Letras vueltas Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Letras vueltas » Letras vueltas

Letras vueltas

Changes | René Rodríguez Soriano presenta su libro “No les guardo rencor, papá” | Y hasta con solo de flauta que siga la música | Huellas de Emily Dickinson | Los ricos contra Trump y Coca-Cola contra el Pato Donald | Marta Minujín: “Desde los años sesenta no se ha hecho nada nuevo en arte” | Gloria Fuertes, una poeta mayor de edad | “La Navidad, Memorias de un naufragio” de Marcio Veloz Maggiolo  | El otro Francisco Candel | Un cronista desgarrado | Menos Julia – Felisberto Hernández | Imágenes sorprendentes.

René Rodríguez Soriano presenta su libro “No les guardo rencor, papá”

El Consulado General de la República Dominicana en Miami fue el punto de encuentro para los amantes del trabajo literario de René Rodríguez Soriano. El escritor dominicano presentó su libro No les guardo rencor, papá en el marco de las actividades que se llevan a cabo en la Semana de la Herencia Dominico-Americana. Este evento fue organizado como todos los años por Latinos Unidos, una institución sin fines de lucro que dedica parte de sus esfuerzos a ofrecer a los dominicanos una semana llena de eventos culturales en el mes de febrero.

Raúl Bartolomé, compañero de promoción y amigo de toda la vida del autor fue el encargado de presentar a Rodríguez Soriano, así como también algunos textos escritos para la ocasión por sus compañeros del colectivo de escritores y punto.

Luego de ser presentado, el autor leyó varios de los textos que conforman este nuevo libro con el objetivo de que los presentes pudieran distinguir vayas de las voces de los personajes que componen esta nueva novela.

No les guardo rencor, papá es un trozo de los duros días de la dictadura de Rafael L. Trujillo en República Dominicana. Tres voces, un niño, una joven casamentera y un estudiante universitario, dan cuerpo a una especie de coro a través del cual llegamos a percibir los ecos de una historia de terror y mutilaciones. Todo sucede en un pueblito de la cierra, el 14 de junio de 1959 un grupo de dominicanos, acompañados por otros latinoamericanos empeñados en derrocar la sangrienta tiranía trujillista, desembarcan en las montañas de Constanza. El niño, de apenas nueve años, y los dos hermanos, entresacando y atando cabos sobre lo que se puede ver y lo que no se puede ver en un país sitiado, logran pintar una panorámica de tensión y espanto.

Las inocentes conversaciones del niño con su catequista y las notas de la joven al soldado de sus desvelos, dan carne y alma a los perversos gendarmes del orden y la delación para armarle un caso al estudiante universitario. La tortura, las desapariciones, persecuciones y la vida —si es que pudiera llamársele así— en las ergástulas del régimen son otra cara de la moneda. Las cartas del hermano a su padre, finalmente nos ponen frente a otra perspectiva de la historia que se va contando como si fuera un cuento. Siga leyendo No les guardo

Y hasta con solo de flauta que siga la música

Era un plaquette, más que un libro. Muchas veces se comienza así. Unas cincuenta páginas, veintisiete años a cuestas, a poco de bajar de la loma y con la poesía como divisa. Raíces con dos comienzos y un final. Y René Rodríguez Soriano entraba en el redondel para saber a literatura cierta con cuál instrumento se sacaba el agua al tinaco.

Era 1977. Declinaba el decenio y declinaba el gobierno de los doce años. Rodriguesoriano –que así firmó por muchos años- levantaba su ira y su lucha, porque por ese carril cruzaban entonces muchos velocistas, así como en casi todas las proclamas poéticas de los sesenta anduvo de por medio la utopía en sus distintas variantes. Era la hora. Balaguer, la guardia colorá, el viento frío y las tardes empujadas hasta el abismo. El constancero se estrenaba en la lid con el pie izquierdo en la furia de los vientos y con el pie derecho –no podía ser de otro modo- en las lecciones del amor a oscuras, surcando palideces y mieles.

Cerró la década con un segundo texto. Bueno, digamos, con un mazo de textos, libres, libérrimos, sueltos, desgranados, fijando territorio: el poeta que se decanta por una narrativa de trechos que no tenían que deberle nada a ningún escriba anterior. El intento de declaración de principios que fue su primer libro, se consolida y expande en el segundo. La proclama del escritor que quería ser, y sus motivos, queda clara en estos Textos destetados a destiempo con sabor de tiempo y de canción. Era 1979. Ya los setenta estaban en repecho y la era balaguerista estaba descolorada. Teñido de blanco el pueblo ponía sus jarretes en otras esperanzas. Declaración de principios: Rodríguesoriano mantenía, renovado, el estilo y las señales que ensayara en su libro anterior, pero venía ahora con unos jeribeques donde se mezclaban la ironía, la fisga, el fuñidero contra entidades –físicas y espirituales-, la tevé, algunos personajes de la época, algunos momentos de la época, la época en fin…y la libertad aleteando, haciendo que el himno fuese guerra, “guerra de amor y rompeolas”. Las claves ya estaban ahí. Nunca abandonarían su estilo, su pensamiento, sus rasgaduras, sus dominios. El poeta que no tenía deudas con nadie decía lo que tenía que decir “desde, con y por mi época ¡untándome de ella, si es preciso!”. Desde el bulpén izquierdo.

Llegaron los ochentas. Un decenio que, tal vez, no se ha afirmado cuán interesante resultó. Los sesentistas cuelan sus mejores ofertas en este tiempo. Los del cuarentiocho recuerdan que ya la página escolar había muerto y que era minuto de mostrar lo que había que mostrar. Los ochentistas comienzan temprano a mostrar sus garras. No pocos setentistas se quedaron, y aún siguen quedándose, en la gatera. Los ochentas no fue solo época de los ochentistas. René iba a demostrar en esta década que él era el centro de acopio de los que se organizaron en aquel Colectivo de escritores…y Punto! Y su oficiante mayor. Tal vez, único. Y punto. En 1983 nace Canciones rosas para una niña gris metal. Y tres años después, Muestra gratis. Dos estaciones gloriosas en nuestra literatura contemporánea. Contenido y continente, digo. El poeta se iba con su parte a otra música. El estilo ya era el reneniano. Todavía hoy sigue siendo así. Quedó, entonces, registrado. Y el escritor libérrimo se escapa por cualquier rendija. Ya está claro que, fuera de los efluvios del amor, no tiene otras faenas que explorar. (“este aposento angosto y sin ventanas/ con tu aliento anda a trancas por el día/ no le cabe en el pulso tu presencia/ ha vuelto a cobrar vida con tu vida…[]…este aposento cuando tú lo habitas/ se torna melodioso y transparente/ ocúpalo a tu antojo y sin medidas/ no hay dimensión que ensanche más su luz/ que el trote de tus ojos/ revolviendo en las tardes/ sus rincones”).

En el año en que se publica este último libro, René da el salto al relato. Y ahí comienza la otra historia. La poesía iba a seguir su curso más despreocupadamente (no se había dado cuenta que había dejado dos, tres, libros emblemáticos). Hizo algunos despojos en compañía de amigos escritores, algo poco común entre nosotros en literatura, porque ahora, cuando el mercado marca otras rutas, los cantarines mezclan con frecuencia sus composiciones musicales con colegas de mayor y menor cuantía. El cuento tomó las riendas de la poética reneniana, que abarcaría a la novela y al ensayo más tarde. Llegan Todos los juegos el juego (Cortázar deja huellas en quien lo aborda en noches de insomnio y René se convirtió en cronopio), No les guardo rencor, Papá, y Su nombre, Julia. Y entonces, vino la saga de esas mujeres intrépidas, que surcan azares y vendimias, que mueven los hilos del azar y que acostumbran a llenar las tardes de palomas. Y no solo Julia –pertinaz, deslumbradora- sino también Claudia, Laura, Rita y todas las demás. Por esos tres libros ambulan unos relatos que pueden estar en cualquier antología de aquí y de allá. Siga leyendo Y hasta con solo de flauta

Huellas de Emily Dickinson

La poetisa desarrolló desde la adolescencia un espíritu crítico obstinado y soberano al margen de los arrebatos colectivos de religiosidad de sus contemporáneos.

Emily Dickinson es una niña de 9 o 10 años con el pelo rojo muy corto y los ojos grandes que sostiene un libro y una rosa en las manos; es la silueta en cartulina negra de una chica en torno a los 14, con melenita, las mejillas redondas, la nariz todavía infantil; es una muchacha de 16 o 17, con una expresión de inteligencia tranquila y ensimismamiento, los perfiles y los claroscuros de un daguerrotipo.

Desde entonces, hasta su muerte, la cara de Emily Dickinson desaparece, a no ser que se acepte como suyo el retrato dudoso de una mujer joven y seria, de unos 30 años, con una leve sonrisa, con una mano en el regazo y la otra posándose en la espalda de otra mujer a la que se identifica como una amiga suya. Puede ser Emily Dickinson y puede no serlo. Este daguerrotipo, encontrado hace unos años, se muestra ahora por primera vez en la Morgan Library de Nueva York junto al retrato ya conocido y confirmado. Las reproducciones dan una idea errónea de las cosas. Hay que ver los daguerrotipos para darse cuenta de lo pequeños que son, de la inquietante tridimensionalidad que les da su precisión y la superficie de plata pulida, lo que tienen de objetos privados, de ofrecimientos no se sabe a quién. Están insertados en marcos dorados y tienen una tapa que permite cerrarlos como un joyero y como un libro. Imaginamos, en una época en la que la fotografía era aún una desconcertante novedad, la impresión que daría recibir un objeto así y abrirlo, y encontrar, reducida y exacta, la presencia de alguien.

La primera imagen de Dickinson, la de los 9 o 10 años, es de un retrato al óleo en el que está con sus dos hermanos, Austin y Lavinia, de los que no se separó nunca. Las tres figuras infantiles muy juntas nos enseñan más sobre esas tres vidas que capítulos enteros de biografías. Los tres hermanos son extraordinariamente parecidos: los ojos tan grandes, las frentes anchas, las bocas con un atisbo interior de sonrisa, de soledad e inteligencia. Como en el daguerrotipo de siete años después, Emily tiene en las manos o a su alcance los dos signos mayores de su vocación, una flor y un libro. El libro del retrato infantil puede que sea un volumen de botánica o un álbum de plantas y flores prensadas y coleccionadas por ella. Un rastro de Emily Dickinson tan poderoso como sus retratos es el herbarium que ya había completado a los 15 años. En la Morgan Library está abierto en una doble página, y si uno es aficionado a la historia natural además de a la poesía, lo seduce tanto como la contemplación de una carta o del manuscrito de un poema. Siga leyendo Emily Dickinson

Los ricos contra Trump y Coca-Cola contra el Pato Donald

La élite del capital en mediática disputa

Al parecer, nadie que merezca el respeto de los respetables apoya a Trump. O eso dicen. Incluso es conocido que antes de su victoria electoral, el mismísimo George W. Bush., otrora paradigma del conservadurismo global, se posicionó contra el sufrido oligarca.1 También durante la campaña, el pobre multimillonario padeció el acoso de la mayoría de los medios masivos.2 Incluso una vez electo presidente, el septuagenario y mediático líder de la nueva derecha “nacionalista-internacional” encontró una inesperada y “temible” adversaria: Madonna, que auguró a la plebe que la adora una revolución “del amor” (es decir, sin expropiaciones).3 Por si fuera poco tener de enemiga a la menos virgen de todas las célebres damiselas de la siempre inmaculada industria del pop, ahora a Trump le ha surgido un nuevo problema con mediáticas curvas: Katy Perry. Así es, porque la también cantante, poseedora de la cuenta con más seguidores de Twitter, no deja de ensañarse con el Tío Gilito de la política mundial.4

Poco importa que la señorita Perry grabara un videoclip propagandístico para el Pentágono con el asesoramiento de los Marines para nutrir de mujeres sus filas o que hiciera diversos conciertos para ayudar a su ejército en sus imperialistas aventuras allende los mares.5 Ahora Perry está “concienciadísima” de querer proteger a los más débiles.6 La multimillonaria estrella del pop ha sido una convencida demócrata de toda la vida, es decir, desde que Obama ganó el Nobel de la Paz y prometió sin cumplir cerrar Guantánamo para siempre. Barak, por su parte, siendo presidente, animaba a los jóvenes a ir a los conciertos de su archiconocida amiga.7

Pero hasta con el primer presidente mulato en retirada de La Casa Blanca, Perry siguió fiel a los candidatos demócratas y no le guardó ningún rencor a Hillary Clinton, su otrora adversaria, a la que apoyó decididamente desde el inicio de su segunda intentona presidencial. Tanto cuando se enfrentó al izquierdista Bernie Sanders por la candidatura demócrata como cuando más tarde tuvo que vérselas con el victorioso vaquero republicano, agente Trump: Donald Trump. En su militancia, Perry, pese a tener unos padres ultraconservadores,8 llegó a grabar un vídeo semidesnuda a favor de Clinton y a prometerle una canción electoral.9 Pero nada de eso bastó para que la mujer de George pudiese continuar con el legado político de Barak: en otras palabras: la política Coca-Cola.

¿Pero en qué consiste esta chispeante y gaseosa praxis política? La política Coca-Cola es el soft power de Joseph Nye o la publicidad corporativa de siempre, que ni la descubrió Naomi Klein con No Logo ni Philip Knight con Nike, sino los asesores de Rockefeller en 1914 (tras una masacre obrera a manos de sicarios del empresario), derramada en la arena política.10 En bruto: a Dios rogando y con el mazo dando. Como Coca-Cola, sirviendo con su mano izquierda anuncios de relajada gente guapa y “enrollada” sonriendo en la playa mientras con la diestra deja a cientos de trabajadores sin empleo, aplasta la disidencia sindical o desobedece sentencias judiciales.11 La praxis Coca-Cola se basa en cometer las mismas fechorías capitalistas e imperialistas de siempre, pero con un halo de santidad “cool” que les hace parecer justo lo contrario de lo que son.

Para los convencidos de esta política del marketing (no, no hablamos de la mayoría de dirigentes de Podemos), Obama, por ser “negro”, era mejor y menos racista que sus predecesores, pese a que expulsó a más inmigrantes que todos los presidentes blancos anteriores.12 Hillary, por el mero hecho de ser mujer (siguiendo el absurdo prisma del posmodernismo todavía hegemónico en la izquierda), debería ser más moderna y sensible que cualquier hombre, pese a que en sus tiempos de Secretaria de Estado se alegraba de un modo ciertamente nada “maternal” del asesinato de sus enemigos políticos.13

Como aventuró Terry Eagleton hace casi veinte años y como ha confirmado recientemente Slavoj Zizek,14 hemos llegado a un punto en el capitalismo que ya ni siquiera es necesario, o cada vez resulta más prescindible, el hecho de otorgarle un rostro humano al fascismo que requiere cualquier sociedad de clases. En este sentido, Trump constituye el principio del fin de la moral pública en la política de masas controladas mediáticamente. Y no puede ser de otro modo viniendo de un hombre que, henchido en un mitin televisado, anunció su apoyo a las torturas en los interrogatorios: “¿Qué si apoyo los ahogamientos simulados? Te puedes apostar el culo a que sí”.15

El patoso Donald, hipercaricaturizado por la prensa “seria”, con su pose de John Wayne, es el inicio del fin de la política Coca-Cola. Es el ocaso del soft power de negros y mujeres travestidos, la extinción de las miradas cándidas y los hollywoodienses discursos para justificar lo injustificable. Trump es, por fin, el soñado héroe mediático del trabajador totalmente alienado por el discurso de aquellos que le oprimen. El presidente estadounidense es como aquel “héroe” de violentas películas de acción que tras masacrar a “los malos”, mientras le contemplan temerosos y moribundos, todavía es capaz de mofarse de ellos con sus propios chascarrillos. Siga leyendo Los ricos contra Trump

Marta Minujín: “Desde los años sesenta no se ha hecho nada nuevo en arte”

Experimental, crítica y polémica. Marta Minujín sigue siendo un referente artístico en Argentina. Y además, el último premio Velázquez.

Con Marta Minujín (Buenos Aires, 1943) no hay espacios de calma. Tampoco en su estudio en el centro de Buenos Aires, construido en la casa donde nació y donde su abuelo confeccionaba uniformes. Todavía hoy sigue habitado por tejidos, en forma de almohadas multicolor y cuadros llenos de tiras de tela. Su imagen atropella el tiempo y las palabras en esa vorágine que la ha caracterizado siempre, como su rubio platino y sus gafas de espejo, fachada de un personaje warholiano y mediático. A los 8 años se creía Van Gogh y a los 12 se fue de casa. A los 16 ya tuvo su primera beca para irse a Francia. Entonces era informalista y amiga de Niki de Saint Phalle y Robert Rauschenberg. Luego llegaron las esculturas con colchones y las performances en las que exploraba situaciones fuera de control, y el humor, la crítica y la exaltación. Se hace famosa con La Menesunda, una ambientación transitable que realiza junto a Rubén Santantonín, que propone al espectador experimentar una variedad de sensaciones a lo largo de un recorrido de 16 zonas. A finales de los sesenta se convirtió en la reina del ácido lisérgico, el combustible de la contracultura y la psicodelia, y conectó con la escena underground de Nueva York, Warhol y el arte pop. Y en esa estela pop se ha quedado, realizando monumentales obras consumibles y deconstruyendo mitos de la cultura clásica. Feliz por su reciente Premio Velázquez, no irá a Arco porque está centrada en sus proyectos: el pago de la deuda externa de Grecia a Alemania con aceitunas —un guiño a otra que hizo en los años ochenta con Andy Warhol, al que pagó la deuda externa argentina con maíz— y el Partenón hecho con 100.000 libros prohibidos que hará en Atenas y Kassel para la Documenta 14.

PREGUNTA. Vivió el momento cumbre del arte, el Nueva York de los sesenta con Warhol. ¿Cómo era?

RESPUESTA. Muy divertido. Vivía en el hotel Chelsea y allá conocí a Warhol. Más tarde, sobre 1966, conocí a Dalí. Estaba en el hotel Sant Regis, donde hacía té para toda gente rara: travestis, mendigos, artistas… Era genial. Por aquel entonces yo tenía 20 años y él 60. Tenía una energía brutal. En la década del sesenta apareció el action painting, el nuevo realismo, el pop art, el arte conceptual, el videoarte, el arte óptico.

Pero Warhol sí vendía mucho.

Sí, pero no era Jeff Koons. Ganó plata con relación a otros artistas pop porque hacía cine, tapas de discos, revistas… Era un ser social, pero Koons y Damien Hirst solo ganan plata.

“La meca del arte fue París, últimamente Nueva York, pero ahora con Trump quizás se retraiga por la política con musulmanes e inmigrantes”

¿El dinero ha destruido el arte?

Sí, lo perjudicó de forma terrible. El arte cambió. En los setenta, toda esa gente que inventó se hizo famosa y empezaron a ganar plata. Siga leyendo Marta Minujín

Gloria Fuertes, una poeta mayor de edad

Fue la famosa escritora para niños que salía en la tele, pero también la autora de una poesía desgarrada. En su centenario, varios libros y exposiciones la devuelven a la literatura adulta.

Esta semana Babelia dedica su portada a Gloria Fuertes, una autora que resurge en el centenario de su nacimiento con el aprecio literario que siempre mereció, más allá del encasillamiento infantil al que fue sometida hasta su muerte. Varias antologías y tributos recuerdan su obra y su figura. “El Ayuntamiento de Madrid, su ciudad, quiere sumarse al homenaje y ahora una plazuela de Lavapiés, barrio donde nació y se crio la poeta, es candidata a llevar su nombre. De fondo, lo más importante: devolver el nombre de Gloria Fuertes a la poesía adulta. O, mejor dicho, a la poesía, toda, sin prejuicios. Rehabilitar la obra de una mujer de personalidad compleja (‘desde siempre mi alma cabalgando al revés’); que al final de su vida se entregó a la literatura infantil (‘no es todo hacer una poesía para el pueblo, sino un pueblo para la poesía’); que logró una voz coloquial única (‘escribo deliberadamente mal para que os llegue bien’) y que siempre estuvo, a su manera sencilla, castiza y juguetona, un paso por delante de su tiempo (‘esto no es un libro, esto es una mujer’)”, escribe en su reportaje Elsa Fernández-Santos.

El reportaje, salpicado de testimonios y valoraciones de su obra, repasa la trayectoria vital y literaria de la autora. “Poseía una voz propia enorme. Con un tono coloquial muy especial, usando la rima como ironía. Quien lee un poema suyo ya no olvida de quién es, te puede gustar más o menos, pero la reconoces inmediatamente, y eso es muy raro en literatura”, opina Luis Antonio de Villena. Ana Merino, directora del máster en escritura creativa en español en la Universidad de Iowa y una de las antólogas del libro Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (Visor, 2016), que incluía a Fuertes en su canon, defiende “todas las etapas” de la escritora: “Fue revolucionaria en una época que no estaba preparada para entender todos sus códigos”. Y el poeta Luis Muñoz concluye: “El tiempo le ha sentado muy bien a su obra. Y la clave es doble: que bebe de la vida, no de la literatura, y que sus poemas parecen obedecer a una urgencia. Hay en ellos una especie de puesta a punto interior”.

Entre las páginas del nuevo número de Babelia se puede encontrar también un artículo dedicado al auge de la historiografía modernista española, cuando se cumple el tercer centenario del nacimiento de Carlos III. Patricio Pron reseña el libro de la semana, Cronografías: Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo, de Graciela Speranza, y Álvaro Pons ofrece su crónica mensual sobre cómics. El apartado de arte incluye una entrevista al artista alemán Julian Rosefeldt y artículos sobre las exposiciones de Fiona Tan en el Guggenheim de Bilbao y Elena Alonso en el Matadero de Madrid. Siga leyendo Gloria Fuertes

“La Navidad, Memorias de un naufragio” de Marcio Veloz Maggiolo

Con el propósito de narrar la memoria de un personaje, Marcio Veloz Maggiolo escribe una de las más importantes novelas históricas de nuestra literatura y una de las más destacadas que se publica sobre la llegada de los españoles en el siglo XV y su afincamiento en el siglo XVI. Ya Bruno Rosario Candelier había escrito sobre la fundación de la primera ciudad, La Isabela, “El sueño de Cipango” (2002). La estructura de la novela de Veloz Maggiolo es sencilla y podríamos decir reiterada en su novelística; recordemos la estructura de “El hombre del acordeón” (2003). Es una voz intradiegética que permite presentar las memorias del personaje y, por lo tanto, se juega a los vaivenes de la memoria, lo que la hace la novela, algunas veces reiterativa, porque la memoria no puede captar en el orden lógico los acontecimientos y produce un relato circular.

Los valores estéticos de esta obra son, en primer lugar, la forma de la composición, el relato donde el personaje cuenta su memoria y desaparece el narrador que ve y conoce. La prosa es limpia y brillante. Desde “El buen ladrón” (1961), Veloz Maggiolo ha presentado sus dotes de escritor en una narrativa, en la que se unen la belleza de la expresión, la construcción de los periodos sintácticos claros y un lenguaje medio, sin la pretensión de impresionar al lector.

Así como fluye la memoria del personaje, va fluyendo la escritura de Veloz Maggiolo que realiza una novela dentro de la vertiente de la nueva narrativa que se inaugura en nuestro país en la década del sesenta con la exploración experimental y la desestructuración del modelo de la literatura realista. Cabe señalar a manera de ejemplo, los distintos llamados metapoéticos que aparecen en esta obra. El autor refiere el lenguaje de la época, pero su texto mantiene una claridad para el lector presente. Aunque introduce muchos indigenismos, no tiene la pretensión de reconstruir ni el vocabulario de los aborígenes ni el español peninsular de Nebrija, en su primera gramática, ni de Rojas, en “La celestina”.

Por otra parte, la novela intenta borrar la memoria de un historiador y un antropólogo que ha estudiado de manera detenida el periodo histórico y la cultura de los aborígenes. Él puede exponer de forma ficticia acontecimientos históricos que muchas veces completan la mirada que pudiéramos darle la cotidianidad vivida, por los compañeros de Colón abandonados a su suerte en La Española luego del naufragio de la Santa María.

Uno de los aspectos más sobresalientes de la obra está en plantear la presencia de los judíos en el descubrimiento. Pienso que es una de las lagunas de la historia que el autor quiere llenar. La relación de Colón con los judíos y la presencia de estos en el descubrimiento y conquista de América, muestra esa condición de la España finis terrae, como tierra de fronteras, árabe, judía, africana, portuguesa, en la que se van a insertar los indígenas como naborías del nuevo modelo económico y social que instauraron los colones en América.

La presencia judía presenta, además, la alternancia de otra religión en América y el autor lleva el tema hasta la creación de la inquisición por Torquemada. El narrador dice tener conocimiento de los planes de Josef Ben Hailevi Haviri “de fundar el judaísmo fusionista en las nuevas tierras” (41). Hailevi entiende que los indios son descendientes de una de las tribus perdidas de Israel, creencia que permite dar al relato una cierta trabazón con la narrativa cosmogónica cristiana en contraste con la cosmogonía taína, que muy bien se describe en la obra. Las distintas visiones de los peninsulares sobre los indios y sus creencias religiosas desatan una narrativa que cuenta y muestra las prácticas espirituales de ambas culturas y los choques que se dan así como la aspiración de Luis Torres de hacer en América la tierra de Dios profetizada por los padres fundadores de Israel. Con este aspecto, Marcio Veloz presenta una narración intradiegética que refiere a sus obras de temas bíblicos. Siga leyendo La Navidad

El otro Francisco Candel

Los diarios del autor de ‘Los otros catalanes’, que ahora ven la luz, son un repaso desigual a la posguerra española contada desde Barcelona.

Hubo unos años Candel, un paisaje Candel, cuando escribió Donde la ciudad cambia su nombre (1957) o Han matado a un hombre, han roto un paisaje (1959), a inicios de un trayecto literario que fue ajándose prolíficamente y que ahora retorna con sus diarios 1944-1975, El gran dolor del mundo. Las anotaciones de Francisco Candel (1925-2007) comienzan cuando fallece la madre del escritor y concluyen con la muerte de Franco. Posteriormente, Candel fue senador por Barcelona. En 1964 elimina parte del diario y mantiene en la penumbra los sesgos de su vivencia matrimonial. Poco antes de dejar sus diarios en suspenso, Francisco Candel subraya que se deja muchas cosas por apuntar, además de que le “ahoga este intento cosmogónico, por decirlo así, de querer plasmar o sujetar todo el mosaico”. Más que cosmogónico, el resultado tiene un aire de cronicón suburbial, lastrado por prolijas anotaciones, escasas de sugestión, sin afán interpretativo de la realidad que discurre al azar.

En sus mejores páginas, El gran dolor del mundo introduce retratos de personajes casi barojianos —Marcelino, vendedor de iguales; Medioreja, el Perchas— tanto como la pululación humana de las barracas, el mundo del Candel más próximo, Can Tunis en Montjuïc, las Casas Baratas, la rutina de barrio de la Barcelona que se llamó charnega. Candel sirve en caballería y escribe unas páginas de brío, incluso de júbilo hípico. Más tarde detalla fugaces apariciones de Louis Aragon y Josep Carner. Hace alusiones periódicas a una idea del bien y el mal, a la verdad impracticable del catolicismo —para él respetuosamente impracticable— y un ir y venir a la idea de un Dios cristiano cuya imaginación es “imponderable”: si existe, no existe la casualidad. Y la humanidad es el fracaso de Dios: “Sin Dios todo es confuso y Dios no existe”. Y al mismo tiempo: “Sólo la nada es lógica, lo único que tiene razón de ser”. Apasionado del canto litúrgico y a la vez atraído —­dice— por el neocomunismo, en los sesenta vive en directo la ebullición del catolicismo social, las protestas universitarias, los conflictos laborales, el sindicalismo clandestino, detenciones y registros de la policía. Económicamente sobrevive al pairo, por achaques tempranos. A mil pesetas por semana, corrige galeradas, por ejemplo, del “moroso y plúmbeo Marcel Proust”. Candel escucha las noticias de Radio Pirenaica o Radio Paris, comenta los rumores sobre hipotéticas crisis del régimen, la huelga general, las octavillas, la visita de Eisenhower, la detención de Jordi Pujol, los jeeps de la policía, los interrogatorios, el contubernio de Múnich y el antifranquismo que entre los años sesenta y los setenta comienza a abrir ventanas. Siga leyendo El otro Candel

Un cronista desgarrado

Una experiencia del mundo reúne crónicas poco conocidas del gran escritor peruano.

La selección de crónicas y ensayos Una experiencia del mundo presenta parte de la prosa periodística de César Vallejo, un autor que, habiéndose iniciado en Trilce como un metafísico de la libertad y la ruptura de normas de la lógica y la sintaxis, durante su exilio parisino adoptaría una concepción más plana, simplista y dogmática de la literatura y la vida cultural.

A fines de los años 20, en medio de la miseria, la desesperación de una Europa en crisis y en la que ya crece el fascismo, César Vallejo sobrevivía tensionado no solo por la necesidad económica y la denuncia de la deshumanización capitalista, sino por el conflicto entre su lenguaje poético original y su adhesión incondicional a la revolución rusa y al Partido Comunista de Perú, cuya célula parisina llegaría a fundar. Su poesía se inclinará por la transparencia sin perder ritmo ni potencia léxica, como se verá en los póstumos Poemas humanos y en España, aparta de mí ese cáliz. Pero su prosa exhibirá una voluntad de “bajar línea” que lo llevará, no tanto al facilismo de lectura, sino a repudiar experimentos semejantes a los que él mismo había desarrollado en su primera etapa y a someterse a la doctrina oficial soviética sobre arte y literatura en años de transición del marxismo-leninismo hacia el estalinismo.

En los artículos “Autopsia del superrealismo”, “Contra el secreto profesional”, “Duelo entre dos literaturas”, “Invitación a la claridad”, “Poesía nueva” y “Literatura proletaria”, Vallejo se burla de las vanguardias literarias y afirma que la única literatura nueva es la llamada “proletaria”. Sus escasos ejemplos son Upton Sinclair, Boris Pasternak y Boris Pilniak, entre otros autores admitidos por la Asociación Panrusa de Escritores Proletarios y por la ordenanza administrativa soviética de 1925 que declaró la existencia oficial de esa “nueva” literatura. Desde luego que desconoce o prefiere no enterarse de todo aquello que desestabilizaría sus creencias: por ejemplo, que el poeta Nikolai Gumiliov, fundador del acmeísmo ruso, había sido condenado a muerte y prohibidas todas sus obras, mientras su compañera Ana Ajmátova vivía en la clandestinidad y el ostracismo, para mencionar solo dos de los muchos autores perseguidos por no encajar en la definición de “escritores proletarios”. Siga leyendo Un cronista desgarrado

Menos Julia | Felisberto Hernández

[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. Menos Julia, por Felisberto Hernández (1902-1963), escritor uruguayo poco conocido, de principios del siglo XX, a quienes Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, entre muchos otros narradores, reconocen como un maestro].

Menos Julia

En mi último año de escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde pintada al óleo. El pelo crespo de ese niño no era muy largo; pero le había invadido la cabeza como si fuera una enredadera; le tapaba la frente, muy blanca, le cubría las sienes, se había echado encima de las orejas y le bajaba por la nuca hasta metérsele entre el saco de pana azul. Siempre estaba quieto y casi nunca hacía los deberes ni estudiaba las lecciones. Una vez la maestra lo mandó a la casa y preguntó quién de nosotros quería acompañarlo y decirle al padre que viniera a hablar con ella. La maestra se quedó extrañada cuando yo me paré y me ofrecí, pues la misión era antipática. A mí me parecía posible hacer algo y salvar a aquel compañero; pero ella empezó a desconfiar, a prever nuestros pensamientos y a imponernos condiciones. Sin embargo, al salir de allí, fuimos al parque y los dos nos juramos no ir nunca más a la escuela.

Una mañana del año pasado mi hija me pidió que la esperara en una esquina mientras ella entraba y salía de un bazar. Como tardaba, fui a buscarla y me encontré con que el dueño era el amigo mío de la infancia. Entonces nos pusimos a conversar y mi hija se tuvo que ir sin mí.

Por un camino que se perdía en el fondo del bazar venía una muchacha trayendo algo en las manos. Mi amigo me decía que él había pasado la mayor parte de su vida en Francia. Y allá, él también había recordado los procedimientos que nosotros habíamos inventado para hacer creer a nuestros padres que íbamos a la escuela. Ahora él vivía solo; pero en el bazar lo rodeaban cuatro muchachas que se acercaban a él como a un padre. La que venía del fondo traía un vaso de agua y una píldora para mi amigo. Después él agregó:

-Ellas son muy buenas conmigo; y me disculpan mis…

Aquí hizo un silencio y su mano empezó a revolotear sin saber dónde posarse; pero su cara había hecho una sonrisa. Yo le dije un poco en broma:

-Si tienes alguna… rareza que te incomode, yo tengo un médico amigo…

Él no me dejó terminar. Su mano se había posado en el borde de un jarrón; levantó el índice y parecía que aquel dedo fuera a cantar. Entonces mi amigo me dijo:

-Yo quiero a mi… enfermedad más que a mi vida. A veces pienso que me voy a curar y me viene una desesperación mortal.

-¿Pero qué… cosa es esa?

-Tal vez un día te lo pueda decir. Si yo descubriera que tú eres de las personas que pueden agravar mi… mal, te regalaría esa silla nacarada que tanto le gustó a tu hija.

Yo miré la silla y no sé por qué pensé que la enfermedad de mi amigo estaba sentada en ella.

El día que él se decidió a decirme su mal era sábado y recién había cerrado el bazar. Fuimos a tomar un ómnibus que salía para afuera y detrás de nosotros venían las cuatro muchachas y un tipo de patillas que yo había visto en el fondo del bazar entre libros de escritorio.

-Ahora todos iremos a mi quinta -me dijo-, y si quieres saber aquello tendrás que acompañarnos hasta la noche.

Entonces se detuvo hasta que los demás estuvieron cerca y me presentó a sus empleados. El hombre de las patillas se llamaba Alejandro y bajaba la vista como un lacayo.

Cuando el ómnibus hubo salido de la ciudad y el viaje se volvió monótono, yo le pedí a mi amigo que me adelantara algo… Él se rió y por fin dijo:

-Todo ocurrirá en un túnel.

-¿Me avisarás antes que el ómnibus pase por él? Siga leyendo Menos Julia

Imágenes sorprendentes

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top