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«Retratos: palabras sobre lienzo», de Fernando Valerio-Holguín

Retratos. CubiertaSARAMARIA RIVAS [mediaisla] En estos mosaicos, el autor, en su heteroglosia, crea voces entretejidas con ilación que culminan con la propuesta de una salvación que sólo se alcanza a través de la poesía, la música y «nuestros muertos».

Pensar que la tristeza, la melancolía, la zozobra y el desdén de amantes fortuitos son celadas de la vida, es ignorar que para Fernando Valerio-Holguín tales estados de ánimo son una suerte de alimento y motor que lo impulsan a navegar y subvertir experiencias de un mundo imperfecto y frívolo. Enemigo de etiquetas y formalidades impuestas por la sociedad y la academia, Valerio-Holguín nos entrega Retratos: palabras sobre lienzo, un texto híbrido en términos temáticos y estructurales. La intertextualidad y referencias específicas trascienden y multiplican sus posibilidades de análisis reafirmando, así, su valor literario.

El libro se divide en cinco apartados: “Ars poética”, “Trópico de muerte”, “Rapsodia”, “Vita Brevis” y “Retratos y autorretratos”.

En estos mosaicos, el autor, en su heteroglosia, crea voces entretejidas con ilación que culminan con la propuesta de una salvación que sólo se alcanza a través de la poesía, la música y «nuestros muertos». Estos poemas retan al lector a repensar, reconceptualizar y asimilar la trágica brevedad de la vida bajo un lente sugestivo y seductor. Funciona su microcosmos como un mapa laberíntico que nos guía por «pasillos ajedrezados de manicomio» y que intuimos son los recovecos que nos llevan al alma del escritor. Heredamos de Valerio-Holguín retratos irreverentes y una visión particular del mundo que transgrede tabúes y subraya lo innombrable.

Decía Gabriel García Márquez, en alguna ocasión, que escribía para que sus amigos lo quisieran más. Este tipo de mordaza o atadura no controlan a nuestro escritor. Más bien su escritura tiene una función catártica en la que el yo poético se salva y se condena a través del texto. Estos zigzagueos se dan dentro en un concepto de tiempo y espacio particular, en donde el presente es un locus de validación del pasado y negociación del futuro.

Palabras sobre lienzo es un texto que al igual que Rayuela admite un infinito orden de lectura, transformándose en uno diferente ante cada nueva posibilidad; sin embargo, propongo que se respete el orden en que ha sido organizado por el escritor.  Pero sugiero que, en lugar de leerlos como apartados interdependientes, sean concebidos como un bloque semántico unido por un hilo que los enlaza en la eterna evolución del yo poético.

A manera de advertencia, quiero dejar establecido que estamos ante un enunciante en total dominio de sus emociones y eventualmente de las emociones del lector. No es un emisor poético ingenuo. Este, mediante confesiones desgarradoras nos va involucrando en su texto y nos desnuda. Parece indicar que hablo de una voz poética inmisericorde, pero más bien subrayo su irreverencia ante todo tema sagrado como lo pueden ser el amor, la muerte, la amistad y el concepto de sí mismo en el contexto del tiempo.

Veamos cómo se va construyendo este Yo poético. Se inicia el poemario con “Ars poética”. En este encasillado, el enunciante lírico establece la importancia vital que tiene la poesía y la palabra en su vida. Dice, en el poema “Salvación”

Escribir un poema es un acto de desesperación, un último
intento de salvarnos

Si bien Huidobro presentó un tratado en Arte Poética, en que el hombre es un pequeño Dios, creador, en Valerio-Holguín, no se declara el enunciante como un ente creador o un pequeño Dios, sino que la poesía en sí es una suerte de religión o tabla salvadora. De esta manera, personaliza la creación y la subvierte. Porque existe la palabra, existe el escritor; él está al servicio de ésta y no como planteara Huidobro.

 

Son precisamente estos matices los que tejen una sutil y soslayada red en la que va cayendo el lector. Veamos, cómo funciona: se inicia en este apartado el perfil de esta voz poética, que yo sugiero, es la misma voz desde el inicio hasta el fin. Aquí leemos a un enunciante en apariencia frágil, no por su mensaje sino por sus flaquezas ante el desafío del tiempo y sus estragos. 

El segundo mosaico,Trópico de muerte”, desde mi perspectiva, es el fragmento del poemario en que la voz poética seduce de manera determinante al lector. Se sirve de una voz vulnerable para presentar su concepto de la muerte en todos sus matices o tropos. En “Poema del viajante insomne” sitúa la soledad del poeta en lugares sin nombre, huyendo de todo, siempre de paso, sin rumbo por pensiones, hospedajes, habitaciones, siempre desafiando a la muerte:

 

Yo estuve en todas partes
huyendo siempre de la Muerte

 

Retratos. Fernando Valerio HolguinNótese que Muerte está escrito con mayúscula, aspecto que denota respeto e importancia. Si en el encasillado anterior la poesía es un pequeño Dios, aquí el yo poético supera la muerte, la burla, convirtiéndose de esta manera en un pequeño Dios:

 

Cuando vino la muerte a buscarme
encontró mis maletas abandonadas
en el vestíbulo del hotel
se arrellanó entonces
en un sofá a esperarme

 

 

Esta voz enunciante está en control y a pesar de lo que diga, no le teme a la muerte; de hecho, la burla. Como ya les mencionara, este yo poético, en constante contradicción y, a diferencia de Whitman, que se «se celebra y se canta», «se celebra y se llora». Nuevamente, su voz se torna vulnerable y en lugar de acudir a la poesía para salvarse, negocia con Dios su propia muerte.

 

Inicia el poema “Libera Me” con esta plegaria:

 

De la muerte eterna, ¡Líbrame Señor!

 

Esta última parte del verso está escrita en letras mayúsculas y entre signos de exclamación; lo cual implica desespero, desamparo y urgencia ante lo fugaz e imprevisto.

 

Más adelante intenta diseñar su muerte porque al final, Huidobro, quizás tenía razón: el poeta es un pequeño Dios, pero no para crear palabras, sino para diseñar su propia muerte y así lo establece en su poema Libera Me:

 

Yo solo quiero una muerte breve, fugaz
Una muerte parecida al sueño,
Y resucitar a la mañana siguiente
asomado al día luminoso
tomando café entre amigos
                   De la muerte imprevista, Libérame Señor!
Si tan solo tuviera tres días de plazo
para ordenar mi corazón
y hacer las maletas
Para despedirme
de los que tanto amo

Y como quien ha esquivado la muerte, pero siente temor a la súbdita y ante la posibilidad de no contar con sus tres días de preparación, comienza lo que titula como Notas suicidasde las que hay dos.  En su “Nota suicida 1” expone:

 

Que a nadie se culpe de mi tristeza
Si así nací de triste en el hospital de pobres
La Humanitaria
De una madre también triste y un padre ausente
Que a nadie se culpe de mi tristeza
Si con ella he vivido por más de cincuenta años. 

“Notas Suicidas” está colmado de forcejeos ante las posibles culpas que puedan experimentar aquéllos que queden una vez termine con su vida. Por un lado, libera al lector de toda culpa y plantea, como hemos visto, que su tristeza es ancestral heredada desde su nacimiento poco afortunado y el abandono del padre; sin embargo, en “Nota Suicida II”, se hace responsable de su tristeza totalmente y elimina el factor de predestinación:   

 

                   Sucede que con el paso de los años me he vuelto
sentimental, torpe.
Yo soy el único culpable de mi desgracia.  

 

Retratos. Fernando LeeEn el tercer apartado “Rapsodia” el poeta se sumerge en un estado de insomnio muy parecido al limbo de los inocentes o al purgatorio de los que se saben culpables. En el poema “Insomnio”, que inicia este apartado, habla de esta confusión:

 

Yo deambulo por estos pasillos ajedrezados
de manicomio

 

En la cuarta sección del poemario, “Rapsodia”, culmina con el poema “En nombre de nadie”. En este poema quedan democráticamente todos —narrador y amigos— igualmente malmirados o minimizados. Los clasifica como:

 

Pirómanos, suicidas, agoreros, alcohólicos, jodidos, cabilderos
traidores, (y) mariguaneros,

 

Es evidente que prefiere su atormentada soledad, a la mala compañía de sus conocidos vivos y así lo expresa:

 

                   Solo quisiera que me dejaran tranquilo conversando
con mis muertos, mientras lloro en silencio por los
rincones de la casa vacía.

 

Con esta aseveración comienza lo que parece ser su viaje a la semilla y establece en este poema, En nombre de nadie, su nueva prioridad: él mismo:

 

voy a hablar de la persona que mejor conozco: Yo mismo

 

 

Entonces en este viaje al inicio o a la nada, retoma la poesía y en lugar de ser tabla salvadora, la transforma en arma blanca de defensa en el poema El tren de Fort Collins:

 

Me atrinchero en mi cuarto
tras los libros
calo la bayoneta en la palabra
Esgrimo un verso
y entonces disparo a quemarropa

 

Mientras sigue reformulando el fin —quiero decir, su fin—, culmina el poemario con su último mosaico titulado “Retratos y autorretratos”, que da la sensación al lector de estar ante un mapa semántico circular ya que culmina con una visión apocalíptica del ser y el desgaste del tiempo.

Es evidente el deterioro anímico y físico en sus autorretratos de sus 46, 49 y 50 años.

 

En su autorretrato a los 46 años revisa su concepto del tiempo:

 

Repasando mis notas borroneando el pasado
                   Revisando mi vida confundiendo el pasado

 

Decía Hegel respecto al concepto del tiempo: «en el tiempo no es lo pasado ni lo futuro, sino solamente el ahora», y según Heráclito «todo fluye, nada permanece ni persiste nunca lo mismo; o sea, el ser es devenir».

Pero no funciona así el concepto del tiempo en Valerio-Holguín en estas «palabras sobre lienzo» el presente o el «esto absoluto de Hegel» funciona como espacio de transacción. El pasado tiene más peso por su huella tanto en el alma como en el físico.

CUBIERTA-Rapsodia-NUEVOLa obstinación con el ayer se enfatiza en su “Autorretrato a los cincuenta en El Palacio del Colesterol”:

 

Más allá de la mitad del camino
de mi vida,
con el corazón ahogado en colesterol
(…) diastólico, calvo, ateo

 

Deja atrás la religión y su fe que florecía en momentos de crisis. Lo cual representa que o resolvió los 3 días de plazo antes de la muerte o ha perdido importancia. De hecho, comprendemos que ahora lo que más lo acongoja de la muerte es la espera.

 

Apunta en el poema Autorretrato a los 50 en El Palacio del Colesterol:

 

     Me sé
condenado a una tristeza de patio de manicomio,
y a este septiembre inmenso que no cesa.

 

De esta manera concluye nuestro escritor el poemario Retratos: palabras sobre lienzo.  Y como advertí desde al inicio, el poeta a través de esta antología, subvierte mediante su yo lírico, conceptos absolutos y sacros para la sociedad, llevándonos por esos “patios de manicomio” dando, en ocasiones, la sensación de que formamos junto a él, una comunidad imaginaria como expresara Bennedict Anderson y como un pequeño Dios, la disocia para recordarnos que tanto la salvación como la condena son procesos y experiencias individuales. Valerio Holguín evidencia con acritud los sinsabores de la vida y su inapelable brevedad.

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SARAMARÍA RIVAS (Ponce, PR), Profesora Asociada de Georgetown College, Kentucky. B.A. en Estudios Hispánicos, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, M.A en Estudios Hispánicos, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. PhD. en Español, University of Illinois. Ha publicado Ciudadano Juliá (2013).

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