Queda la música (2003), La radio y otros boleros (1996), Su nombre, Julia (1991), Todos los juegos el juego (1986) y Raíces con dos comienzos y un final (1977). Se radicó en Estados Unidos en 1998, desde donde desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura iberoamericana. Una tarde con René

¿Pueden los poetas ser buenos amigos?

Pueden los poetas ser buenos amigosVicente Aleixandre es la respuesta, porque él ejerció la amistad como su mejor poema, con un oficio casi sagrado

Un día de otoño de 1977, en el inicio de la Transición, cuando la Academia Sueca lanzó el nombre de Vicente Aleixandre como premio Nobel de Literatura, unos periodistas ingleses llamaron a la embajada española en Londres para que les facilitara información acerca del galardonado. Alguien desde el otro lado del teléfono les hizo saber que, en efecto, se trataba de un gran poeta español, pero que era más conocido como actor de cine y de teatro. A bote pronto aquel tipo de la embajada lo había confundido con el cómico Manuel Alexandre y así salió la noticia en la primera edición de algún periódico. Ese error persistió mucho tiempo también en España. Algunos admiradores se acercaban a la tertulia del café Gijón para felicitarle: ‘¡Enhorabuena, don Manuel, por ese Nobel tan merecido!’. Lo siguieron felicitando en plena calle cuando Vicente Aleixandre ya había muerto y el actor terminó por dar las gracias con toda naturalidad muy puesto ya en el papel de impostor.

Vicente Aleixandre, el Nobel auténtico, había nacido en Sevilla en 1898. Pasó la primera juventud en Málaga donde conoció y se hizo amigo del poeta Emilio Prados. Instalado en Madrid, estudió Derecho, fue profesor de Mercantil en la Escuela de Comercio. Pero en 1925 una tuberculosis nefrítica lo condenó a pasar gran parte de su vida entre la cama y el sillón, convertido en un convaleciente profesional. Durante la Guerra Civil, a causa de una denuncia anónima, sufrió el interrogatorio toda una noche en la famosa y siniestra checa del Bellas Artes, de la que le salvó Pablo Neruda, cónsul de Chile en Madrid. Vicente Aleixandre llevaba con suma discreción su homosexualidad. Varado en su sillón de orejas en el chalé de la calle Velintonia, 3, en la colonia del Metropolitano de Madrid, ejerció el papel de representante del exilio interior cuando la mayoría de sus compañeros de la Generación de 27 fue aventada a las tinieblas exteriores o triturada con la muerte y la cárcel por la represión franquista. Otros también se quedaron. Cuando al poeta Gerardo Diego en plena refriega se le invitó a trasladarse a Valencia junto con Antonio Machado y otros intelectuales, el aludido exclamó: “¿Cómo me voy a ir al exilio si me acabo de comprar un piano?”. Siga leyendo ¿Pueden los poetas ser buenos amigos?

El no tiempo de la «Casa de viento de Marta Ortiz»

Casa de viento, Marta OrtizALEJANDRA MENDEZ BUJONOK [mediaisla] Desde lo cotidiano profundo se teje la trama en tono leve de delicada dureza, donde los puntos de tensión procuran esa escucha de atención flotante ante un mundo dado. Un adentro y un afuera en diálogo permanente aunque sea estéril o inalcanzable la tarea.

Una casa siempre es lo natal, el origen de todo. Y todo lo primario es necesariamente de Viento, porque es una patria que se pierde y no, ya que será una búsqueda permanente.

Siempre se vuelve allí, a ese Lugar no lugar de recuerdos que van construyendo nuestro paisaje interior, siempre evanescente, siempre inasible. Pero en ese trabajo poético con la memoria en la que se van entretejiendo representaciones oníricas de contenidos latentes y manifiestos, se recuerda para reelaborar el arsenal del pasado. Se reconstruye un cuerpo que “de tan cuerpo es puro espíritu” (parafraseando a Clarice Lispector)

Marta Ortiz trabaja en esa “fase previa al brote de la primera flor” en el antes o en el entre.

Como diría Joseph Brodsky “el poeta prolonga la existencia de la lengua, es una suprema operación lingüística fuera del lenguaje”, por eso lo indecible será dado solamente a través del lenguaje poético.

Desde lo cotidiano profundo se teje la trama en tono leve de delicada dureza, donde los puntos de tensión procuran esa escucha de atención flotante ante un mundo dado. Un adentro y un afuera en diálogo permanente aunque sea estéril o inalcanzable la tarea.

Así la imagen se despliega como aquello imposible de asir, como “arena/ en el cuenco de mi mano”. Lo irrepresentable, y de ahí su templo (o casa) donde poder querer quedarse, querer de querencia. Templo en el que el lector de poesía intentará de por vida conocer lo que quiso decir la poeta en su sentir, aunque nunca lo sepa y no sea necesario.

Hay una resonancia en cada espacio visto, cada rincón de la casa cobra una dimensión ilusoria, irreal, como en un sueño, donde uno nunca sabe si está despierto o dormido.

Es la Infancia en la caja de tiempo donde las lunas, la vía láctea, los espejos, hacen un juego eterno de luces y sombras. Ese material de anaquel escritural; Igual que los habitantes de la casa, todos ellos, como la Madre al pedal de la Singer, que se invoca en sueños y se corporiza para (empezar y terminar el libro con ella) o los muertos que abundan pero no se los puede tocar.

Por eso el tiempo es un no tiempo o el tiempo del poema, donde se desdobla el pasado y el presente y como en el poema “Sombras chinas” el presente es pasado evocante y el pasado es un presente constante.

En tipografías que suma, escribe, la poeta de Casa de viento (Alción Editora, Córdoba, 2015), desde su sensibilidad inteligente, desde su universo único de palabras.

Escribe, un universo al que nos gustará regresar de vez en cuando, como a la casa natal propia, como en ensoñación infantil, donde poder querer quedarse.

Esta obra como templo o casa de viento, nos dará amparo poético, acaso el único posible.

Hay que irse de los lugares para después volver

—la frase replicaba la cadencia de un mantra—
Imaginó un paisaje blanco
nieve                 papel frío
espuma donde cavar huellas.
Lo por venir promete vuelos alucinados
—lo dijo un poco a tontas y a locas—
A veces
—debió aclarar—
el paisaje blanco promete cadáveres.
Una página de donde no se vuelve.

________________________________

ALEJANDRA MÉNDEZ BUJONOK (San Cristóbal Santa Fe, Argentina, 1979), Poeta, guionista y productora cultural. Fue co-coordinadora del ciclo de lectura de poesía Poetas del Tercer Mundo (Rosario, 2007-2009). Poemas suyos integran diversas antologías de su país. Ha publicado: Tarde abedul (2013).

René Rodríguez Soriano, “Si sientes que mi voz te suena tierna…”

Rene Rodriguez SorianoEs ahora, transcurrido un largo tiempo, que comprendo a René, puesto que ha relatado lo deseaba escribir. Los cuentos de este libro representan y afirman la esencia de un denso período de su vida.

“Si sientes que mi voz te suena tierna es tan sólo porque estoy nombrándote, tenía tanto tiempo que no lo hacía. Era como si se me hubiera borrado de los labios, como si el fuego del adiós sellara una frecuencia en la que jamás debería transmitirse lo innombrado; tu nombre y todo lo que ello encierra. Y fue así, como por un mandato, una orden bajada desde nadie sabe dónde: no nombrarte, aunque te estuviera recordando a cada segundo, a cada latido”. RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO, “Nuevamente el adiós llega de golpe y el olvido no logra consumarse” [1]

[Julio Cortázar decía que el cuento es un “hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario”, y así lo creo, más aun cuando me aproximo a la obra narrativa de René, y me refugio en su prosa para recordarlo, y encontrar en él, un secreto refugio donde los oráculos se cumplen a pesar de mí, y a pesar de él, sin que los rosales al nacer traigan en sus tallos espinas].

El escritor René Rodríguez Soriano (Constanza, 1950), radicado actualmente en Houston, Texas, llegó a la literatura a través de la poesía, y aun está sumergido en ella, increíblemente a salvo. Es el Editor en Jefe de la revista digital Media Isla [mediaisla], que fundó  en noviembre de 2003, y que define como “una modesta sala de lectura donde convergen una serie de personas interesadas en la construcción de un puente de doble vía, a través de la reflexión y el ameno intercambio de información interesante”. Ha publicado poemas, prosa poética y narrativa breve.

Rodríguez Soriano en la década de los 80s, con su poemario Canciones rosa para una niña gris metal (1981), empezó a moldear una metáfora reveladora, sensible, de cómo signar al sujeto femenino de una mirada amorosa. El referente para la construcción de ese lenguaje, no era el cuerpo ni la pasión avasallante ni el placer erótico, era su mirada en vuelo hacia la intimidad, penetrante, de introspección, contemplativa, al lado de su diario, de su voz suave, melancólica, de desapego, de búsqueda de ese-otro-yo, que perseguía hacer un yo-tú.

Esta manera de ser de él, implicaba para conocerlo, abandonarse a la lectura de su obra, y coincidir, rara vez, en un pretexto para que a hurtadillas dejara que una pretendiera conocer la razón de su soledad interior.

René, desde ese mítico libro, Canciones rosa para una niña gris metal, se asomaba a una escritura subliminal del instante poético; creaba un decir meta ficcional del amor, y hacía una cuidadosa elección de lo que deseaba recordar como fragmentos de citas o como epígrafes a su autobiografía en torno al amor. Ya a inicios de los 90s, cuando él reunía a sus amigos en una tertulia dominical en las oficinas de su publicitaria, y la jerarquía del discurso literario pertenecía a la llamada generación de los 70s, en disputa con la generación de los 80s, empecé a conocer a René, su personalidad a veces distante, discreta, alejada del protagonismo y rivalidades de los grupos, porque él se abstraía de todo ese vendaval entre las paredes de las oficina de su espacio de trabajo, que hizo decorar como un mundo onírico, donde solo las reminiscencias tenían el carácter de ser las protagonistas de su libertad, a veces fingida, y otras veces asumida.

René se abandonaba, todos los días de la semana, a hacer discurrir su tiempo en una existencia reposada al lado de la creación, y desde entonces, empecé a escuchar su voz, que era como una voz que suplicaba ternura, que no se dejaba seducir por las frivolidades, por el exceso de minutos de glorias que procuraban los narradores que terciaban en los concursos de Casa de Teatro. Siga leyendo René Rodríguez Soriano

Marta Sanz: “La lucidez es una navaja que se te clava en el ojo”

Marta SanzLa ganadora del Premio Herralde arroja una mirada irónica sobre la devaluación de la cultura en ‘Farándula’. “Antes la marca de este país eran los artistas y hoy es Inditex”, dice.

“Como chupar un limón”. Así dice Marta Sanz (Madrid, 1967) que es leer su última novela, Farándula (Anagrama), una historia coral —con gala de los Goya incluida— en la que actrices olvidadas se cruzan con jóvenes llamados a comerse el mundo y con actores que se lo están comiendo. O el mundo a ellos. Escrita en un desatado tono satírico, la novela le ha valido el último Premio Herralde, pero su escritura, aclara, no ha sido tan feliz como aparenta ese tono.

PREGUNTA. En Daniela Astor y la caja negra, su anterior novela, la niña protagonista jugaba a ser actriz y en Farándula hay actrices de verdad. ¿Quería enfrentar imaginación y realidad?

RESPUESTA. Todos los libros que escribo salen de libros anteriores. Farándula surge de las ideas que se recogen en el ensayo No tan incendiario y de ese leitmotiv de Daniela Astor que es la relación entre la realidad y sus representaciones. Ese tema me sigue preocupando porque creo que es una manera de hablar del papel que representa la cultura en nuestras vidas en un momento en el que estamos cambiando de modelo. Antes la marca de este país eran sus artistas y hoy es Inditex. Como en literatura la forma de decir las cosas son las cosas mismas, recurro a un código satírico.

¿Por qué la sátira?

Porque me parecía la manera más eficaz de expresar mi disconformidad y mi incertidumbre. Llevamos años prestigiando un lenguaje literario anoréxico y me venía muy bien la exageración satírica. Intento que la lectura perturbe al lector.

En Farándula se dice que gustar (al público) es estar de acuerdo (con el sistema). ¿No hay otro camino para ser reconocido como artista?

R. También dice un personaje que la inteligencia es la capacidad de adaptación al medio. Yo me pregunto si las personas más inteligentes no serán aquellas capaces de hacerse preguntas que no se hace nadie porque damos por hecho que todo está bien.

¿Se puede ejercer la crítica desde dentro de un sistema que te está premiando y que está reconociendo económicamente tu trabajo? Esa es mi duda.

Si cambiamos actores por escritores, ¿la novela funcionaría?

Valdría para cualquier ámbito de la cultura. También me pregunto si eso que llamamos “escribir bien” no es una forma de “estar de acuerdo”. Por eso, como decía, busco un estilo que perturbe.

¿El personaje de Daniel Valls estaba basado en Javier Bardem? Un actor de éxito internacional que firma un manifiesto político…

Tuve presente que la gente pensaría en Bardem, al que todo el mundo se le echó encima cuando criticó una actuación del Ejército israelí, pero también pensé en Willy Toledo y en Antonio Banderas. Lo que quería plantear es hasta qué punto, si eres una persona crítica, alcanzar el éxito no significa que estás haciendo algo mal, que estás siendo aceptado por el poder. Quise plantearme un problema de legitimidad: ¿quién puede criticar?, ¿se puede ejercer la crítica desde dentro de un sistema que te está premiando y que está reconociendo económicamente tu trabajo? Esa sigue siendo mi duda. Porque no sabes dónde está el límite entre ser connivente con las cosas que nos hacen desgraciados y hacer un voto de pobreza franciscano para reivindicar determinadas cosas. Siga leyendo Marta Sanz

Desmontando el ‘Mein Kampf’ (sin silenciarlo)

Desmontando el mein kampfUna edición crítica a cargo de historiadores alemanes y una novela recuperan el libro de Hitler al expirar sus derechos. Para rebatir cada una de sus mentiras y mensajes de odio.

Nadie que hubiera leído con detenimiento Mein Kampf, de Adolf Hitler, tras su publicación (el primer volumen en 1925, el segundo en 1928) podía sorprenderse de todo lo que vino después: ahí estaba, negro sobre blanco, su propósito genocida, su apuesta por un expansionismo militar, su obsesión por la pureza racial, su deseo de apartar primero y exterminar después a judíos y discapacitados, su desprecio a la democracia, el humanismo o el pacifismo. La idea central es explícita: el fuerte tiene la obligación de aplastar al débil.

Todo eso estaba ahí escrito y, sin embargo, fueron muchos los que no vieron venir la tiranía, la guerra o el Holocausto. Por ejemplo, The New York Times publicó en 1933 una crítica nada desfavorable del libro de este “hombre extraordinario”, que “hace mucho por Alemania”, patriota, unificador del país y defensor del derecho a la propiedad, según escribía James W. Gerard, exembajador en Alemania, quien solo se desmarcaba del Führer por su feroz antisemitismo. Algunos años después, en 1940, estuvo más fino George Orwell en New En­glish Weekly al reseñar una nueva edición en inglés. Hitler, avisaba Orwell, estaba anunciando “un horrible imperio descerebrado” que se extendería de forma violenta hasta Afganistán. El luego autor de 1984 se preguntaba perplejo cómo el jefe nazi había sido capaz de imponer a sus compatriotas “esa visión monstruosa”.

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Quitando su evidente valor como documento histórico, Mein Kampf hoy resulta un plomizo y reiterativo ensayo repleto de argumentos pseudocientíficos o pseudohistóricos que no resisten un análisis serio. Que solo convencerá al predispuesto a convencerse. A punto de cumplirse el plazo de 70 años para que expiren los derechos de autor, hasta ahora en manos del Estado de Baviera, un grupo de historiadores publicará el próximo enero una edición crítica con más de 3.500 notas que desmenuzan y contextualizan las tesis del libro del que hasta 1945 se imprimieron más de 12 millones de ejemplares. Siga leyendo Desmontando el Mein Kampf

¿Por qué besamos?

Por que besamosHay sociedades que no conocen el beso, o que lo tienen prohibido. Exploramos el origen biológico y sociocultural del beso romántico

Una pregunta que suele planteársele a Google es por qué se besan los humanos y, aunque los besos en diferentes partes del cuerpo (la cara o la mano, por ejemplo) forman parte de muchas funciones sociales, la pregunta, tal y como yo la leo, no atañe al beso social, sino al beso romántico en los labios, conocido técnicamente como ósculo. ¿Es el ósculo un residuo moderno de algún tipo de antiguo cortejo sexual animal, que es como Darwin llamaba a los rituales de apareamiento? De ser cierto, cabría esperar que fuese universal, que estuviera presente en diferentes épocas y culturas. Pero no es el caso. A día de hoy existen sociedades que, o no conocen el beso en los labios, o, de conocerlo, tienen sanciones que lo vetan.

El deseo de apareamiento está presente en todos los animales. Pero los besos no están necesariamente vinculados al sexo

La palabra “romántico” es clave, y hay que distinguirla de “sexo”, “amor” y “cortejo”. El sexo es, huelga decirlo, el deseo de apareamiento presente en todos los animales. Los besos no están necesariamente vinculados al sexo, a menos que se usen como preliminar. El amor es… El amor es el amor (por ponernos poéticos). No existe ninguna cultura en el planeta que no tenga un concepto sobre lo que es el amor. Se presenta de muchas formas y aspectos, pero todo el mundo la reconoce instintivamente como amor. Algunos filósofos, como Platón, escribieron tratados sobre el amor, y pueden encontrarse obras similares a lo largo y ancho de todo el mundo antiguo. El amor y el sexo suelen aparecer entrelazados en obras como el Kamasutra indio, un manual práctico sobre el arte de hacer el amor. El beso en los labios se presenta en el Kamasutra como una parte de ese arte, porque los labios se ven como órganos erógenos sensibles.

Otros escritores, como Homero, Aristófanes y Catulo, también estaban obsesionados con el amor y el sexo. Catulo suplica a su amada que le dé un número infinito de “besos”. Pero, al igual que ocurre en el Kamasutra, nos da la sensación de que con beso (sin importar la parte del cuerpo que lo reciba) se hace referencia al sexo y al amor (sobre todo al primero), donde el hombre (Catulo) controla la situación y la mujer está a su total disposición.

El cortejo puede incluir o no incluir amor, e incluso sexo. Es una práctica prenupcial, que adopta numerosas formas rituales, dictadas por tradiciones específicas diseñadas para garantizar el matrimonio, normalmente como un acuerdo entre familias. Sin duda el amor no es un requisito para el cortejo, y el beso rara vez ha desempeñado un papel en este. Hasta hace poco, claro. Siga leyendo Por qué besamos

La voz viva de Marcel Schwob

La voz viva de Marcel SchowbHay escritores poco leídos pero de gran influencia en otros creadores. Es el caso del autor de ‘Vidas imaginarias’, de quien ahora se editan sus ‘Cuentos completos’

El caso de Marcel Schwob es bien curioso y divertido y seguramente le divertiría a él mismo, hombre de tanto humor que llegó a viajar a Samoa a ver la tumba de Stevenson y cuando llegó a la isla, después de un azaroso y largo trayecto en barco, dio una mínima vuelta por allí y, según él mismo relató en carta a Marguerite Moreno, vio gente desconcertante y, además, unos hermanos maristas muy sucios y acabó huyendo de allí, no viendo nunca la tumba.

Este escritor, que murió joven en 1905, es un autor cada día más influyente en la literatura contemporánea, aunque no tiene demasiados lectores. Sin embargo, su presencia tan visible en obras de grandes autores le permite seguir muy vivo en la obra de éstos.

Ha influido en Faulkner, Borges, Cunqueiro, Perec, Bolaño, Sophie Calle, Cristian Crusat o Pierre Michon, por hablar sólo de unos cuantos. De todos modos, no estaría mal que nos diéramos una vuelta por la fuente original y acudiéramos a sus textos, porque están llenos de iluminaciones, y se abren en ellos constantes caminos de imaginación para la literatura. Y no puede alegarse ahora que leer a Schwob es algo que nos lo hayan puesto difícil, puesto que, bajo el título de Cuentos completos (Páginas de Espuma) se acaban de reunir, editados y traducidos por Mauro Armiño, todos los libros de relatos que publicó en vida, escritos en el increíble breve periodo de tiempo que va de 1891 a 1896 —Corazón doble, El rey de la máscara de oro, Mimos, La cruzada de los niños, El libro de Monelle y Vidas imaginarias—, además de un conjunto de relatos que quedó disperso o inédito.

No tiene muchos lectores, pero en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob organizándose en pequeñas sociedades secretas. Existe incluso el rumor de que la más clandestina de las células de una de esas sociedades, celosa de que sea demasiado descubierto, viene trabajando en la sombra a lo largo de los años para evitarle una popularidad excesiva. Siga leyendo La voz viva

Fresán: “El chiste malo es una forma sublime de humor”

FresanRodrigo Fresán no necesita presentación: desde que con 28 años escribiera Historia argentina, su primera novela, se ha situado en el centro de la literatura, no sólo argentina, sino en lengua castellana con una de las obras más interesantes y formalmente más osadas del actual panorama literario. Relacionado en más de una ocasión de Enrique Vila-Matas, Fresán se inscribe en la orilla de toda tradición literaria, estableciendo un particular y estrecho diálogo entre la tradición literaria argentina y la norteamericana, combinando el legado de Vonnegut con el de Fogwill o Bioy Casares. Su última obra, La parte inventada, una inmersión en la mente y en el proceso creativo del escritor, rivaliza sin duda con La grande, la última e inacabada novela de Juan José Saer, el puesto a la gran novela argentina de la contemporaneidad.

Me gustaría empezar preguntándote sobre tu inscripción en la tradición literaria argentina y partir, en concreto, de unas palabras que dijiste a lo largo de una conversación con Alan Pauls: “La literatura argentina se caracteriza por la extraterritorialidad”.

En términos generales, recordemos que Borges en su texto El escritor argentino y la tradición decía que puesto que ya debemos sobreponernos a la fatalidad de ser argentinos, consolémonos pensando en que nuestro mundo es el universo. Personalmente creo que es muy cómoda esta actitud, aunque seguramente para muchos escritores pueda resultar incómodo no tener una tradición a la que aferrarse. En términos puntuales, yo soy una especie “extraña” en la literatura argentina, no saben muy bien donde ponerme, en primer lugar porque yo me fui y el gesto de irse de Argentina por parte de un escritor es considerado por los que se quedan un gesto definitivo y radical. Muchas veces este gesto de irse es entendido de forma absurda e infantil, pero parece que es inevitable, pues lo han sufrido todos aquellos que se han ido.

Es curioso puesto que Argentina tiene entre sus autores a Gombrowicz, un autor polaco referente de la literatura argentina, así como a muchos autores, pienso en Cortázar, que compusieron gran parte de su obra en el extranjero.

Sí, es cierto. A mí siempre me causa risa cuando me envían cuestionarios por parte de la prensa argentina sobre si cambia la voz de un escritor argentino en el extranjero; yo siempre pregunto por qué no hacen un artículo, que considero mucho más interesante, sobre si cambia la percepción de un escritor argentino que se fue por los escritores o críticos que han permanecido en la Argentina.

¿No interesa?

Puede que interese demasiado y de la peor manera posible. Volviendo a lo de antes, yo me siento muy cómodo en la profesión de escritor, si es que podemos hablar de profesión, donde hay una raíz de extraterritorialidad en la mera práctica: cuando escribes te vas a otro lado, no estás necesariamente en el sitio dónde verdaderamente estás. Asimismo, si pensamos en la tradición argentina, creo que todos los escritores argentinos somos freaks, a partir de la idea del bibliotecario ciego como Borges, siguiendo con Arlt, luego está Cortázar… todos los escritores argentinos tienen un detalle que hace difícil enmarcarlos. Siga leyendo Fresán

Lolita, un paraíso infernal

Lolita, un paraisoDe deidad que irradia belleza e inocencia, la terrible enfant fatal que manipula a los hombres a su antojo

“Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar ‘nínfulas’ a esas criaturas escogidas”. Así es como el escritor ruso Vladimir Nabokov define a esos seres de “gracia letal” que después de su novela conocemos como Lolitas.

Relato de una pasión mórbida con todas sus cimas y sus abismos, Lolita (1955) es también el retrato de la niña prepúber que, vista desde la mirada deseante de Humbert, narrador y protagonista de la historia, se vuelve objeto de adoración pero también, muy pronto, de satanización. En un principio, es retratada con toda la carga de fascinación que ejerce sobre su padrastro cuarentón. Tras la invocación inicial (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”), los adjetivos se prodigan en bondades y delectación: niña iniciática, ninfa diáfana, límpida y enigmática, “irradiación tierna, nectárea, entre hoyuelos”.

La voz confidencial de la primera persona es, ante todo, un artificio narrativo. Humbert se franquea con nosotros en un desplante de honestidad que a menudo nos mueve a compasión, máxime que esa franqueza lo lleva por un lado a revelarnos el placer y el dolor de su pecado, y por otro, a condenarse a sí mismo con atisbos de cruel autoironía, en una confesión más allá de los límites del bien y del mal. Lo genial de Nabokov tras los dedos titiriteros de Humbert, es cómo pasamos del encantamiento ante el “fantástico poder” que Lolita ignora ejercer, como deidad que irradia belleza e inocencia, a la terrible enfant fatal que manipula a los hombres a su antojo y conveniencia.

Poco a poco, los atributos de la joven se van modificando. Se nos habla ya de la impúdica nínfula, de la vulgar amada, la voluble Lolita, desvergonzada para mostrar su cuerpo, del “mal nínfeo que respiraba por cada poro de esa niña predestinada para mi secreto goce”. Las condiciones han cambiado: de ser una chica que vive con su madre, a la muerte de ésta, Lolita cae bajo la tutela de Humbert, su padrastro y adorador.

El periplo de la pasión del hombre mayor por la chiquilla viaja también por las carreteras y posadas de gran parte de la geografía norteamericana. Una aventura que al principio parecía un juego y sonaba audaz para la menor —conquistar a un adulto atractivo—, se vuelve una cárcel por el deseo inagotable del hombre y su miedo a perderla. La dulce ninfa se convierte entonces en una “cruel negociante” que le cobra los favores, una “exasperante chiquilla” que no entiende la desbocada fiebre que provoca. Y que, finalmente, al huir con otro hombre mayor, la “perra inmunda y adorada”, consigue por fin vengarse y traicionar a su tutor, quien entonces deplora: “El lector debe comprender que, dueño y esclavo de una nínfula, el viajero encantado está, por así decirlo, más allá de toda felicidad… un paraíso cuyos cielos tenían el color de las llamas infernales, pero con todo un paraíso”. Siga leyendo Lolita, un paraíso

A setenta años del Nobel: el legado político de Gabriela Mistral que Chile no quiere reconocer

Gabriela MistralGabriela Mistral fue profesora antes que escritora, y es que la educación jugó un rol fundamental en su vida. Sus capacidades traspasaron fronteras, y fue invitada por el gobierno mexicano a colaborar con la reforma educacional y la creación de bibliotecas populares en 1922.

Fue presentada como la “Reina de la Poesía de toda América Latina”por el Rey Gustavo de Suecia. Un reconocimiento que salió a la luz un 10 de diciembre de 1945 y que convirtió a Lucía Godoy Alcayagaen la primera latinoamericana en recibir el Nobel de Literatura.

Una noticia que la “aturdió” porque no la esperaba, y es que hasta entonces, todos sus libros habían sido publicados por primera vez en el extranjero. Seis años más tuvieron que pasar, para que Chile le entregara el máximo reconcomiendo nacional en las letras, Gabriela no era profeta en su tierra, y recién en 1951 fue nombrada Premio Nacional de Literatura.

Detrás de los reconocimientos y las pretensiones del mundo literario al que las elites culturales la invitaban, su pluma transformadora persistió hasta los últimos momentos de su vida, “hay que medir el país desdoblando los pliegues de la cordillera y volviendo así, horizontalidad lo vertical”, decía Gabriela Mistral.

Pero su legado más político, el de la profesora de provincia formada de manera autodidacta, más crítica que cómplice de la educación pública, ha tardado décadas en llegar a la gente que la inspiró. Da la impresión de que para Chile, es más relevante saber sobre su sexualidad o escrudiñar en su vínculo maternal con Yin Yin. Gabriela Mistral fue una mujer de su época, una sociedad que no estaba preparada para el virtuosismo de una mujer sencilla, que sorprendió al mundo con la fuerza de sus palabras.

Pero nunca es tarde. El investigador Diego del Pozo realizó una importante selección de los artículos de la poeta que componen Por la Humanidad Futura. Antología política de Gabriela Mistral, publicado por la Pollera Ediciones. Un trabajo que rescata su posición frente a la contingencia política, social y del ámbito de la pedagogía.

Sobre la falta de reconocimiento a la obra mistraliana, del Pozo sostiene: “Aparte del conocido poema Piececitos (Piececitos de niño, / azulosos de frío, / ¡cómo os ven y no os cubren, / Dios Mío! …) que mayormente ha sido leído como un poema de carácter pueril a pesar de su fuerte discurso crítico ante la pobreza infantil, el resto de la obra de Mistral aún permanece distante de los escasos lectores nacionales”.

Y es que el vínculo de Gabriela Mistral con el folklore no fue una relación teórica, el folklore fue una de las materias que “le formaron el estómago”, decía el investigador Fidel Sepúlveda Llanos, “era normal. El Valle del Elqui hasta la fecha es un nicho antropológico prieto de folklore. Mitos, leyendas, ritos, creencias, cuentos, artesanías, etc. Capilaridad entre lo cósmico, lo humano y lo divino”. Siga leyendo Gabriela Mistral

El escenario de la desnudez ya no es la piel

El escenario de la desnudezDebate. ¿Queda algo obsceno, capaz de escandalizarnos en literatura? De Rousseau a Knausgård, lo impúdico ya no atañe al sexo sino a la honestidad brutal.

En 1765 Jean Jacques Rousseau, el hombre del comienzo y de la naturaleza, el autor de El contrato social y de Emilio o la educación, entre otras obras disruptivas, cesa su itinerante huida y se recluye en una casa de campo a escribir un libro que inaugura una forma nueva: la de la escritura de sí mismo. “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo.”, es el elocuente comienzo de Las confesiones.

Y para probar, apenas comienza, hasta qué punto está dispuesto a exponerse, refiere un recuerdo vergonzoso. Allí el pequeño Rousseau, al borde de la pubertad, descubre el placer que le producen los azotes de su institutriz, que le revelan “cierta precocidad instintiva de sexo”. El proyecto rousseauniano de alcanzar la sinceridad total despojándose del estilo, dice el crítico Maurice Blanchot, deja al descubierto la insuficiencia de la escritura tradicional.

Dos siglos después, cuando la sigla post se adjunta a prácticamente cualquier idea, movimiento, estética, práctica o designación de época, un escritor noruego, tras una crisis creativa, decide que quiere escribir sin floraturas, adornos, figuras ni impostaciones. Sin hacer, digamos, literatura. Se propone ser completamente honesto. Y aquello, parece, es tremendamente novedoso y hasta escandalizador, porque –más allá de que la intención de provocar se lee en el nombre con que titula el libro ( Mi lucha , al que dividirá en seis tomos) este señor (sí: hablamos de Karl Ove Knausgård) procede de manera completamente impúdica, con el corazón al desnudo, dispuesto a contar, por ejemplo, cómo –a pesar de lo mucho que los ama– quisiera que sus hijos desaparecieran. El resultado es el más literario de los efectos porque la literatura es lo esencial o no es nada.

Georges Bataille, otro lúcido crítico francés, autor del ensayo El erotismo , escribe en el prólogo a La literatura y el mal : “El Mal –una forma aguda del Mal que la literatura expresa–, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una ‘hipermoral’. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa. La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo.” Es a partir de estos dos extremos –Rousseau y Knausgård– que podría pensarse que la novedad aparece de la mano de una pérdida de pudor o de comunión con el Mal; reside en un hueco hasta entonces inaccesible, íntimo y también peligroso. Siga leyendo El escenario

Las ceremonias del daño

Las ceremoniasPerezagua recoge los ecos del horror de Hiroshima en ‘Yoro’. La novela no es fácil, pero ilustra qué significa deserción humanitaria

La explosión es tan potente que desviste a un cuerpo de su piel. A miles de cuerpos a la vez. Y en kilómetros de territorio destruido no hay gritos, sino susurros. Los brazos se mantienen extendidos para evitar que se peguen al cuerpo. Se ven paredes tatuadas con figuras humanas que no son sino el perfil de personas cuyos cuerpos se fundieron al instante. Es el 6 de agosto de 1945. Es Hiroshima. Y es H. protagonista de Yoro, quien cuenta: Yoro es el último escrito de Marina Perezagua (Sevilla, 1978), pero también su primera novela. Conocimos a H. en uno de los impactantes relatos contenidos en Leche, el segundo libro de Perezagua. En aquel libro protagonizaba el relato Little Boy, el mismo nombre que se le dio a la bomba atómica. En Yoro, sin embargo, H. permanece durante las más de 300 páginas de la novela y en una andadura de 70 años. Durante ese recorrido, donde hay una búsqueda obsesiva y la confesión de un crimen, Perezagua deja perplejo a quien se atreva a seguirla, pues lo que brota de su escritura es un visión desasosegante y en ocasiones surrealista que habla de campos de batalla, de lugares de demolición humana: campamentos de refugiados, minas, poblados arrasados… H. se llama así por Hiroshima y también porque la hache es letra muda.

Perezagua ordena su escritura dirigiéndose unas veces al lector único y múltiple y otras a Jim, el hombre que ama. Será a él a quien le dirija hermosas palabras y a quien le dedique momentos que entrañan deseo y entrega. Y será Jim quien le diga: “La relación más íntima entre los hombres es la de la guerra”. Pero al lector, Perezagua no se lo pondrá fácil. H. es personaje que carga con el gran pesar de la memoria, como si narrara la historia del ángel exterminador. H. convertirá su cuerpo que no es sino tierra quemada en motivo de expiación. Siga leyendo Las ceremonias

Sentimientos, verosimilitud y Starbucks

SentimientosAnne Tyler compone bien ‘El hilo azul’, pero ¿qué significa que un libro esté bien escrito? Conviene desarrollar resistencia a las franquicias porque a veces la inteligencia es resistir

Anne Tyler es una escritora estadounidense, nacida en 1941, ganadora del Premio Pulitzer y con más de veinte novelas en su haber. El hilo azul es la última, que nos llega con una impecable traducción de Ana Mata Buil. Cuenta la historia de una familia con unas raíces poco profundas, proveniente del medio rural y afincada en Baltimore. Tres generaciones desde la Gran Depresión hasta nuestros días. Clase media de la Costa Este. Hasta ahí todo entra dentro de la normalidad. Sin embargo, quiero explicarles por qué mientras leía esta novela me vinieron a la cabeza los Starbucks Coffee y otras franquicias.

El café de estos lugares está bueno. Puede encontrarse en todas partes. Tienen wifi gratis. En invierno se está calentito y en verano ponen el aire acondicionado. Son la representación simbólica de cierta domesticidad y confort en la era de la globalización. A la vez son un no-lugar. Como esta novela, en la que escribir canónicamente bien, practicar lo que algunos llaman “clasicismo”, es un modo de estar conforme. Una conformidad que se expresa en las opciones de escritura. En El hilo azul todo está perfectamente medido y escribir bien significa controlar: tiempo y espacio, los vaivenes de la trama sobre la regleta de la Historia; la tensión sentimental, de manera que solo tiemble levemente el labio; la gradación entre austeridad e intensidad de la voz omnisciente; la matización psicológica de unos personajes sin caer nunca en una sobreabundancia de datos que resulte abrumadora para el lector; los gadgets que disparan las tramas y los elementos visuales simbólicos que propician una buena adaptación cinematográfica: el azul sueco de un columpio que nos remite a la tensión entre dos cónyuges; una carta en papel cebolla que descubre una maternidad; la bolsa abierta de un ladrón que nos coloca sobre la pista de una trampa. Hay que controlar lo maniqueo a través de un perspectivismo que oscila de un foco a otro y alumbra especialmente a cuatro personajes: Abby, Junior, Linnie Mae y Denny; las emociones de un final que ha de ser agridulce, pero más dulce y esperanzador que agrio, para afianzar una visión positiva de la condición humana: todos necesitamos un hogar, al que no es prioritario volver, basta con construirlo en alguna parte porque lo que importa son las personas, no los espacios que se habitan. Por último, hay que controlar el pesimismo, y el El hilo azul nos ofrece otra enternecedora lección de los no-lugares: pese a las dificultades macroeconómicas y microfamiliares, podemos salir de la crisis. Siga leyendo Sentimientos

Visitando al maestro

Visitando al maestroLa historia del encuentro entre un Hitchcock fatigado y Truffaut, el discípulo ansioso

No sé si hay otro libro que pueda alimentar mejor una vocación temprana por el cine o por la literatura como El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Es un acto de admiración de un gran director joven hacia su maestro y es también una conversación fervorosa entre dos personas que aman con idéntica intensidad el oficio al que se dedican. Ninguno de los dos se cansa de hablar de lo que más le gusta, de examinar por dentro los mecanismos de la narración, a la vez sofisticados y primarios, y de fijarse en los saberes técnicos que la hacen posible. Hablan de cómo se hacen y cómo funcionan las películas, pero podrían estar hablando de novelas, y no habría gran diferencia en el valor de sus observaciones. Hablan de lo que se muestra y de lo que se sugiere, de lo que parece muy importante en una historia pero tan solo es un pretexto para mantenerla en marcha, del modo en que la narración es un esbozo que solo llega a completarse en la imaginación hipnotizada del espectador. Por eso, cuando el libro caía en manos de un aprendiz de novelista, ya no había manera de que dejara de leerlo.

La edición original en francés y la que se hizo en Estados Unidos contenían un gran despliegue de tipografía y de fotogramas de películas que ya era en sí mismo una completa experiencia visual. Nosotros, los que lo descubrimos en español cuando éramos muy jóvenes, leíamos la edición de Alianza, que no contaba con las ilustraciones, pero que permitía, por su formato de bolsillo, llevar el libro a todas partes. Esa lectura satisfacía sobre todo la pasión fundamental por el aprendizaje de la forma. En una época de grandes mensajes, de nieblas ideológicas que lo cubrían y lo justificaban todo, incluida la incompetencia técnica, Truffaut y Hitchcock resaltaban la dificultad y el placer de contar las cosas de la mejor manera posible, con un máximo de economía y eficacia, con una atención y una sagacidad que habían de mantenerse igual de alerta en cada plano, en cada encuadre. Una película se construía tan meticulosamente como un soneto o como un enigma policial: graduando la información, controlando el ritmo a lo largo de todo el relato, con las pausas adecuadas, como en una composición musical, con zonas de quietud y acelerones de crescendo.

El entusiasmo por Hitchcock se me quedó atrás durante mucho tiempo, aunque ha ido volviendo poco a poco, con alguna diferencia

Algo más nos atraía, de una manera más profunda: éramos el joven entusiasta que va a visitar a su maestro, el que cambió su vida al ayudarle a descubrir su vocación. En 1962, cuando visitó a Hitch­cock en Los Ángeles y se quedó una semana entera conversando con él, Truffaut tenía 30 años. Había dirigido ya tres películas, pero en su actitud, en los gestos y en la manera de mirar y sonreír que tiene en las fotos, parece más joven todavía, un hombre que lleva intacta en la cara la disposición para el asombro, la expectativa de algo que está a punto de sucederle, la idea para una nueva película, el encuentro con una mujer de la que se va a enamorar instantáneamente. El fotógrafo Philippe Halsman dejó un amplio repertorio gráfico de aquellas conversaciones: Hitchcock es un hombre hinchado y mayor, tieso como un ídolo, la gran papada derramándose sobre el cuello de la camisa y la corbata negra, vestido todo de negro. Truffaut era una de esas personas destinadas a parecer siempre más jóvenes de lo que son: Hitchcock, que tenía 63 años cuando se encontraron, parece más viejo. Truffaut está empezando la fase de más fértil originalidad de su carrera: Hitchcock, después de la irrepetible cima estética y comercial de Psicosis, se encuentra en otro umbral, aunque en ese momento todavía no lo sabe, el del agotamiento de su imaginación, que coincide con los comienzos de una década en la que el tipo de cine con el que ha labrado su maestría va a quedarse anacrónico, en parte por la crisis de los grandes estudios, dañados por la televisión, pero sobre todo por las influencias renovadoras que vienen de Europa, de las que precisamente Truffaut es un emisario. Siga leyendo Visitando al maestro

Poeta bajo los focos

Poeta bajo los focosEl estreno en las salas españolas de ‘La novia’, de Paula Ortiz, pone de actualidad las adaptaciones cinematográficas de la obra de García Lorca

El genio de Federico García Lorca, de cuya muerte se conmemorará el año próximo el ochenta aniversario, sobrepasó con creces las fronteras de la poesía, se adentró en el teatro, en la plástica, en la música y, ya fallecido, su impronta también quedó reflejada en el ámbito del audiovisual. De haber vivido más tiempo, probablemente hubiera sido el propio Lorca, de la mano de Buñuel, quien hubiera acometido estas incursiones en el cine, tal como se desprende de la lectura de Mi último suspiro (Plaza y Janes Editores), el excelente libro de memorias que publicó el realizador aragonés dos años antes de su fallecimiento. Pero no pudo ser, y otros retomaron este legado, que suponía casi una cuenta pendiente en la cultura hispana. De hecho, el autor de Bodas de sangre manifestó en diversas ocasiones su intención de dirigir una película, de ahí el interés que siempre ha despertado entre críticos e investigadores la influencia que su obra ha tenido en cinematografías tan dispares como la española, la mexicana, la argentina, la egipcia o la marroquí y el poder de sugestión que ésta sigue ejerciendo entre numerosos cineastas internacionales.

De García Lorca se ha escrito, como de casi todos los intelectuales de su generación, que siempre se sintió profundamente fascinado por el cine y, sobre todo, por las virtualidades poéticas que ofrecía el lenguaje de la imagen a cualquier creador que, como Federico, se acercaba a él, como a casi todas las cosas, con una pulsión creativa desbordante. Es bien sabido, por sus reiteradas afirmaciones acerca del tema, que en algunos momentos de su vida demostró su deseo de dirigir películas con la misma libertad y devoción con que escribía sus poemas o componía sus dramas. De hecho, su frenética actividad intelectual le llevó en más de una ocasión a anotar explosivos apuntes de guiones donde fluía la llama del genio visual que, desgraciadamente, y por los motivos políticos que todos conocen, jamás alcanzó a desarrollar, cientos de imágenes de una portentosa originalidad que, de haber dispuesto del vehículo apropiado y del momento oportuno para su cristalización, hoy formarían parte, con toda probabilidad, del cuadro de honor del mejor cine experimental de todos los tiempos. No nos cabe la menor duda.

Así pues, no sería del todo justo pasar de largo la escueta pero importante vertiente cinematográfica que presenta la vida y la obra del poeta de Fuente Vaqueros, una vida cargada de emoción y hondura que, aunque sólo duró 38 años, generó suficientes pistas como para detectar en Lorca una inclinación inequívoca hacia un arte que empezaría a descubrir -de la mano de su fiel amigo Luis Buñuel– en las memorables sesiones del cine-club de la Residencia de Estudiantes de Madrid -según algunas fuentes este cine-club no perteneció jamás a esa institución sino a la revista La Gaceta Literaria– y por el que no dudaría en seguir apostando hasta su trágica muerte en 1936. Siga leyendo Poeta bajo los focos

Frank Sinatra, un siglo de magia

Frank SinatraFrancis Albert Sinatra nació la fría mañana del 12 de diciembre de 1915

Cuesta mucho imaginar un mundo sin las canciones de Frank Sinatra. Es como imaginarse Nueva York de noche sin luces. Hay algo poderosamente bello y mágico en su mejor cancionero, con esa melancolía arrebatadora en su voz, tierna y apasionada, dando sentido y brillo a nuestros sentimientos más fuertes.

Conocido mundialmente como La voz, aunque el apodo que más oyó en vida fue Ojos azules, Francis Albert Sinatra nació la fría mañana del 12 de diciembre de hace justo un siglo en un humilde apartamento de Hoboken, en Nueva Jersey. Al hombre que llegaría a lo más alto con su aterciopelada voz, le costó salir: el médico lo sacó con fórceps y, según su abuela, tuvo que meterlo, con la cara y el cuello dañados, en un barreño de agua helada para activar su circulación. Hijo único de un matrimonio de inmigrantes italianos, el fanfarrón Sinatra siempre habló de una infancia repleta de penurias, pero ese relato estaba dramatizado para reivindicarse como un luchador. Tenía sentido: los vocalistas eran secundarios con respecto a los instrumentistas en el jazz de los años 30. Por eso, tuvo que hacerse valer mucho desde que dejó el colegio a los 16 años y decidió dedicarse a la música, aun con la desaprobación de su padre, que le echó de casa y le dijo que acabaría siendo “un vagabundo”.

Terminó en Nueva York, donde cantó en clubs hasta ser el vocalista de la fantástica big band de Tommy Dorsey. Bajo su batuta, desarrolló un fraseo único, inspirado en matices de Billie Holiday y Louis Armstrong y conseguido a través de mucho ejercicio físico, pero, tomando como modelo a su adorado Bing Crosby, dejó la orquesta y voló por libre. Pudo salirle mal, pero se hizo una celebridad. El joven y apuesto Sinatra era el chico de barrio que tenía una legión de admiradoras. Hoy apenas se recuerda: Ojos azules inauguró el fenómeno fan a principios de los años 40, antes que Elvis Presley o los Beatles. Apodadas las bobby soxers por su estilo colegial de falda larga y calcetines tobilleros blancos, sus seguidoras adolescentes llegaron a crear la Sighing Society of Sinatra Swooners (asociación suspirante de desmayadas de Sinatra). Nacía el mito de Swoonatra (juego de palabras entre swoon, que significa desmayarse, y Sinatra) en los conciertos. También el de los asientos orinados porque muchas fanáticas preferían mearse encima y seguir viéndole antes que ir al baño. Siga leyendo Sinatra, un siglo

El libro más misterioso del mundo

El libro mas misteriosoLa editorial española Siloé clonará el ‘Códice Voynich’ de la Universidad de Yale, el mayor enigma editorial de la Edad Media.

Permanecen irresueltos los arcanos del Códice Voynich, un enigma en forma de libro viejo y descosido de 234 páginas y 22,5 por 16 centímetros que desde hace más de 50 años dormita en las estanterías de la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale en espera de que alguien despeje su misterio. ¿Cuaderno botánico de plantas inexistentes? ¿Tratado cosmológico? ¿Obra de iniciación esotérica? ¿Código élfico? ¿Libro cabalístico? ¿Relato bélico? ¿Catálogo de pócimas para magia? ¿Solución anticonceptiva para mujeres medievales en pecado? ¿El diario de un extraterrestre? ¿Estudio sobre la transmutación de la piedra filosofal?

¿El engaño perpetrado por un genio? Hay quien aún lo sostiene, pero hace tiempo que la hipótesis falsaria perdió fuerza. Exactamente desde que, en los años 40, el lingüista estadounidense George Zipf formuló la Ley de Zipf sobre la frecuencia de las palabras utilizadas en un texto. Según ella, el vocablo más utilizado aparece el doble de veces que el segundo más utilizado, el triple de veces que el tercero, el cuádruple que el cuarto, y así sucesivamente. Los estudiosos confirmaron hace tiempo que el texto del Voynich cumple con esa matemática de la palabra… y evidentemente nadie en el siglo XV (fecha científicamente probada de origen del texto) podía conocer ese enunciado.

Desde hace más de un siglo, el códice descubierto de forma casual en 1912 por el librero lituano Wilfrid Wojnicz entre los anaqueles de la Villa Mondragone —una mansión cercana a Roma que perteneció a la familia Borghese— continúa reventando la lógica científica y segregando la misma dosis de hipótesis descabelladas que de intentos serios de resolución. No se sabe quién lo escribió ni quién lo ilustró, ni con qué intención. No se sabe en qué idioma está escrito. Hay quien lo asimila al sánscrito, otros prefieren identificarlo como una posible lengua oriental, quizá india, hay quien habla del tamil, incluso de un experimento de lenguaje universal asimilable al esperanto. No se sabe si al cabo todo es un lenguaje encriptado (ni los máximos expertos estadounidenses en decriptación de códigos militares han sido capaces de asomarse a la cuestión con un mínimo de fiabilidad).

Tan solo el año pasado Stephen Bax, profesor de la Universidad de Berdfordshire en Reino Unido, aseguró que había descifrado 14 símbolos de los miles que pueblan el libro. Una certeza reina sobre el misterio: en 2011, la prueba del Carbono 14 practicada al manuscrito por un equipo de la Universidad de Arizona arrojó la aproximada partida de nacimiento del Voynich: un día entre 1404 y 1438. El día en que —probablemente, solo probablemente— un monje culminó, sobre las tablas de un scriptorium del norte de Italia y con el olfato de la paciencia, lo que 600 años después la fiel y entregada secta de seguidores del Códice Voynich sigue llamando el libro imposible.

Entre semejante maraña de incertidumbres, la aparición de cualquier noticia confirmada en torno a este enigma editorial hay que recibirla como lo que es: un hito. Por vez primera, y más allá de las reproducciones más o menos afortunadas elaboradas en el pasado, el Voynich tendrá su fotocopia: la editorial española Siloé, con sede en Burgos, ha sido la elegida entre aspirantes de todo el mundo por la Universidad de Yale para clonar el manuscrito. Siga leyendo El libro misterioso

El cuento clásico de la semana

Incluimos el cuento clásico de la semana, seleccionado por Luis López Nieves. El contertulio, por Miguel de Unamuno (1864-1936), destacado escritor y filósofo español de la Generación del 98. Pulse sobre el título para leer el cuento en Ciudad Seva.

Colores del mundo microscópico


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