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Letras vueltas

Adagio | El español de todos y de nadie | 5 libros para conocer a Cortázar | Mircea Cărtărescu: “No creo en las literaturas nacionales” | El olvido como forma de violencia | En torno a Joyce y otros demonios| Flannery O’Connor se moja | Doce visiones sobre la traducción | Una escuela llamada vergüenza nacional | La obsesión de bucear en la deriva del sentido | Marcio Veloz Maggiolo | Libertades que da el estilo tardío | La orilla de la poesía | ¿Estamos ante el ocaso de la clase media? | Los gestos inútiles, de Rey Andújar | El reportaje sobre Hiroshima burló la censura | Las 25 mejores películas del siglo XXI | Último beso – F. Scott Fitzgerald | La vida cotidiana.

 El español de todos y de nadie

El espanol de todosLa precariedad laboral y la necesidad de atender a un mercado de 22 países con sus variantes hace que se traduzca a un idioma plano y sin matices

Hace unos años, el escritor vasco Bernardo Atxaga se encontró con el sueco Göran Tunström, fallecido en 2000, en la Feria del Libro de Gotemburgo. “He leído tu libro El oratorio de Navidad y tiene un lenguaje muy elegante”, le dijo el autor de Obabakoak, que entonces acababa de publicar en Suecia El hombre solo. “¿Elegante?”, le respondió sorprendido el nórdico. “Mi sueco no es nada elegante”. Algo se debió haber ganado en la traducción.

La misma sorpresa se habría llevado William Faulkner de haber leído una vieja versión en español de su novela El ruido y la furia. Donde él escribió “3 Merry Widows. Agnes, Mabel, Beckie”, en referencia a un prehistórico condón de aluminio, el intérprete tradujo que había tres mujeres en el prado. El error no dejaría de ser una anécdota si no fuera porque el hallazgo del preservativo es capital en la novela.

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Las guerras de Tolstói. Por Janet Malcolm

Doce visiones sobre la traducción

En torno a Joyce y otros demonios. Por Eduardo Lago 

La historia de la traducción literaria en español, igual que la de otros idiomas y disciplinas, está salpicada de curiosidades y gazapos para la carcajada. Pero no sería justo ensañarse con sus profesionales porque evitan muchos más errores de los que cometen y porque lo hacen en una proporción insignificante para el mar de traducciones que se publican cada año dentro de un sector, el editorial, muy tocado por la crisis, que en 2015 facturó 2.257 millones de euros, un 30,8% menos que en 2008, según la Federación de Gremios de Editores. 12.858 títulos, el 16,2% de la producción editorial —en el mercado anglosajón ronda el 5%—, son traslaciones de otros idiomas, alrededor del 50% del inglés, y su peso económico es aún mayor, porque son los autores en lengua foránea quienes suelen arrasar en las listas de ventas.

Si, como dice el traductor y académico de la lengua Miguel Sáenz, alter ego de autores como Günter Grass, “todo idioma al que no se traduce es un idioma cateto”, se podría concluir que una lengua con tanto peso de la literatura extranjera es una lengua que tiende a ser fina y distinguida, aunque haya perdido 4,9 puntos de influencia en un año, tal y como refleja el avance de la Panorámica de la Edición de 2015. Y en el caso que nos ocupa lo es cada vez más, coinciden los expertos, no solo por una cuestión de cantidad, sino también de calidad. El español de la traducción, dicen, muy condicionado por el dominio del inglés y el diálogo con Latinoamérica, tiene aún mucho de lo que lamentarse, pero no ha hecho sino elevar su nivel en los últimos 30 años. Primero, porque se ha beneficiado del “incremento medio del nivel cultural del país”, como observa Carlos Fortea, presidente de la Asociación de Traductores ACETT, que agrupa a 600 profesionales del sector. Segundo, porque tiene a su disposición Internet y otras herramientas que agilizan el proceso de documentación. Tercero, porque, aunque todavía ocurre, es ya cada vez más raro que no se traduzca de la lengua original. Y cuarto, y más importante, porque el oficio, antes en manos de eruditos cuyo mérito era serlo o de universitarios contratados por unas perrillas para traducir a 16 manos, se ha profesionalizado y ha logrado crear una conciencia de su importancia. Sí, la hay, aunque a los traductores, trabajadores autónomos, se les paguen muchas veces tarifas de becario, aún se condene su firma a páginas interiores y no siempre se les concedan los derechos garantizados por la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, que les otorgó la condición de autor y supuso un antes y un después en la protección de este oficio vocacional en el que pocos se hacen ricos.

El sector no está en condiciones de bajar la guardia en lo laboral —las tarifas se hallan muy lejos de las que se pagan en Francia o Alemania—, como tampoco lo está de caer en la autocomplacencia profesional, a tenor de la realidad que expresa el escritor, traductor y crítico literario Eduardo Lago. “Lo que se traga el lector medio incluso en buenas editoriales son traducciones mediocres que no suenan a español. Suenan a traducciones”, dice. “El traductor profesional medio no alcanza la calidad literaria del original en la mayoría de los casos. Para traducir Finnegans Wake haría falta un traductor que tuviera el talento de Joyce. ¿Existe? No. Hay algunos profesionales muy buenos, pero las editoriales no les dan tiempo suficiente para hacerlo bien”. Luisa Gutiérrez, directora editorial de RBA, admite que a veces ocurre: “Intentamos dar el plazo necesario, pero no siempre es posible. Si queremos formar parte de un lanzamiento mundial, hay que ajustarse a la fecha de salida”. Siga leyendo El español de todos

5 libros para conocer a Julio Cortázar

cinco librosSi la obra de Jorge Luis Borges le otorgó dignidad internacional a la literatura Argentina, fue Julio Cortázar (Bruselas 1914 – París 1984) quien le brindó la libertad de la experimentación y el juego creativos. Aunque sus relatos, como los de Borges, gravitan en el terreno de la literatura fantástica, Cortázar logró ocupar un lugar central durante el siglo XX a partir de su uso desprejuiciado del lenguaje coloquial y la exploración del difuso límite entre la realidad y las fuerzas de la imaginación, el deseo y el inconsciente propios de la experiencia del surrealismo y de la influencia de autores franceses como Henri Michaux. Junto con sus relatos breves, que se cuentan entre los mejores de la literatura en español, desarrolló un proyecto novelesco en el que intentó, con resultados desparejos pero sin duda influyentes, renovar las reglas del género. Aunque el carácter lúdico de sus ficciones suele acarrearle el juicio de ser un autor “de iniciación” a la lectura, la literatura argentina le debe a Cortázar una importante renovación de sus temas y estrategias, el uso de la lengua y la cultura popular, la apropiación, en su exilio parisino, de vanguardias como el propio surrealismo o el posterior situacionismo, la influencia crítica de la semiótica, la influencia de los modos de la improvisación en el jazz, y el intento de ensayar una relación creativa y no sumisa entre la literatura y la política.

Final del juego (1956)

Su tercer libro de cuentos, luego de los notables relatos de Bestiario (1951), es una colección de ficciones en la que ya se definen la mayor parte de las líneas narrativas que exploraría a lo largo de su vida. El juego formal de “Continuidad de los parques” es quizá su punto más alto de virtuosismo en la escritura. La estructura circular del relato lleva a un lector de una novela a seguir un enigma en cuyo centro se encuentra él mismo, una estrategia ejecutada con tanta sutileza que es imposible detectar el punto en el que el relato enmarcado desborda sus límites ficcionales para asaltar la realidad de la escena de lectura.

“No se culpe a nadie” transforma la cotidiana tarea de ponerse un abrigo en una desesperante escena terrorífica en un relato de un solo párrafo de tensión creciente. En “La puerta condenada”, Cortázar logra la ambigüedad perfecta entre la sugestión y la realidad que construye lo terrorífico, a partir del llanto de un bebé. “Torito” es su primer relato de “boxeadores” en el que inaugura una exploración pormenorizada del habla popular. En “Axolotl” y “La noche boca arriba”, Cortázar ensaya dos de sus temas recurrentes los “dobles” y “los pasajes”, en los que tanto los personajes, mediante el sueño o algún tipo de correspondencia secreta, se transforman en otros, o se trasladan a otra dimensión en el tiempo o el espacio. En el último relato, “Final del juego”, cercano al universo narrativo de Silvina Ocampo, Cortázar explora el costado siniestro, libidinal y mortalmente serio del juego infantil. Siga leyendo Cinco libros para conocer a Cortázar

Mircea Cărtărescu: No creo en las literaturas nacionales

Mircea CartarescuEl gran narrador rumano contemporáneo publica en castellano ‘El ojo castaño de nuestro amor’, una selección de textos íntimos y reflexiones sobre el oficio de escribir en los que resuena el eco de la dictadura de Ceaușescu

Sostiene Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) que “está orgulloso” de ser hombre porque es también bestia; de ser varón porque es también mujer; de ser griego porque el bárbaro que hay en él está rebosante de vida. También de ser europeo, que no significa ser mejor, sino ser complejo, lleno de contradicciones pero capaz de reconocerlas. Lo dice en El ojo castaño de nuestro amor, una selección de textos escritos en diferentes épocas sobre temáticas dispares —desde su obsesión por vestir unos vaqueros durante la dictadura de Ceaușescu hasta reflexiones sobre literatura o sobre su madre—. El libro es el último publicado en castellano (Impedimenta) por este novelista y poeta rumano, de 60 años, que ha recibido algunos de los más prestigiosos premios literarios europeos (el último, el Gregor von Rezzori de Italia) y está llamando a la puerta del Nobel, según algunos críticos. La trilogía Orbitor, considerada su obra maestra, verá pronto la luz de la mano de la misma casa editora.

PREGUNTA. ¿Le pesa que se le presente con frecuencia como el representante de la actual literatura rumana?

RESPUESTA. No me preocupa. Un libro es el espectáculo de una mente. Soy un autor rumano, y una parte de mi escritura hunde sus raíces en una serie de autores que la gente fuera de Rumania no conoce. Mi principal influencia procede del siglo XIX y es del poeta Mihai Eminescu, imposible de reconocer para un lector que lee mis libros traducidos. Pero su influencia en mi escritura no deja de ser casual porque tengo otras poderosas de otros autores y otros espacios geográficos. No existen relaciones demasiado evidentes entre Catulo y Cortázar, pero en mi biblioteca están juntos. Y en mi mente también, porque me gustan mucho. No creo en literaturas nacionales. Creo en escritores individuales.

“La muerte de mi hermano ha determinado toda mi obra. El escritor no puede brotar fuera de la existencia de una herida interna”

Se define como europeo y dice que la cultura es nexo de Europa.

Europa se puede definir de muchas maneras: económica, financiera, jurídica… Pero no tiene sentido hablar de ella si no se habla de la cultura, porque es la tradición grecojudía la que nos une. Nuestra personalidad se apoya por una parte en Jesús y por otra en Sócrates, dos personas que no escribieron nada pero en cuyas espaldas se apoyan todas las bibliotecas.

¿Su escritura está más conformada por las circunstancias de su vida, por ejemplo en la Rumania de Ceaușescu, que por lo que ha leído?

Es relativo. Indudablemente, una guerra y una revolución nos moldean por dentro. Nosotros no llevamos solo la carga de la literatura a nuestras espaldas, también la de todo el conocimiento. Y todo esto se refleja en la fórmula inédita de la vida interior de cada uno de nosotros. Estoy modelado por lo que he conocido y he vivido, pero como escritor estoy en primer lugar configurado por la literatura.

¿Se puede ser un gran escritor sin apenas haber vivido experiencias?

No existe el escritor, sino escritores, diferentes, algunos con vidas rocambolescas, y otros que son funcionarios toda su vida. Kafka, que parece no haber vivido la vida, pero es muy imaginativo e incluso interiormente más complejo que quien ha recorrido todos los continentes y ha vivido todo tipo de aventuras. No sé si Tolstói luchó en el Cáucaso, pero describió las batallas como si hubiera estado allí.

¿A usted le marcó como escritor la muerte de su hermano gemelo?

Es una historia muy dolorosa sobre la que habitualmente no hablo fuera del marco literario. Pero sí puedo decir que es un núcleo dramático que ha determinado toda mi escritura. No se reveló de repente. Las alusiones a este hermano al que de hecho no llegué a conocer aparecen al principio en mis poemas, y luego van haciéndose cada vez más intensas, hasta que en un momento fueron abrumadoras. Vi en la desaparición de mi hermano gemelo una especie de amputación de mi interior. A través de estos se hizo presente en mi escritura mi drama personal. Y, naturalmente, no es solo un hecho real. Hay también una metáfora, porque figuradamente cada uno de nosotros ha perdido un gemelo. La escritura nace de algo negativo, de una necesidad. Alguien puede haber leído todos los libros del mundo y no llegar a ser escritor, porque el autor no puede brotar fuera de la existencia de una herida interna, del mismo modo que la perla surge a partir de un granito de arena que está lastimando a la concha. Siga leyendo Mircea Cartarescu

El olvido como forma de violencia

El olvido como formaMarianne Fritz disecciona la temible normalidad de la posguerra austriaca en una novela sobre la herencia del nazismo. Es la única traducción al español de su obra

Marianne Fritz veló siempre por que nadie supiera mucho de su vida”, comienza Juan de Sola su excelente prólogo a La gravedad de las circunstancias, que él mismo traduce. Y quizá el laconismo biográfico de la austriaca Marianne Fritz (1948-2007), ambiciosa escritora de un ciclo titulado La fortaleza, que comprendía la totalidad de sus extensas novelas. Las más de 3.000 páginas de Cuya lengua no comprendes (1985) hicieron competir a los reseñistas para ver quién había abandonado más tarde su lectura: por su experimentación con el lenguaje, la multiplicación de personajes y su alergia a las convenciones narrativas. Asimismo, quien quiera hacerse una idea del revuelo en el medio literario, aquella novela de Fritz aviva uno de los calentones de Thomas Bernhard en su virulenta Correspondencia con Sieg­fried Unseld, editor de ambos escritores. La ambición de Fritz unida a su alejamiento de los medios de comunicación reforzaron el mito de la escritora que vivía sólo para escribir: 14 horas seguidas al día en una silla especial en las que pudiera vencer su lucha con el tiempo. Fritz padecía una enfermedad que le provocaba bajos niveles de oxígeno en la sangre y problemas de movilidad.

La gravedad de las circunstancias, único de sus libros traducido al español, es más sencillo que sus obras posteriores, tanto por la claridad de su prosa, distanciada e irónica, como por la extensión de apenas 120 páginas. No obstante, en esta primera novela publicada en 1978 y Premio Robert Walser, se halla en plenitud la gran escritora de los cambios sutiles en el punto de vista, el oído para el habla y los muchos sentidos ocultos en los temas menores, la “microhistoria”. No es gratuito que uno termine este libro deseando releer el primer capítulo, donde de manera embrionaria se encuentra el conflicto de toda la novela. El lector irá recomponiéndolo como un puzle: conocemos las consecuencias de un crimen, pero debemos averiguar, primero, de qué crimen se trata, y segundo, quién es el culpable. Quizá el crimen es el nazismo y los culpables son los austriacos, pero se perpetúa en un presente borrado, oculto en los sobreentendidos. También lo criminal es la normalidad. Y en esta fértil dialéctica entre culpa e inocencia, nos ahorramos otras prolongaciones que desvelarían la trama. Siga leyendo El olvido

En torno a Joyce y otros demonios

En torno a JoyceNo hay obra que alcance las cotas de inaccesibilidad, ilegibilidad e intraducibilidad de ‘Finnegans Wake’, que acaba de ser vertida al español completa por primera vez

En cuestiones de traducción literaria, uno de los casos límite es sin duda el de James Joyce. Obras tempranas como Dublineses y El retrato del artista adolescente no suponen un reto mayor, salvo la necesidad de preservar las cualidades musicales, a veces asombrosamente elusivas, de la prosa. Por el contrario, el nivel de dificultad que presenta el Ulises raya en el paroxismo. La cuestión es problemática: hay obras cuya universalidad, manifiesta desde el momento mismo de su aparición, hace necesario su traslado urgente a otras lenguas. Fue el caso del Quijote y, cuatro siglos después, del Ulises.

En cuanto al libro de Joyce, su extraordinaria dificultad arroja sobre ella el estigma de que estamos ante una obra no ya ilegible, sino virtualmente intraducible, juicio desmentido por el hecho de que no hay lengua literaria en el planeta a la que no se haya vertido el Ulises. Dos hechos que resaltar aquí: la necesidad de la traducción como operación cultural pesa más que su imposibilidad, supuesta o real.

En segundo lugar, el hecho de que ciertas obras literarias resulten inaccesibles para un número ingente de lectores no disminuye un ápice su importancia. Tampoco está al alcance de la inmensa mayoría de la población entender el lenguaje especializado de la ciencia, lo cual no impide que dependamos de los avances que se dan en campos como la medicina o la astrofísica. El gusto no desempeña aquí papel alguno (incluso Borges o Cervantes tienen sus detractores), la cuestión es otra. Como ocurre con ciertas manifestaciones artísticas o musicales, la considerable complejidad de un artefacto textual como el Ulises exige un elevado nivel de adiestramiento por parte de quien aspire a su disfrute estético. Por otra parte, la dificultad inherente a ciertas obras literarias hace que resulte a veces inútil trasladarlas a otro idioma. Siga leyendo En torno a Joyce

Flannery O’Connor se moja

Flannery OconnorLa escritora estadounidense, que tendía a ridiculizar los excesos del entusiasmo religioso, acabó sumergida en aguas de Lourdes con 33 años. Afectada de lupus, aceptó la invitación ya desahuciada

Flannery O’Connor, en el exterior de su casa, la granja Andalusia en Milledgeville (Georgia) en 1962. Joe McTyre (Ap)

“Soy de esas personas que antes morirían por su religión que tomar un baño por ella”, le escribió Flannery O’Connor a una amiga: no hablaba de un baño cualquiera, sino de la inmersión en las aguas del manantial de la cueva de Lourdes a la que enfermos de todo el mundo atribuyen propiedades curativas desde que, según la leyenda, la Virgen se apareciese allí a una joven en 1858.

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O’Connor tenía 33 años en el momento de realizar su viaje; pese a que todavía era joven, ya era considerada una de las escritoras estadounidenses más importantes de su época gracias principalmente a dos libros: la novela Sangre sabia, publicada en 1952, y los cuentos de Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955). La primera es la historia de Hazel Motes, un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial que, habiendo perdido la fe a raíz de la experiencia, la recupera fundando una secta, la Iglesia de Cristo sin Cristo. Los segundos están poblados por asesinos piadosos, falsos predicadores, lisiados, idiotas, vendedores de biblias, ciegos y seres deformes cuya falta de gracia física refleja, en el mundo narrativo de la autora, la de gracia espiritual.

Fructíferas amistades

Flannery O’Connornació en Savannah, en el Estado de Georgia, en marzo de 1925 y falleció en esa misma localidad en agosto de 1964. A lo largo de su vida mantuvo una importante correspondencia con Robert Lowell y Elizabeth Bishop, entre otros, y su obra es imprescindible para comprender la evolución del cuento norteamericano de ese siglo.

Tobias Wolff apuntó:“Flannery O’Connor tendía a volver una y otra vez sobre las mismas situaciones sin perder mucho de su capacidad de sorprender. En su trabajo hay patrones recurrentes, pero siempre se las arregla para que parezcan nuevos. Supongo que me gustaría conseguir algo así”.

Toda la obrade Flannery O’Connor ha sido traducida al español: los Cuentos completos (Lumen, 2005 y DeBolsillo, 2006), las Novelas (Lumen, 2011 y DeBolsillo, 2013), las cartas de El hábito de ser (Sígueme, 2003) y la prosa ocasional de Misterio y maneras (Encuentro, 2008), así como sus Tiras cómicas (Nórdica, 2014).

La obra de Flannery O’Connor es parte del denominado “renacimiento del sur” de las letras estadounidenses que tuvo como figura principal a William Faulkner (de cuyo experimentalismo la autora de Sangre sabia se distanció deliberadamente) e incluyó a autores de la talla de Thomas Wolfe, Tennessee Williams y Robert Penn Warren, así como a las llamadas Ladies of the South: Eudora Welty, Katherine Anne Porter y Carson McCullers, entre otras. El “renacimiento del sur” surgió en la década de 1930 como respuesta a aquello que un puñado de escritores sureños consideraba la pérdida de la idiosincrasia y de los valores de la región provocada por el tránsito de una forma de vida esencialmente rural a otra industrial y urbana. Para O’Connor, quien había nacido en 1925 en la localidad sureña de Savannah, en el Estado de Georgia, y en 1938 se había instalado con su familia en el condado de Baldwin, en Alabama (y alguna vez iba a afirmar que las dos circunstancias que habían dado forma a su escritura eran “el ser sureña y el ser católica”), este tránsito era una tragedia de proporciones (precisamente) bíblicas. Siga leyendo Flanney O’Connor

Doce visiones sobre la traducción

Doce visiones. Cees NooteboomCees Nooteboom, Bernardo Atxaga, María Teresa Gallego, Miguel Sáenz, Luisa Gutiérrez y otras voces autorizadas opinan sobre la realidad y los retos del oficio

La traducción, un oficio tradicionalmente mal pagado y muy poco valorado, acusa la precariedad y la extensión de prácticas que tensionan el español. Una docena de voces autorizadas, entre escritores, traductores y editores, disertan sobre esta realidad y sobre los retos de la profesión.

Bernardo Atxaga, escritor vasco:

“Una traducción es una obra de arte y la distancia que hay entre una buena traducción y una mala es abismal. Por ejemplo, las traducciones de poesía al español creo que son buenísimas”.

“Según mi experiencia, las lenguas son líquidas, de forma que tienen corrientes, y la sensación cuando uno empieza a escribir en una lengua es que, en principio, va por donde quiere, de acuerdo, porque hay una voluntad de estilo, hay una voluntad narrativa. Digamos que intentas llevar el texto por donde tú quieres. Pero es evidente que hay otra fuerza, la de las connotaciones, que hace como que tuvieras corrientes. Así que si por la mañana escribes en euskera y por la tarde en castellano el mismo texto sería muy difícil que coincidieran”.

“Traduje para Visor algunos de mis poemas. Cuando escribí los primeros estaba muy influido por las vanguardias, tenía una especie de borrachera con ellas. Lo percibí muy claramente a la hora de traducir. Sinceramente, me daba hasta vergüenza. Pensé que tenía que aprovechar para corregir. Es la diferencia entre un traductor y un autor. Al traductor no se le da libertad, no se le deja”.

Maite Gallego, voz en español de autores como el Nobel, Patrick Modiano:

“No puedes expatriar el libro. Por ejemplo, esa santa manía de no emplear el término coger. Yo les digo: ‘Lo siento pero no, no voy a dejar que me cambiéis esta palabra por cualquier otra porque coger es una cosa, agarrar otra… y asir me eleva el nivel del texto. Pero un principiante, una persona menos peleona o en peor situación laboral va a ceder”.

“Algunas editoriales quieren un castellano ramplón porque piensan que sus lectores quieren un castellano ramplón. Y los escritores pueden tener una lengua ramplona o no. Me ocurrió que estaba traduciendo una novela en la que el protagonista se harta de su ordenador, lo baja a la calle y lo deja en el arroyo. Y el corrector me dice: ‘¿Qué es eso del arroyo?’. Y yo le contesto: ‘Espacio entre la calzada y la acera por donde corre el agua de lluvia hacia la alcantarilla’. Y él continúa: ‘Nadie le llama así y, además, ¿cómo se diferencia del arroyo del campo?’. Y le respondo: ‘Por el contexto. Y por cierto, ¿de dónde te crees que viene la expresión mujeres del arroyo? ¿Acaso eran señoras prostitutas que hacían la calle en los bosques?”.

“La gente joven, salvo excepciones honrosas, lee muchísimo menos. Y sobre todo lo que lee es contemporáneo y no conocen frases canónicas de la literatura. Y no puedes ser un traductor literario si no tienes un bagaje de lecturas”. Siga leyendo Doce visiones

Una escuela llamada vergüenza nacional

Una escuela llamada verguenza nacionalMás de veinte jóvenes pierden dos años en un limbo escolar a falta de un aula y un maestro en El Gramazo

CORDILLERA CENTRAL.- Este mundo –o mejor dicho este fin de mundo–; este país donde la aurora tiene geranios en las manos y que mira de cerca la luz de las estrellas; este país aparte de niños sin escuela y gente que muere en los caminos sin atención médica; esta república inasequible, sin gobierno, sin dolientes, envuelta en  la magia de la brisa y hechizada por la terca neblina de diciembre; este universo escrito en ningún libro, donde el tiempo se detuvo, y una mujer llamada Gela dice que cree en el futuro y lucha cada día por hacerlo llegar… se llama El Gramazo y está olvidado a 1,100 metros de altura sobre el nivel de mar, en la zona montañosa de Padre Las Casas.

“Aquí vivimos cada día con la impresión de que no le importamos a nadie, empezando por los gobiernos”, lamenta Gela Delgado Peña, una mujer con las manos duras de empuñar el machete y con callos en la espera.

Este paraíso perdido en medio de la nada guarda 89 casas, ranchos que desdicen los alardes de modernidad de todo un siglo. No tiene acueducto; ni caminos suficientes para llegar, sacar las cosechas y trasladar los enfermos; no tiene atención médica, y en cada tramo está el recuerdo de alguien que murió en la soledad de estos senderos cuando era llevado –en parihuela, a caballo o en motocicleta– al hospital de Constanza, el pueblo más cercano en muchos kilómetros a la redonda.

En El Gramazo hay una escuela de ficción y en ella hay veintitrés jóvenes perdidos en un limbo escolar: hace dos años terminaron el séptimo curso y ahora no tienen a donde ir porque el centro, que tiene una matrícula de 92 alumnos, no cuenta con más grados.

“Nadie quiere ver a sus hijos desandando ´jarda arriba´ y ´jarda abajo´, como huerfanitos, al otro lado de las crecidas, y dando lástima en los caminos rotos, para ir a escuelas que tampoco es que sirven para mucho por las condiciones en que se encuentran”, comenta Gela

Hacia el norte, el centro más cercano está en Constanza, que pertenece a otra jurisdicción escolar. Está a tres horas a pie y a casi dos a caballo, y hay que cruzar Arroyo Hondo –situado en una hondonada– y el río Yaquecillo frontera entre Azua y La Vega– y atravesar las comunidades La Paila y Corralito.

Hacia el sur la próxima escuela con octavo grado está en la sección Las Cañitas. Para llegar hay que invertir casi cuatro horas a pie y cerca de tres a caballo, y cruzar un paso de Río Grande, un cuerpo fluvial nervioso que viene de Constanza y corta el camino con sus aguas. Siga leyendo Una escuela llamada vergüenza nacional

La obsesión de bucear en la deriva del sentido

obsesion-bucear-deriva-sentidoEn “Fuentes, corrientes, icebergs”, Hans Blumenberg descifra las imágenes y metáforas acuáticas que, desde Heráclito, nos interrogan.

Hans Blumenberg no ignoraba casi nada, y menos ignoraría la conveniencia de estos tópicos –fuentes, corrientes, icebergs, y su uso como metáforas–, porque su manera de proceder era una curiosa deriva, una forma personalísima de rondar un asunto que tiende a ocultarse. Como estaba interesado en el itinerario del pensamiento y en el registro de ese recorrido, que este libro haya quedado inconcluso es apropiado y significativo. Era a la vez, como casi todo lo que escribió, imposible de concluir. Había escasa diferencia en él entre sus borradores y su trabajo terminado, porque siempre escribía para sí mismo. En este punto habría que decir algo brutal (por banal): se nota en su escritura que la pasaba bien escribiendo. No pueden explicarse de otro modo sus aproximaciones anómalas a cualquier materia. En este libro se observa cómo Blumenberg se desvía de lo que se entiende por filósofo, cómo rompe los moldes de toda taxonomía profesional con sus indagaciones tan intuitivas como precisas. Era un pensador peculiar, que parecía acercarse lateralmente a algo incierto, de la mano de un fichero que funcionaba como el mazo de un prestidigitador.

Esta publicación no deja de ser una capa previa, en borrador, y por ende se ve mejor su manera de lidiar con las fuentes de sus investigaciones, así como también la manera en que hace circular las corrientes de energía de sus disposiciones mentales, y permite anticipar, o intentar adivinar, cómo administra aquello que muestra y aquello que esconde en la serie de bloques desprendidos de un mismo glaciar que conforman su obra. El agua es una vieja obsesión del autor –entre sus títulos se encuentran Naufragio con espectador y La inquietud que atraviesa el río –, y el estudio de la metáfora, que él refundó como “metaforología”, marca el compás de buena parte de su bibliografía. Blumenberg remonta la historia de una imagen hasta su origen y se embarca en la persecución de una metáfora (que es a su vez un método de persecución).

Acaso una inspiración en esta dirección fue la fuente –incluso cuando permanecía seca– que supo apreciar en su ciudad natal de Lübeck y que extrañó después de que fue destruida durante la Segunda Guerra. En estas páginas rastrea las fuentes de la historia, los sueños como fuente y lo vivido como fuente de los sueños, la corriente de la conciencia, la corriente del tiempo y el nadar contra la corriente. Emprende variaciones sobre Heráclito y su sentencia acerca de que no se puede entrar dos veces en el mismo río, o se aproxima a lo que un iceberg insinúa sobre la desproporción entre lo visible y lo invisible. Con frecuencia, las metáforas quedan desnudadas como frases hechas y lugares comunes. Blumenberg no desconoce que no pocos escritores recurren a una metáfora como a un banco de imágenes anónimo, y que la metáfora va de lo sublime a lo risible. Procura ejemplos en ambos sentidos, a veces de un mismo autor, y el periodismo gráfico y la publicidad le facilitan ejemplos imperdibles. Siga leyendo La obsesión de bucear

Marcio Veloz Maggiolo

Marcio Veloz MaggioloMarcio Veloz Maggiolo (1936), maestro de maestros, considerado a unanimidad como el más importante escritor dominicano del presente, posee un talento desbordante, una asombrosa facilidad de palabra y una probada tenacidad de hacedor, atributos que le han permitido escribir una dilatada obra que ha sido laureada en numerosos certámenes. Él conoce los secretos de todos los géneros literarios y prácticamente no hay uno solo en el que no haya incursionado con aciertos notables.

La lista de sus libros publicados, extensa y variada, es fundamental para seguir el rastro de nuestra evolución literaria y demuestra su constante renovación estilística y temática desde que publicó su primer libro hace ya más de medio siglo. Marcio es poeta, novelista, dramaturgo, cuentista, crítico literario, ensayista, historiador, arqueólogo, antropólogo social, periodista, entre otros, y aparte de una intensa actividad en instituciones culturales también ha sido diplomático, desde que desempeñó, muy joven todavía, las funciones de embajador en Italia, durante el breve Gobierno de Juan Bosch, y posteriormente en México y Perú.

A Marcio se deben algunas de las obras medulares del último medio siglo. Recuerdo el impacto que me causó, cuando lo leí por primera vez, el relato neorrealista «La vida no tiene nombre», publicado el mismo año de la Guerra de Abril de 1965. Después, con «Los ángeles de hueso» (1967), demostró su manejo técnico del «fluir de la conciencia», con sus ribetes surrealistas y su parentesco con los procedimientos del «nouveau roman» y esa atmósfera alucinante que prevalece en algunos capítulos. Unos años después, su despliegue experimental en «De abril en adelante» (1975), que él mismo llamó «protonovela», para diferenciarla de la novela tradicional, puso a prueba a críticos y lectores. Siga leyendo Marcio Veloz Maggiolo

Libertades que da el estilo tardío

Estilo tardioLa madurez literaria. Gorodischer, Padeletti y Raschella cuentan las ventajas de crear una vez que se ha franqueado la “edad promedio” del mercado.

Estilo tardío fue el concepto que propuso el brillante crítico Edward Said para describir el lenguaje que alcanzaban grandes artistas en la vejez. Una aptitud que refiere a “una madurez especial, un nuevo espíritu de reconciliación y serenidad”, y a la vez a “una energía renovada y casi juvenil que da fe de cierta apoteosis de fuerza y creatividad”. Lejos del sentido común que la asocia con la declinación, esa etapa puede significar la apertura de nuevas posibilidades y hasta la radicalización de los propios proyectos en la experiencia de los escritores.

“La vejez no es un obstáculo para seguir trabajando, muchas veces con mayor rigor y nivel estético que en la juventud –dice Angélica Gorodischer (1928)–. Platón sostuvo que la madurez comienza a los sesenta años. Ese tipo sabía de qué hablaba. Acordémonos de Dulce María Loynaz con sus 95 años, de Nicolás Guillén con sus 87, de Unamuno y Valle Inclán. Acordémonos de que Verdi compuso Falstaff a los 80 y Miguel Angel esculpía sus obras a esa misma edad”.

Para el poeta y artista visual Hugo Padeletti (1928) tampoco cuenta la edad en términos de capacidad creativa. “De grande, ahora inclusive, tengo más audacia y más fuerza que de jovencito, cuando era más tímido”, afirma. La vejez lo libera de las obligaciones de producción de la juventud, y su disposición está intacta: “Si yo quiero, no paro de escribir poesía. Siempre me he mantenido activo, y una facultad que uno ejercita no decae”. Eduardo Paz Leston (1936) coincide, con matices: “La plenitud intelectual viene con la madurez, que es propicia para los historiadores –pienso en Antony Beevor, especialista en la Segunda Guerra–, en los biógrafos y, desde luego, los memorialistas. En cambio, es preferible que los poetas y los narradores no la alcancen del todo, que conserven cierto grado de inmadurez para preservarse de la esterilidad”. Para él, “la vejez significa el asombro de ser rico en recuerdos, los míos y los de mis amigos que no los dejaron escritos: gracias a la distancia, soy mucho más crítico de lo que era con el pasado”.

Según Padeletti, no se trata de cumplir un trabajo sino de ejercitar un don que viene desde la infancia, cuando comenzó a escribir en su casa natal, en Alcorta, provincia de Santa Fe. “Soy una especie de pez en el agua con la poesía –dice–. Siempre sentí la obligación de dar cuenta de ese don, por agradecimiento, ya que me hizo muy feliz”. Gorodischer vive la vejez como una liberación: “Puedo pensar lo que se me da la gana, ponerme lo que se me da la gana, elegir a los amigos que se me da la gana y así de seguido; lo más importante, claro, es escribir lo que se me da la gana, sin que me importen un corno la moda, las tendencias o el mercado”. Siga leyendo Libertades que da el estilo

La orilla de la poesía

La orilla de la poesiaLa revista ‘Litoral’ cumple 90 años al socaire de los grandes nombres del verso

El primer número de la revista ‘Litoral’. Navegar la poesía al abordaje de la vanguardia. Con ese propósito Manuel Altolaguirre y Emilio Prados se enrolaron en la aventura de una revista como barco que cumple 90 años. La Imprenta Sur de Málaga fue su astillero. Entre vigas blancas y azules, cartas marinas, salvavidas, música de Falla y sus compadres de la Institución Libre de Enseñanza se emborracharon de versos junto con un aprendiz manco y tipos tan duros como Elzeviriano, Baskerville y Bodoni. El primer número zarpó en 1926 con un pez azul mediterráneo de Manuel Ángeles Ortiz, saltando la ola en la portada en la que poco después García Lorca enmarcó uno de sus primeros dibujos: un marinero con una rosa en el corazón y la palabra amor escrita en la gorra. Litoral, el nombre bautizado por Alberti, empezaba a ser la nave va del 27. Tiempo después su tercer director, Lorenzo Saval, creó el sello personal de tatuarlos en collage en cada número impreso.

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‘Litoral’ culmina su travesía

La revista ‘Litoral’ recorre sus 80 años de vida en una muestra

La revista ‘Litoral’ dedica su último número al poeta Ángel González 

Trasatlánticos, clípers, veleros, cargados con seductores intrépidos, sirenas de Degas y fauna Noé de todo pelaje. Barcos en la ensenada de una taza de café o navegando de bolina en mares imposibles, pero todavía no toca llegar a esa parte de la singladura de Litoral. Desde el comienzo, el cuaderno de bitácora estuvo claro: textos inéditos, monográficos, ilustraciones de Juan Gris, Benjamín Palencia, Bores y Dalí entre otros contemporáneos, y suplementos como Tiempo, de Prados o Perfil del aire, de Luis Cernuda. Siete números en un año de éxito —en el que se decía que los poetas del 27 escribían en Madrid y publicaban en Málaga—, que terminó encallando en un proyecto surrealista de José María Hinojosa, incorporado a la dirección en 1928 y también por la dispersión de los amigos bajo los vientos de la II República y sus aventuras personales. Siga leyendo La orilla de la poesía

El desafío de los tiempos, ¿estamos ante el ocaso de la clase media?

El desafio de los tiemposTal vez el único período de nuestra historia en que se han unido saber y poder, conocimiento y acción económica ha sido en las postrimerías de la Restauración y cuando dejamos atrás los intentos anexionistas de Buenaventura Báez. Cabe a la revolución de 1873 el pináculo de las ideas liberales en el país. El periodo posterior a la muerte de Ulises Heureaux que había desatado grandes expectativas, que Joaquín Balaguer configura en “Los carpinteros”, es el escenario reciente de la idea de Américo Lugo al hacer un análisis clasista de la realidad dominicana. La ausencia de una clase media que motorice los cambios democráticos, que organice el Estado de manera que la democracia representativa encuentre cabida, porque para eso hay que prever, organizar y tener ideales trascendentes (López). Y para Américo Lugo no existían esas condiciones. En el ágora flotaban muchas ideas, en la República actuaba el personalismo y el caudillismo, lo veía López en la célula mínima de nuestro ordenamiento social: en el alcalde pedáneo.

La desintegración de los consensos sociales y políticos que se dieron luego de la Restauración que posibilitaron la organización de las ínsulas interiores, las fracturas entre el caudillismo tradicional y nuevas formas de negociar de la clase media con los grupos internacionales, desarticularon lo poco que se había avanzado en procura de la construcción de una sociedad democrática. Es aquí donde hay que encontrar los lamentos de los escritores que Joaquín Balaguer y Héctor Incháustegui Cabral, como editor, van a enmarcar dentro del pesimismo dominicano. Discursos que pueden ser vistos como la imposibilidad de pensar el país desde una postura optimista. Lo poco que había de clase media comercial y de clase pensante fue destruido durante la dictadura de Trujillo; ella crea prácticas en las que el sujeto se rinde al Estado sin condiciones. Desde ahí el dominicano ha buscado la manera de “salvarse” solo. Sin que las ideas generales de conformación nacional les importen. El dominicano era un no sujeto que actúa para salvarse dentro del naufragio de las ideas fundacionales; es incapaz de poner por encima de sus aspiraciones personales una sola idea que impliquen el triunfo del proyecto social, del proyecto colectivo en el que está obligado a actuar.

De esto se desprende que refundar la República o modernizar las instituciones sean acciones todavía fútiles. Trujillo creó una ideología de la simulación. Pienso que todas las dictaduras la crean. El dominicano se enmascara en su propia realidad para no verse a sí mismo como es realmente, sino como otro que no tiene concreción. A la muerte de Trujillo, Joaquín Balaguer, sabedor de todo lo que decimos, creó unos cuantos millonarios y con ellos mantuvo las luchas sociales entre los distintos grupos de la pequeña burguesía y abrió un espacio nuevo para la clase media. En el discurso nacionalista de Balaguer, que construye en sus libros “El cristo de la Libertad”, sobre Juan pablo Duarte y “El centinela de la frontera” sobre Santana y Antonio Duvergé, desfila en su oratoria en procura de un referente que le permitiera cohesionar la República frente a los “amigos” y enemigos externos.

Sin embargo, el nuevo modelo fracasó y la clase media tomó el control del país. Una nueva clase media que ya no buscaba los bienes económicos que le dieron fuerza en el corte de madera, en la exportación del campeche, en el café y el tabaco, que se exportaba a Alemania, sino que era una clase media que buscaba ensancharse a través de la política, del uso y el abuso del Estado-nación. Ya Trujillo había aprendido de Lilís que los proyectos políticos son en nuestro país plataformas económicas. Heureaux intentó crear el suyo propio. Y hasta en determinado alcance lo obtuvo. Trujillo logró, por su parte, independizarse de la clase oligárquica nacional y extranjera. Bosch piensa que fue una respuesta personal a la clase rancia (1959). Pero lo logró a sangre y fuego. De tal manera que ya a su muerte había aplacado casi por completo toda resistencia y era el dueño de la República como lo era de la hacienda Fundación. Siga leyendo El desafío de los tiempos

Los gestos inútiles, de Rey Andújar

Los gestos inutilesRey Andújar ya se ha ganado un lugar muy notable en la narrativa más reciente del Caribe insular hispano. Su novela recién publicada “Los gestos inútiles”, ganadora del Premio Latinoamericano de Novela Alba Narrativa (Cuba, 2015), salió de imprenta a finales de este mismo año. Se trata de un texto configurado y entretejido al interior del espacio ultraurbano de Santo Domingo y, en menor grado, de San Juan de Puerto Rico. La novela rompe fronteras geográficas y se trenza a manera de segmentos narrativos, resortes y retrospecciones in mediarex. El texto narrativo pacta su base de sentidos y focalización en torno a la muerte de Daniel Bertrán quien aparece muerto cerca del Faro a Colón en Santo Domingo.

¿Suicido o asesinato? He aquí la urdimbre que mueve la narración. Le corresponderá al policía Rojo Agramante encontrar y armar las piezas sueltas para dejar esclarecido si fue muerte voluntaria u homicidio. Todo parece indicar que a Bertrán — trasterrado en New York por persecución política en el pasado– pero ahora ligado el poder– lo liquidan desde adentro del Estado, ya que supo de la trama de unos colombianos que mataron en las cercanías de las Dunas de Baní, presuntamente vinculados a un esquema de alta corrupción sutilmente conectada con el narcotráfico.

Novedosa y transgresora en su estructura y técnicas escriturales (sintagmas y oraciones precisas y bien puntadas), la muerte de Bertrán se presenta como pretexto para traer a varias personas a la capital dominicana. Algunos vienen desde Puerto Rico (Lubrini) y a su hijo (Jonás Marthan) que viaja desde España para recibir por parte de las autoridades forenses y policíacas el cadáver de su padre. Involucra, además, toda una galería de personajes de diversos orígenes tales como Gideon Ilsset (Alemán) y al chino Sang Yang, etc., quienes gravitan en una capital dominicana en puro fervor de la época navideña. Se suman a este pasadizo de actantes otra ristra de personas marginales e intermedias en el escalafón social.
Sobresale en la novela el manejo que tiene el narrador de una lengua híbrida domínico-puertorriqueña, cruzada con el inglés, que se ha venido conformando en las últimas décadas de manera natural y que en voz del escritor no pide permiso para cruzar contornos citadinos. Sus registros expresivos destilan con una franqueza y naturalidad pasmosa. Esta plasmación expresiva de lenguas vivas y en contacto que transportan algunos de sus personajes que habitan en “Los gestos inútiles”conforman un escenario interisleño e intercontinental de mundos y culturas a manera de puentes portátiles.

Si el fondo es investigar y aclarar la muerte de Bertrán se impone entonces un texto de acento y modulación policiaca. De entonaciones hiperrealistas por momentos, las maniobras descriptivas de la novela desembocan en coartadas y gestos para poner a prueba la posibilidad de recontar y actualizar las muchas transformaciones que ha experimentado la ciudad de Santo Domingo explorando aquellos ángulos modernos y postmodernos que han dado pie a una nueva cartografía humana, física, arquitectónica, política e ideológica que deja muy atrás lo que fueron sus contornos más paradigmáticos varias décadas atrás. Siga leyendo Rey Andújar

Cómo el reportaje de un periodista sobre Hiroshima burló la censura y reveló el verdadero horror de la bomba atómica

Como un reportajeA finales de este mes se cumplen 70 años de la publicación de un reportaje que ha sido elogiado como uno de los más grandes escritos del periodismo.

Titulado simplemente Hiroshima, el artículo de 30.000 palabras, escrito por John Hersey para la revista The New Yorker, tuvo un impacto masivo al revelar el absoluto horror de las armas nucleares a una generación de la posguerra. Así lo describe la documentalista británica Caroline Raphael.

Tengo una copia original de la edición de la revista The New Yorker del 31 de agosto de 1946. Tiene una portada muy inocua; un encantador, fresco y despreocupado dibujo de un verano en el parque.

En la contraportada hay una imagen de los directores técnicos de los equipos de béisbol Gigantes y Yankees de Nueva York exhortando a los lectores a siempre comprar cigarrillos Chesterfield.

Después de las páginas de la agenda de la ciudad y los anuncios de cartelera, pasando los elegantes avisos publicitarios de diamantes y abrigos de piel, te encuentras con una simple declaración editorial que explica que esta edición está dedicada a un sólo artículo “sobre la casi completa erradicación de una ciudad por la bomba atómica”.

Tomaron esa decisión, dijeron, por estar “convencidos de que algunos de nosotros todavía no entendemos el increíble y absoluto poder destructivo de esta arma y que todos debiéramos tomarnos el tiempo para considerar las terribles implicaciones de su uso”.

¿Era necesario lanzar la bomba atómica contra Hiroshima?

Hace 70 años nadie hablaba de reportajes volviéndose “virales” pero la publicación del artículo Hiroshima de John Hersey en The New Yorker logró precisamente eso.

Fue discutido, comentado, leído y escuchado por muchos millones de personas en todo el mundo, a medida que empezaban a comprender lo que había sucedido en realidad, no solamente a la ciudad sino a los habitantes de Hiroshima ese 6 de agosto de 1945 y en los días posteriores.

Fue en la primavera de 1946, cuando John Hersey, un condecorado corresponsal de guerra y galardonado novelista, recibió la comisión de The New Yorker para ir Hiroshima. Esperaba escribir un artículo, como otros lo habían hecho, sobre el estado de la devastada ciudad, los edificios, la reconstrucción, nueve meses después.

Los lectores que enviaron cartas a The New Yorker escribieron de su vergüenza y horror que personas comunes y correntes como ellos, secretarias y madres, médicos y sacerdotes, hubieran soportado semejante terror

Durante el viaje cayó enfermo y recibió una copia del libro “El Puente de San Luis Rey”, de Thorton Wilder. Inspirado en la narrativa de Wilder sobre las cinco personas que cruzaron el puente cuando se desplomó, Hersey decidió que su reportaje sería sobre personas en lugar de edificios.

Fue esa simple decisión la que separa a Hiroshima del resto de los artículos de la época.

Una vez en Hiroshima, encontró sobrevivientes de la explosión cuyas historias relataría, empezando por los minutos antes de que la bomba fuera lanzada. Muchos años después describió el horror que sintió y cómo sólo pudo quedarse unas semanas nada más.

Hersey regresó con todos estos relatos a Nueva York. Pensó que si los enviaba desde Japón, las posibilidades de que fueran publicados era remota; los anteriores intentos de sacar del país fotos, película o reportajes habían sido interceptados por las fuerzas de ocupación de Estados Unidos. El material era censurado o incautado, algunas veces simplemente desaparecía. Siga leyendo Reportaje que burló la censura

Estas son las 25 mejores películas del siglo XXI, según los críticos. ¿Está tu favorita entre las elegidas?

25 mejores peliculasAlgunos dicen que las películas hoy en día no son tan buenas como antes.

Los editores de cultura de la BBC se dieron cuenta de que esta creencia (o resignación) era común entre los críticos de cine cuando les consultaron el año pasado sobre cuáles eran las 100 mejores películas estadounidenses de todos los tiempos.

Solo seis habían sido filmadas a partir del año 2000.

Por ello decidieron preguntarles este año a 177 críticos de todo el mundo por las 100 mejores películas de este siglo que, en su opinión, sobrevivirán el paso del tiempo. Vea el listado completo en BBC Culture (en inglés)

Cada crítico podía postular 10 filmes, lo que resultó en un total de 599, a partir de los cuales se elaboró un listado final.

La ganadora fue “Mullholland Drive”, dirigida por el estadounidense David Lynch, cuatro veces nominado al Oscar.

La película, estrenada en 2001, recaudó solo US$5 millones más de lo que costó hacerla (US$15 millones) pero conquistó a los críticos.

“Es un ensueño de las relaciones sexuales, el suicidio y el ‘silencio’. También es EE.UU., lo bello y lo extraño, su romanticismo, disfunción, crueldad y absurdo”, dijo la crítica Kim Morgan a la BBC.

Contrario a lo que podría pensarse, solo dos ganadoras del Oscar en la categoría de mejor película entraron en el top 100.

Estas son “No Country for Old Men” (Sin lugar para los débiles) en el puesto 10 y “12 años de esclavitud” en el 44.

 Las 25 mejores películas del siglo XXI

​25 Memento (Christopher Nolan, 2000)

24 El Maestro (Paul Thomas Anderson, 2012)

23 Caché (Michael Haneke, 2005)

22 Lost in Translation (Perdidos en Tokio) (Sofia Coppola, 2003)

21 El gran hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

  20 Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008)

19 Mad Max: Furia en el camino (George Miller, 2015)

18 La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) Siga leyendo 25 mejores películas

Último beso | F. Scott Fitzgerald

F. Scott Fitzgerald[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. Esquina peligrosa, por F. Scott Fitzgerald (1896 -1940), uno de los autores estadounidenses más influyentes del siglo XX. Su obra más conocida es El gran Gatsby, exitosa novela que ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones].

Era una sensación agradabilísima estar en la cima. Tenía la certeza de que todo era perfecto, de que las luces brillaban sobre bellas damas y hombres valientes, de que los pianos nunca desafinaban y de que los labios jóvenes cantaban para corazones felices. Todos aquellos rostros hermosos, por ejemplo, debían ser absolutamente felices.

Y entonces, al son de una rumba crepuscular, un rostro que no era suficientemente feliz pasó ante la mesa de Jim. Ya había pasado cuando Jim llegó a semejante conclusión, pero permaneció en su retina unos segundos más. Era la cara de una chica casi tan alta como él, de ojos opacos y castaños y mejillas tan delicadas como una taza de porcelana china.

-Ya ves -dijo la mujer que lo había acompañado a la fiesta, siguiendo su mirada y suspirando-. Yo lo llevo intentando años, y a otras sólo les cuesta un segundo.

Jim se quedó con las ganas de responder: «Pero tú tuviste tu momento, tres maridos. ¿Qué me dices de mí? Treinta y cinco años y todavía sigo comparando a todas las mujeres con un amor perdido de la adolescencia, buscando todavía en cada chica las semejanzas y no las diferencias». Siga leyendo Último beso

La vida cotidiana
La vida cotidiana

Comments (1)

  • Fior Rodriguez

    Magnífica selección de textos!

    Gracias por compartir!

    Sueño hecho realidad sería que cada libro llegue a manos del lector con el auténtico “sabor” con que fué escrito.

    Sueño ideal es pretender que el traductor tenga herramientas y margen de referencia del mismo nivel que el autor.

    Sueño perfecto sería que los traductores sean, entonces, formados por, tal vez, (ambiciosa soy) los mismos escritores a quienes van a traducir para que no se creen los tan penosos deslices que transforman las historias en otras sub historias…

    En fín, la perfección cuesta, pero bien vale la pena.

    Salud a todos los colaboradores!

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