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Letras vueltas

Marión | Cuéntenles a sus hijos quién es Marcos Ana  | «Los caminos del ser» de Iris Pérez Romero | Bomba de tiempo, las cenizas de carbón | Lo que Zanzíbar sabía de Mercury y no quiso aceptar | Fidel | Derivas continentales | Orígenes de la cultura caribeña | Un nuevo libro de Aída Cartagena Portalatín: “Ensayos de Isla Abierta” | María del Carmen Colombo: “El libro para mí es una voz que te está hablando” | El país de las fronteras errantes | Imaginación para vencer la realidad | Un poemario para leerse tres veces | El caballero que robaba a los ricos | Seis libros de esta semana | Los invasores | Nueva novela de Paul Auster en 2017 | La última carta de amor de Leonard Cohen  | Alrededores de la ausencia – Noël Devaulx | La belleza del cuerpo femenino.

Cuéntenles a sus hijos quién es Marcos Ana

Cuentenles a sus hijos quien es Marcos AnaSe apaga la memoria de un siglo de lucha antifascista y por la libertad.

Cuéntenles a sus hijas e hijos quién es Marcos Ana. Porque de lo contrario, salvo que hayan tenido la suerte de conocerlo en alguna de sus visitas a colegios e institutos, es probable que no sepan quién es. Pese a algunos homenajes y reconocimientos recientes, este jueves eran muchos los que buscaban en Google quién es ese tal Marcos Ana. Y esa ignorancia da la medida de los agujeros que sigue teniendo la memoria colectiva de este país, sobre todo con los antifascistas, y más con los comunistas.

Y si sus hijos no saben quién es Marcos Ana, quizás tampoco sepan que hace ochenta años hubo mujeres y hombres que lucharon contra el fascismo, algunos casi niños, como él. Y que decenas de miles fueron condenados a muerte, fusilados, pasados a garrote. A punto estuvo Ana, condenado a muerte dos veces. Quizás sus hijos han oído algo de la dictadura, pero no conocen cómo eran las durísimas cárceles de la posguerra, donde Marcos Ana se dejó 23 años. Porlier, Ocaña, Burgos. Repítanles la cifra a sus hijos: 23 años. Toda la juventud, entrar adolescente y salir adulto.

Si tienen edad para ello, cuéntenles también cómo torturaba el franquismo, las palizas que Ana y tantos antifascistas se llevaron en esas cárceles o en la Puerta del Sol madrileña, donde sigue sin haber una placa que los recuerde.

Cuéntenles a sus hijas e hijos quién es Marcos Ana, denles a leer sus memorias, para que conozcan cómo trabajadoras y trabajadores de todo el mundo fueron solidarios con los presos españoles y contra la dictadura. Todos esos países donde acogieron a Ana en los quince años que pasó llevando por el mundo la lucha por la libertad y los derechos humanos en España.

Aunque quizás sus hijas, sus hijos, les sorprenden: claro que saben quién es Marcos Ana. El revolucionario, el comunista, el poeta. Lo conocieron en Sol, cuando el 15M. Lo han visto en manifestaciones, en concentraciones, en huelgas, en actos solidarios. Puede que hasta hayan ido a su casa, su piso en Retiro que siempre ha estado abierto, donde si vas coincides siempre con varias visitas a la vez, jóvenes sobre todo. La casa abierta de quien estuvo 23 años encerrado y decidió que “si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves”. Siga leyendo Cuéntenles a sus hijos

«Los caminos del ser» de Iris Pérez Romero

Los caminos del ser. Iris Perez RomeroLa vocación vital de Iris Pérez Romero, de mostrar nuevas formas de expresión en la plástica de la República Dominicana, se ha evidenciado en su muestra individual Los caminos del ser, colección de obras realizadas sobre formica, como piezas de cerámica, papel y tela, inaugurada recientemente en la galería de arte contemporáneo District & Co en la ciudad de Santo Domingo.

Los caminos del ser tiene la particularidad de exhibir un montaje equilibrado, y sobrio a la vez, que expresa el contenido estético, expositivo, indagatorio, dialéctico, y conceptual de la mirada y catarsis de la artista, a través de un conjunto que incluye mosaicos cerámicos, como referencia de su quehacer figurativo en barro; un conjunto de  dibujos realizados en grafito y acrílico sobre papel que son sentenciosos del tránsito del ser por su cotidianidad, con una tendencia hacia develar su entorno humanizante; pinturas en óleo y grafito sobre formica que se destacan por su grandes dimensiones, y otras ejecutadas en acrílico sobre tela que revelan  los matices absolutamente personales que esbozan los trazos del ser, para mostrar dónde nacen otros predios de su presencia en la naturaleza.

La muestra está llena de signos, de visiones, de transformaciones de las líneas a través del dibujo, de inéditos y eficaces trazos, para dar un close-up final de ahondamiento del ser, desde la óptica exploratoria que Iris Pérez ha ido trabajando al liberar su imaginación y sentidos, entre el año 2015 y 2016.

Sobre el trabajo de la artista, ha consignado Ylonka Nacidit Perdomo: El ser que narra Iris Pérez Romero, es el que no se encierra en el círculo del tiempo convencional; es el que no perece a través de lo lúdico; es el que no tiene como espejos fieles sólo a la memoria; es el que no se hace de ruegos, que no domina, sino que inspira a los sentidos, al cántaro donde se abisma el universo, que no satisface las causas de la simulación. Es el que se lee sin buscarle, que se marcha y regresa, que la luna no corrompe, que el viento no absorbe Es el ser que enuncia, que los desquiciados inquisidores negaron. Es el ser de la Eternidad Cósmica”.

Los caminos del ser de Iris Pérez Romero, se inauguró el 26 de octubre de 2016, y estará abierta hasta el próximo mes de diciembre en las instalaciones de District & Co, en el primer nivel de District Tower, calle José Brea Peña # 14 del sector Evaristo Morales. 

Bomba de tiempo, las cenizas de carbón

Bomba de tiempoBomba de tiempo, las cenizas de carbón es una serie de reportajes especiales sobre la contaminación por cenizas de carbón en Puerto Rico y la República Dominicana. En la primera entrega, el Centro de Periodismo Investigativo y La Perla del Sur investigan lo ocurrido en el municipio de Arroyo Barril, Provincia de Samaná, donde fueron transportadas en barco y descargadas sobre 27 mil toneladas de cenizas de la planta de carbón AES, ubicada en Guayama.

Abortos espontáneos, bronquitis crónica, urticarias o erupciones alérgicas en la piel son algunas de las condiciones para las que se identificó una prevalencia significativamente alta en las comunidades Jobos y Miramar en Guayama, demuestra un nuevo estudio.

Un análisis realizado por el Instituto de Química de la Universidad Autónoma de Santo Domingo certificó que los desechos estaban cargados de metales pesados. En específico, hallaron arsénico, berilio, vanadio y cadmio “muy por encima de los niveles establecidos por los estándares internacionales”, concluyó la Comisión Ambiental de la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

Sobre los efectos en la salud y el ambiente de altas concentraciones de metales pesados existe profusa y contundente evidencia.

Por ejemplo, la Universidad Técnica de Delft en los Países Bajos, uno de los centros de investigación de mayor prestigio en Europa, señala que la ingesta de arsénico inorgánico puede intensificar las posibilidades de que se desarrolle cáncer de la piel, del pulmón, del hígado y linfoma.

A exposiciones muy altas también puede causar infertilidad y abortos en mujeres, daño del cerebro e, incluso, del ADN.

De otra parte, el talio detectado en las cenizas de Guayama -en concentraciones de 14 a 31 veces por encima del máximo permitido- puede ser asimilado por el cuerpo muy eficazmente a través de la piel, los órganos del aparato respiratorio y el tracto digestivo, según se desprende de los estudios de Vanderbilt y ARCADIS y de la Universidad Técnica de Delft.

Utilizado como uno de los ingredientes activos en el veneno de rata, la ingesta de talio puede provocar daños al sistema nervioso, daños congénitos en niños y hasta la muerte. Siga leyendo y escuche Las cenizas

Lo que Zanzíbar sabía de Mercury y no quiso aceptar

A2-77567308.jpgDe Freddie Mercury, lo sabemos casi todo, que su nombre real era Farrok Bulsara y que adoraba los gatos. La revista Time Asia le nombró en 2006 como uno de los hombres asiáticos más influyentes de los últimos 60 años y dos años después, Rolling Stone le situaba en el número 18 entre los cien mejores cantantes. También, conocemos que se enamoró de una mujer, Mary Austin, a quien escribió el tema Love of my life y a quien nombró como principal heredera de su patrimonio. Y tanto Mary como nosotros sabemos que, a pesar de que ella fue la mujer de su vida, también lo fue para muchos hombres.

25 años de la muerte de Freddie Mercury: el desconcertante genio al que la música liberó

Freddie Mercury,mantuvo su enfermedad hasta final con absoluto secretismo. Por miedo o por negacionismo, quizá. Y no fue así hasta que la muerte comenzó a entrar en su habitación y decidió hacer público su estado de salud. El sida fue para él, como para gran parte de inadaptados, la sentencia de los ochenta. Lo que no todos saben, es que el músico nació y vivió los primeros años de su existencia en la isla de Unguja, la más importante de Zanzíbar, en Tanzania. Y de haber permanecido allí, el Freddie Mercury que conocemos jamás hubiera existido.

Por aquel entonces, el Sultanato de Zanzibar vivía en plena dominación británica y después de una larga guerra, ya se comenzaban a vislumbrar los primeros pasos hacia un estado que no convencía a todos. Farrokh, -Freddie-, nació en 1946 en el seno de una familia persa y bajo la nacionalidad británica. Durante los siguientes dieciséis años, el pequeño de los Bulsara vivió a caballo entre Zanzíbar y Bombay, dónde realizaba sus estudios. La última vez que la isla vio a su hijo pródigo fue en 1962, poco antes de que se proclamase la Unión de la República de Tanzania, que se agrupó, bajo la supervisión de Gran Bretaña en 1964, a Tanzania y los Imperios de Tanganika y de Zanzibar.

Varios años después, ya convertido en estrella mundial, sus compatriotas quisieron sacar provecho del éxito del cantante a pesar de que la ciudad de Stone Town, la ciudad donde vivió la familia Bulsara, no estaba preparada.. El Imperio de Zanzibar fue colonizado por árabes de distintas nacionalidades siguiendo como religión oficial el Islam, aunque sus padres se regían por el zoroastrismo, una religión ni de lejos es amable con la homosexualidad. Esa presión impidió que Freddie aceptara abiertamente su sexualidad, aunque de puertas para dentro y en las letras de sus canciones, las declaraciones se hacían a gritos. Siga leyendo Freddy Mercury

Fidel

FidelSus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.

Y en eso sus enemigos tienen razón.

Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.

Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.

Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse. Siga leyendo Fidel

Derivas continentales

Derivas continentalesNuestra curiosidad o nuestro papanatismo nos mantienen al tanto de todo lo bueno y todo lo mediocre que se escribe en inglés en EE UU.

Afortunadamente, un escritor no descubre ni educa su vocación gracias a los modelos o a los predecesores nacidos en su comarca de origen; ni siquiera en su país, y ni siquiera en su lengua. Uno suele escribir usando los materiales que tiene más a mano, el idioma y el mundo que mejor conoce, pero la atracción de lo distinto y lo extranjero puede ser mucho más poderosa que la de lo más cercano, aunque esto entristezca o incluso indigne a los celebradores de las identidades. Era evidente que la Granada de los años ochenta en la que yo empezaba a escribir carecía de una tradición de novelistas locales casi tan radicalmente como carecía de una escuela de físicos teóricos o de compositores de ópera. Pero mi tradición era la de toda la literatura que había leído y que me había importado hasta el punto de influir mi manera de estar en el mundo, y mi geografía abarcaba desde el San Petersburgo de Dostoievski y el Moscú de Tolstói y Chéjov hasta los bosques australes de Pablo Neruda, y el sur de William Faulkner no me era menos familiar que el de mi propia tierra, aunque lo conociera entonces filtrado por las traducciones y por el trabajo exclusivo de la imaginación. Mucho antes de la interconexión universal de Internet ya existía la de las lecturas. Como aspirante a novelista yo vivía más en Buenos Aires, en Macondo, en Santa María, en Comala, en la Lima triste del Zabalita de Vargas Llosa que en la Granada de mi vida familiar y mis obligaciones laborales. En la época en la que empezaban a imponer su halago y su chantaje las identidades comarcales forzosas, el mejor antídoto contra la obligación de ser andaluz, y además novelista andaluz, era trazar un mapa aproximado de todas las influencias de las que uno se alimentaba. Por supuesto que uno tiende a escribir sobre ámbitos muy limitados del mundo, sobre mundos que no se extienden mucho más allá de su experiencia directa y profunda. Pero la literatura consiste en esa paradoja, la de lo extremadamente singular que sin dejar de serlo se vuelve inteligible para cualquiera en cualquier parte y en cualquier tiempo.

Sin salir apenas de Úbeda y de Granada, mi geografía de la literatura abarcaba entre otras amplitudes la de América Latina. Para intentar escribir una novela en Granada no había necesidad de resignarse a Pedro Antonio de Alarcón. Estaban Rulfo, Onetti, Vargas Llosa, Bioy Casares, Carpentier, Cortázar, García Márquez, Manuel Puig. También ellos habían elaborado sus propias geografías, en sus novelas y en sus vidas. Habían elegido maestros en otras lenguas y habían escrito sobre sus países de origen en capitales extranjeras, o habían inventado ciudades y países a la medida de sus imaginaciones.

Las capitales de la literatura latinoamericana han sido y son con mucha frecuencia ciudades extranjeras. Cabrera Infante escribía sobre Cuba en Londres, Vargas Llosa sobre Lima en París y Barcelona, Onetti sobre su Santa María inventada en Buenos Aires y luego en Madrid, García Márquez sobre Macondo en México, Ricardo Piglia sobre Buenos Aires en Nueva Jersey, Roberto Bolaño casi en cualquier capital sobre cualquier otra capital, tan errante en México como en Barcelona. Siga leyendo Derivas continentales

Orígenes de la cultura caribeña

Cultura caribenaLos pensadores del Caribe han buscado nuestros orígenes en los acontecimientos que perfilaron nuestras sociedades en el siglo XVI: procesos de conquista y colonización, migraciones y repoblamiento, eliminación de las culturas aborígenes, aculturación y mestizaje; abandono del Caribe insular y pérdida de la hegemonía española. Otros la ubican en el siglo XVII, en el caso dominicano, con la Devastación de Osorio. El asunto se inserta en nuestra historiografía con la publicación de Américo Lugo (“Baltazar López de Castro y la despoblación del norte de La Española”, (1947) y sigue con los trabajos de Manuel Peña Batlle en su obra famosa, “La isla de La Tortuga”. En Puerto Rico, se muestra el origen precario de la colonia en las primeras décadas del siglo XVI hasta la octava década del mismo en que ya ha desaparecido la sociedad indígena y da paso a una sociedad con un predominio de elementos negros: tal vez entonces, podemos hablar de la música como la bomba, todavía un aire muy propio de los negros puertorriqueños.

Otros, como Edgardo Rodríguez Juliá, ve en el siglo XVIII el origen de la cultura del puertorriqueño. Y no hay dudas de que ese siglo tiene muchas referencias que nos podrían a pensar en momento culminante en que la cultura insular caribeña se diferenció de la cultura peninsular española. Es esta centuria donde mejor se adaptan las prácticas culturales viajeras a la vida del Caribe. España había perdido su fuerza paradigmática, vivimos en esos siglos en los que la pintura española de Velázquez, Goya y el Greco, parece contrastar con el horizonte de Caribe lleno de sol y calor. El claroscuro de Caravaggio y el Greco, el manierismo, en un mundo de luz y sombra, es el que mejor puede definir como cromatismo el mundo metropolitano.

La reforma protestante hizo que el rey Felipe II se encerrara en su palacio-monasterio del Escorial. Lugar lúgubre que hoy da al turista una muestra de la oscuridad de los tiempos. Es preciso leer a Ortega y Gasset y a Maravall (“La cultura del barroco”, 1975) para captar la atmósfera de los tiempos entre el siglo XVII y el XVIII. Esa época que recorre en la ficción de Arturo Pérez Reverte, en “El capitán Alatriste” y “Limpieza de sangre”, y que se centra en la lucha contra los elementos judaizantes, tiene sus tangencias con nuestro mundo. Si tomáramos dos obras de la literatura española (“La Celestina” y “El lazarillo de Tormes”) como modelo de representación de aquella sociedad, veríamos cómo se había cambiado el rasero social en una España que no podía guardar sus fronteras imperiales y un Caribe venido a menos dese que la conquista de Tierra Firme se hizo más apetecible. Puerto Rico y Cuba quedaron como puerta de entrada y de salida, y Santo Domingo como un referente. Escaseaba la harina, no había ropa y las mujeres prefirieron ir a misa de noche.

En “La Celestina”, de Fernando de Rojas, aunque es una obra que presenta la relajación de la moral del siglo XVI, encontramos el discurso de una vida paradigmática, que más bien parece en transición a otras prácticas del amor, Y, aunque aparecen relajados los valores, el autor trata de forma directa de mantenerlos. Podrá verse, sin embargo, como una forma de saltar la censura. Mas, su declaración de que el plan de la obra en mimesis III es mostrar lo que le pasa a los que relajan la moral, confirma el paradigma ético y le da a la obra el carácter de exemplum medieval.

En el caso de “El lazarillo de Tormes”, obra fundamental de la picaresca española, ya no existe un interés en mantener los valores, sino en mostrar cómo la sociedad se había igualado. Aparecen en la misma escala social el cura y el caballero, el ciego y el pedigüeño. Algo muy parecido es denunciado por el obispo Damián López de Haro en carta a Juan Diez de la Calle. Se deriva de la misiva del prelado que, en el San Juan de Puerto Rico del Siglo XVII, la vida era relajada, el modelo de clase no correspondía al español. ‘Aquí todos se creen descendientes de los Doce pares de Francia y muchos se llaman don, aunque no lo son’. En otras palabras, vivíamos en una picaresca. Tal así que el corso y el contrabando eran la orden del día y un mulato como Miguel Enríquez era el señor más rico de la colonia. Las leyes, la vida y el rasero religiosos también habían cambiado, creando un claroscuro en las aspiraciones de las elites tan relegadas a la milicia, a las luchas entre los cabildos eclesiásticos y municipales. Siga leyendo Cultura caribeña, orígenes

Un nuevo libro de Aída Cartagena Portalatín: “Ensayos de Isla Abierta”

Un nuevo libro de AidaEra poco asequible. Una vez me encontré en un puesto de libros de segundo mano con el poemario que le había dedicado un escritor peruano. Pensé que la alegraría. Luego la vi a ella en una de esas ferias del libro que celebraban a finales de los 70 en el Palacio de Bellas Artes. “Doña, Aída, mire lo que tengo para usted”, le dije. Le pasé el libro. Me lo devolvió como si le hubiese prestado un lapicero.

Sospecho que esa distancia era una respuesta a esas grandísimas distancias que te genera la sociedad dominicana cuando eres mujer, eres de “campo”, eres “indiecita” por no decir mulata. Y todo eso cuando la Era (de Trujillo) era. Aun así estamos frente a una mujer que supo enfrentarse a todos esas marejadas de prejuicios, que los procesó en su escritura y que mantuvo siempre algo muy poco común en nuestro medio: dignidad.

Aída Cartagena Portalatín nació en Moca el 18 de junio de 1918, en una familia de comerciantes y con cierto abolengo intelectual. Contemporáneas suyas fueron otras dos mujeres, también de provincia, pero íntimamente convencidas de que el arte sí salvaba: Hilma Contreras, francomacorisana, nacida en 1913, y Carmen Natalia, petromacorisana, en 1917.

Hilma pudo marcharse a París en la mediana infancia; Carmen Natalia fue zarandeada por lo más duro del trujillato, debido a su militancia política, teniendo que exiliarse en 1950 en Puerto Rico. Para Aída el mundo estuvo más lento. Estudió en la Universidad de Santo Domingo y partió a París no sin antes publicar cuatro poemarios esenciales del siglo XX: bajo el sello de la Poesía Sorprendida, Víspera del sueño (1944) y Del sueño al mundo (1945), y en la Editorial Stella, Mi mundo el mar (1953) y Una mujer está sola (1955).

Tras la caída de la Era de Trujillo participa en los movimientos de regeneración nacional. Lanza sus cuadernos Brigadas dominicanas desde 1962 a 1964. Allí se estrenan como escritores autores como René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, Antonio Lockward Artiles y Juan José Ayuso. Traduce junto a Hilma Contreas un poema de Aimé Cesaire, y con él, nos conecta a un tema largamente relegado: el de nuestros vínculos con el Caribe. Aída escribe, organiza, edita.

Los años 60 la encuentran en funciones burocráticas: la UNESCO, largos viajes por Francia, Italia, Grecia. De los estallidos del mayo francés y el Noveau Romain que se produjo, saca la novela seguramente más relevante de la literatura dominicana: Escalera para Electra (1970). La obra había concursado en los premios Biblioteca Breve de Seix Barral, y por un pelo no gana. Decenios después Mario Vargas Llosa, uno de los jurados, comentaba que como la obra tenía pocas páginas, se acogió la sugerencia del editor Carlos Barral: mejor novelas largas que cortas. Ganó una novela de Juan Bent. Me imagino lo que hubiera representado para los dominicanos la obtención de semejante galardón. Las aguas, sin embargo, se quedaron en su cauce. Siga leyendo Nuevo libro de Aída

María del Carmen Colombo: “El libro para mí es una voz que te está hablando”

Maria del Carmen ColomboLa infancia es una música obstinada en manos de la poeta María del Carmen Colombo. Antes de escribir y leer, aprendió a tocar el piano, como Magdalena, la niña protagonista de su bellísima primera nouvelle El cuaderno de música (Cienvolando). La supuesta distancia de la tercera persona, como espejada en la lejanía, deviene proximidad íntima a la manera del “yo es otro” de Arthur Rimbaud. “Lo que empezó como un juego se transformó en una fastidiosa obligación. Y después en un estado de necesidad que la impulsaba a tocar durante horas. Parecía que alguien quería sonar a través de ella. ¿Mozart? ¿Chopin? Sentía en su cuerpo la fuerza de una posesión. Alguien, o Algo, dirigía sus manos, las hacía volar sobre el teclado, muchas veces en contra de su voluntad. De ese estado de trance pasaba al agotamiento. Casi como una médium después de una sesión”. El poder de la vida para Magdalena –a la futura poeta los padres le decían que “lloraba como una Magdalena”– está en la música y en las palabras. “Ahora, sentada frente al piano y mientras acaricia el teclado, se le ocurre que la música era algo así como una flecha, lanzada por las cuerdas ni bien apretaba las teclas con sus dedos. Una flecha esperanzada –se dice–, como toda flecha, en dar en el blanco, en herir a su presa. Así fue entonces, hasta que descubrió que la música, su música, a nadie iba a encontrar en el camino, que su trayectoria solo iba a conducirla a sí misma. Y es por eso que un círculo ocupa ahora el lugar de la flecha, un círculo de sueño, un círculo mágico”.

En el prólogo de El cuaderno de música, el poeta Eduardo Mileo plantea que para Magdalena “la música será su amuleto, su talismán contra la desgracia”. “Un oráculo al que acudirá cuando el viento traiga la inundación, y con ella, sus sonidos. Desordenados, percusivos, una música de destrucción. Sonidos que traen nuevas voces desesperadas y cadáveres que, como los pájaros de una sola pata, inundarán su pentagrama. Entonces habrá que hacer borrón y cuenta nueva. Escribir la partitura de una nueva vida. Crear la nueva vida que nos devuelve la música”. Los elegantes dedos de las manos de Colombo se despliegan como un abanico de sentimientos cuando pulsa en el aire las teclas de un piano imaginario.

Este año también se editó una Antología poética en la colección “Poetas contemporáneos” del Fondo Nacional de las Artes que incluye, además de una sección con inéditos, poemas de La edad necesaria (1979), Blues del amasijo (1985), Blues del amasijo y otros poemas (1972), La muda encarnación (1993) y La familia china (2000). “El personaje de Magdalena tiene que ver conmigo; busqué una tercera persona después de haber probado con una primera persona”, cuenta la poeta y narradora en la entrevista con PáginaI12. “Yo hice un taller con Hebe Uhart que me desasnó. Tuve que leer y aprender mucho porque después de La familia china me quedó un deseo de narrar. La idea de narrar para mí era como llenar la página de letras; pero no quería hacer prosa poética, quería escribir narrativa”. Siga leyendo María del Carmen Colombo

El país de las fronteras errantes

CUBIERTAS Destino errante.indd “La vida es un país extranjero”. Al ingresar a California la frase de Kerouac le palpita en el recuerdo. La sentencia en la visa del pasaporte lo confirma. Marcado con la letra “J”, quiere decir que tras una breve estancia se verá obligada a regresar a su país de origen. Mientras dura podrá dar rienda suelta a su consigna: merodear la mítica Ruta 66, satisfacer de alguna manera el anhelo de haber nacido en los 60′. Pero aquella Califormia de la generación beat y los hippies ya no existe. La fructífera prole de Silicon Valley y toda su tecnología parece haberlos borrado del mapa.

Es uno de los viajes reflejados en Destinos errantes, de Andrea Jeftanovic. En cada país que la autora visita seguirá la ruta de uno o varios personajes. En Sarajevo será la historia del guía que la conduce por el túnel por donde cruzaban la frontera los civiles en el conflicto palestino-israelí. En California seguirá la ruta de Janis Joplin, en aquel mundo de sexo, drogas y rock and roll de la década de los sesenta. En la frontera de peruana escuchará el relato de un descendiente de aquellos refugiados que llegaron al Lima en el “Sakura Maru”, famoso por ser el principal medio de transporte de los inmigrantes procedentes del Japón a Perú. En río de Janeiro, la ciudad de los brazos abiertos, como los de su Cristo Redentor, se perdería detrás de la pista de la escritora Clarice Lispector. Espacios todos donde la autora se adentra con una mirada particular y única. Jeftanovic es capaz de retratar el terror de la guerra y los sueños de la generación beat con igual capacidad narrativa, uniendo aquellos lugares en un nuevo estado: el país de las fronteras.

Todos los personajes parecen sometidos a un rumbo errante, que se refleja en el destino de la misma escritora, quien emprende viaje tras sus huellas y su misterio. Ella misma debe de rastrear sus orígenes entre los diferentes pueblos. De ascendencia rusa judía y panameña por parte de madre, y serbia (de los serbios de Croacia) por el lado paterno, Jeftanovic creció en una casa donde “había tres religiones, ortodoxo ruso, católica y judía, y hacían ‘todas las fiestas desde la Navidad, la Fiesta de los Reyes al Día del Perdón’” Doctorada en Letras por la Universidad de Beckley, comienza a cobrar renombre luego de No aceptes caramelos de extraños, por la que recibiera el premio Mejor obra de Arte de Chile. Su obra figura en antologías extranjeras y nacionales, y ha sido traducida a varios idiomas.

La misma Jeftanovic parece siempre en busca de un destino errante. “Odio cambiarme de casa pero amo viajar, si no hay un viaje en el horizonte no hay vida. Soy una persona de relaciones estables, pero mi mente si es errante, es errante porque está hecha de puntos de fuga. Ahora desde que tengo hijos los viajes se han vuelto ambivalentes, cuando viajo sola estoy llena de tensiones pero finalmente parto”, comenta la autora. “Viajar tiene algo de pensar caminando. En los viajes se mide de otra forma el tiempo y el espacio. El relato de viaje es un relato vector, que sigue una flecha secreta”. Siga leyendo Las fronteras errantes

Imaginación para vencer la realidad

La nina del salto El olvido de Bruno.Edgar Borges (Caracas, 1966) dicta desde hace más de un año talleres de creación literaria a pacientes con trastornos neurológicos en el instituto María Wolf Alzhéimer de Madrid. La experiencia le sirvió para reforzar una idea en la que trabajaba desde hace un tiempo: una novela sobre el Alzhéimer protagonizada por un librero que sufre de la enfermedad. El olvido de Bruno (Carena, Barcelona, 2016) fue el resultado de su inmersión en el tema, una obra en la que la imaginación intenta llenar los vacíos de la memoria.

Al venezolano le interesa llevar a la ficción a seres especiales, víctimas de males que alteran la conducta humana. Ya en El hombre no mediático que leía a Peter Handke (En Huida, Sevilla, 2012) perfiló a un personaje con autismo. Borges encuentra en la literatura una forma de terapia, que si no salva por lo menos alivia. “Si los que escribimos no pudiésemos hacerlo estaríamos internados o con problemas de esquizofrenia. La literatura me permite comprender la realidad que camino”, dice. Su nuevo libro intenta ser una metáfora contra el olvido, que es también una batalla de la escritura. “El arte es una de las pocas formas de permanencia que tiene lo humano para que su paso pueda ser recordado. Por encima de la vida quedan los libros, toda una ilación de historias que, como Sherezade, contamos para retar a la muerte. La literatura es lo que nos sobrevive”.

La vida de Edgar Borges está marcada por su niñez. Hijo menor de Hercilia —diseñadora de ropa­— y Robert ­­—comerciante—, tenía siete años cuando vio en la televisión que anunciaban cuentos de Gabriel García Márquez, cómics y una revista que traía en la portada la cara de Albert Einstein. Se los pidió a su madre de cumpleaños. “Esos tres regalos marcaron mi necesidad de leer. A partir de ese momento pedí libros, historietas y revistas”, recuerda Borges. La lectura lo llevó a crear historias en clave lúdica, especies de radionovelas que inventaba con su hermana Dalia. El juego lo guio a la escritura: a los nueve años se atrevió a hacer una novela —“desastrosa”, según él—. Borges, en su infancia, no quiso ser futbolista ni médico ni astronauta. Lo suyo siempre fue escribir. “Quería escribir porque leía mucho, quería emular las historias que leía”.

De niño Borges leyó a Franz Kafka, Charles Dickens, Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez. “Cuando entré en la adultez, la literatura ya formaba parte de mi vida”, cuenta. Después se encontró con Julio Cortázar, Albert Camus, José Antonio Ramos Sucre, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Enrique Vila-Matas. “Cortázar fue determinante. Cambió por completo mi noción de la literatura. Me hizo entender que es posible hacer una literatura participativa, que involucre al lector, que vaya más allá de la estructura clásica de principio, desarrollo y final. Eso me invitó como escritor a hacer obras con un objetivo similar”. Siga leyendo Imaginación

Un poemario para leerse tres veces

UNA_CASA_PORTADA_ALTA[1]Una casa en la palma de tu mano (mediaIsla, 2017), el segundo libro de la dominicana Denisse Español ha comenzado su andadura. Sobre su primera publicación, Mañana es ningún día (Santuario, 2013), ha dicho Guillermo Piña Contreras que es “un grito de rebeldía, de libertad, un grito que no espera respuesta más allá del aquí y ahora siempre presentes en sus versos”. Este segundo, al parecer, inicia su andadura con la bendición de Rey Andújar, quien firma la contratapa con estas palabras:

“Denisse Español ha diseñado una casa para regalar. Este espacio tiene sonidos claros que se defienden de las engañosas imposiciones de los vejigantes que pretenden adueñarse del lenguaje. Al visitar este hogar uno puede encontrar a cada paso una nueva forma de libertad. Una casa moldeada a mano, construida a consciencia. La estructura es importante, sí… y sin embargo es el vacío lo que la hace grande. Este poemario debe leerse tres veces: como un mapa hacia la sensualidad del cuerpo, cuando ama, cuando se piensa, cuando camina… Como una radiografía del deseo y la añoranza de una isla que se disfraza de ciudad perdida. Lo salvaje está en la tercera mirada, en el poema y la palabra como escrituras de una partitura Caribe: donde se está siempre en el mar, en el aire o en la cárcel de sal. Y muy adentro, en cada verso, en cada abrazo, la chispa de sol, desgracia y alegría que nos distingue. Estos poemas vienen del calambre del alma, del teriquito del beso… son redes para atrapar luz”. El libro está disponible en Adquiere una casa

El caballero que robaba a los ricos

El caballero que robabaSi la originalidad es –como quería Chesterton– el don de disentir con los demás, la clave será siempre quiénes son “los demás”. Para Hector Hugh Munro, fueron los aristócratas y burgueses británicos de comienzos del siglo XX, entre los que él mismo estaba, y que la originalidad de Saki –el seudónimo que Munro eligió para escribir ficción– haya logrado perdurar hasta hoy, a cien años de su muerte, remite tanto a su talento literario, a su prosa sofisticada y elegante, a su ironía sutil y punzante, como a la empecinada supervivencia de ciertos rasgos de clase, los que desnudan sus relatos de humor y de horror, desde la indiferencia social, la desaprensión y la apatía hasta la frivolidad y la hipocresía. Munro escribió crónicas políticas, novelas, teatro y una serie de cuentos que son parte de los clásicos de la short story y que todavía se leen con el mismo placer culposo e inolvidable que debió de sentir hace un siglo su público de ladies and gentlemen. De hecho, es difícil encontrar una antología sensata que excluya relatos como “Gabriel Ernesto” (el licántropo al que le gustaban los chicos), “La reticencia de Lady Anne” (el cese de las hostilidades matrimoniales), “El narrador” (de impiadosos cuentos infantiles), “Sredni Vashtar” (el hurón que atiende las plegarias de un nene), “Los intrusos” (dos enemigos se reconcilian con demora), “Esmé” (la amistosa hiena infanticida) o “Tobermory” (el gato que hablaba demasiado).

Aunque escribió casi aislado, la peculiaridad de Munro/Saki reconoce un sugestivo parentesco con autores de los que fue más o menos contemporáneo. Como Rudyard Kipling, fue un hijo del imperialismo británico, nacido en una colonia y criado bajo estricta disciplina lejos del afecto de sus padres; y en su obra, como en la de Kipling, los chicos y los animales son protagonistas recurrentes, víctimas y victimarios del injustificable mundo adulto (“llegar a los treinta es haber fracasado en la vida”, escribió Saki). Como Oscar Wilde, como Lewis Carroll, parece haber convivido con un íntimo deseo que contrariaba la moral dominante y también esa carga se puede leer en sus narraciones. Curiosamente, la carrera literaria de Munro empezó con textos que parodiaban a Kipling y a Carroll. Y su estilo, los elaborados epigramas de sus dandies, se emparientan, como observó Borges, con “las deliciosas comedias de Wilde”, por su delicadeza y levedad, por el “tono de trivialidad” y la “ausencia de énfasis” en relatos “cuya íntima trama es amarga y cruel”.

De familia escocesa, H. H. Munro nació en 1870 en Akyab, hoy Sittwe, entonces una de las ciudades birmanas sometidas por el imperio británico y donde su padre era oficial de la policía militar. Tras la muerte de su madre en 1872, Munro y sus hermanos mayores fueron enviados a Inglaterra, y quedaron al cuidado de sus tías, dos mujeres inescrupulosas y “turbulentas” que “se odiaban mutuamente con ferocidad”, según describió su hermana Ethel (las tías son personajes repetidos en los cuentos de Saki y rara vez quedan bien paradas, cuando tienen suerte y quedan vivas). Munro fue educado en casa por institutrices y sólo tres años en escuelas públicas y privadas (“no puede esperarse que un chico sea depravado hasta haber asistido a una buena escuela”, escribió Saki). Después de fracasar en el intento de seguir la carrera militar de su padre (duró catorce meses y siete ataques de malaria en Birmania), en 1896 se mudó a Londres para dedicarse a escribir. Siga leyendo El caballero que robaba

Seis libros de esta semana

Seis libros de la semanaLa tragedia de la vida “Esta es la historia más triste que he oído jamás. Habíamos tratado íntimamente a los Ashburnham durante nueve temporadas en la ciudad de Nauheim… O, para ser más exactos, habíamos tenido con ellos un trato tan holgado, cómodo y, al mismo tiempo, tan estrecho como un buen guante en nuestra mano. Mi mujer y yo conocíamos tan bien al capitán Ashburn­ham y a su esposa como es posible conocer a alguien y, a pesar de todo, en cierto sentido, no sabíamos nada de ellos. Esta es, supongo, una situación que sólo puede darse cuando se trata con ingleses, de quienes, hasta hoy mismo, si me paro a pensar en lo que sé de este triste asunto, sigo sin saber nada en absoluto.

El fin de las utopías “Hay un narrador en la primera novela de José Andrés Rojo, Camino a Trinidad, que de alguna manera nos representa y nos interpela. Es el narrador que no solo nos conduce por una parte crucial de su vida, también lo hace por nuestra propia historia contemporánea. Nuestra historia son muchas historias que a veces, desde Europa, ignoramos. Incluso lo que ocurrió en la misma luctuosa Europa. Escribo esto porque es de lo que nos habla, si mucho no me equivoco, José Andrés Rojo, periodista de EL PAÍS. De cómo encajar una experiencia histórica (desde la experiencia privada) en otra lejana en el tiempo y en el espacio.

La memoria indulgente “En la trama de Bilbao-New York-Bilbao, la novela le dio a Uribe el Premio Nacional de Narrativa de 2009, un cuadro de Aurelio Arteta es punto de arranque de una búsqueda en el pasado de la familia del autor, con aventuras marineras y recuerdos de una guerra perdida. Los exergos de Elias Canetti, W. G. Sebald y Virginia Woolf son una apelación a quienes también fueron exploradores del pasado: pero debemos recordar que la evocación de Canetti estuvo marcada por una tragedia universal, la de Sebald por el desvanecimiento de cualquier identidad reconocible, la de Virginia Woolf por el íntimo desasosiego. La nueva novela de Kirmen Uribe invoca ahora a Carlos Fuentes, otra memoria masoquista en pos del entendimiento del pasado. La hora de despertarnos juntos surge también de un cuadro de Antonio Guezala, Noche de artistas en Ibaigane, pero lo hace sin sensación de culpabilidad, como la reconstrucción de un pasado risueño y feliz, aunque su inocencia esté cercada siempre por la hostilidad ajena. Más que a J. M. Coetzee o a los citados, recuerda a las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina —Beatus ille y El jinete polaco—, que también parten de cuadros-emblema o de fotos envejecidas que exorcizan una inocencia o una pasada gallardía que nunca se han perdido del todo. Siga leyendo Libros de esta semana

Los invasores

Los invasoresCuando los escritores de hoy nos enfrentamos al temido pa­pel en blanco, lo hacemos con la certidumbre de que nada de lo que escribamos parecerá original. Con tanta tinta derrama­da a nuestras espaldas, resulta terriblemente difícil encontrar una idea novedosa. No conseguimos liberarnos de la molesta sensación de que todo está escrito. Pero hubo un tiempo, sin embargo, en el que casi nada estaba escrito. Un tiempo en el que todas las ideas parecían nuevas, por estrenar, y los es­critores se aventuraban como ávidos colonos en el territorio todavía virgen de la ficción. El novelista británico Herbert George Wells fue uno de esos visionarios que con sus obras contribuyó a modelar la literatura. En un lapso de apenas cuatro años publicó La máquina del tiempo (1895), La isla del Dr. Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La gue­rra de los mundos (1898). Cuatro novelas que hablaban de te­mas que hasta ese momento nadie había tratado. Cuatro no­velas que fundaron el género de la ciencia ficción.

Cuesta creer que esas obras surgieran de una misma men­te, aunque quizá no sea tan descabellado si tenemos en cuenta que parte de la vida de Wells transcurrió en una de las épocas más favorables para la inventiva: la época victoriana. Durante ese período, la ciencia experimentó un progreso espectacular, sembrando el mundo de maravillas. Se inventó la máquina de vapor, el teléfono, el ferrocarril, el gramófono, la máquina de es­cribir, se implementó el alumbrado eléctrico, incluso el cine empezó su andadura a finales del siglo XIX. Resulta lógico que para el ciudadano de ese tiempo, acosado por todas aquellas in­novaciones, los científicos se convirtieran en los nuevos sacer­dotes. Eran capaces de trastocar las creencias más arraigadas, como hizo Charles Darwin con su teoría de la evolución, a la par que asentaban las bases del mundo moderno. Pero como nunca llueve a gusto de todos, también había quienes consi­deraban hostil el progreso científico. La Revolución indus­trial había cambiado la faz de Gran Bretaña y los continuos avances en maquinaria amenazaban no solo los puestos de trabajo, sino toda una forma de vida que permanecía inaltera­ble desde mucho tiempo atrás. Es comprensible que el inmi­nente siglo xx les pareciera temible. Así las cosas, no es extra­ño que alguien con el instinto, la inteligencia y la sensibilidad de Wells se sirviera de esa amalgama de temores y sueños que enrarecía el aire a finales de su siglo para urdir sus novelas.

Pero empecemos por el principio. Herbert George Wells llegó a Londres desde su Bromley natal en el año 1888, el mis­mo en el que Jack el Destripador descuartizó a cinco prosti­tutas en el mísero barrio de Whitechapel. Contaba veintidós años y se sentía feliz de haber burlado, gracias a la beca que había obtenido en el Royal College of Science, el oscuro destino de mercero al que su madre pretendía conducirlo, así que se entregó a disfrutar de los placeres que ofrecía la gran metrópoli, tanto intelectuales como carnales. Los siguientes años estuvieron jalonados de las penurias inherentes a la super­vivencia (su beca solo era de una guinea semanal), pero también de estimulantes goces para los sentidos. Tras obtener la licen­ciatura en ciencias, con matrícula de honor en zoología, Wells empezó a impartir cursos de biología y ocupó el cargo de re­dactor jefe del Correspondence College de la Universidad de Londres, pero los ingresos que todo aquello le reportaba eran tan magros que se vio obligado a buscar el modo de incrementarlos. Se dedicó entonces a bombardear incansablemente a los diarios locales con todo tipo de artículos, hasta que consiguió que le ofrecieran un hueco en las páginas de la Pall Malí Gazette.

Por aquel entonces, el autor francés Julio Verne llevaba años practicando un género nuevo, consistente en narraciones didácticas que divulgaban los conocimientos científicos del momento al tiempo que formaban a los jóvenes lectores, tras­mitiéndoles de un modo ameno los valores del socialismo ro­mántico. Tal era la popularidad de esos Viajes extraordinarios que a Lewis Hind, el encargado de las páginas literarias de la Gazette, se le ocurrió incluir aquel tipo de historias en su pu­blicación, y el joven Wells le pareció la persona idónea para emular al supervenías francés. Le propuso pergeñar pequeños cuentos que reflejasen el apogeo científico que estaba vivien­do el siglo, pero que también se atrevieran a especular sobre las consecuencias negativas que aquella imparable erupción de inventos podría tener para el mundo. Wells aceptó de inme­diato, pues la propuesta se adecuaba a sus ideas. Aparte de ser un izquierdista convencido, Wells desconfiaba de que la cien­cia fuera a resolver los problemas de la humanidad, así que no pudo sino alegrarse de que Hind le animara a alejarse de la visión positiva que estaba divulgando Verne del conocimien­to científico. En solo un par de días ideó un relato titulado «El bacilo robado» que, además de satisfacer por completo a Hind y reportarle cinco guineas, le permitió ver su nombre impreso por primera vez bajo una historia de ficción. Siga leyendo Los invasores

Paul Auster publicará nueva novela en septiembre de 2017

Paul AusterTras siete años sin presentar libro, el estadounidense repasa en ‘4 3 2 1 algunos acontecimientos emblemáticos del siglo XX.

La editorial Seix Barral publicará en septiembre de 2017 la nueva novela de Paul Auster, titulada “4 3 2 1”, un lanzamiento que será simultáneo en castellano (España y Latinoamérica) y catalán (Edicions 62).

Con “4 3 2 1” el escritor estadounidense vuelve tras siete años sin ninguna novedad, después de publicar “Sunset Park” (2010), según ha informado hoy la editorial en una nota.

La novela narra la historia de Archibald Isaac Ferguson a lo largo de los acontecimientos más emblemáticos del siglo XX, como el asesinato de Kennedy o las primeras revueltas sociales en EE.UU., e imagina cuatro futuros diferentes en función de sus decisiones en la ficción.

De esta forma, “4 3 2 1”, como añade Seix Barral, presenta al lector cuatro personajes que comparten el mismo nacimiento y ADN, pero que, por azar del destino, “una de las obsesiones de Paul Auster”, viven en paralelo cuatro vidas completamente diferentes. Siga leyendo Paul Auster

La última carta de amor de Leonard Cohen

La ultima cartaEl genial cantautor canadiense ha partido el pasado 7 de noviembre, a los 82 años de edad. Casi parece que él mismo lo haya decidido. En su último disco You Want It Darker, el más sombrío de toda su carrera, hablaba de la muerte, de despedidas, del final de un camino… Y, poco tiempo antes, le habló a Marianne, su musa, en una carta de despedida y de amor que hoy cobra más significado que nunca.

Esta es la canción que convirtió a Marianne en la musa de Leonard Cohen. Marianne Ilhen fue pareja del cantautor en diferentes momentos de la década de los 60. Fue la musa de So Long, Marianne y de Bird on the Wire, y apareció en la contraportada del álbum Songs from a Room, sentada ante la máquina de escribir de Cohen envuelta en una toalla.

Este pasado verano, Marianne fue diagnosticada de leucemia. Sabía que se estaba muriendo y un íntimo amigo suyo escribió a Cohen para comunicarle la noticia. Leonard le escribió entonces unas palabras que se han convertido en su última gran carta de amor:

Bueno, Marianne, hemos llegado al momento en que somos realmente viejos y nuestros cuerpos se están rompiendo en pedazos. Creo que te seguiré muy pronto…
Quiero que sepas que estoy tan cerca, justo detrás de ti, que si estiras la mano, podrás alcanzar la mía. Sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no hace falta que diga nada más porque tú ya lo sabes todo. Siga leyendo La última carta

Alrededores de la ausencia | Noël Devaulx

[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. Alrededores de la ausencia, por Noël Devaulx (1905-1995), destacado escritor francés del siglo XX].

Noel-DevaulxEstaba leyendo en el quiosco chino cuando un campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo llamado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso, algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez. Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz. Por fin alcanzó el cordón provocando un sostenido repiqueteo que la dejó totalmente aturdida, tanto más cuanto que los postigos de la cocina restallaron y apareció en el umbral el ama de llaves, muy tiesa en su ropa de domingo y dispuesta a dar una lección a la descarada, sorprendida en flagrante delito. Me adelanté para evitar un drama, escoltado de cerca por Madame Grande Yvonne, nombre que la gobernanta debe a mi hermana mayor, de quien fue nodriza, y al cual se ha agregado el título de “Madame” para consagrar sus altas funciones.

-¿Adónde vas, pequeña? -le pregunté con ese tono con que intentaba simular ante los pilletes ladrones y depredadores de nidos una severidad de propietario, y que reforzaba aún más la costumbre que tengo de aconsejar paternalmente a los niños.

-Aquí -respondió.

No pude disimular una sonrisa, y ella, que sin duda aguardaba ansiosamente el resultado de su treta, rompió a reír, tranquilizada, con una confianza que me conmovió.

Del mismo lado de la reja y de las convenciones, Madame Grande Yvonne y yo examinamos estupefactos a aquella visitante extenuada pero decidida, encantadora aunque vestida como una pobre, y sin confesárnoslo ya habíamos consumado la mitad de la traición. Así entró ella en nuestra casa, en nuestras vidas -digo “nuestras” porque mi mayordomo con faldas fue conquistado tan rápidamente como su amo-, con tanta naturalidad como si siempre hubiéramos formado parte de su imperio infantil.

Aquella misma noche, cuando se quedó dormida (cosa que conseguimos no sin dificultad, debido, creo, al enervamiento del viaje, o a nuestra torpeza, pues tan pronto la reñíamos como la acunábamos), celebramos un consejo, en el que después de haber cambiado graves reflexiones sobre la tristeza de los tiempos y el abandono de la infancia, y de haber examinado minuciosamente las hipótesis más pesimistas sobre el sentido moral de los padres, confeccionamos la lista del ajuar, de las provisiones y aun el programa de estudios, que no puedo releer sin reírme: estaba lejos de pensar que mi humilde colaboradora desempeñaría en esto un papel rector, por su competencia en los quehaceres domésticos y su conocimiento de las cosas del campo. A tal punto exageramos nuestras propias luces…

La casa es lo más incómoda que se pueda imaginar y toda en corredores; una casa solariega que han desfigurado sucesivamente los granjeros que la arrendaron mucho tiempo y el gusto por un medioevo excesivo que profesaba la tía de quien la heredé. La fachada, un poco seca, cuidadosamente desahogada de rosales trepadores y de las asimetrías que en ella aclimataba la vida, es de un hermoso fin de siglo XV. Sobre el granito se destacan los marcos de la puerta y de las ventanas, en.piedra azulada de Kersanton. Ese rostro terroso de ojeras profundas se rodea de geranios frescos y de rosas, como de una vieja beldad. Siga leyendo Alrededores de la ausencia

La belleza del cuerpo femenino
la belleza

 

 

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