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René Rodríguez Soriano: “Nada es lo que a primera vista parece”

rrs.3MARITZA LUZA CASTILLO [mediaisla]* «El nombre olvidado no es un lugar en el espacio ni en el tiempo. Es un viaje sin visa […] Manual para reír o llorar, donde laten a todo pulmón la llama, la pasión o el desenfreno. Que lo aluda o lo eluda, puede ser: lo que encubre el vestido, lo descubre el deseo».

René Rodríguez Soriano, oriundo de Constanza, República Dominicana, es un depurado artesano de la escritura, cuidadoso del fondo y forma de sus contenidos, y tiene la capacidad de expresar con una palabra un concepto absoluto. Poseedor de una prosa intensa, sencilla y sin cosméticas verbales; irrumpe en el escenario de las letras con una selección de relatos cortos cuya indagación e interrogantes caminan por cuenta propia en la dimensión del ser. El nombre olvidado es el título obligado de lectura que nos recuerda las diversas perspectivas que ofrece este viaje llamado vida.

rrs. El nombre olvidadoEgresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, trabajó como creativo publicitario y docente universitario durante algunos años. Ha publicado una veintena de títulos entre los que sobresalen Canciones rosa para una niña gris metal (1983), Apunte a lápiz (2007), Queda la música (2003), Tientos y trotes (2011), Solo de flauta (2013) y Nave sorda (2015). Desde finales de los años 90 se radicó en Estados Unidos y desde allí desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura dominicana y caribeña. Precisamente, luego de la lectura de El nombre olvidado (Ediciones Callejón, San Juan, PR, 2015), uno de sus más recientes títulos, fui a su encuentro y me concedió la siguiente entrevista:

—«El nombre olvidado» ¿qué encierra al interior de su fluida narrativa, una mirada retrospectiva, tal vez muchas mujeres, parte del terruño, o parte de una mixtura de acontecimientos insoslayables?

El nombre olvidado no es un lugar en el espacio ni en el tiempo. Es un viaje sin visa por los senderos del sueño y los cuerpos desplazándose, despiertos, a toda vela. Antojadiza selección que se pierde o se encuentra tiernamente incrustada en la epidermis del absurdo. Ático donde aflora, febril y lúcida, la vastedad de un mundo que se niega y reafirma a cada golpe de página. Manual para reír o llorar, donde laten a todo pulmón la llama, la pasión o el desenfreno. Que lo aluda o lo eluda, puede ser: lo que encubre el vestido, lo descubre el deseo.

Trece relatos cortos con nombres femeninos marcan una intención, ¿qué intención debe descubrir el lector al leer el libro?

—Femeninos del todo, no diría. Nombres propios y apropiados para nombrar y recrear historias, mundos distintos y distantes en el tiempo y en los mapas. Nombres que, como bien dices o insinúas, miran y se miran. O se admiran desde distintas latitudes, leyendo sobre la piel y el descampado. Relatos que únicamente son o intentan ser literatura. Nada más.

¿Por qué elegir una narración en primera persona para contar historias de los demás en este caso, las trece mujeres?

rrs,2—No es el ojo el que mira, sino a través del cual se explayan los sonidos, los colores y la vasta soledad con todos sus cromatismos. Es una especie de cámara en Handheld que se desplaza por ahí, rondando mundos, absorbiendo realidades y ausencias. Tiros de cámara —sin género, sin sexo— llenos de luces y colores.

Ahora, ¿hay una coincidencia evidente entre la modelo Keiko y la circunstancia de hallarse en Perú, el personaje descrito es un poco el antagónico de la candidata a la presidencia Keiko Fujimori?

—Nada es lo que a primera vista parece. La historia acontece por el Pacífico, en Ahome, un pueblito del norte mexicano. Describe muy bien el paisaje y resonancias de la arquitectura porfiriana. Y, por supuesto, habla de Keiko, la japonesa. De otra Keiko, distinta a la Keiko que tocaba piano mientas yo intentaba sacarles el cardenillo a los pistones de un corno amorfo y abollado. Y viaja, la historia viaja del Pacífico al Caribe. Ausculta tradiciones y maneras. En derrelicto va de lo sublime a lo ridículo: del carnaval a la caravana electoral dominicana. Ausculta, presta su ojo para mirar, dejarnos ver.

Aunque cada relato mantiene un buen ritmo narrativo fluido e intenso sin excesos verbales, se aprecia un acento nostálgico que es lo único que tienen en común cada ficción ¿Qué echa de menos René Rodríguez como para dejarlo ver en El nombre olvidado?

—Cada historia, cada personaje, conforma un universo. Infinitos universos que se desplazan y se multiplican a la increíble velocidad con la que se suceden, cuadro tras cuadro, las imágenes fílmicas. El narrador no echa nada de menos, comparte instantáneas, dislexias y guiños. Pone trampas, barandillas y manteles para que el lector haga su propia criba: se encuentre o se desencuentre absorto en medio del viaje o de la nada.

¿La política de República Dominicana dejó una herida abierta en el autor, en algunos capítulos se aprecia una postura al respecto?

rrs.1—La política no hiere; los que dejan asquerosas llagas son los políticos, saltimbanquis de feria de mala muerte.

¿Cuánto hay del violín de tus instintos en la historia, qué melodías tiene aún por interpretar?

—El violín, como un clavel, pinta o despinta aguaclaras y manías. A veces no pinta nada, normalmente desafina en el baldío átono y burdo de las acechanzas y el desdén.

¿Cuál es la sensación que te dejó escribir El nombre olvidado, escribirlo te ofreció algún tipo de catarsis?

—Sorpresa y asombro.

¿Finalmente qué palabras quisieras dedicarles a tus lectores?

— No sé, quizás decir que este libro, estas trece historias no son más que trazos sueltos, tirando a casi palidez desnuda y limpia. Prosa menor que ni siquiera aspira a nadar en la otra orilla —si es que el mar, el tiempo y la distancia, tienen otro envés—, tenues apuntes que quizás, a más tardar mañana, borren las aguas del olvido o se pierdan en la arena; quebradizo papel que lava los recuerdos al borde de los pasos y la espuma. * La Prensa, Perú.

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MARITZA LUZA CASTILLO. Periodista y escritora peruana que ha colaborado con diversos medios y revistas literarias. Sus poemas han aparecido en antologías publicadas en España, Italia, Argentina, República Dominicana y otros.


Comments (2)

  • Antonia Cipollone

    Sí, este es un libro que invita al viaje “cuadro tras cuadro” por todos los lugares y ninguno. El autor, de aguda sensibilidad, no escatima en sus “trampas, barandillas y manteles” para que el lector se encuentre a sí mismo en medio de ese andar. Hace tiempo le escuché decir que la “ausencia es un prodigio que nos permite estar donde queramos”, pienso que ahí se encuentra parte de la esencia de El nombre olvidado. En estos tiempo aciagos para el espíritu bien vale la pena detenerse en su lectura…

  • Mery Sananes

    Lo que más me gusta de las entrevistas a René Rodríguez Soriano es que cualquiera sea la pregunta que se le formule, su palabra siempre se va cabalgando, a rienda suelta, sobre un mundo que él construye de tanto hurgar sobre una realidad que hace fugaz todo instante supremo.

    Y su escritura es el ejercicio de labrar ambos, con desmesura y estremecimiento. Trazos sueltos, -responde-, prosa menor que ni siquiera aspira a nadar en la otra orilla. Tenues apuntes que quizás a más tardar mañana, borren las aguas del olvido.

    Y sin embargo toda su obra es una afanosa y persistente tarea de la memoria. De cada fugacidad retiene una historia que al sujetarla entre sus dedos, se enraiza en el aire como un canto que ya nadie va a olvidar y que él va leyendo sobre la piel y el escampado.

    El nombre olvidado es el hechizo, a pesar de las despedidas. El bebedizo de aromas que se mastica para que el beso se siembre en sus ojos. Y el expediente a la futilidad de un corazón que no tiene ya espacios en un mundo desguarnecido y furioso.

    Como bien responde a Maritza: él no hace catarsis. Lo suyo es sorpresa y asombro. Nada es lo que a primera vista parece, deja dicho. Ni el olvido ni el nombre. “Hay un pájaro dentro de la lluvia. Y mojado como un pez trata de asirse con su pico a la ramita seca que pretende llevar a su nido.” Y su palabra es un rito para que dejen de llover olvidos.

    Insiste: es un viaje sin visa por los senderos del sueño y los cuerpos desplazándose, despiertos, a toda vela, para que el lector se encuentre o desencuentre. René deja las coordenadas de su travesía pero sólo el lector descifrará si llegará al puerto previsto o si su aventura recorrerá el olvido para alcanzar la cima de un nombre indeleblemente sellado a su destino.

    Buen trabajo ha hecho Maritza en su entrevista. Ha puesto al escritor a dejar algunas de sus claves. Aunque luego se nos olviden, hasta que aparezca otro de su enigmáticos libros, que de nuevo inquietará nuestros asombros y nos pondrá a recorrer ese ático donde aflora, febril y lúcida, la vastedad de un mundo que se niega y reafirma a cada golpe de página.

    Gracias a ambos por estos maravilosos trazos.

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