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Copa colmada [Manifiesto para un año nuevo]

CopaJUAN MANUEL RIVERA [mediaisla] Reclamo un pasaporte auténtico, que sea coherente con mi nacionalidad y mi carta de ciudadanía. ¿Quién no se harta de aguantar desplantes y recibir insultos gratuitos solo por ser parte de una nación que es víctima de un estatus político paria?

NADIE PUEDE RENUNCIAR a lo propio sin sufrir severas mutilaciones. Lo propio es parte inalienable del ser. Se atesora y defiende en todo momento, contra viento y marea, procurando mejorarlo y enaltecerlo siempre; haciéndolo, si fuera posible, legado de la humanidad. En otro terreno, se renuncia a lo pegadizo, insustancial o reputado negociable sin que nos broten ronchas por escrúpulos morales o cargos de conciencia. Se renuncia a lo ajeno o a lo perjudicial por pudor o sentido de responsabilidad. Y, muy justificadamente, se renuncia algunas veces a lo que le ha sido impuesto a uno y/o a sus compatriotas mediante un acto de guerra.

Yo atesoro la ciudadanía… que me han negado, la que de verdad me pertenece junto a la nacionalidad que nació conmigo un día de noviembre en el barrio Garrochales del municipio de Barceloneta, Puerto Rico, una nación caribeña y latinoamericana hoy pisoteada pero no por eso menos querida y valorada por quienes nos identificamos con su suerte hasta las mismas raíces. La ciudadanía que me han impuesto, la estadounidense, lleva un sello de prestigio excesivo, casi abrumador. Sin embargo (en mi caso) esta ciudadanía resulta ser artificial y ajena. Porque fuera mandatada en contra de la voluntad política de mis compatriotas de comienzos del siglo XX, no alucino o deliro por ella como es tan usual. En mi caso, ese atropello democrático llevado a cabo en contra de un pueblo inerme por una potencia mundial entonces en expansión me perturba y violenta.

Hablo por mis hormonas y no por las ajenas: me avergüenza tener que presentar en cada país que visito un pasaporte de una nacionalidad que no es la mía. ¿Por qué tengo (yo) que viajar con un pasaporte extranjero? Afirmo que, aunque lo diga un papel, yo nunca he sido estadounidense. No lo fui ni lo soy por nacimiento, ni esa codiciada ciudadanía es la que en el ejercicio de mi libre albedrío elegí, sin presiones de ninguna clase, al alcanzar la mayoría de edad. Contra esta agresión política, contra esta afrenta identitaria, que me hace sentir un apátrida en y fuera de mi tierra, se rebela lo sensitivo que pueda haber en mí. Yo soy puertorriqueño, y no pienso renunciar a seguir siéndolo. Lo que pienso es seguir reafirmándolo.

Exijo el pasaporte correspondiente a la ciudadanía boricua (que poseo por derecho natural, aunque las leyes —que no gobiernan mis neuronas— digan otra cosa) al Departamento de Estado del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Y si el estado colonial, ya agonizante, no puede crecerse hasta la satisfacción de este justo, legítimo y natural pedido, entonces les solicito a los pueblos de la América Latina y el Caribe (que) me provean, por los años que sean necesarios, de un pasaporte honorario, con todas las de la ley, que me permita viajar al extranjero sin restricción de índole alguna.

Copa. Nelson MilesSería un motivo de orgullo para mí tener en este instante mi propio documento de viaje, autenticado por los órganos soberanos de un Puerto Rico emancipado de cadenas interiores y exteriores. Pero en lo que esta alegría llega, viajar con la documentación provista por un país hermano ha de ser (para mí) mucho más digno que ir por el mundo con un pasaporte expedido por una súper nación que nunca nos ha tomado en cuenta para nada, excepto cuando de defender sus intereses y sus agresiones bélicas se trata. La historia es memoria viva: ese pasaporte USA que hoy ostento fue legislado en contra de la voluntad del cuerpo nacional de gobierno (la Cámara de Delegados de la Isla) que nos representaba a los puertorriqueños en el momento en que el Congreso y el Presidente de los Estados Unidos, el interventor Woodrow Wilson, nos impusieron el Acta Jones de 1917.

DEMASIADAS HAN SIDO las vergüenzas que la enfermiza relación de dependencia colonial nos ha enrostrado a los puertorriqueños. Botín de guerra, en 1898 pasamos de ser plaza militar de una monarquía decrépita a ser corporación azucarera y taller industrial de un coloso imperial recién nacido, sin que los boricuas tuviéramos algo que decir al respecto. La llamada Guerra ‘Hispanoamericana’ fue sellada con un facineroso acuerdo pirateril: el asqueante Tratado de París, en cuya redacción ningún compatriota nuestro fue invitado a tomar parte, ni de oyente.

Consumado el despojo, un par de años después viene un tal Joseph Benson Foraker (1846-1917), republicano de Ohio, un señor de los cielos que muy seguramente nunca vio un puertorriqueño en su vida, y nos endilga una carta orgánica (el Acta Foraker, 1900) sin tener la mínima cortesía de mirarnos de frente. Es que a los habitantes de las ‘posesiones’ no se les consulta: se les dictan decretos sagrados. Y ¡a callar!

Casi dos décadas después del divino engendro Foraker, otro Míster del Norte, el señor William Atkinson Jones (1849-1918), demócrata de Virginia, nos atosiga otro pastelón jurídico para corregir y mejorar los desastres de la anterior imposición, solo que con otra imposición más colonialista: la Ley Jones de 1917. Como en la anterior, ni siquiera una encuesta se hizo para explorar las opiniones y sentimientos del pueblo puertorriqueño respecto a esa Ley. Se hizo lo que dictaminaba la democracia pura: lo que al Congreso y al Presidente Wilson les dio la republicana y demócrata gana. Es por mandato de esta legislación vertical, lanzada desde la cima del poder omnímodo, que los puertorriqueños pasamos de la noche a la mañana de ser ‘ciudadanos puertorriqueños’ (concesión caritativa que nos hiciera el buenazo de Joe Foraker), a ser ciudadanos y rehenes militares de un país extranjero que nos había despertado (y silenciado) a cañonazos en 1898. Pero el despliegue de benevolencia no concluye ahí. La saga sigue.

Con la fundación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945, el derecho internacional cobra nueva vida. La ONU será desde entonces, entre otras muchas pequeñas maravillas y deplorables flaquezas, foro para que las naciones del Tercer Mundo que tuvieren reivindicaciones válidas que ventilar en contra de los halagos excesivos de las potencias depredadoras, pudieran exponer sus casos. Con el correr del tiempo, Estados Unidos comenzará a sentir la presión de la Asamblea General (el Comité de Descolonización de la ONU sería creado un poco más tarde, en 1961) que clama por la soberanía de los pueblos que aún no la han obtenido. Puerto Rico cae en esta categoría. Entonces el ardid diplomático corre en auxilio de nuestra metrópoli.

Para librarse de la responsabilidad de tener que estar rindiendo informes anuales por su adorada colonia del Caribe, el Congreso USA se apresura a crear una legislación ejemplar (la Ley 600, o Ley de Relaciones Federales) que el Presidente Harry S. Truman firma sin parpadear en 1950. Por medio de esta jugada maestra, se ordena la creación de una Asamblea Constituyente que recibe la encomienda de escribir una Constitución para la Isla.

Copa. Jose MartiLa Constitución se escribe y es muy bonita, una muchacha inteligente de perfil progresista que coquetea con ser un modelo nuevo de sociedad. Todo un primor. Pero los amos del Congreso federal no toleran tanta belleza, y le arrancan a sangre fría los órganos o pasajes más sustanciales, entre ellos, uno muy esencial: nuestra Carta de Derechos. Después de la urgente cirugía, la nuestra será una Constitución perfecta en su mutilación, hecha a la medida de los intereses metropolitanos: estará sujeta a todas las disposiciones de la Constitución de verdad, y a los poderes (plenarios) del Congreso. Casi ganadora, la reina de belleza arruinada de nuestra Constitución criolla será aprobada en un referéndum digno de memoria en el año del pastel de 1952, con la abstención de los aguafiestas de siempre: los independentistas que —hasta el día de hoy– persistirán en denunciar el fraude. Así nació el Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

Montado el muñeco, en 1953 Estados Unidos logra que una ONU dominada todavía por las potencias coloniales, declarara a Puerto Rico territorio con gobierno propio, lo cual lo exime de tener que estar rindiendo engorrosos informes anuales sobre los progresos que va haciendo su colonia hacia la soberanía.

Una tras otra, las acciones de los poderes plenarios del Congreso y el Presidente nos han humillado como les ha dado gusto y gana. Y muy recientemente, en medio de una crisis fiscal de proporciones descomunales, algo muy valioso del País ha rodado por las alcantarillas. Ante el sarcasmo de los congresistas/conquistadores, pero también ante la falta de heroísmo diplomático por parte de nuestros representantes (de la Isla y de la diáspora) que no se atreven ir al Congreso a exigir como lo que son (los legítimos hijos de una nación agredida), los boricuas hemos recibido una paliza pública. En lugar de fajarse en un careo de altura con los cangrimanes de allá para exigirles una indemnización[1] y la devolución de todos los poderes que nos han arrebatado, nuestros encogidos representantes van a la casa del amo a castigar el mármol con sus rodillas. Ante tales comportamientos, arrogantes y soberbios de parte de quienes nos quieren con exceso digno de precaución, y de grotesca sumisión de parte de quienes creen representarnos, la indignación ha dejado de ser indignación para evolucionar y hacerse suprema definición o Albizu en marcha.

Sintiendo que un algo del País se nos muere ante tanta soberbia y cobardía, hago un diminuto gesto de modesta significación simbólica. Reclamo que se me entregue lo que me pertenece: mi identidad jurídica encarnada en un pasaporte puertorriqueño.

El cinismo colonialista y los pragmáticos al rape me preguntarán: ¿qué se gana con ese gesto romántico, anárquico, individualista y sin consecuencias prácticas con que nos confrontas? ¿Qué se gana con exigir una ciudadanía de plátano, teniendo el privilegio de ostentar una de platino, la de Roma, que es la más grande, prestigiosa y poderosa de todas las ciudadanías habidas y por haber?

Ante tan soberbios cuestionamientos supremacistas mi respuesta es humilde como una gota de lluvia o un grano de tierra: no se gana nada, y se pierde casi todo. No se gana nada, en términos de un materialismo vulgar o mendigante que se ceba en la subestimación del pueblo conquistado. Pero se pudiera ganar todo, si el gesto se midiera con vara superior. Se pudieran ganar poderes de soberana urgencia, clave para nuestro desarrollo con luz propia; y se pudiera perder el miedo al ogro de ser vino de plátano (Martí). Es decir, nosotros mismos. Y de esto se trata: de una persona que, pese al lavado cerebral del colonialismo que sufrió desde el vientre, ha aprendido poco a poco a valorar a su pueblo en toda su redondez, sin idealizarlo un solo instante. Esto es, ha aprendido a apreciarlo tal y como es, con todas sus grotescas deformaciones y sus hermosas vetas de hospitalidad e inagotables cáncoras de talento, capaces de poner en jaque a sus miserias.

La pregunta que tenemos que ventilar es si la ganancia o el lucro, o los beneficios inmediatistas logrados desde la postración son verdaderas ‘ganancias’ o los únicos trofeos a ser perseguidos por la conducta social de mejor calibre. La pregunta nos cae sobre el cráneo como ducha florida: ¿queremos desarrollo y calidad de vida a base de trabajo creativo e iniciativas propias, o queremos humillación y mendicidad perpetuas?

Copa. Judge_ForakerLA VIOLENCIA MILITAR que se apodera de una comunidad nacional con pinta propia y la convierte en botín de guerra, destinando buena parte de sus mejores playas y tierras de cultivo a bases navales o campos de tiro… La violencia militar que convierte en carne de cañón a los hijos del hambre, sustituyendo con la industria armamentista la agricultura que nos asesinaron, y convirtiendo al Ejército extranjero en el verdadero Departamento del Trabajo de la colonia… La violencia económica que devalúa (por decreto) la moneda local que habíamos impreso con el aval de nuestra efímera autonomía del año ’97, una devaluación que buscaba con toda alevosía desbancar (y ¡bingo!) de la cima social a los criollos con poder, para de esta forma apoderarse de las mejores empresas de la Isla… La violencia económica que va abriéndole caminos asfaltados a la avalancha de corporaciones azucareras y mafias comerciales e industriales de toda calaña… La violencia política que por medio siglo nombra con el dedo de Washington gobernadores extraterrestres para un país del que no entienden ni jota… La violencia política que, con el enorme poder de cabildeo de las corporaciones avasalladoras que controlan el ‘inversionismo electoral’, decide qué leyes se escriben y aprueban, qué partidos pueden sobrevivir y qué mujeres y hombres pueden representar los mejores intereses de las corporaciones que nos dominan… La violencia política que masacra, encarcela, criminaliza, ‘carpetea’ y estigmatiza a quienes luchan a favor de los verdaderos intereses de su pueblo, y mantiene por 34 siglos enrejado, de manera ilegal, a un puertorriqueño de valía suprema, como es Oscar López Rivera… La violencia cultural que dicta que los valores traídos por el conquistador ocupan la cima de la pirámide y subordinan los valores encontrados en la pobre isla cerrera… La violencia cultural en la que el toro blanco de casta supremacista es impuesto sobre el Josco nativo, el que será desplazado y luego empujado por el farallón con el auxilio vende-patria de los caciques locales enyugados al carro de la Conquista… La violencia cultural con que el idioma materno es relegado a plato de segunda mesa ante el idioma invasor, el cual pasa a ser por cincuenta años la lengua oficial de enseñanza de las escuelas de Puerto Rico… La violencia institucional que convierte a los departamentos y agencias locales, como el Departamento de Educación, en monigotes o muchachos de manda’os de directrices diseñadas para atender las necesidades propias de una nación muy distinta a la nuestra… La violencia síquica que subestima y desdeña toda iniciativa nacional encaminada a ser nosotros mismos…

De todas esas formas de violencia hemos sido objeto por 118 años de regio coloniaje ‘americano’. Hora es ya de revertir este proceso y exigirles a los gerentes generales de esa violencia, hasta ahora impune, indemnización por los atropellos mayores, y la devolución inmediata de todos los poderes de los que hemos sido privados. Pero para que esta petición tenga un efecto eficaz, tiene que ser clamor masivo; tiene que saber a pueblo en marcha.

Copa. Sir_William_JonesA estas alturas del juego político, ¿quién se expone al ridículo de afirmar que Puerto Rico alcanzó su autodeterminación en 1952? ¡Bonito gobierno propio el que padecemos! Ese modelo de gobierno propio en el que usted hace lo que se le ordena desde Washington, y se le rebajan o retiran las “ayuditas”, o se le amenaza con imponérsele una junta de control fiscal si no lo hace, es una maravilla que dejaría boquiabierto a Maquiavelo. Y maravillas como ésta se nos seguirán imponiendo hasta que —como colectividad— levantemos las rodillas del mármol. Queremos desarrollo sostenible, no ‘mantengo’.

Urge un cambio higiénico: de paradigma político. La hora de suplicar cupones o virutas a cambio de entregar el País ha expirado. No más territorio. No más Estado de ciencia ficción Libre Asociado. No más estatus propiedad de nadie. De ahora en adelante, Puerto Rico se ha de pertenecer a sí mismo, a la gente (nativa y extranjera) que lo defiende y ama. En armonía con nuestros poderes soberanos y un plan de desarrollo sostenible, echaremos hacia adelante desde la base de una economía propia, cada vez menos dependiente, no sujeta a yugos o restricciones exteriores.

RECLAMO UN PASAPORTE auténtico, que sea coherente con mi nacionalidad y mi carta de ciudadanía. ¿Quién no se harta de aguantar desplantes y recibir insultos gratuitos solo por ser parte de una nación que es víctima de un estatus político paria que le arrebata todas sus iniciativas propias? La sociedad sometida al capricho de fuerzas extranjeras ha de dar paso a una nación dueña de su destino. El respeto que nos debemos a nosotros mismos dicta que el precio mínimo que debemos aceptar en la relación con otros pueblos, no importa el tonelaje de su PIB o su arsenal nuclear, es el respeto. Razón por la cual no me interesa seguir cargando con un documento de viaje que sea un calco de ese humillante sistema de relaciones entre los pueblos llamado colonialismo, un desfasado modelo de sujeción en el cual las desigualdades se dramatizan por el tratamiento discriminatorio que las potencias mundiales les dan a los habitantes de los territorios por ellas invadidos. Y eso, señores del Congreso, es todo menos la primorosa democracia que ustedes pregonan.

El estadounidense es un pasaporte de enorme valía. Pero, en nuestro caso, ese pasaporte rima a la perfección con la nacionalidad correspondiente a la ciudadanía que, por virtud de una ocupación militar y civil extranjera, se nos estampó en la cara en 1917. Reniego de la tiranía de esa rima dogmática. Y no hay que ser poeta de vanguardia para darse cuenta que esa poética no solo es anacrónica sino también tiránica. En una búsqueda de autenticidad poética y política, proclamo el verso y la prosa libres. Solicito un librito de viaje muy modesto, que sea vino de plátano, que se parezca a mí y sea la viva imagen de mi pueblo. Quiero un pasaporte que anuncie un nuevo amanecer, que nos sirva de orgullo a todos los que nos acojamos —por propia voluntad— al amor de su sombra.

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JUAN MANUEL RIVERA es doctor en letras por la Universidad de Nueva York (NYU). Versolibrista en prosa y verso, de su ordenador han salido algunas de las páginas más encandiladas de polémicas que hayan podido publicarse. Figuran entre éstas, La letra muda (2014) y El turno del hereje (2010).

[1] Solo por virtud de la infame ley de cabotaje, al tesoro y a la economía de Puerto Rico se les han privado de recibir miles de millones de $ en tantísimos años. A esto habría que sumarle, entre docenas de renglones por escrutar, el cobro de alquiler por el usufructo de bahías, playas y tierras para fines militares; la devolución de gran parte de los ingresos monopolizados por servicios postales y aduaneros; el pago estimado por el uso y abuso indiscriminado del espacio aéreo y de las aguas territoriales, con fines militares o comerciales; la contaminación de ciertas áreas debido a la experimentación con fines bélicos de armas químicas (como el «agente naranja»), y un gran etcétera… Un equipo experimentado de profesionales de la economía debería tener ya listo el estudio completo de lo que hay que exigir como resarcimiento por ese crimen ambiental, social, cultural, político y económico llamado colonialismo. Con el monto total de esta indemnización habrá capital inicial suficiente para emprender el camino de la soberanía con menos penurias.

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