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Letras vueltas

Ay, mariposa | De la ficción a la ciencia: los mitos tecnológicos de Borges | John Banville: “La novela ofrece un mundo de ficción más verdadero que el mundo tangible” | La nación, artefacto moderno | Las voces de Hannah Arendt | La eterna novedad de los clásicos | Nueva novela de Manuel García Cartagena | Silvio Rodríguez: “El pueblo cubano debe tener más participación” | Los aportes de un documental | Una niña, un bosque | Baricco: “Escribir es un placer físico, es como volar” | Beatriz Santiago, “el amor nos dura, el tiempo que el desamor quiera” | René Rodríguez Soriano: “Nadie escribe de lo que no conoce” | Discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes | La ciudad y la representación de las regiones en la narrativa dominicana | Cervantes en cautiverio | Nuevo libro de Carlos Ardavín | Sobre la brevedad de la belleza | La centenaria ~ Emilia Pardo Bazán | Lactancia materna.

De la ficcionDe la ficción a la ciencia: los mitos tecnológicos de Borges 

A primera vista, las obras de Borges y las tecnologías digitales parecen no tener demasiado en común. Sus plataformas físicas -hileras de letras en papel, en el caso de las primeras; surcos de silicio, en las segundas- no podrían ser más disímiles. Sin embargo, los senderos que conectan a ambas son múltiples. El vínculo más fuerte entre las ficciones del escritor argentino y las nuevas tecnologías está dado por los mundos imaginarios que las dos abren. Justamente en torno a “Un Borges para el siglo XXI” reúnen las jornadas que empiezan hoy en la Feria del Libro, en el año en que se cumplen 30 años de su muerte.

A estas alturas, afirmar que Internet “es como” la Biblioteca de Babel es un lugar común: los ensayos que comparan esos ámbitos son tantos que se podría hablar de un subgénero. Esa analogía puede servir como punto de partida para análisis más conducentes, pero de por sí no se sostiene: los libros de la biblioteca infinita imaginada por Borges están conformados por combinaciones al azar de todas las letras del alfabeto. En realidad, Internet funciona al revés. Pero esa intuición abre otras: la inteligencia artificial o la realidad virtual.

“El disparate -nos dice el narrador del cuento- es normal en la Biblioteca.” Sus habitantes gastan vidas y ojos en la búsqueda de catálogos (y catálogos de catálogos) de existencia dudosa. En contraste, y aun admitiendo que en la Red hay muchísimos sitios totalmente inútiles, lo cierto es que está conformada por millones de sitios útiles, creados con fines claros y deliberados, e indexados automáticamente por buscadores, que habilitan indagaciones instantáneas sobre cualquier tema o palabra.

En todos estos puntos Internet difiere por completo de la caótica Biblioteca de Babel, indiferente y ajena, totalmente carente de orden y sentido. Por este motivo, a fin de encontrar una mejor analogía de Internet en la obra de Borges es aconsejable recurrir a otro relato: “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” para describir Internet: “un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta […], con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego”

La máquina pensante

Otro aspecto de la informática que Borges encontraba interesante es la disciplina que ahora recibe el nombre de inteligencia artificial, que intenta lograr que las computadoras imiten distintos aspectos del pensamiento humano. Borges mantuvo en el año 1971 un curioso diálogo con uno de los pioneros de esta disciplina: el ilustre científico Herbert Simon. La conversación entre ambos se publicó en Primera Planacon el título “Borges-Simon: detrás del laberinto”. Allí, tras un contrapunto acerca de computadoras y programas, Borges se confiesa: “Es cierto que he sacado muchas de mis ideas de los libros de lógica y de matemática”.

El escritor tenía especial curiosidad por esta idea de una máquina pensante. Fue así como se interesó en el relato del Golem. Cuenta la leyenda que Yehuda Loew, rabino de Praga con vastos conocimientos de cábala, creó un rudimentario muñeco de arcilla con forma humana, escribió luego sobre su frente la palabra hebrea emet (verdad) e invocó el nombre secreto de Dios para darle vida. Algo, sin embargo, salió seriamente mal: “Tal vez hubo un error en la grafía / o en la articulación del Sacro Nombre; / a pesar de tan alta hechicería, / no aprendió a hablar el aprendiz de hombre”. Siga leyengo Borges, de la ficción a la ciencia 

John Banville: “La novela ofrece un mundo de ficción más verdadero que el mundo tangible” 

johnbanvilleEl escritor irlandés -cuya última novela, La guitarra azul, llega esta semana a la Argentina- define la tarea del arte: “Mostrarnos lo extraordinario que es lo ordinario”

Es uno de los prosistas más celebrados en lengua inglesa, nació en Irlanda y se considera a sí mismo un novelista europeo. Escribe policiales bajo el alias de Benjamin Black, aunque nadie ignora quién se oculta bajo ese seudónimo, y por supuesto publica novelas que firma con su nombre y apellido: John Banville (Wexford, 1945). En otra vida intentó ser pintor, fue empleado de Aer Lingus y editor del suplemento literario del Irish Times. Hoy se dedica exclusivamente a la literatura, o lisa y llanamente, como él preferiría decirlo para no pecar de solemne, a escribir bien.

Escribir bien como Benjamin Black es evidentemente más complejo que redactar con gracia un manual de uso -el propio Banville reveló en alguna oportunidad que el instructivo de su primer lavavajillas estaba tan bien escrito que lo leyó con fruición de punta a punta-, pero esto al autor de Eclipse no le parece un gran desafío. Lo que realmente le quita el sueño al irlandés es escribir como John Banville, el artista, el que pretende alcanzar con su prosa la perfección del estilo, la intensidad de la poesía, por más que sepa de antemano que en el arte -como lo había presagiado Beckett, uno de sus autores favoritos- sólo se puede aspirar a fracasar mejor.

Queda claro que el argumento es para Banville apenas una excusa para que la voz, la característica voz en primera persona de los hombres maduros, desencantados -y muchos de ellos artistas- que habitan sus páginas, dé rienda suelta a su retórica -esa retórica un tanto ampulosa que provoca instintivamente cierta desconfianza en el lector- para invocar fantasmas en casonas semiabandonadas que funcionan como cajas de resonancia. El poder de observación puede pasar de lo domésticamente preciso -“una pareja nunca parece tan casada como cuando la contemplas hablando en voz baja desde el asiento trasero de un coche”- a una crueldad salvaje, sobredimensionada, como vista a través de una lupa que se complace en apuntar a las personas para ampliar sus imperfecciones.

En La guitarra azul, su última novela -que lanza Alfaguara en la Argentina en mayo-, el portador de esa lupa se llama Oliver Orme, un pintor que perdió la inspiración y no puede seguir pintando. Lo único que le queda es robar, porque roba aproximadamente desde la edad en que comenzó a pintar,y no lo hace por necesidad, o porque lo que sustrae le guste particularmente, sino más bien por el perverso placer de despojar al otro -el dueño-de algo de valor, y acaso también para que algún día lo descubran. Y lo descubren.

Pero éste no es el final de la historia, sino el principio de la confesión de un hombre desesperado que no encuentra sosiego después de haberle birlado la mujer a su mejor amigo. Mirar hacia el cielo gris y estudiar la forma caprichosa de las nubes es la única manera que tiene Orme de escaparse, aunque sea por unos segundos, de la irremediable fatalidad de ser él mismo.

No es la primera vez que elige ocultarse tras la máscara de un pintor. Antes de Oliver Orme (or me) hubo también un paisajista llamado Jean Vaublin, suerte de anagrama de John Banville. ¿A qué se debe esta predilección?

Siempre me gustó la pintura y en mi adolescencia traté, sin éxito, de enseñarme a pintar. Ese fracaso me enseñó muchas cosas, pero sobre todo aprendí a mirar el mundo con ojos de pintor. La novela, o al menos el tipo de novela que escribo, no pretende documentar el mundo como si se tratara de una reproducción, como en una fotografía, por ejemplo, sino de crear la ilusión de un mundo paralelo que conviva con el real. Siga leyendo John Banville 

La nación, artefacto moderno 

L nacion, artefactoÁlvarez Junco sintetiza sus numerosas lecturas para comparar las identidades nacionales y los movimientos nacionalistas 

José Álvarez Junco lleva, según confesión propia, veinticinco años dedicado al estudio de los nacionalismos. En ese tiempo ha publicado obras decisivas en la historiografía reciente acerca del caso español, que removieron las aguas del debate académico y lograron, algo excepcional entre los investigadores universitarios, un notable eco en la opinión pública. Ahora sintetiza sus numerosas lecturas para comparar las identidades nacionales y los movimientos nacionalistas surgidos en la Península Ibérica con otros muchos, en Europa y también en América.

Para esa tarea, Álvarez Junco se sirve de los hallazgos acumulados por los especialistas desde que —allá por los años ochenta del siglo XX— se asentó lo que llama “la revolución científica sobre los nacionalismos”. Es decir, una nueva forma de ver el fenómeno que refutaba las creencias comunes acerca de las naciones, consideradas naturales y casi eternas, y mostraba en cambio su modernidad y el modo en que se construyeron. En las polémicas subsiguientes, el autor se alinea con la escuela modernista o historicista, según la cual la nación es un artefacto cultural —incluso “un artilugio”, dice a propósito de las Cortes de Cádiz— con importantes consecuencias políticas. Porque, a su juicio, sólo puede hablarse de naciones cuando estas aparecen como sujetos de soberanía.

En el recorrido por los diversos nacionalismos, el historiador no se olvida de las ciencias sociales y, aunque detalla acontecimientos, aplica a todos ellos el mismo rasero con el fin de extraer tesis generales. Bebe de un método patentado por Juan J. Linz, multicausal y probabilístico. Y se deja influir por autores como Benedict Anderson, que insistió en la naturaleza imaginada de las naciones; o Charles Tilly, que subrayó la relevancia de los Estados. Eso convierte a Álvarez Junco en un modernista moderado, que se remonta al Medievo o a la Edad Moderna para buscar estructuras estatales y rasgos étnicos, materiales con los que los nacionalistas elaboraron las identidades contemporáneas. Los principales actores de los procesos de construcción nacional se hallan entre las élites políticas e intelectuales, no en las económicas, pues la burguesía, tan ponderada por el marxismo, aportó poco. Siga leyendo La nación, artefacto 

Las voces de Hannah Arendt

Hannah ArendtSu lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender el proceso mental ni la vileza de los que lo ejercieron.

Hannah Arendt no olvidó nunca los años de su vida en los que no tuvo un país, en los que anduvo de un lado a otro con documentos provisionales o inseguros y estuvo a cada momento a merced de un policía que se los reclamara o de un guardia fronterizo que se negara a sellarlos. Tenía 27 años cuando salió huyendo de Alemania en 1933 y se refugió temporalmente en París. Como contó amargamente nuestro Manuel Chaves Nogales, los expatriados y los fugitivos de los regímenes dictatoriales de Europa llegaban a Francia atraídos por los ideales universales de libertad y ciudadanía de la Tercera República, pero en vez de un refugio encontraron una trampa, porque en la Francia de mediados de los años treinta se espesaba una atmósfera de xenofobia en la que las víctimas de las dictaduras y las persecuciones eran vistas como enemigos emboscados, apátridas peligrosos que traían consigo su miseria y ofendían la buena conciencia de las gentes de orden con sus avisos de desastres.

Hannah Arendt, como Chaves Nogales o Walter Benjamin o tantos otros, pasó años sobreviviendo malamente en París, despojada de su nacionalidad alemana por el Gobierno hitleriano e incapacitada para adquirir cualquier otra. En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940 y se lanzaron a la cacería de todos los disidentes que habían escapado del fascismo en los años anteriores, encontraron que la República francesa les había hecho ya una parte del trabajo. A Hannah Arendt, que había sido una apátrida desde 1933, los franceses la encerraron en un campo de concentración en 1939 por ser alemana y por lo tanto enemiga. Si no hubiera escapado a tiempo los alemanes la habrían mantenido presa y probablemente ejecutado por ser judía.

En sus fotos de juventud Arendt tiene en la mirada una expresión de inteligencia y apasionamiento. En medio de la intemperie hostil del exilio conoció al amor de su vida, un compatriota antifascista alemán que no era judío, Heinrich Blücher. En 1941, cuando toda Europa se derrumbaba en la negrura, lograron escapar a Estados Unidos. Yo he visitado el pequeño cementerio en un bosque cerca del río Hudson, en la parte alta del Estado de Nueva York, en el que están juntas sus dos lápidas, planas sobre la tierra, entre la hierba y las hojas.

Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía, pero la experiencia de sus años sin país y por lo tanto sin derechos la marcó para siempre, y se convirtió en el eje vital de sus convicciones políticas y sus tempestuosas posiciones públicas. Las calamidades del totalitarismo y de la II Guerra Mundial, estaba convencida, habían tenido su origen no tanto en las matanzas industrializadas de la I como en las muchedumbres de desplazados, refugiados y apátridas desatadas por ella. Nada crea tan rápido tantos extranjeros como un proceso de construcción nacional. Gracias a la devastación de la guerra y al invento de los Estados nacionales que ocuparon el espacio de los imperios vencidos, millones de personas tuvieron que abandonar a toda prisa sus lugares de origen, y se encontraron despojados de identidad civil. Y también hubo millones que no tuvieron que desplazarse para convertirse en extranjeros: bastó que algún comité patriótico cambiara las fronteras en un mapa, o que se decidiera que la identidad tenía que ver ahora con el origen o el idioma, o que un judío no podía ser ciudadano del país en el que su familia llevaba viviendo durante generaciones. 

Hannah Arendt vio todo eso. En sus cartas y en sus ensayos la reflexiones políticas sobre la condición del refugiado tienen una urgencia de relatos autobiográficos. En un documental que acaba de estrenarse en un pequeño cine de Nueva York, Vita Activa. The Spirit of Hannah Arendt, su directora, Ada Ushpiz, logra unir el rigor histórico y biográfico con la plena expresividad del lenguaje del cine. Pocas cosas me parecen hoy en día tan atractivas estética e intelectualmente como un documental muy bien hecho. Siga leyendo Las voces de Hannah 

La eterna novedad de los clásicos 

La eternaLos centenarios pasan, los libros quedan. Las editoriales aprovechan la avalancha de conmemoraciones para reivindicar obras a veces más citadas que leídas.

Para empezar, Italo Calvino: “Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”. Shakespeare y Cervantes llevan 400 años sacudiéndose un polvillo que, por paradójico que parezca, antes que oscurecer sus obras las ilumina. En tiempos en que los clásicos están de retirada en la educación y las librerías se alimentan de novedades, los aniversarios son una buena manera de llegar a esos libros que, por seguir con Calvino, “cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”.

  1. Ser o no ser (Hamlet).Aparte del Cardenioestudiado por Roger Chartier, el camino más corto entre Cervantes y Shakespeare pasó tradicionalmente por Luis Astrana Marín (1889-1959). Al erudito conquense le debemos tanto una biografía del primero en siete tomos como la traducción de las obras completas del segundo. Muchas de sus versiones siguen vivas en el Libro de Bolsillo de Alianza. Otro nombre español asociado al del bardo es el de Ángel-Luis Pujante, que ha recogido en tres tomos, publicados por Espasa, todo el teatro de Shakespeare, completando sus versiones de la colección Austral con las de otro imprescindible: Salvador Oliva. Por su parte, Andreu Jaume ha preparado otra edición de obras completas, esta vez para Penguin Clásicos, que además ha recuperado exenta la mítica traducción de Hamlet de Tomás Segovia, que resolvió con ingenio el famoso monólogo: “Ser o no ser, de esto se trata”.

Por el lado de las recreaciones, Lumen lanza una serie en la que autores como Anne Tyler, Jo Nesbø o Margaret Atwood escriben sus propias historias inspirándose en La tempestad, Otelo o El mercader de Venecia. La fiesta arranca con Jeanette Winterson partiendo de Cuento de invierno para El hueco del tiempo. El mismo espíritu ha dado lugar a la antología Lunáticos, amantes y poetas (Galaxia Gutenberg), 12 relatos de autores en inglés y castellano como Ben Okri, J. Gabriel Vásquez, Nell Leyshon, Marcos Giralt, Hisham Matar, Soledad Puértolas o Vicente Molina Foix.

  1. Yo sé quién soy (don Quijote).Francisco Rico suele decir que la peor edición para leer el Quijotees la primera, la de 1605, porque de ella derivan todas las erratas de las posteriores. La mejor, mientras, es la publicada en dos volúmenes por el propio Rico dentro de la colección de clásicos de la RAE (existe una manejable edición conmemorativa en Alfaguara). Los que no se atrevan del todo pueden tirar de la versión escolarpreparada por Arturo Pérez-Reverte para Santillana y la propia RAE —que prescinde de las historias intercaladas— o de la versión en castellano actual de Andrés Trapiello publicada por Destino.

Para comprobar que Cervantes no se termina en el Quijote se puede recurrir a las Obras completas que acaba de reeditar Cátedra al tiempo que publica un tomo con sus Poesías. Los versos del padre de la novela moderna también pueden leerse en Viaje del Parnaso y otras poesías, un volumen lanzado por Penguin Clásicos en compañía de La Galatea y la obra póstuma de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, una novela bizantina cuyo estremecedor prólogo fue el lugar elegido por su autor para despedirse de la vida en abril de 1616. La editorial Hiperión también publica una edición de este libro de viajes por media Europa con destino Roma. Siga leyendo La novedad de los clásicos 

Nueva novela de Manuel García Cartagena

La otra cara del solLa otra cara del Sol (Ediciones Bangó, 2016) es la novela más reciente del escritor dominicano Manuel García Cartagena (G.C. Manuel). Tanto por su temática como por su intención, la novela se enmarca en la vertiente fantástico-apocalíptica que este autor viene abordando desde la publicación de Bacá (Editora Corripio, 2007). En esta ocasión, la historia se va armando en un marco espacial fijo (la República Dominicana, más precisamente, en las ciudades de Santo Domingo y Santiago de los Caballeros), que contrasta con el aspecto cambiante de su marco temporal (desde la década de 1980 hasta más o menos 2027, época en que se desarrollan los acontecimientos que se cuentan en la segunda parte del libro).

La trama se integra a partir de una serie de relatos en los que se trabajan los típicos tópicos de las teorías de conspiración: combustión espontánea humana, complot de las farmacéuticas para la reducción de la demografía, planes de controlar el poder por parte de gobernantes corruptos, extraterrestres visitantes y terrícolas alienígenas, etc. los cuales convergen en la creación del clima de angustia y desesperación en el que se revelará la peor noticia de todas: nuestro astro solar está a punto de hacer estallar su corona, pero, antes de que el calor abrasador de los rayos alcancen al planeta Tierra, los efectos de las ondas electromagnéticas producen sobre los humanos el mismo efecto de un horno de microondas.

Ante la perspectiva de una catástrofe de escala global, triunfa entre los distintos gobiernos del mundo la idea de hacer que las élites mundiales abandonen el planeta a bordo de una serie de naves espaciales dotadas con unas válvulas condensadoras especiales, las cuales se deberán fabricar usando como materia prima una sustancia desconocida cuyo origen es presumiblemente extraterrestre. No obstante, es solamente cuando se revelan los planes de sintetizar cierta cantidad de esa sustancia a partir de la sobre combustión de centenares de miles de seres humanos aún vivos que la lectura accede a la dimensión simbólica sobre la cual se erige la historia que se cuenta en La otra cara del Sol: instituidos en grupos de poder, los seres humanos somos esas criaturas de frágil apariencia que, sin embargo, no vacilaríamos en arrancarle la vida al resto de la humanidad con tal de salvar las nuestras.

Manuel García Cartagena es autor de otras siete novelas: Aquiles Vargas, fantasma (1987); Almueje (2000), Bacá (2007); Te veré caer (2011), Esteban Sargazo (2013), El Despellejado (2013); Planes de ataque (2014). Todas disponibles en su página Amazon.com Manuel García Cartagena

Silvio Rodríguez: “El pueblo cubano debe tener más participación” 

amorios-disco-silvio-rodriguezDe gira por España, el músico cubano reflexiona sobre su obra y la situación política de Cuba

Es difícil acceder a él, pero una vez que se encuentra sentado, con su aire de viejo marinero en tierra y su mirada candorosa, le posee la palabra, esa misma con la que, bajo el efecto de su vivaracho acento cubano, ha conjugado uno de los cancioneros más imponentes de la música popular latinoamericana. Es la única entrevista que Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 1946) concede en persona desde que aterrizó en España a principios de abril. Rehúye de los encuentros cara a cara y suele contestar a cuentagotas por correo electrónico, pero, relajado en el céntrico hotel de Madrid en el que se hospeda, pide un té y ofrece otro antes de ponerse hablar de Amoríos, el nuevo disco, publicado el pasado diciembre, que le ha traído de gira. Y comenta que también va a grabar la conversación.

“Se me ocurrió en un viaje que hice en los setenta a Nueva York. Vi una recopilación de los Beatles que se llamaba Love Songs (canciones de amor) y me quedé con la sensación de querer hacer solo un disco de canciones de amor”, relata. “Esa cosa me ha ido acompañando en todo este tiempo y ahora ya he sacado el disco. En su día hice dos canciones, pero se me quedó un mundo detrás”. Ese mundo cobra vida en su nueva obra, de la que anda interpretando varias de sus canciones en la primera parte de sus conciertos; la segunda va dedicada a sus piezas clásicas, entre las que se incluyen OjaláLa mazaÓleo de una mujer con sombreroVamos a andar o Rabo de nube.

Son himnos sentimentales de la canción en castellano, que, en conjunto, han dado forma a un mundo propio, el de Silvio Rodríguez, alimentado por sus recuerdos de niñez cuando soñaba con serpientes, unicornios y escuchaba la jerga de las gentes de su pueblo para hablar de la vida cotidiana, que en su frágil pero penetrante voz adquieren una dimensión mística. “Esas ideas reiterativas me vienen de rincones de la infancia”, afirma. “La infancia es el campo nutricional de todos los seres humanos. Ahí comienza todo y, posiblemente, termine todo”, añade con media sonrisa. Lo explica con una de esas composiciones suyas que han servido de refugio al incontable número de personas que alguna vez se sintieron desamparadas ante los desajustes existenciales. “En mi pueblo, en el campo, se decía rabo de nube a un tornado, pero años antes de esa canción ya hice referencia en mi obra”. Entonces, Rodríguez se pone a recitar los primeros versos de Preludio a Girón. Sigue leyendo Silvio Rodríguez 

Los aportes de un documental

 

Los aportes de un documental “Abril: Bodas de oro con la patria” es el título de un documental de 83 minutos de Gerardo Sepúlveda sobre la Guerra de Abril de 1965 el evento de mayor e inigualable grandeza de toda la vida dominicana del siglo XX. Tan extraordinarios fueron esos meses, entre abril y septiembre de 1965, que ni siquiera el reinado de la desvergüenza ni la bochornosa resaca moral que vivimos han podido apagar el apetito de varias generaciones por conocer aquellos, ahora distantes, pero aun inolvidables hechos.

 

Sin embargo, los méritos del documental no están en la rigurosidad testimonial del relato, la cronología minuciosa y gráfica de los acontecimientos ni tampoco en la recreación del ambiente de la época y sus circunstancias. El verdadero mérito de “Abril: Bodas de oro con la patria” reside en que salva el relato y la memoria histórica de aquella jornada de las miserias del sectarismo, la intolerancia y la maledicencia que han caracterizado, penosa y desgraciadamente, una buena parte de los testimonios públicos vertidos.

 

El tratamiento ecuménico del tema convoca a una memoria unificada y coherente de un episodio histórico trascendental cuya grandeza sucumbe con frecuencia al relato sesgado, a la propuesta divisionista que no han cesado de quebrantar la voluntad de un pueblo de rescatar sus mejores valores. En nombre de la memoria histórica, el hecho histórico mismo ha sido masacrado. Para muchos, la Revolución de Abril fue aquella jornada donde participaron ellos y ningún otro de los demás, la exclusión de personajes y la difusión de lo inverosímil han empobrecido el relato de hechos que este documental viene a rescatar.

 

Cada año, he visto disminuir el número de los que acuden a conmemorar algunos de aquellos acontecimientos desde la clarinada del sábado 24 de abril hasta la trágica jornada del 19 de mayo cuando, en el asalto a Palacio cae un puñado de hombres de lo mejor que esta o cualquier otra patria podía ofrendar y termina aquel año en la heroica defensa en la batalla del Hotel Matum el 19 de diciembre del mismo año. Esta paradoja, la de un pueblo que no olvida esa jornada patriótica pero cuyos hijos no acuden a conmemorarla es producto principal, pero no único, de dos factores: uno es la disminuida capacidad de convocatoria de las personas y/o entidades que llaman a recordar estos hechos a causa de los numerosos enfrentamientos sectarios y el otro es el análisis y valoración deficiente de los hechos que se ha tratado de glorificar sin explicar con ponderación ni claridad. Siga leyendo Los aportes 

Una niña, un bosque

 

Una nina, un bosqueSer niña en Piplantri es una bendición y sinónimo de vida. Cuando llegan al mundo las niñas en Piplantri hay una norma que todo el pueblo celebra con cariño e ilusión: se plantan 111 árboles, todo un bosque. De ese modo, se invierte en prosperidad al ofrecer a esa futura jóven un modo de subsistencia en una sociedad fuertemente patriarcal y patrilineal como es la India.

plantri es uno de esos pocos ejemplos que nos dan un aliento de esperanza. Nos encontramos en un escenario social donde venir al mundo siendo niña es poco más que un contratiempo. Nacer mujer es no tener voz, es convertirse en “moneda de cambio”en un matrimonio acordado, y es ser invisible en un mundo de hombres.

En Piplantri ser niña es nutrir de vida la tierra, es hacer germinar raíces para que el tiempo dé sus frutos, y cuando la niña se convierte en mujer, tiene para ella todo un bosque que la acoge y que le susurra una vida de esperanzas.

En esta árida región de Rajastán cuando nace un niño se celebran bailes y fiestas, pero cuando la que abre los ojos al mundo es una niña, es la tierra quien se alegra. Te contamos la razón…

Una niña, un bosque: el “ecofeminismo” que empieza germinar en la India

Muchos empiezan a definir esta iniciativa que lleva ya más de 6 años en marcha como “ecofeminismo”. Piplantri era un pueblo destinado casi a desaparecer. A la aridez del terreno y a la sequía de Piplantri se le añadía un aspecto aún más terrible: los feticidios femeninos.

Hemos de tener en cuenta que el hecho de nacer niña en la India supone un coste muy elevado para la familia: deben ofrecerle una dote adecuada para que el día de mañana consiga un buen matrimonio. Las mujeres en este país son poco más que “mercancías” sin voz y voto, porque más del 80% de los enlaces son concertados.

Ahora bien, a pesar de que la legislación de la India prohibió esta práctica en 1961, sigue llevándose a cabo. Por ello, y dada la inversión económica que deben realizar muchas familias sumidas en la humildad de sus escasos recursos, se opta a menudo por estos feticidios terribles (ahora ya más regulados y perseguidos) con los que librarse “de esa carga tan pesada”. Sigue leyendo Una niña, un bosque

Baricco: “Escribir es un placer físico, es como volar”

 

BariccoEl escritor italiano, autor de ‘Seda’ y ‘Novecento’, dedica mucho esfuerzo también a la promoción de la lectura y de la escritura.

 

Alessandro Baricco (Turín, 1958) es el autor de Seda y Novecento (Anagrama). Dedica mucho esfuerzo también a la promoción de la lectura y de la escritura.

 

—¿Qué le hace escribir?

 

—Escribir es un placer físico. Es como volar. Un juego. Como jugar al ajedrez con alguien.

 

—¿Sirve para escapar?

 

—De pequeño leer era un modo de escapar. Pero escribir es un modo de vivir en un mundo que nos parece más real, más peligroso… Más real y más verdadero.

 

—¿Y ahora leer qué es?

 

—Un modo de aprender cosas que no sé. Yo leo mucha no ficción, pero en cuanto a la novela… Ahí trato de ver si los otros han inventado algo nuevo. Lees 20 páginas y ya… De vez en cuando lees un libro que aún es un placer. Es muy difícil leer un libro que te capture completamente.

 

—¿Qué libros le han marcado?

 

—Los que me han marcado en la vida y en la profesión son pocos. Seguramente Viaje al fin de la noche, de Céline; El guardián entre el centeno, de Salinger… Dickens, Rebecca West, Faulkner…

 

—¿Y sigue siendo igual de placentero leer para un escritor?

 

—Algunas veces si encuentro que algo es verdaderamente bueno tengo la tentación alocada de dejar de escribir porque otro escribe mejor que yo. Pero después lo pienso mejor y se me pasa. Son pocos los escritores que me han hecho entrar en crisis, lo he entendido leyéndolos. Unos tocan el pianoforte, yo toco el violín. Siga leyendo Baricco

 

Beatriz Santiago, “el amor nos dura, el tiempo que el desamor quiera”

 

Beatriz SantiagoTal vez el asombro, que entretejió el firmamento, fue para despertar a la mujer a la realidad sentida y disipada, para que sus ojos leyeran sobre el estanque los símbolos del miedo.

 

No sé, pero a veces la “locura” es encantadora y fría, y, tal vez, indescifrable como un muro de ardiente fuego. No sé si las heroínas son un ideal simbólico, vivísimas presencias impalpables en el tiempo, resignadas al martirio o garabateadas en la sombra por los arcos de la luz.

 

No sé si las herejes son brujas buenas, cuyo alfabeto verbal sin representaciones estereotipadas se envuelve en un rígido baile que trae de la serpiente lasciva. No sé si las poetas son unas malditas, desterradas a arenales de letras, cuyos mapas delirantes e indescifrables de escritura contribuyen a su anormalidad, acaso a la neurosis o la desgracia que le traen sus emociones.

 

Tampoco sé si para una sentirse “cómoda” como mujer, debe demostrar ser una ferviente amante o construir un espacio donde no hay cuarto propio. Tampoco sé si ser femenina es algo solo literalmente real, pero irreconciliable con la etiqueta de “viril” de los cuatro puntos cardinales.

 

Sin embargo, todo parece indicar que la vida ciertamente tiene elementos convencionales y sentimentales para las mujeres. Leyendo a la escritora puertorriqueña Beatriz Santiago Ibarra [1], la reconozco como un sujeto emotivo, a través de los laberintos de ese ordenamiento –llamado lenguaje amoroso-, que en lo sucesivo se justifica en el tiempo como destino.

 

“No me digas jamás/ que hoy me echas de menos, / cuando no has preferido que descuelgue la luna para ti/ con sólo mirarla.// Es que nada puedes decirme/ cuando todo tu amor lo has callado, / y es que nada puedo decirte/ porque vivo en esta soledad que has sostenido/ sin motivar esta rosa. / Sin edificar aquella linterna verde, / cada una de nuestras madrugadas, / como lo hacías.” [2]

 

Beatriz aparece en sus poemas proyectándose hacia todo lo que vive; trata de disolverse en este mundo, asechando su movimiento, por lo cual su lirismo nace a instancia de la angustia que le provoca un vacío infranqueable, diluyéndose en la alucinación como encadenamiento de su ansiedad de ilusión. La escritura es su defensa evidente ante lo imprevisible, ante las otras dimensiones de la existencia que significa un acercamiento válido con su ser femenino.

 

“Me pides/ que callarme lo innombrado es mi misión de gente. / Programarme lo nombrado, / ser una mujer como los hombres quieren, / trazándome en la apariencia del nombre. / No puedo hacerlo. /Te nombraré/ en el pistilo de la flor invisible, / siendo poeta como soy hacedora de estrellas en la/ noche/ constructora de ritos en donde cabe sólo una luz. / Aunque cave mi propio hueco de solitaria/ muchedumbre”. [3]

 

Observando esta declaratoria subversiva de la poeta, vemos que, la vida es para ella una experiencia cuya afección fundamental es el amor y la soledad, los temores sin inicio ni fin precisos, donde el momento de la autorrealización es un obstáculo para el ansiado uno que se vuelve otro uno, ambiguo, distintivo del silencio. Siga leyendo Beatriz Santiago 

René Rodríguez Soriano: “Nadie escribe de lo que no conoce”

 

Rene Rodriguez Soriano«Escribo con los diez dedos, sin mirar el teclado. Creo que soy de los últimos dinosaurios que asistieron a una academia de mecanografía. Escribo con la misma pasión y ritmo con las que tocaría un bongó o unas congas, con la música que generan y me pautan los dedos».

 

Del valle de las flores, las lechugas y las fresas es oriundo el escritor dominicano René Rodríguez Soriano; si bien es cierto que ya hace casi veinte años reside en Estados Unidos, tanto su prosa como su carácter se siguen viendo influenciados por la sencillez, la cotidianidad y las memorias de su natal Constanza.

 

Rodríguez llega a Miami en 1998, ciudad en la que funda la revista digital MediaIsla. Actualmente radica en Texas, desde donde desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura latinoamericana. Prueba de ello es una de sus obras más recientes, Nave sorda (Ediciones Libros Medio Siglo, 2015),  un poemario que nos pasea por el amor,  la ausencia,  la memoria y el olvido, donde cada poema va precedido por un epígrafe con versos de autores hispanos.

 

En El nombre olvidado (Ediciones Callejón, 2015),  Rodríguez ofrece trece historias con nombre de mujer, las cuales tratan de desentrañar  “los enigmas del hombre moderno”,  y donde, por supuesto, el amor ocupa un lugar preponderante.

 

Hoy el autor nos habla de cómo se las ingenia para lograr esa mezcla difusa de cuentos y poemas, sin métrica ni rima, pero plagados de un ritmo y una dulzura literaria que obligan a devorar sus letras.

 

¿Cómo se inicia en la escritura? ¿Cómo nace en usted el gusto por las letras?

 

—Quizás haya un punto de partida, no lo sé; son tan endebles las huellas que el polvillo del tiempo termina borrándolas. Tal vez, quién sabe, se remonten a los días en que junto a mis compañeros de la escuela secundaria nos propusimos cambiar el mundo desde las páginas de un semanario que, en principio bautizamos El burrito y luego, finalmente, terminamos llamando, muy filosóficamente, El Ananké. Más de una vez fuimos a parar a la oficina del director del Liceo Secundario Gastón F. Deligne, o frente a la superiora del Colegio Nuestra Señora del Valle. Llegó el momento en que nos tocó viajar casi dos horas y media cada semana hasta el pueblo más cercano, donde finalmente terminaron facilitándonos un mimeógrafo en una institución que no tenía que rendirle ninguna pleitesía a Síndicos ni Ayudantes Civiles del Presidente. Claro, se trataba de Balaguer, por supuesto. El gusto por las letras, si no nació por ósmosis habrá surgido en los insondables páramos de pálidos domingos sin radio y sin tanda Matinée.

 

¿Existe o no la inspiración?  

 

— Puede que sí. Lo cierto es que como no la busco, jamás la encuentro.

 

¡Pero, para tan buenas ideas, algún estímulo creador debe tener por ahí! ¿Alguna musa?  

 

—Tener, tengo y he tenido, un enjambre de insomnios que me habitan desde niño. Creo que tenía una; era verde y un burro se la comió.

 

¿Emplea alguna metodología específica a la hora de escribir?

 

—Escribo con los diez dedos, sin mirar el teclado. Creo que soy de los últimos dinosaurios que asistieron a una academia de mecanografía. Escribo con la misma pasión y ritmo con las que tocaría un bongó o unas congas, con la música que generan y me pautan los dedos. Ya he dicho alguna vez que son ellos —mis dedos— los que piensan y escriben. Sustituyen el frustrado limpiavidrios de combo que siempre quise ser. Inventan ritmos y fantasmas, mis dedos. Escribo con pasión, con sed. Despierto.

 

¿En qué sitio se siente cómodo para escribir?

 

—Al borde del barranco, casi a punto de caer. Siga leyendo René Rodríguez Soriano 

Discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes

 

Fernando del PasoMajestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá, Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, querida esposa–oíslo-e hijos, queridos parientes y amigos que me acompañan, queridos todos, Señoras y Señores:

 

La del alba sería, cuando timbró el teléfono de mi casa y yo pensé que si no era una tragedia la que me iban a anunciar, sería la malobra de un rufián que deseaba perturbar mis buenas relaciones con Morfeo, o quizás el mago Frestón. Pero no fue así, por ventura: era mi hija Paulina quien desde Los Cabos, Baja California, me anunciaba haberse enterado que me habían otorgado este premio, lo cual colmome de dicha pese a que desde ese instante las múltiples llamadas telefónicas que recibí por parte de amigos, parientes y periodistas, incluyendo los de España, para ratificar la gran nueva, no me dejaron volver a pegar el ojo. Yo, ni tardo ni perezoso acometí de inmediato la empresa de despertar a cuanto amigo y pariente tengo para informarles lo que me habían comunicado.

 

En marzo del año pasado, cuando tuve el honor de recibir en la ciudad mexicana de Mérida el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, hice un discurso que causó cierto revuelo. Sé muy bien que esas palabras despertaron una gran expectativa en lo que se refiere a las palabras que hoy pronuncio en España. Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza.

 

Quizá debí haber comenzado este discurso de otra forma y decirles que yo nací en el ámbito de la lengua castellana el 1º de abril de 1935 en la ciudad de México. “Felicidades señora, es un niño”, dicen que dijo el médico que estaba exhausto de maniobrar una y otra vez con los fórceps, antes de ponerme no de patitas sino de orejitas en el mundo y quién al ver por primera vez mis entonces diminutos órganos reproductores, coligió con gran perspicacia que yo era un varón, rollizo no, pero tampoco escuálido: yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer.

 

Me cuentan que lloré un poco y ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano.

 

Pancho y Ramona, el Príncipe Valiente, Lorenzo y Pepita, Tarzán y Mandrake, fueron mis primeros personajes favoritos, y yo no podía esperar a que mi padre despertara para que me leyera las historietas dominicales a colores, de modo que me di priesa en aprender a leer en la pre-primaria en la que me inscribieron mis padres, dirigida por dos señoritas que no eran monjas pero sí muy católicas y tan malandrines que me daban con grandes bríos y denuedo reglazos en la mano izquierda–yo soy zurdo- cuando intentaba escribir con ella, sin obtener su objetivo: no soy ambidextro, soy ambisiniestro. Más tarde mi mano izquierda se dedicó a dibujar y fue así como se vengó de la derecha. Pero aprendí a leer con los dos ojos, y con los dos ojos y entre los rugidos de los leones me las vi con don Quijote de La Mancha. En efecto, un hermano de mi padre que tenía una gran biblioteca virgen–nadie la leía: compraba los libros por metro-,me invitó a pasar quince días en su casa, muy cercana al zoológico, desde donde se escuchaban a distintas horas del día los estentóreos rugidos de los leones y yo me dije: ¿leoncitos a mí? y me zambullí en la literatura de los clásicos castellanos: desde entonces estoy familiarizado con todos ellos: Tirso de Molina, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, el Arcipreste de Hita, Quevedo, Baltasar Gracián y varios otros. Fue allí también, en la casa de mi tío donde me enfrenté con Don Quijote en desigual y descomunal batalla: él, las más de las veces jinete en Rocinante o a horcajadas en Clavileño y yo, en miserable situación pedestre. No obstante mi Señor y Sancho Panza estaban ilustrados por Gustave Doré y eso me sirvió de báculo. Salí de su lectura muy enriquecido y muy contento de haber aprendido que la literatura y el humor podían hacer buenas migas. De esto colegí que también los discursos y el humor podían llevarse.

 

De ahí continué leyendo, apasionado, a numerosos y muy buenos escritores españoles. Antonio Montaña Nariño, un escritor colombiano ya fallecido, entró a la agencia de publicidad donde yo trabajaba y me presentó a su amigo, el hispano-mexicano José de la Colina. Pronto ellos se transformaron en mis primeros mentores literarios y me dieron a conocer a Benito Pérez Galdós, Ramón Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle Inclán, Antonio y Manuel Machado, Rafael Alberti y otros autores que me hicieron enamorarme profundamente de la lengua. En aquél entonces yo me regocijaba mucho leyendo a estilistas como Gabriel Miró. Antonio y José me dieron también a conocer a Joyce, Faulkner, Dos Passos, Erskine Caldwell, Julien Green, Marcel Schwob y otros muchos grandes autores de las literaturas anglosajona y francesa. Siga leyendo Discurso de Fernando del Paso 

La ciudad y la representación de las regiones en la narrativa dominicana

 

La ciudad en la literaturaLa literatura dominicana es el relato dominante de la ciudad, en la ciudad y por la ciudad. Postulo que, a pesar de su origen regional, la literatura dominicana es predominantemente el relato del centro y el olvido de los pueblos. Ya hemos dicho que en obras primigenias como “El montero” (1856) de Pedro Francisco Bonó y “La fantasma de Higüey” (1857) de Guridi, el espacio que contiene el tiempo y el discurso narrativo es el de Higüey o el de Matancitas en San Francisco de Macorís. Mientras que en obras como “Enriquillo” y “Baní o Engracia y Antoñita” predominan la zona Sur del país. Sin embargo, es bueno significar la descripción de la Ciudad Colonial en la obra de Galván.

 

“El montero” ha sido vista más por la práctica de la montería que se acelera con las devastaciones de Osorio en el siglo XVII, que por el dejo romántico que liga nuestras letras fundacionales al movimiento de la literatura moderna. Los elementos populares que describe el joven Bonó, las fiestas con sus bailes de figuras, y el tiple como instrumento campesino, donde queda ausente el rabioso merengue que se comienza a referir en la década de 1850, hacen que en esta obra encontremos las prácticas campesinas dominantes en el Caribe hispano.

 

Mientras que Javier Angulo Guridi, quien vivió en la villa blasonada de Salvaleón de Higüey, recoge en “La fantasma…”, las tradiciones orales que debieron producir el ataque de piratas a la villa y a su famoso santuario, centro del peregrinar del país, y nos lo deja en el personaje del indio Tuizlo y el pirata (corsario) Henry Morán, tocando el mar con una referencia inédita a la isla Saona. El romanticismo buscó construir la particularidad de estas tierras a través de tradiciones, amores y la figura indígena, como se echa de ver en esta obra donde el Este comienza a participar de lo que será nuestro relato ficcional, entre lo histórico y lo popular.

 

La narrativa de Tulio M. Cestero tiene como escenario la ciudad en “La sangre” y las montoneras en “Sangre solar”, tema que también aparece en “Baní o Engracia y Antoñita”, como una preocupación del liberalismo frente a la montonera de las ínsulas interiores. Aspecto que de cierta manera encontramos en “Rufinito”, de García Godoy, y que tendrá su mejor perfil en “La Mañosa”, de Juan Bosch. Tanto Bosch como Godoy trabajan el Cibao como región literaria. En el caso de Bosch se valora el honor del campesino, desde su “Camino Real” (1933). El Cibao tendrá otras significaciones en la colección de cuentos “Cibao” (1952) de Tomás Hernández Franco y en la gran epopeya (“Compadre Mon”) de Manuel del Cabral.

 

En “Rufinito”, García Godoy trabaja la proclamación del general Juan pablo Duarte como candidato a presidir la Junta Central Gubernativa. La proclama trinitaria, realizada por el general Mella, desató la lucha de los hateros de Pedro Santana. La ciudad de la Vega (hoy día narrada en las novelas de Pedro Antonio Valdez y en los cuentos de Eugenio García Cuevas), se muestra con su tradicional sociedad de dones y casinos rancios que llamaron la atención del joven Juan Bosch, que utiliza sus recuerdos para mostrarnos la existencia de una aristocracia provinciana en “Trujillo, causa de una tiranía sin ejemplo” (1959). De la misma provincia, René Rodríguez Soriano nos muestra su nativa Constanza entre lucha foquista, resistencia, militares y concomitancias caribeñas, “La radio y otros boleros”.

 

La zona Sur del país tiene una importante representación en la literatura dominicana, su mejor expresión aparece en “Baní o Engracia y Antoñita”, en el Enriquillo de Galván con la lucha de los caciques Guarocuya y Tamayo en las montañas de esa zona, con una plasticidad que es difícil de olvidar. El Sur es espacio privilegiado en los cuentos de Sócrates Nolasco. Y también aparece en los cuentos de Marrero Aristy y es referida en “Over” a través de sus personajes. En “Los enemigos de la tierra”, de Requena, son Duvergé y Azua, aunque también aparecen las ciudades de Santo Domingo y San Pedro de Macorís. El Sur en la poesía de Andrés L. Mateo, Freddy Gastón Arce y en los cuentos de Néstor Caro, quien es un autor del Este que toma el Sur como escenario de sus narraciones. Esa región también es descrita en la novela “Guazábara”, de Hernández Acosta, y aparece, sin ser mencionada, en ciertos cuentos de Bosch, como en “La mujer”. Siga leyendo La ciudad en la literatura dominicana

Cervantes en cautiverio

Cervantes en cautiverioEl 22 de abril se cumplieron cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes, aniversario que marca el comienzo de un año excepcional para la celebración de la lengua y la literatura castellanas. En este contexto, Ariel Dorfman recuerda aquí una más que singular experiencia de lectura de Don Quijote de la Mancha: fue durante los días de 1973 posteriores al golpe de Pinochet, encerrado en la Embajada Argentina en Santiago de Chile junto a otras personas que esperaban un salvoconducto para salir del país y salvar así sus vidas. Leer el Quijote frente a un auditorio de asilados latinoamericanos, entre la violencia y la tristeza, marca un paralelo con la vida del propio Cervantes y una obra que, como el Quijote, también empezó a gestarse en cautiverio.

De las muchas y diversas veces que, desde la adolescencia, me he puesto a gozar de Don Quijote de la Mancha, hay una, extraña y arquetípica y colectiva, de cuyo alcance no me quiero olvidar. Esa lectura, hace más de cuarenta años, junto a un grupo desesperado de hombres y mujeres cautivos, importa especialmente hoy cuando la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes nos obliga a preguntarnos por la vigencia de su obra, si tiene ese escritor insigne, más allá del inmenso placer de leerlo, algún recado urgente y especial para nuestro turbulento siglo XXI.

Por cierto que Cervantes mismo, si resucitara para sólo ello, no habría imaginado a lectores más afines y perfectos para comprender la relevancia imperecedera de su literatura que aquellos que estaban hacinados en uno de los amplios salones de la Embajada Argentina en Santiago, a mediados de octubre de 1973. Afuera, a pocos pasos de nuestros cuerpos vulnerables, la muerte rondaba la ciudad. Un mes antes, el 11 de septiembre, los militares habían derrocado al gobierno democrático de Salvador Allende, inaugurando un reino de terror.

Durante el mes después del golpe, había vivido yo en la clandestinidad, apenas librándome de ser apresado por los servicios del General Pinochet, hasta que la Resistencia me ordenó pedir asilo en la Embajada Argentina. Una vez que logré trasponer dificultosamente la barrera de soldados y policías que trataban de impedir que los perseguidos encontraran amparo, me encontré con un espectáculo alucinante: casi mil hombres, mujeres y niños acampando desastradamente en habitaciones destinadas, hacía poco, a cócteles donde selectos y prístinos invitados eran agasajados. La escena rayaba en lo apocalíptico. Un jardín otrora opulento arrasado por la presencia desbordante de huéspedes indeseables. Cuerpos malolientes haciendo cola ante baños arruinados por el sobreuso y perpetuamente hambrientos debido a que la cocina era incapaz de alimentar tantas bocas ávidas. Y, sobre todo, un ambiente sofocante, sobre todo el hedor de la desolación y el miedo.

Leer Don Quijote era parte de un plan para combatir esa atmósfera deprimente durante las eternas semanas a lo largo de las cuales tendríamos que esperar salvo-conductos que las autoridades militares, por supuesto, tardaban en otorgar. Habiendo enseñado esa novela en la Universidad, amén del Persiles, la Galatea y las Novelas Ejemplares, había ofrecido hacer de guía de quienes quisieran explorar las bulliciosas aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero, con la perspectiva de que sirvieran como antídoto a la tristeza y el duelo “en ese lugar donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido su habitación”. ¿No era posible que cada uno de nosotros fuéramos, como quiso Cervantes, “movidos a risa”, y extrajéramos también alguna esperanza de un héroe que recorre con tenacidad los caminos de su España en pos de viudas que defender y huérfanos que auxiliar, sin que lo desalentaran los golpes que le llovían a raíz de sus deseos insanos de reanimar los ideales que su sociedad ya no valoraba? Siga leyendo Cervantes en cautiverio

Nuevo libro de Carlos Ardavín

Carlos ArdavinParva Materia es la nueva obra del escritor Carlos X. Ardavín Trabanco. Una propuesta que reúne un puñado de poemas y una escueta colección de prosas. Los primeros fueron compuestos en 2008 y traducidos al asturiano por el poeta Pablo Antón Marín Estrada, en el otoño de 2010; las últimas corresponden al período 2012-2014.

El contenido de la obra es descrita por Ardavín Trabanco: “Su disparidad formal apenas disimula su vínculo temático: la figura de la madre muerta.”

Junto al paradigma reflejado también se incluyen tópicos como la pérdida, la melancolía o el recuerdo que el autor valora como “teñidos por la particular caligrafía de mis sentimientos.”

“Como Ulises, yo también emprendí un viaje de búsqueda. Estos poemas, estas prosas, configuran un accidentado literario”, evoca en su contraportada. Siga leyendo Nuevo libro de Carlos Ardavín

Sobre la brevedad de la belleza 

Sobre la brevedad de la bellezaEl 20 de diciembre de 2015 fue testigo del fiasco acaecido durante la ceremonia de premiación de la más reciente Miss Universo cuando el presentador Steve Harvey erróneamente coronó a Miss Colombia para apenas tres minutos después despojarla de su cetro y banda, ya que la “verdadera” ganadora era Miss Filipinas. La organización del evento y el propio Harvey trataron de remediar aquel error, sin embargo, decenas de reportajes, comentarios y tweets despertaron cólera, pena y solidaridad entre millones de seguidores y lectores en todo el globo. El incidente también motivó declaraciones que no pueden ser catalogadas de otra manera que no sea de “bizarras”. Como la del presidente colombiano Juan Manuel Santos, quien afirmó: “Ariadna, tú seguirás siendo nuestra Miss Universo” (¿Pero acaso no es ya “oficial” que no lo es?); como el comunicado que emitió el Concurso Nacional de Belleza de dicho país en referencia a la agraviada: “El cruel desenlace puso a prueba su hidalguía, serenidad y don de gentes” (¿Es que se trata acaso de un guerrero aqueo siendo elogiado por su conducta ante los dorios?); o tal como la oferta de un millón de dólares hecha a Miss Colombia por Steve Hirsch, ejecutivo líder del estudio cinematográfico porno Vivid Entertainment a fin de que filmase “al menos una película con el compañero sexual y los actos sexuales de su preferencia, tal como han hecho otras celebridades”, en palabras del magnate.

 

Estos párrafos ¿desprovistos de análisis sociológico alguno sobre el fenómeno de Miss Universo ni de sus implicaciones geopolíticas, económicas y antropológicas? pretenden, a propósito del pasaje ya descrito, trazar una línea entre la concepción de lo bello que prevaleció en la antigüedad y la construida en la época reciente, escenario de la dramática lucha entre la belleza de la provocación y la belleza del consumo a que ha aludido Umberto Eco.

 

Es conocido que los helénicos, fuente primaria del pensamiento occidental, carecían de una “estética” consumada propiamente dicha, es decir, no disponían de un cuerpo de sostén teórico, de una “superestructura” que le otorgase categoría propia y particular al concepto de lo bello. De hecho asociaban belleza a ideas tan aparentemente “dispares” como la bondad o la justicia. En el voluminoso ensayo Historia de la belleza Eco da sostén a dichos planteamientos cuando establece que no parecería posible que tras la lectura de los textos homéricos se lograse evidenciar una “comprensión consciente” de la belleza ni que ello luciera ser relevante.

 

En esa Grecia antigua, para algunos la iniciación erótico-filosófica en persecución de la idea de belleza estaba representada por el deseo; para otros, como los sofistas, ella constituía simplemente lo que producía placer en la contemplación a través del uso de los sentidos. Epicuro por su parte, afirmaba que belleza no era una característica particular al objeto sino más bien el sentimiento placentero originado desde el ser ante ella. Siga leyendo Brevedad de la belleza 

La centenaria | Emilia Pardo Bazán

Emilia pardo Bazan[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. La centenaria, por Emilia Pardo Bazán (1851-1921), una de las escritoras más importantes del siglo XIX en España, muy conocida por sus cuentos y por su novela “Los pazos de Ulloa”. Fue una de las principales impulsoras, en España, del movimiento literario “Naturalismo”, iniciado en Francia por Émile Zola].

 

-Aquí -me dijo mi primo, señalándome una casucha desmantelada al borde de la carretera- vive una mujer que ha cumplido el pasado otoño cien años de edad. ¿Quieres entrar y verla?

 

Me presté al capricho obsequioso de mi pariente y huésped, en cuya quinta estaba pasando unos días muy agradables, y, aunque ningún interés especial tenía para mí la vista de una vejezuela, casi de una momia desecada que ni cuenta daría de sí, aparenté por buena crianza que me agradaba infinito tener ocasión de comprobar ocularmente un caso notable de longevidad humana.

 

Entramos en la casucha, que tenía un balcón de madera enramado de vid, y detrás un huerto, donde se criaban berzas y patatas a la sombra de retorcidos y añosos frutales. Dijérase que allí todo había envejecido al compás de la dueña, y la decrepitud, como un contagio, se extendía desde los nudosos sarmientos de la cepa hasta las sillas apolilladas y bancos denegridos que amueblaban la cocina baja, primera habitación de la casa donde penetramos.

 

Estaba vacía. Mi primo, familiarizado con el local, llamó a gritos:

 

-¡Teresa, madama Teresa!

 

Al oír madama, la aventura empezó a interesarme. ¿Era posible que fuese francesa la centenaria que vegetaba allí, en un rincón de las mariñas marinedinas? ¿Francesa? ¡Extraña cosa!

 

Una voz lejana respondió desde el huerto:

 

-Aquí estoy…

 

El acento era extranjero; no cabía duda. Antes de pasar, interrogué. Me contestó una de esas sonrisas que prometen mucho, una sonrisa que era necesario traducir así: «¿Pensabas que iba a enseñarte algo vulgar?»

Al rayo oblicuo de un sol de otoño; al lado de un matorral de rosalillos mal cuidados, cuyos capullos parecían revejecidos también; sentada en una butaca carcomida, de resquebrajada gutapercha, vi a una mujer cuyo semblante encuadraba un tocado de esos inconfundibles, de cocas de cinta y tules negros, que sólo usan las ancianas de Francia. El tocado debía de tener pocos menos años que su dueña. Hacía el efecto de que, al soplarle, se desharía en polvo, como las ropas que aparecen enteras y vuelan en ceniza en cuanto se abre una sepultura. La manteleta raída, de casimir, rojeaba al sol. Los pies, calzados con pantuflas, eran cifra de la caducidad de todo aquel cuerpo. ¿Habéis notado que, al través del calzado que más oculte su forma, unos pies jóvenes son siempre unos pies jóvenes, y los adivináis? El pie envejece tanto o más que la cara…

 

Al tratar madama Teresa de incorporarse difícilmente, vimos de cerca su rostro, no demacrado ni excesivamente arrugado, sino céreo, como el de un muerto, y fino, como el de una muñequita de marfil. Un toque de rosa marchito apareció un momento en sus pómulos. Un amago de sonrisa descubrió el horror gris de la caverna, donde el tiempo cruel, sobre las ruinas, tejía su telaraña…

 

-Aquí tiene usted -dijo mi primo- a un pariente mío; le he dicho que acaba usted de cumplir… una edad avanzada, y ha querido saludar a usted y desearle muchos más años de vida. Siga leyendo La centenaria

 

Lactancia materna
Lactancia materna

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