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El aullido de Muhammad Alí

Muhammad Ali. El aullidoGERARDO CÁRDENAS [mediaisla] Era un hombre perseguido por demonios: el demonio del racismo, el demonio de la carne, el demonio de la política, y finalmente el demonio de la enfermedad el Parkinson que se lo fue comiendo poco a poco, round a round.

Hace mucho que dejé de creer en coincidencias. Entré el otro día en una librería y me encontré con una edición de Howl de Allen Ginsberg donde se subrayaba que este año se cumplen 50 de la primera publicación de uno de los poemas fundamentales del siglo XX.

No habían pasado sino unos cuantos días de la muerte de Muhammad Alí. Yo había entrado en esa librería pensando en Alí y salí a refugiarme a un café a releer Howl y pensar en el mejor boxeador de la historia.

No hay coincidencias: algún demiurgo condujo mis pasos a la sección de poesía.

En la cabeza me giraba una idea: se ha escrito tanto sobre Alí. Pero ¿se ha escrito sobre las profundas contradicciones del hombre, del boxeador, del líder social y político?

Pienso en un hombre que intencionalmente se deja manipular por las fuertes disputas entre la Nación del Islam del Elijah Muhammad, Malcolm X., y Martin Luther King. En algún momento Alí hace de lado a Malcolm X. Pero luego también se aleja de la Nación.

Y pienso hoy en el islam, odiado en Estados Unidos con una virulencia extrema. Alí se cuidó mucho de no hacer demasiadas olas en los últimos tiempos.

Pienso en un Alí que supo manipular, a su vez, su rivalidad con Joe Frazier por razones mediáticas, pasando por encima de su amistad con ese otro peleador.

Alí siempre supo colocarse bajo los reflectores, sin importarle qué tanto se contradijese, qué tanto se colocase en situaciones ideológica o políticamente insostenibles. Como su defensa del régimen de Mobutu Sese Seko en Zaire, donde se llevó a cabo la pelea Rumble in the Jungle contra Foreman.

Como con Foreman, como con Liston, nos supo llevar a las cuerdas y hacer creer que lo entendíamos, para luego escaparse y soltarnos el jab demoledor a la mandíbula.

Conocer a Alí, entender su dimensión, es adentrarse en las complejidades de su lenguaje; Alí jugaba con las palabras como con sus oponentes sobre el cuadrilátero. Juego de lengua, y juego de piernas.

Y en el fondo, era un hombre perseguido por demonios: el demonio del racismo, el demonio de la carne, el demonio de la política, y finalmente el demonio de la enfermedad —el Parkinson que se lo fue comiendo poco a poco, round a round.

¿Cómo no pensar entonces en que la estrofa inicial de Howl….

I saw the best minds of my generation destroyed by
madness, starting hysterical naked…

Muhammad Ali. HOWL-khakino es aplicable a la propia lucha de Alí contra el único enemigo que lo venció, que lo vapuleó? La mente veloz, implacable del boxeador perdida para siempre en la neblina del Parkinson, consumiéndose lentamente, irrecuperable.

Esa locura, esa furia incontenible del poema de Ginsberg me remite al Alí hablando sin parar frente a las cámaras de televisión, recurriendo sin cesar a la parodia, a la poesía, a la comedia, para que no se lo comieran por ser demasiado serio, reventando contra el racismo, contra la pobreza y la marginación, contra la guerra de Vietnam.

¿Cómo no ver en el Alí triunfador y pendenciero a esos

angelheaded hipsters burning for the ancient heavily
connection to the starry dynamo in the machin-
ery of night,

cómo no verlo perdido por Chicago, por Nueva York, buscando una oportunidad, una pelea, fuese donde fuese, para restaurar su título, arrancado de sus manos por una decisión abiertamente injusta, politizada.

Ese Alí disminuido por la injusticia, perseguido por la sociedad y por los medios, que se rebela contra el sistema, el mismo sistema identificado por Ginsberg como Moloch, en la segunda parte de Howl. Ese monstruo…

Moloch! Moloch! Nightmare of Moloch! Moloch the
loveless! Mental Moloch! Moloch the heavy
judger of men!
Moloch the incomprehensible prison! Moloch the
crossbone soulless jailhouse and Congress
of sorrows! Moloch whose buildings are judgment!
Moloch the vast stone of war! Moloch the stun-]
ned goverments!

Muhammad Ali. Aullido y otros poemas...Sí, es cierto, Alí también supo sacarle jugo y dinero a ese Moloch. Pero la contradicción no anula la lucha a veces ciega del boxeador de Louisville, Kentucky, por hacerse un lugar en una sociedad que iba a poner siempre algún pretexto —la raza, la política, la religión— para rechazarlo, para devolverlo a la oscuridad de la segregación.

Contra eso luchaba Ginsberg, y contra eso luchó Alí.

No sé si llegaron a conocerse.

Alí era un muchachito, 14 años de edad, cuando Ginsberg publica Howl con la editorial City Lights en San Francisco. Para entonces, el aún llamado Cassius Marcellus Clay ya había ganado al menos una vez el torneo Guantes de Oro de Kentucky. Le faltaban aún cuatro años para ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Ginsberg tenía 30 años y Howl era su segundo o tercer título publicado. Pero, así como Alí sacudió al mundo del boxeo con sus puños, Ginsberg sacudió al mundo de la poesía con ese libro. Howl es un canto generacional, una línea divisoria, de la misma manera que el boxeo y el activismo de Alí marcan una línea divisoria en la política y en el deporte, y apuntan al surgimiento de una nueva generación.

Alí y Ginsberg, cada uno por motivos distintos y con desarrollos diferentes, saben de forma intuitiva mezclar su persona artística con su persona pública. Alí fue mucho más lejos porque asumió un peso mucho mayor sobre sus hombros, el político, y terminó convirtiéndose en una figura central del siglo por su impacto en el deporte, la política, la cultura popular, y los medios de comunicación.

Muhammad AliBuscando por internet me topé con una entrevista con Ginsberg que de nuevo me remitió a Alí, en donde inclusive compara a la escenificación de la poesía slam con lo que ocurre en un ring de boxeo. Ginsberg explica los orígenes africanos, antiquísimos, del rapeo que es fundamental para entender la poesía slam. Habla de eso en el contexto de su defensa de la musicalidad y oralidad de la poesía. Para Ginsberg mucho de la poesía se pierde al confinarla exclusivamente a lo impreso cuando en su origen e historia es fundamentalmente hablada y memorizada. La poesía slam, apunta, recupera los elementos mágicos de la narración de cuentos a voz viva, pero con la musicalidad y la agresividad de lo africano.

¿Cómo no pensar entonces en aquel grito de guerra de Alí…

Float like a butterfly, sting like a bee,
his hands can’t hit what his eyes can’t see!
Rumble, young man: rumble!

…y no pensar en los ritmos del slam, en la agresividad del slam, en los jabs verbales diseñados para doblegar, para humillar psicológicamente al adversario?

Tal vez me lo he imaginado todo. Tal vez es imposible establecer lazos entre Ginsberg y Alí. Tal vez estoy aún impresionado, entristecido, por la repentina muerte de Alí, y sorprendido por haberme encontrado por una edición del Howl publicado hace 60 años por City Light Books, la editorial que Lawrence Ferlinghetti fundó en San Francisco. Tal vez son demasiadas coincidencias que no son coincidencias

Y tal vez no.

Y tal vez es simplemente eso: 2016, el año de la muerte de Muhammad Alí; y 60 años desde que se publicó Howl; y 90 años desde que nació Allen Ginsberg.

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GERARDO CÁRDENAS, escritor y periodista mexicano, reside en Chicago.


Comments (2)

  • Fior Rodriguez

    Gracias, Muhamed Alí!
    Dejaste al mundo cargado de inspiración!

    Hermoso artículo! Gracias por compartirlo!

  • Pablo Ridriguez

    Justo, ilustrando y de honra a un héroe de la humanidad

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