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Del viaje por el cuerpo y el corazón (dos jóvenes poetas sudamericanas)

GERARDO CÁRDENAS [mediaisla] Leo dos poemarios que me hablan de viajes interiores del cuerpo, ambos de jóvenes poetas sudamericanas, la peruana Ethel Barja (Insomnio) y la venezolana Oriette D’Angelo (Cardiopatías).

Hace casi ochenta años, el poeta mexicano José Gorostiza en Muerte sin fin se declaraba sitiado en su epidermis, inicio de un poema extraordinario que partía del ensimismamiento físico y llevaba a un baile temerario con la muerte: un viaje desde el cuerpo vivo, ahíto, sitiado, al cuerpo que se sabe mortal, vulnerable.

¡Triste carne! ¡Dulce corazón!, escribía Mallarme en el poema Brisa marina, escrito todavía mucho más atrás, hacia 1899.

En la pasión —sea erótica o dolorosa— no hay otra dimensión que la del cuerpo. En el frenesí del amor los amantes dejan de existir, sólo el cuerpo está presente. Y en la tortura del dolor, la única dimensión es la física: el Cristo torturado, sangrante, camino del Gólgota, o el Prometeo encadenado a una roca, que cada día ve renovarse el tormento cometido contra su cuerpo.

Pienso también en E.E. Cummings y su ‘i like my body when it is with your body’ donde el sentimiento desaparece, pero el poema, casi milagrosamente, evita lo mecánico para centrarse en la experiencia del cuerpo compartido de los amantes.

Finalmente, hablamos de transiciones: la pasión amorosa o dolorosa es, a final de cuentas, un paso, una translación hacia el orgasmo o la muerte.

No así el poema de Gorostiza que es un viaje al interior y desde el interior del cuerpo, una mirada vuelta hacia adentro, aún si su final es precisamente ese devaneo con la muerte.

En estas reflexiones leo dos poemarios que me hablan de viajes interiores del cuerpo, ambos de jóvenes poetas sudamericanas, la peruana Ethel Barja (Huanchar, 1988) y la venezolana Oriette D’Angelo (Caracas, 1990).

Barja con Insomnio vocal (Alastor Editores, Lima, 2016) y D’Angelo con Cardiopatías (Monte Ávila, Caracas, 2016) proponen dos viajes al interior del cuerpo que dialogan entre sí (aunque desconozco si las dos se conocen). Sus viajes son muy distintos al de Gorostiza —median muchos años, y a final de cuentas la visión del mexicano es claramente masculina.

Pero ambos viajes son impactantes: arrastran al lector a una dimensión que sólo encontrará dentro de sí mismo.

Escribe D’Angelo:

Mi cuerpo es una transición que grita:

            ¡No me salves!
Te muestro los huesos
y te ruego me abandones
que estoy cansada de tanto plomo
de la suspensión del cuerpo
de olvidarte a golpes
mientras mi cuerpo explota
mientras mi boca arde
de tanto nombre absurdo
y tanta memoria calcinada…

Y escribe Barja:

Erguidos ante el viento.
El calor de mediodía nos da la tregua.
Se muestra el tiempo como permutación absurda.
Detrás de cada rostro
ensayos de catalepsia.
Vuelvo a soplar tus huesos,
a caer de pie sobre tu pupila.
Te deslizas como grito ahogado.
Danza coral en el entramado de tu pecho,
destrucción lenta del macizo sueño,
del ensimismamiento detrás de las aceras,
de sus abismos encubiertos,
cenizas, fin de trayectoria.
Una palabra que se enfría y cae.
Desintegración de los nombres,
hacia las bocas descienden
hacia los ahuecados peldaños de piel.

Los cuerpos pesan, pero la calidad de ese peso sólo surge en la experiencia de lo interior: las poetas abren grietas en su propia piel y miran y muestran. Estaríamos al borde una revelación, de una epifanía, pero tanto Barja como D’Angelo no nos dejan que nos hagamos ilusiones —se vuelve a la dimensión física con angustia, con calcinamiento, con ensimismamiento.

Corazón, sangre, órganos, piel, juegan papeles importantes en estos poemarios, pero subrayo el papel de los huesos: nuestra armazón final, lo último que queda antes del viaje final hacia la tierra o la ceniza, fuertes y vulnerables a un tiempo, traicioneros, armazones.

De ellos dice D’Angelo:

Nada sabemos del final hasta que nos quebramos…
Demasiado hueso, demasiado calcio. Había tanto que quebrar que decidiste quererme poco. Me dejaste con el cuerpo hinchado de árboles. Con la imaginación fracturada…

Sobre ellos escribe Barja:

Los huesos que buscaba en los sueños
tintinean al viento entre las primeras luces.
La tierra mana de la raíz
el agua se levanta en la sed
y todo a lo que algún día despertamos
duerme en nosotros
como un rumor en la piel.

A partir de la piel cierro este comentario, para volver en primera instancia a Gorostiza, atrapado por su propia piel, sitiado por ella, y contrastar con la piel ardiente, la piel viva, la piel mutable, transicional, despierta de las dos poetas.

Primero Barja:

con la piel abierta
intento abrazar el tiempo
como a un oscuro fantasma
despojado de sus prendas
desorientado y tembloroso
imagino velar sus noches
con restos de escombros en la frente
mapas de destrucción que crecen
como las huellas que limpiamos día y noche
como arcabuces cuya pólvora no alcanzamos
así contigo como intentado acribillar los paisajes
por donde se echaron a andar
y se hagan cada vez más profundos
para que partan infinitamente
hasta que el permanecer sea una palabra desgastada
vaciada completamente
y yo no pueda más volver en reloj alguno
a reclamar un extremo de tierra
un tramo de piel
un ruido inútil
un nombre

Y luego D’Angelo:

Prefiero arrancar la piel
antes que portar la carne que sobra de las heridas
Prefiero dejarme costras con los nombres
que esta membrana abierta
amarilla
sin huellas
sin pasado disidente
Lo he intentado todo: no sanas.
Ejercito el músculo que dejaste
la única fórmula de escape hacia otra dirección
el crimen común de una morgue llena
es olvidarlo todo
como un cuerpo tirado en la autopista
que lucha por sobrevivir ante la indiferencia
de esta boca desprendida que intentó también            gritar.

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GERARDO CÁRDENAS escritor y periodista mexicano y reside en el área de Chicago. Su más reciente poemario Silencio del tiempo fue publicado en 2016 por Abismos Editorial.


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