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La sangre y el mar

La sangre y el. portadaMANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] Haití, primera república fundada por quienes eran esclavos traídos de África, ha degradado el ideal redentor y ha generado una situación de discriminación por la claridad de la piel.

Una mujer, pobre y bella, se desangra en un casucha de un insalubre barrio de Puerto Príncipe tras un inescrupuloso aborto. El hermano, desesperado ante la gravedad de su condición y carente de medios para conducirla a un hospital, decide dejarla al cuidado de Dios para salir en busca del adinerado novio, responsable de su estado. Han tratado desesperadamente de contactarlo a través del móvil, pero ha sido infructuoso.

El silencio es la única respuesta mientras la sangre mana como una marea sin retorno. Este mismo silencio se tragará al hermano que no regresará. La joven tendrá que reponerse providencialmente y luego presentir el terremoto que destruirá todo lo que se alza como seña del pasado de oprobio y abuso que le ha tocado en suerte. Tal es el ciclo vital que traza La sangre y el mar.

No se ha hecho un estudio de cuánto ha aportado la pobreza a la literatura. Quizás sea un triste récord que nadie quiera advertir, pero hay un enorme caudal de obras escritas cuyos asuntos se originan en esta cualidad precaria. Sucede que tal circunstancia origina no pocos dramas, los cuales se alimentan de defectos humanos que hallan su humus propicio precisamente en ella, tales como la violencia, el crimen, la ignorancia, el desamparo, la envidia, el frenesí inescrupuloso por medrar, las malas artes para sobrevivir, etc. Esta observación surge mientras leo esta novela del autor haitiano Gary Victor.

Es la primera obra que encuentro de este escritor. Distinguida con el Premio Casa de las Américas para la literatura en francés o creol en el año 2012, se suma a una producción literaria ya destacada que incluye otras seis novelas. El autor, que es además guionista de radio, televisión y cine, ha conseguido también la Medalla Caballero de la Orden de la República Francesa (según nos informa la solapa del título que comentamos) por la calidad de lo que ha escrito en francés desde Haití y se le considera uno de sus novelistas más leídos allí actualmente.

Como ya he dicho la pobreza es un núcleo irradiante de motivos y situaciones en esta novela. Hay que tener en cuenta que la historia transcurre en uno de los pueblos más abusados y sufridos de nuestro continente y del mundo. Segunda república creada en esta parte del planeta, luchas intestinas, intervención extranjera, dictadura y desgobierno, han sumido al país en una situación económica paupérrima. Hay allí una minoría afluente y manipuladora de recursos y suertes humanas que se sostiene sobre una inmensa masa de desposeídos y desesperados que deben acudir a impensados medios para subsistir, incluso emigrar.
En la novela, tal situación se visibiliza en la distancia entre el modo de vida de los millonarios Guéras, familia a la cual pertenece Iván, el amante de Herodiana, la joven protagonista y, de otra parte, esta y sus familiares. Además, resulta muy elocuente el hecho de que el microcosmos (comida, agua, electricidad, relaciones, etc.) que se mueve en el barrio Paradi, villa miseria que se alza como una serpiente esquilmada sobre un cerro pelado, se convierta en ganancias para los Guéras. Esta discordancia económica, además, es una nefasta simiente que genera abusos, violencia, corrupción, quebranto moral, desesperación y desolación existencial, todo lo cual está de uno u otro modo reflejado en la obra. Quizás la descripción de la procesión fúnebre de Maria Edita (una amiga de Herodiana que también buscaba su príncipe azul y que la frustración arrojó bajos las ruedas de un camión) que se hace en la novela sirve de síntesis concreta para describir al país:
“La impresión que se desprendía de todo era que el tiempo, aquí, marchaba al ritmo de la estupidez de los hombres. Se había simplemente estancado. Los relojes no eran sino señuelos. La fanfarria masacraba una música funeraria como para ponerla al diapasón de los uniformes que vestían los músicos. Mal encajados. Sucios, casi en jirones. Avanzaban marcando una parada aproximada como payasos lastimosos.” (145)

La sangre y el. Gary VictorEl conflicto de la obra es uno bastante frecuentado en las letras, el de la muchacha de clase baja que es “seducida y abandonada” por un mozo de dinero. Sin embargo este ha sido debidamente recontextualizado desde los tiempos actuales y enriquecido en detalles sutiles como para que gane nuevo interés. Herodiana, una joven negra, de belleza inusual, ha nacido en San Juan, una pequeña aldea marítima de Haití, y ha vivido allí con sus padres pescadores y su hermano Estevel, hasta que la muerte del padre primero y la madre luego los hace emigrar a Puerto Príncipe, a buscar amparo con unos familiares. Habían vivido prácticamente en la miseria después que unos funcionarios corruptos despojaran al padre de sus tierras hereditarias ocasionándole la muerte indirectamente. La madre tuvo que acudir al oficio más antiguo entre mujeres para mantenerlos, hasta desfallecer. En la gran ciudad hallan que la familia no desea tener esa carga sobre ellos y tienen que abrirse camino como puedan. La madre ha hecho jurar al hermano que cuidará de Herodiana y este tiene que imponerse en un pequeño negocio de venta de agua para sostenerse ambos y hallar una casucha en Paradi, barrio marginal, donde dormir y soñar. Estevel, gracias a sus relaciones amorosas con un pintor de éxito, logra que la hermana siga sus estudios en una distinguida escuela. Un día a la salida de esta, ella conocerá al hermoso mulato de ojos azules, jeep flamante y bolsillos suculentos que es Iván Guéras. Este insistirá y conquistará a la inexperta pero ya deseosa joven. Resultado de esta relación es un embarazo que ella debe eliminar, a su pesar (tal vez de aquí el nombre de la joven, aludiendo al famoso Herodes), y que la sume en un estado cercano a la muerte, de la cual se librará, no así su hermano que ha ido a exigir auxilio al desdeñoso Iván y hallará una tunda fatal por respuesta.

La novela que se narra desde el enfebrecido lecho de gravedad de Herodiana, con un capítulo final que ocurre tiempo después, reconstruye lo que ha sido la existencia de ambos hermanos. Desde aquí se establecen ciertos binomios temáticos que se desdoblan en dicotomías que confieren dinamismo y complejidad a la historia. Así están Herodiana y Estevel, hermanos que sienten una extraña atracción posesiva el uno sobre el otro. En ocasiones lleva a uno de los dos a buscar la distancia para no ser asfixiado por la fuerza del amor, otras veces los pone en una cercanía rayana en el incesto, pues Herodiana siente que Estevel es el único hombre con quien quisiera estar, pero este no solo la ve como la hermana a cuidar con palabra empeñada a la madre moribunda sino como representante de un sexo que no le atare. Esta dinámica de atracción-rechazo tal vez está dada por el grado de desolación en que han quedado y los ha hecho guarecerse el uno en el otro. Otro dúo significativo es la presencia omnipotente del mar y tierra. Pequeño país asolado por huracanes, temblores de tierra y maremotos, no puede evitar vivir en una intensa y cuidadosa relación con tal entorno. El mar es sustento, fuerza transformadora y conexión con el mundo, mientras la tierra es firmeza para sostener y medio para multiplicarse. En la novela esta dicotomía está representada por la conexión de Estevel con el mar y Herodiana con la tierra. Estevel es lo marino por su persistente fluir y su energía metamórfica, además lo acompaña siempre, donde esté, la presencia del mar y logra convocarlo, es su medio, lo protege y le visita en forma de un viejo milagroso, manifestación de Agwe, unos de los grandes loas del vudú. Herodiana es sin embargo una potencia telúrica, necesita la estabilidad de la tierra, su persistencia segura y siente sus movimientos que la ponen sobre aviso augurando su devenir.

También hallamos la dualidad entre el sueño y la realidad. Los seres humanos siempre se debaten entre lo que son, lo que tienen, lo que les rodea y define y aquello que anhelan y quieren conseguir como proyecto de vida. En un contexto donde las privaciones, la precariedad, la frustración y el desaliento constituyen el peso mayor en la realidad, es lógico que el sueño se convierta no solo en una herramienta de sensatez y esperanza, sino en un ámbito alternativo que da aire y sentido al ser. Así la protagonista un día sueña un paseo del mar por la tierra, que predice algo que ella no puede desentrañar pero que sabremos al final del relato. Entonces, intentando hallar la conexión entre la búsqueda que emprende su hermano y el mar que se acerca reconoce, “es costumbre entre nosotros de vincular las cosas del sueño con las de la realidad.”

Pedro Peix. memphisAquí se produce una nueva asociación de dos elementos, lo fáctico y lo mágico. Mientras el primero está constituido por los hechos y fenómenos palmariamente verificables en el entorno, el último tiene manifestaciones que quedan o se justifican en un territorio virtual, donde la razón no penetra sino lo fortuito e inexplicable. Esto alcanza una alta tensión en un sitio como Haití, donde lo portentoso goza de un reconocimiento y aceptación generalizados, sobre todo por los practicantes del vudú. En la novela este cariz, se presenta en la afinidad antes mencionada entre Estevel y el mar, así como entre herodiana y la tierra Se ve cuando él, distante y desconocedor, llega a salvar a la hermana cuando los amigos la abandonaron mientras nadaba hacia las corrientes marinas. Luego cuando el mar se presenta, en lo alto de aquel cerro, para hacer justicia al hermano con fiebres tras la golpiza que le ha dado un matón que perece en la inundación, o al final, cuando la tromba irrumpe en la posesión de los Guéras y destruye todo y a todos. También el día en que Herodiana cumple sus trece años y un cormorán penetra por la ventana del aula y se estrella contra el pizarrón, anunciando el término de sus amables días escolares. O cuando, al final, mientras entraba en un banco, algo la hizo volverse y desistir de su idea, solo para abrazarse a un amigo y contemplar cómo el edificio se viene abajo con los estertores de un terremoto. Si bien no creo que el autor haya logrado soldar con arte los niveles de realidad y magia, quedan en la novela como hermosas metáforas de un destino que siempre se impone con su impenetrable lógica.

Un aspecto amargo de esta realidad es el racial. Haití, primera república fundada por quienes eran esclavos traídos de África, ha degradado el ideal redentor y ha generado una situación de discriminación por la claridad de la piel. Por supuesto que el racismo en sus inicios se debe al prejuicio hacia lo diferente, pero se conecta también con la situación de poder. Los que detentan o ansían el poder no quieren ser semejantes a aquellos que no lo tienen. Necesitan marcar la diferencia. Esto lo percibe Herodiana a los pocos días de establecerse en Puerto Príncipe. En una recepción que organiza el pintor Wilson, de piel clara, adonde acude “la flor y nata de la sociedad haitiana”, la muchacha descubre que “la cima de la pirámide social no tenía nada que ver con el mito de la primera república negra del mundo. La proporción estaba a favor de la tez clara. Sus gestos, su forma de hablar, su prestancia demostraban que todos formaban parte del círculo restringido de quienes controlaban las finanzas, la economía y, por ende, la política del país.”

La sangre y el. G. VNo es casual que los Guéras que son ricos sean mulatos. Iván tiene el pelo lacio y los ojos azules, por tanto se espera que una persona de piel oscura como Herodiana se le someta y sienta agradecida por su “deferencia” al estar con ella. No obstante, esta condición que estimula la prepotencia y desdén de los mulatos poderosos, a la vez genera la inquietud por mejorar su color en los más pobres y negros. Herodiana y sus amigas no solo anhelan tener un novio blanco. Ella, al conocer a Iván, incluso se descubre con un pensamiento sumiso, siente deseos de “tragarme su sexo de macho conquistador con mi boca de negra sometida”. Por supuesto que el machismo es otra de las derivaciones del poder instaurado. Luego, Iván le da una lección peculiar de historia haitiana desde su perspectiva de ganador donde le explica que “Esta tierra nos pertenece más a nosotros que a los negros. Les hemos fabricado un hermoso mito… Conténtense con eso.” Y cuando la lleva a una tienda lujosa a comprar unos vestidos para la fiesta en casa del tío, Herodiana puede percibir “las miradas venenosas de las dos dependientas celosas de mi belleza y de la ‘suerte’ que tenía por ser la mantenida de un mulato buen tipo y visiblemente acomodado.” Este terrible condicionamiento mental es otra de las desgracias que trae consigo la tiranía del dinero y del sometimiento más que de la justicia social.

Hacia el clímax de la novela, cuando Herodiana se decide a anunciar a Iván de su estado de gestación y su determinación de tener el hijo, se produce una conversación que resume este tipo de relaciones donde la clase y los prejuicios se imponen al amor. Al hacer su reclamo, Iván le espeta que él es un Guéras y ella, “¿te llamas cómo? ¿Herodiana… qué?” Lo que la mueve en este repaso tiempo después a una conclusión tan tremenda como el terremoto final:

“Aquello fue un cruce de armas rápido. Un cruce de armas que resumía mi lugar de vida, que resumía nuestra desesperanza de ese Paradi y de todos los demás Paradi de ese maldito cuarto de isla, nuestro abandono, nuestro sufrimiento, nuestras venas perpetuamente abiertas, nuestros sueños destrozados incluso antes de que tomasen forma.”

Así de terribles y dolorosas realidades nos habla esta novela veraz y hermosa. Ella nos deja con un regusto de mortificación por tanta injusticia y abuso, y nos dice que hay todavía mucho que hacer en nuestras tierras por el bien definitivo del hombre.

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MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) es profesor, poeta, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Entre sus últimas publicaciones destacan Luz sobre la piedra (2011) y El día de La Cruz (2012).


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