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La canción de amor de J. Alfred Prufrock

La cancion deT.S. ELIOT [mediaisla] Hay muchas maneras de leer La canción de amor de J. Alfred Prufrock, uno de los poemas más complejos de T.S. Eliot. Hay que buscar en él los ecos de la Divina Comedia, la influencia innegable de Shakespeare, e inclusive ciertos toques de John Donne. Hay que entenderlo en el contexto de la tumultuosa transición de la Literatura entre el siglo XIX y el XX, cuando se abandona con estruendo el clasicismo y el romanticismo, y la poesía se lanza a las aguas del modernismo. De Eliot muchos conocen más Tierra baldía o los Cuatro Cuartetos, pero la voz del poeta se manifiesta por primera vez en toda su fuerza y verdad en el monólogo interior de amores y desamores que es La canción de amor de J. Alfred Prufrock. En México recién se ha publicado como libro objeto, una edición verdaderamente espectacular, con la traducción de Hernán Bravo Varela. Proponemos, a cambio, esta versión cuidadosa en el ritmo y el lenguaje de Eliot de la catedrática mexicana HELENA TORRES (en Twitter la pueden seguir como @ladystardust21), una traducción que nos facilita seguir el camino de Prufrock por los laberintos del deseo, de la ausencia, de la ansiedad.

S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma perciocche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.

 

Vamos pues, tú y yo,
Cuando la tarde se extiende contra el cielo
Cual paciente eterizado en una mesa;
Vamos pues, por ciertas calles semidesiertas,
Los refugios murmurantes
De noches sin sosiego en hoteles de paso baratos
Y restaurantes serrinosos de conchas alfombrados;
Las calles que se siguen cual argumento tedioso
De propósito insidioso
Que te guían a una pregunta abrumadora…
Ah, no preguntes “¿Qué te agita?”
Vámonos a hacer esta visita.

En el salón, las mujeres vienen y van.
De Miguel Ángel, seguramente, hablarán.

La niebla amarilla que frota su lomo contra los cristales,
El humo amarillo que frota su hocico contra los cristales,
Le pasó la lengua a los rincones de la tarde,
Se demoró sobre los charcos que están en los desagües,
Dejó caer sobre su lomo el hollín de los hogares,
Se deslizó por la terraza, y de pronto saltó,
Y al ver que era una suave noche de octubre,
Se hizo un ovillo por la casa y se durmió.

Y sí, tendrá su tiempo,
El humo amarillo que se desliza por las calles
Frotando su lomo contra los cristales
Tendrá tiempo, ya habrá tiempo
De ensayar una cara para encontrarse con las caras que halles;
Tiempo de matar y tiempo de crear,
Tiempo para todos los trabajos y los días de las manos
Que elevan y dejan caer una pregunta sobre tu plato;
Tiempo para ti y tiempo para mí,
Y tendrán su tiempo un centenar de indecisiones,
Y un centenar de visiones y de revisiones,
Antes de tomar un pan tostado con el té.

En el salón, las mujeres vienen y van.
De Miguel Ángel, seguramente, hablarán.

La cancion. T.S. EliotY, sí, también tendrá su tiempo
El preguntar “¿Si me atreviera?” y “¿Si me atreviera?”;
Tiempo para volverme y bajar la escalera
Con una calva en el centro de mi cabeza—
(Dirán: “¡Pero cuán rala está su cabellera!”)
Mi cuello firme en la barba, mi levita de etiqueta,
Mi corbata fina y modesta, con un simple alfiler sujeta—
(Dirán: “¡Pero qué delgados están sus brazos y sus piernas!”)
¿Y si me atreviera
A perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que revierte un momento.

Porque las he conocido, las he conocido a todas—
He conocido las tardes, las noches, las madrugadas,
He medido mi vida con café y sus cucharadas,
Conozco a las voces agonizantes con cadencias lánguidas
Por debajo de la música de una sala más lejana.
¿Así que cómo osaría?

Y ya las he conocido a todas, he conocido las miradas—
Los ojos que te sujetan mediante frases ya formuladas,
Y cuando esa fórmula me desparrama sobre un alfiler,
Que me deja prendido, retorciéndome contra la pared,
Entonces, ¿cómo empezar
a escupir las colillas de mis hábitos y mis días?
Y, ¿cómo osaría?

Y ya he conocido esos brazos, los he conocido a todos—
Brazos con pulseras y desnudos y blancos
(Aunque a la luz de una lámpara, ¡cubiertos de vellos dorados!)
¿Acaso el perfume de un vestido
Me pone así a divagar?
Brazos que yacen sobre una mesa, o se envuelven en un chal.
¿Entonces osaría?
¿Cómo debo empezar?

¿Debo decir, he andado al anochecer por callejuelas
Y he observado el humo que sale de las pipas
De hombres solitarios en mangas de camisa, que asoman por sus ventanas?

Debí haber sido un par de ásperas tenazas
Escabulléndome por los pisos de silenciosos mares.

Y la tarde, la noche, duerme, ¡tan tranquila!
Por unos largos dedos alisada,
Dormida… o se finge enferma… o quizá está cansada,
Extendida en el suelo, aquí a nuestro lado.
¿Tendré, tras el té, el pastel y el helado,
la fuerza para tratar este asunto delicado?
Mas aunque he llorado y ayunado, llorado y rezado,
Aunque he visto mi cabeza (un poco calva) en bandeja de plata,
No soy profeta–ni ésta una cuestión complicada.
He visto mis horas de grandeza parpadear con un débil destello,
Y al Lacayo de la eternidad tomar mi saco, y reírse por lo bajo de ello,
Y, en pocas palabras, tuve miedo.

Y habría valido la pena, después de todo,
Tras las tazas, la mermelada y el té,
Entre la vajilla de porcelana, hablar de tú y yo un poco,
Habría valido la pena,
Terminar el asunto con una sonrisa,
Estrujar el universo, volverlo una bolita
Y rodarla hacia una pregunta abrumadora,
Decir: “Soy Lázaro, levantado de entre los muertos,
He vuelto a contarles todo, y he de decirles todo.”—
Que uno, arreglando una almohada junto a sus cabellos,
Dijera: “Eso no es lo que quería decir, en verdad,
Eso no lo es, en verdad.”

La cancion de amor.Y habría valido la pena, después de todo,
¿Habría valido la pena,
Después de los ocasos, los traspatios, de las calles salpicadas,
Después de las novelas, de las tazas de té, de las faldas que por el piso se arrastran—
Y todo esto, y aún más?—
¡Es imposible decir, en verdad, lo que quiero!
Mas como si una linterna mágica mostrara en su pantalla los patrones de mis nervios,
Habría valido la pena,
Si uno, arreglando una almohada o deshaciéndose de un chal,
Y, volteando hacia la ventana, dijera:
“Eso no lo es, en verdad,
Eso no es lo que quería decir, en verdad.”

¡No! En verdad no soy Hamlet, ni estaba destinado a serlo,
Yo soy sólo un asistente, alguien que servirá
Para una marcha real, el inicio de una escena o dos…
Consejero del príncipe, sin duda, una buena herramienta,
Feliz de tener un uso, y respetuoso,
Político, cauto, y meticuloso,
Lleno de opiniones, pero un poco obtuso,
A veces, claro está, un poco ridículo—
A veces, casi, el Bufón.

Me vuelvo viejo, me vuelvo viejo…
Subiré la bastilla de mis pantalones frente al espejo.

¿Debo cambiar de peinado? ¿Me atrevo a comer una pera?
Caminaré por la playa en mis pantalones blancos de franela.
He escuchado cantarse, una a la otra, a las sirenas.

No creo que cantaran para mí.

Las he visto cabalgar hacia el mar sobre las olas
Peinándoles las canas que vuelan hacia atrás
Cuando el viento vuelve el agua blanca y negra al soplar.

En los aposentos del mar nos hemos demorado
Con doncellas del mar coronadas de algas de tonos encarnados,
Hasta que voces humanas nos despierten, y entonces nos ahogamos.

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HELENA TORRES, mexicana. Es licenciada en Letras Inglesas por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestra en Estudios Irlandeses por la Universidad de Liverpool.


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