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Memorias de la descreencia (El cuento dominicano de los ‘80)

Memorias de la descreencia. PortadaRENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla] Sobre la narrativa breve dominicana se han dicho muchas cosas; también se han ocultado bastantes. Otras tantas han sido cuidadosamente mediatizadas. Los ejemplos sobran. Y, probablemente, como en todo, hay más nombres que obras que soporten los montones de alabanzas y falsos monumentos erigidos. Así somos por estos lados. Así, aparentemente, a alguien o a muchos les ha convenido que sea.

Sobre la narrativa breve dominicana se han dicho muchas cosas; también se han ocultado bastantes. Otras tantas han sido cuidadosamente mediatizadas. Los ejemplos sobran. Y, probablemente, como en todo, hay más nombres que obras que soporten los montones de alabanzas y falsos monumentos erigidos. Así somos por estos lados. Así, aparentemente, a alguien o a muchos les ha convenido que sea. Por ello ha sido más fácil contar la historia sin todo aquello que no nos interesa que se diga o se vea. Ya en los gloriosos días de la perínclita tiranía del generalísimo y doctor, primer maestro y padre de la patria nueva, se excluyó, váyase a saber por qué, más de una vez al indiscutible ideólogo y conformador de una teoría y una práctica definida del cuento en República Dominicana, Juan Bosch[1]. Caída la satrapía, con las mismas artimañas y en pleno uso de las facultades sacrosantas del estalinismo ambiental, harían lo mismo con autores tan significativos como Tomás Hernández Franco y J.M. Sanz Lajara[2]. Los demás, los que han seguido el trillo, tampoco han expuesto sus razones, pero la sordina cómplice se ha mantenido intacta y con muy buenos resultados.

Para los fines de lugar y, en cierto modo, tratando de borrar un poco, el nefasto baldón de las devastaciones de Osorio[3] que, sin dudas, pesa sobre todo el imaginario de la parte oriental de la Hispaniola, se escribe esta historia en pocos actos que, pudiera ser otro cuento y como tal se lea, quién sabe…

Primer acto

...y punto! 2Ya desde el amanecer de mis días, en las noches frías de mi natal Constanza, a orillas de una fogata de leña y cuaba, me disfruté sin bordes todas las aventuras de Juan Bobo, Pedro Animal, Pedro el cruel y sus contornos. (Recuerdo que, por boca de Manuelico me transporté por los senderos maravillosos de las más fantásticas y fascinantes historias que hayan sido contadas jamás). Luego, con las primeras y segundas letras, vendrían las historietas ilustradas, las vidas ejemplares de Domingo Savio, Juana de Arco; y, sin telón de fondo, sin fanfarria, habría de caerme un día en manos y mente un ejemplar arrugado y desleído de las Mil y una noches. Ahí fue Troya. Ya nunca más he podido sustraerme del deseo de saber qué me cuentan los que cuentan y, de una u otra forma, he dejado dicho por ahí, mis gustos y disgustos con unos o varios de nuestros más destacados contadores de todos los tiempos. Pero, vayamos al asunto. Hablemos de lo que, en definitiva nos convoca. Borremos un pasado que, por pasado, nos nubla y nos anega alrededor de la noria y el cuento de nunca empezar, haciéndonos retornar siempre y sin fuerzas a los manoseados «apuntes» del tantas veces mal leído profesor en su discurso. Abramos de par en par nuestros portales al mundo con toda su lozanía y ese desmán de horca y cuchillo del populismo perredeista de los ochenta; dejemos que el horizonte se nos desparrame en ciernes con una nueva visión del mundo, más crítica, más adulta y lozana. Olvidemos los listados, las guías telefónicas, los índices abultados, e insertémonos en los meandros del texto: su hacer y su decir. Transitemos esos ochentas, millonariamente publicitados a todo pulmón. Ochentas que, en vez de desencanto, podríamos llamar del desengaño, con un Balaguer fortalecido, dispuesto a abofetearnos por ingenuos y crédulos, ante la chata arrogancia del mesianismo televisivo que, a fuerza de spots y prebendas, intentó salvarnos la vergüenza y nos hipotecó hasta el cubito… en fin, no es un problema de hombres ni de hambres, hablemos de obras. Ya es tiempo.

Segundo acto

Habría de venir de otra galaxia un ser innominado, puntilloso y zumbón que nos pusiera en blanco y negro nuestras mentiras de Perogrullo y nos llamara a reflexión; habría de venir, con el más ingenuo y mordaz de los humores, un ser sin tamaño, color ni señas de identidad, que nos desnudara de cuerpo entero, presentándonos, ante nosotros y las galaxias vecinas y más allá, tales y como jamás hemos querido que se sepa que somos.

Memorias. El curioso(Habría que hacer un aparte para incluir lo excluido, hablar con gusto y pasión del amor jugueteando en el texto y resbalándose como fiera herida por los intersticios del placer y el juego; dejándose sentir con fuerza la magia y el encanto con lucidez inusual en nuestra aséptica narrativa, narrada por dos jóvenes adultos con la más cuerda mocedad de la locura: La bella nerudeana y De hombres y de gallos, de Rueda y La fértil Agonía del amor, de Veloz Maggiolo)[4]. Mejores acompañantes no podría tener El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom,[5] de Rivera Aybar; texto novedoso e innovador en pleno amanecer de los ochentas. Novedoso por el desenfadado humor que resuma en cada línea y ese juguetón manejo de la lengua que habrá de definir este orgullo que nos engrandece de ser los excluidos de siempre; innovador porque nos cuenta sin contarnos una historia que somos, precisamente, cuando no nos dejan ser. Fundacional, si se quiere, texto de tesis —como dirían los que, precisamente, nada dicen de cosas como éstas— porque abre una época que nos lanza sin artilugios al ruedo de la más novedosa forma de contar en breve como debe contarse en estos tiempos. Narrado en primera persona, en forma lineal y con un conocimiento cabal y cachondo del español antiguo sin caer en lo decadente y farragoso, convirtiéndose, como sentencia en el final de su informe esa cosa en «la cosa más bella é taimada que he conocido en luengos años…» Corría, en la pista del ochenta, el ejemplar junio con su apabullante calor y, sin mucha bulla, el país se oreaba a las orillas de los huracanados rafagazos de David y Federico.

Tercer acto

Ya, ahora, no hay excusas. Estamos aquí, en la masmédula de nuestra realidad, dentro de nosotros mismos, desnudados en nuestra más íntima desnudez por un ser intergaláctico que nos ha puesto a caminar en firme sobre nosotros mismos; dándole tono y timbre a una nueva forma de contar nuestros propios cuentos; haciéndonos sentir seguros de transitar sin tropiezos por nuestra realidad que, sinceramente, no es tan chata como nos han hecho creer por tanto tiempo. Vuelve junio, es el ochentidós, y una mujer con «dos ojos capaces de sacudir el mundo», nos interna en las empedradas y entalviadas calles de la Ciudad Colonial; nos empapa en la llovizna tierna que se escapa de su ser y sus encantos y nos voltea a mirarnos más adentro de nosotros. Magia y poesía, en un haz, nos alborotan el placer por la lectura tras un sueño, una invención, un espejismo; una mujer que ha de flamear como estandarte, empinándose, encumbrándose hacia riscos más elevados de nuestro hacer: Mujer que llamo Laura,[6] de Aquiles Julián, nos mantiene en la ruta, nos alumbra y nos dice por dónde soplan vientos más propicios. Pero este texto no venía solo, una voz anónima lo acompañaba. El cine, la música, las más inusitadas lecciones estaban generando en estos carajitos de la época un desproporcionado manejo del instrumental que habría de poner en guardia a las huestes del silencio y el destierro. Desde algún oscuro punto de la isla Una voz en off hizo justicia[7], y era Pedro Camilo. (Reitero que estamos presenciando, lamentablemente no puedo hablar de placidez, el discurrir del ochentidós). Y entramos sin taquilla a una bacanal de la lengua, una fiesta full, «lo último de los muñecos», donde el erotismo, la sensualidad y el excelente manejo de la técnica nos dicen de una vez lo que habrá de ser esta década de descreencias que tan cuestionada ha sido.

Cuarto acto

Memorias. MujerDejemos rodar el calendario y los relojes; pasemos los años como páginas y leamos, leámonos; juguemos un poco con nosotros mismos y pongamos en juego nuestros vastos conocimientos sobre el deporte rey. Beisboldaticemos nuestra narrativa y nuestros fantamosos jevos que se las saben todas y se las dan a todas, a esas reinitas de yogurt y hobbies (las que no recuerdan bien la última obra que han leído, pero que son fanáticas de la lectura, sobre todo de los divertidos chistes del señor Presidente —no precisamente el de Asturias). Vayamos de ronda por los sitios habituales de este divertido lumpen y gocémonos sin mayonesa un texto tan sabroso como Un día en la vida de Joe Di Maggio II, de García Cartagena —una cosa sí, que no nos dé pena de nosotros mismos; nos retratamos de cuerpo y medio, no hay dudas. El humor corrosivo es el arma punzante con la que este texto analiza esta sociedad de yuppies que pretende deslumbrarnos con su cartel de poses; sin mucho aspaviento, con sorna, en tercera persona, con un solo punto de vista y en más de un plano de divertida y jugosa sorna que no nos deja ahí: nos pone de narices frente a una hermosa realidad; nos empalma en el camino por donde hace rato transitamos en un desmadradora fusión de verso y prosa, versa y prosa nada sosa… Cartas al espejo, del mismo García Cartagena, nos sitúa ante uno de los más lúcidos momentos del manejo del fluir síquico; un texto que, sin darnos cuenta, de un tirón, nos confronta con la otra realidad que somos; sin signos de puntación alguna, rápido, como un jab hacia la mandíbula o el cerebro, un texto breve, sustancial y sustancioso[8].

Quinto acto

Todo está consumado. Podríamos recordar al Nazareno y mirar de nuevo hacia los alrededores del mirador. Sombrerito en mano, ¿burlón?, cojeando y revitalizado… ¡He ahí al verdugo! Pero no es el verdugo, es la consumación del desengaño. Después de doce años, ave fénix de nuestras culpas, han vuelto a su nidal los avechuchos para estrujarnos en la cara que la corrupción se detiene en las puertas del despacho presidencial; se engendra en las faltriqueras del tirano ilustrado y sus acólitos; se prohíja y engorda y que, en definitiva, los de atrás pueden llegar tan lejos como los de adelante (¿galimatías? enjuiciamientos, burdas huidas): frustración y engaño. Timo y escamoteo que no es tal y como parece ser. Hemos sido vendidos, mercadeados y pesados como reses sin valor y en este ochentisiete nadie quiere entender La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar; mentida historia que se mueve dentro de un ámbito citadino que no necesita carnet de identidad, donde los personajes son el germen de otro personaje que se niega a sí mismo, dando origen a otro (s) que, a su vez, se niegan a sí mismos tratando de huir de una realidad que los aplasta y descojona[9] . (Y a la desolación y desazón de estos años viene a sumarse la suprema y última carcajada del tío julio (en minúsculas); ese irse de entre nosotros para posarse sobre nosotros con su más seria y burlona mirada, «observándonos desde la distancia azul de sus ojos», librándonos del mal afín y sus confines. Nada mejor que La tercera cara de la moneda para agradecerle sus enseñanzas y nadie mejor que Manuel García Cartagena[10] para representar a sus más aprovechados sobrinos. Pero no sólo los sobrinos habrán de manifestar sus dotes, las huestes del abuelo Borges, entre símbolos y cifras, manejándose en un mundo de sueños y vuelos más allá de lo rasante dejarán sentir su impronta; batallarán en este barril sin fondo que nos sacude hasta la médula. Las transformaciones del retorno[11] nos sumerge en oscuras lloviznas estivales y nos invita al más lapidario funeral de las utopías y la esperanza que nos vendieron en todos los escaparates de décadas anteriores. «Todo había sido costumbre de muerte en este lugar de miedo y desesperanza…»)[12]

Sexto acto

Memorias. Una voz¡Las utopías han muerto! ¡Vivan las utopías!

Al principio tenía vergüenza, alguien podría vernos cuando hacíamos cosas en la cama. Después advertí que la casa estaba solitaria en el mundo. Enjambres de abejas bordan panales de miel alrededor de los tallos de los claveles, grillos verdes y cocuyos recogen polen para hacer sus hogares. ¡ah, las malvas me fascinan con su sangre vino tinto retenida con primor en sus corolas. Aconséjenme ustedes: ¿Qué hacer con un jardín desenfrenado? ¿Qué haremos si las flores continúan encaramándose en el techo y llegan a ocultar el sol? Él podría abandonarme. Sabe que el jardín crece sólo para mí. ¿Qué trágico placer! ¡Qué amable mortificación![13]

Era Faride, con todos los geranios y malvones en las cuerdas vocales y la vida quien nos hablaba; Faride, lúcida de locura, encontró una pluma fuente por donde salir hacia adentro y sacudirse todo este sarpullido y orines de funcionarios, papanatas y tecnócratas que nos acoñaba los días. Ángela Hernández, en ¿Cómo recoger la sombra de las flores?, pone en escena a una Faride hermosa y tronante que no hace otra cosa que confirmar la conciencia con la que desde los ochenta se está asumiendo el acto narrativo en sí. Y como la desgracia, las cosas buenas no andan solas. Los sesgos tempo-espaciales, la narrativa poética o la poética narrativa, común a casi todos los excluidos, está presente también en Los límites de la realidad futura,[14] de García Romero y Sueños de naftalina, de Constanza Colmenares[15]. Pero no todo es dulce evasión, constante huir y rehuir la realidad. Manuel Llibre Otero le clava el cuchillo a esa podredumbre que nos zahiere con un irrealismo grotesco, retrotrayéndonos a nuestra cruda existencia. Anatomía de un desmayo presentido tras dos besos que fueron felices[16] es un ejemplo de la diversidad de puntos de vista y terrenos en que se mueve esta camada de escritores que se ha propuesto enfrentar el acto de narrar con un lector más avispado y deseoso de participación y asombro.

Sétimo acto

El fondo se va totalmente a negro, sin mediotonos. (No porque viniera sin llamarlo como siempre viene a iluminarnos con sus ráfagas el sempiterno apagón que, sin lugar a dudas, caería como anillo al dedo). Se prepara el escenario y sube el más corrosivo carajo de este barrio. Todo gira en torno a New York: ropa, música, el amor, el sexo, todo lo mejor viene desde allá. Lo peor es estarse aquí, tostarse. Vivir esta vida gris y sosa esperando que le manden a uno la moneda o el pasaje para echar el pie o, por el contrario, enrolarse de polizón, saltar y caer allá, de aquel lado, a como dé lugar, o seguir aquí, bien, mantenido. Pero éste no es el caso, éste es Frank, un tipo ácido, punzante y mordaz que se burla de todos, en todos los tiempos verbales habidos y por haber, que pasa del Yo al Él y al Nosotros sin tropiezos en un fluir de conciencia que nos deja mal parados, a todos. Un texto altamente sicológico, maltratado y maldito que, utilizando El recurso de la cámara lenta,[17] nos proyecta la película que nos retrata de cuerpo entero a nosotros que «seguiremos siendo el tema de fondo, una metáfora incomprensible, extras malpagados». Ramón Tejada Holguín vuelve a la carga aquí y nos enfrenta con estos personajes huidizos que somos y no somos para demostrarnos que no somos nadie y que «a nadie le importamos. Esta es la época de lo nimio».

Octavo acto

Memorias. BlasfemiaNo hay fronteras que valgan. No hay barreras. «Los recuerdos no envejecen, lo que muere es la memoria»[18]. Una década no es medida para arropar un hilo conductor, un cordón que va propagándose y definiendo un modo, una búsqueda de expresión que puede diferenciarse por una serie de señales visibles que se encuentran, se fortalecen y se ramifican, engendrando más y más codos y uniones de un macito que algún día habrá de ser un mazo. Unos gatos empujan la pared[19]  no tiene ninguna pared de por medio con los textos que han desfilado por estas líneas. Se mueve por las mismas zonas; centra su línea de acción sobre coordenadas similares y goza de buena salud de lengua. Razón por demás para demostrar que hay una semilla que se expande, burlando cercos y confesionarios, asimilando y apropiándose de hechos y elementos de su entorno cotidiano para convertirlos en ficción; trabajando a fondo no sólo los hechos que narran, sino cómo tales hechos inciden en el comportamiento de sus personajes. Y esta enfermedad, este mal, este estilo de abordar el hecho narrativo, no es propiedad de una capilla, de un grupito, es del dominio común. Tienen acceso a él, eso sí, los más aventajados, los que han asumido el reto del oficio y, más que un galardón anual, tienen un compromiso contraído con la página en blanco, sin límite de tiempo y sin árbitros. Por ello, no es extraño que, desde el más olvidado rincón, del otro lado en la Babel, alguien puede levantar azorada la voz y mostrarnos «La infinita cicatriz»[20]. ¿Qué queda de aquellos días de cazar mariposas y enarbolar banderas libertarias en los patios de la tarde? El narco, el político o militar empresario corrupto controlan. Compran. Sueltan y ovillan los hilos del poder. La Victoria es la mayor derrota del decoro y la dignidad de los dominicanos, la real mentira de nuestra verdad. Afuera hay más que adentro, y Pastor de Moya pasa un ajustado balance de la vida que se fuman allí dentro los que pagan los platos rotos. Sus textos, a más de corrosivos, incisivos, blasfemos y cortantes, representan a la fecha el tempo más descocadamente cuerdo de la narrativa breve dominicana. Pastor, por lo atrevido y hermoso de su manejo del lenguaje, y la economía con la que utiliza los elementos narrativos, deviene en algo así como el eslabón que entronca con las visionarias transgresiones con las que Tomás Hernández Franco, alborotó las noches parisinas en el primer cuarto del siglo XX. Su texto Más allá de la línea[21], además de irreverentemente bien escrito, desde la perspectiva más degradada de un ser humano atrapado por el vicio y la demencia, nos presenta la más lúcida fotografía a todo color de ese vergonzante antro que la sociedad dominicana mantiene como espacio para la rehabilitación de los pocos seres que esa misma sociedad empuja o deja escapar de las alfombradas sendas de la moral y las buenas costumbres (entre comillas).

Pero que nadie se llame a engaño, aunque se extraiga del más sucio fango y sea la postrera, la última flor de loto, no se puede cantar victoria. Hay que demostrarlo en el ruedo, desgastando las puntas de los anacrónicos lápices, engendrando pequeños monstruos que sean capaces de comerse todas las frutas del bien y del mal. Y, mal que bien, este es un juego, un juego sabroso y devastador donde a cada instante se ponen a prueba los temples y los estómagos. La imaginación, más que nada o la capacidad de asombro, también están en prueba. Y es bueno que se sepa. Sin esa visa o salvoconducto en sus haberes, no podrán montarse en la nave vikinga que habrá de transportarlos a Invi’s Paradise[22]. En cambio, podrán seguir alegres, no alucinados, de no tener la mala suerte, no serán excluidos junto a los que hace tiempo se desengañaron y dejaron de esperar que los reyes pongan.

Noveno acto

Memorias. La mujerSi nos aventuráramos a trazar una línea casi recta desde las noches parisinas, en las que Tomás Hernández Franco da forma y cincela los textos de El hombre que había perdido su eje (1925), hasta las mil veces borradas riveras del Camú, donde Pastor de Moya urde su insólito Buffet para caníbales (2001), veremos que, aunque había corrido mucha agua bajo los puentes, la joven cuentística dominicana no había cumplido el siglo todavía. De década en década, como ráfagas o riadas han ido apareciendo nombres que, por la fortaleza y consistencia de sus obras, dan forma y contenido a una tradición que se mantiene en constante ebullición, creciendo, reinventándose. La década del ochenta, caracterizada esencialmente por su búsqueda crítica, tanto dentro como fuera de la literatura misma, ha bebido no sólo en las fuentes vernáculas, de antes del boom o el post-boom, Asimismo, las huellas de un Goddard, un Truffaut, un Antonioni, un Peckimbak o un Woody Allen y otros grandes del cine o la música contemporánea y la poesía. (Tal podría ser el caso de Ginsberg y Corso, en la poesía y Frank Zappa y Miles Davis, en la música).

La preocupación formal de los puñitos rosados del cuento dominicano los ha llevado a una asunción del trabajo con visión más abarcadora, donde la narración no recae únicamente en los hechos en sí, sino en la reacción que tales hechos provocan en el comportamiento de los personajes; de igual modo, la limpieza estilística, el manejo del lenguaje y el trabajo de asimilación, apropiación y transformación que han hecho con su entorno y los elementos de la cotidianidad para convertirlos en material de ficción, les confiere una estatura que, desde ya, reclama una mirada objetiva sobre su corpus.

Esta nueva camada, como ya hemos visto, condimentada por el zumo de todos sus predecesores y curtida por el trabajo, sabe que tiene algo que decir y lo está diciendo con el mejor tino y el mayor respeto por el oficio de escribir. Sus trabajos denotan que no sólo han leído, visto o escuchado a los grandes por la simple masturbación de «tirar páginas para la izquierda». Más de uno de ellos ha dado pruebas más que suficientes del conocimiento y manejo de las técnicas del flash back o del fade out, del cine; del fluir síquico; de la improvisación del jazz o el rock. Así como la experimentación con los planos narrativos, las fragmentaciones temporales, fusiones de lo real con lo deseado o imaginario; dominio del juego, el erotismo, el humor, la ironía y la ternura.[23] Se ha llegado incluso al grado de poner de manifiesto el placer compartido por el juego, caricaturizando y satirizando las estiradas poses de los teóricos de relumbrón, con la creación de textos escritos a dos y tres voces.[24]

Un vuelo rasante sobre el trabajo de la lengua, los temas y el rigor con que se aborda el cuento en República Dominicana, tiene que darnos una perspectiva esperanzadora para el presente de la narrativa breve actual. Las piezas de estos muchachos (y las de otros no tan muchachos, pero excluidos de todos los catálogos antojadizos de siempre), pueden, como diría Marguerite Duras, contar una historia que cuenta, precisamente la historia que se excluye y que alguien, alguna vez, habrá de contar con pelos y señales.

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RENÉ RODRIGUEZ SORIANO, escritor

Notas

[1] Juan Bosch, considerado como el gran estilista de la cuentística dominicana, escribió su primer cuento (La mujer) en el año 1932 y publicó Camino real, su primer libro de cuentos el 24 de noviembre de 1934.

[2] Tomás Hernández Franco, autor de Cibao (1950) y El hombre que había perdido su eje (1925), libro singular, provocador, extravagante y vanguardista, misteriosamente desaparecido por los críticos e historiadores de la literatura dominicana hasta casi final del siglo 20. J.M. Sanz Lajara, autor de El candado (1959) y Aconcagua (1950), libros celosamente resguardados en los más oscuros anaqueles de los eternos traslapadores de la historia. Textos suyos tan significativos como Hormiguitas y Curiosidad han sido rescatados del olvido gracias a las investigaciones bibliográficas de Andrés L. Mateo (J.M. Sanz Lajara. Antología de cuentos, 1995) y Diógenes Céspedes (Antología del cuento dominicano, 1996)

[3] Las Devastaciones de Osorio, fueron ordenadas por el Gobernador Antonio Osorio de 1602 a 1605, con el fin de mover la población y el ganado desde Puerto Plata a Monte Plata.

[4] . Véase Tejada Holguín, Ramón y Rodríguez Soriano, René: Blasfemia Angelical (Hay una nueva narrativa dominicana que cuenta). Editora Taller, 1995. Pág. 163

[5] . El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom, de Ricardo Rivera Aybar Resultó ganador del Premio de Cuentos de Casa de Teatro 1980. Léanse además, de Ricardo Rivera Aybar: Problemas de Conciencia; Cómplice de Subversión; Un matrimonio feliz pero desquiciado por falta de hijos; Donoso, jocoso por lo goloso e Inocencia regresó para quedarse. Todos textos premiados en el certamen anual de Casa de Teatro. El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom ganó el primer lugar en 1980. Rivera Aybar no tiene libros publicados. No hace mucha bulla, no tiene quien le escriba. Tiene una novela ganadora del Premio Siboney, también silenciada —no se sabe por qué ni por quiénes (aunque se advierte), sería justo leernos El reino de Mandinga.

[6] . Mujer que llamo Laura, de Aquiles Julián, ganador del Premio Casa de Teatro 1982, un texto sin desperdicios –escrito con todo el rigor y el estilo de los más clásicos cánones de los maestros del género, es el primer cuento de un carajito de los ochenta que derrumba las fronteras entre prosa y verso.

[7] . Una voz en off hizo justicia (Mención de Honor en Casa de Teatro 1982), texto en el que Camilo demuestra un excelente manejo de la técnica, violentando a su antojo las coordenadas espacio temporales y jugando, más allá del fonicinco con los planos y puntos de vista, puede leerse en su libro (ganador del Premio Nacional de Cuentos “José Ramón López”, 1994): Ritual de los amores confusos.

[8] . Manuel García Cartagena, excelente poeta y narrador que ya había presentado carta de ciudadanía con sus libros y premios de poesía y novela, viene dejando su impronta en el quehacer cuentístico desde el 1980, cuando obtiene una mención de honor con Las maletas del forastero; segundo lugar en 1984 con Visitación y Un día en la vida de Joe Di Maggio II y Cartas al espejo, menciones en 1985.

[9] . Ramón Tejada Holguín, había entrado al ruedo de la narrativa breve el año anterior (1986) cuando obtuvo una mención de honor con Así llenamos nuestros espacios temporales. (Había presentado credenciales con uno que otro poema en publicaciones marginales. Ilustre excluido de una que otra crítica antología poblada de chichiguas y una ciudad que ya no volverá a aparecer ni en los más difundidos vuelalápiz de José Cestero. La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar fue merecedor del Premio Casa de Teatro 1987. Obtuvo otras menciones en el 1989 y el 1994 con El recurso de la cámara lenta y Blind Willie, respectivamente. Ha obtenido dos terceros lugares (1991 y 1994) en cuentos escritos a dos y tres voces y una mención de honor en 1993.

[10] . La tercera cara de la moneda, Segunda mención de honor en Casa de Teatro 1987, excelente texto que no tiene mejor carta de presentación que ser uno de los mejores homenajes, que recuerde, dedicados al poco ceremonioso y juguetón tío julio, así en minúsculas.

[11] . Las transformaciones del retorno, mención de honor en Casa de Teatro 1987, marca la irrupción de César Zapata, polémico poeta de los ochenta que se presenta con un depurado manejo de la técnica del contar y que, en 1990 y 1991, obtendrá sendas menciones con La cualidad del rostro y Bitácora, un día después.

[12] Zapata, César. Texto citado

[13] . ¿Cómo recoger la sombra de las flores?, ganador del Segundo Lugar en Casa de Teatro 1988. Ángela Hernández Núñez ha ganado otras menciones en Casa de Teatro con Loriana (1981); El cuadro (1988); Estaciones (1991) y Ojos aguados (1992).

[14]  En Los límites de la realidad futura (mención de honor Casa de Teatro, 1988), Rafael García Romero, engarza una singular historia en la que demuestra el depurado dominio que posee de la técnica: excelente montaje, trasposición de planos y del “yo” sin necesidad de utilizar aditamentos tipográficos además del aura poético y mágico que envuelve la historia y sus sórdidos personajes que nos recuerdan algunos de los más felices trabajos de Onetti. García Romero obtuvo el Premio Casa de Teatro 1986 con Bajo el acoso. Además, las siguientes menciones: Estaba previsto y Sucede siempre (1983); Los ruiseñores del murmullo (1992) y, Un hombre, Claudia y los recuerdos (1994) Léanse además, de García Romero, El bocal de seis flores en su libro Los ídolos de Amorgos.

[15] . Constanza Colmenares, ganadora del Tercer Lugar en Casa de Teatro 1988. Sueños de naftalina es un exquisito texto con un aura poética que hace a uno recorrer las cosas como remanso de agua clara.

[16] Manuel Llibre Otero obtuvo mención de honor en Casa de Teatro 1988 con Anatomía de un desmayo presentido tras dos besos que fueron felices. Texto que entronca en algunas zonas con algunas características del realismo neurótico o freudiano que encarna José Donoso

[17] . El recurso de la cámara lenta obtuvo una bien merecida mención de honor en Casa de Teatro 1989.

[18] . Rafael García Romero, Los límites de la realidad futura.

[19] . Unos gatos empujan la pared, Premio Casa de Teatro 1990, de Julio Adames. También Comiéndote los peces de la noche, mención de honor 1992. Excelente nivel de lengua, ruptura tiempo-espaciales, lenguaje poético.

[20] La infinita cicatriz, Cuentos Premiados 1989, Casa de Teatro. Eduardo Lantigua, desde Nueva York, presenta credenciales con excelente manejo de técnica y de lengua.

[21] Pastor de Moya, autor de Buffet para caníbales y de una bien orquestada serie de textos que, además de las técnicas y las normas, subvierten y transforman los géneros y las preceptivas que, a fuerza de prebendas, pretenden mantener mecenas y aguafiestas.

[22] Invi´s Paradise, Segundo lugar en Casa de Teatro 1994, de Aurora Arias, texto donde la alucinación y el asombro ponen la chispa generadora de un texto descocadamente sabroso y bien escrito.

[23] . Ver además textos como: El curioso e singularísimo informe sobre Oxry-Ovnimorom (1980), sabroso texto de Ricardo Rivera Aybar que, manejando con destreza un español arcaico, elabora una pieza fresca y graciosa con un sostenido sentido del humor y, si se quiere, de ternura. Así llenamos nuestros espacios temporales (1986) y La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar (1987), de Ramón Tejada Holguín, donde además del humor, lo erótico y el juego, se desarrolla el doble drama entre los personajes y el autor, tratando de inventarse a sí mismos. En Un día en la vida de Joe Di Maggio II y Cartas al espejo (1985), Manuel García Cartagena hace galas de un sostenido manejo del idioma, explota al máximo el recurso del fluir de conciencia y, en el primero de los dos, exhibe un dominio corrosivo del humor que nada tiene que envidiarles a los maestros de todos los tiempos. En Cómo recoger la sombra de las flores (1988), Ángela Hernández Núñez, además de jugar con la fusión del lenguaje poético-narrativo, los sesgos en el tiempo y el espacio y unos equilibrados diálogos, crea una atmósfera de ternura y paroxismo incomparable. Julio Adames con Unos gatos empujan la pared (1990), demuestra un amplio conocimiento de las técnicas narrativas modernas y dosifica con bastante equilibrio un cuidadoso manejo del lenguaje poético. (Todos estos cuentos han sido premiados en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro en los años que aparecen entre paréntesis). Véase, además, El bocal de seis flores, de Rafael García Romero, texto que, partiendo de un poema del reconocido poeta mexicano Jaime Labastida, recrea una interesante historia que constituye una muestra a tomar en cuenta dentro de la más nueva forma de enfrentar la ficción (sin fronteras) dentro de la más joven narrativa corta dominicana. Ver Los ídolos de amorgos, 1993.

[24] . Probablemente es virgen, todavía (1993) e Invítame a almorzar lejos de estos barrotes (1994), de Ramón Tejada Holguín y René Rodríguez Soriano. Anteriormente, ambos, en compañía de Rafael García Romero habían escrito Y así llegaste tú, Aurora (1991). Todos premiados en Casa de Teatro. Ver colecciones de los años en paréntesis.

 


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