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Metafísica a la hora del té

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Una silla cualquiera, el puñal, la cerveza, todos los libros (página a página), cada una y todas las botellas, […] existen como objetos concretos: son material que no existía hasta que surgió en la mente la idea que la creó.

[This book] inquires about the world’s meaning.
It attempts to do unlicensed metaphysics in a tea cup.
Annie Dillard. Living by Fiction.

Dicta el monismo materialista la exclusividad de la materia y con ello niega toda posibilidad de una segunda naturaleza —algo así como la otra cara de la moneda— de lo existente. La materia basta: se basta a sí misma y en sí misma se completa —lo es todo— sin necesidad de trascendencias ni alquimias espirituales, sin un empíreo de potencias que la postulen.

Es materia el universo, materia el átomo y la galaxia; materia el mundo y materia los que lo habitamos.

Desde siempre, sin embargo, la mente humana —esa función de la materia biológica— ha sentido de otra manera y ha pensado —como quien intuye lo que le conviene— que no es posible que no haya un espíritu, anterior y ajeno al orden de las cosas materiales, que informe el ser con el vendaval de la voz generadora, el vozarrón de la deidad: aliento generador del verbo, el fiat lux que lo explica todo.

Nace así, en contra de la evidencia de los sentidos, el sinsentido del otro mundo, el reino escondido al que aspira el alma, ente inverosímil por invisible e intáctil, inodoro silencio de la lengua insípida. Desde ese alumbramiento febril de una fe inventada por la esperanza el ser humano se concibe a sí mismo como inmortal, infinitamente superior a la materia que sabe perecedera.

Concepción ésta —y sus múltiples consecuencias— perfectamente aceptable y comprensible desde la condición del cerebro humano y su capacidad generadora de abstracciones. Al aporte de los sentidos el cerebro añade algo más que el simple reconocimiento de la realidad concreta, algo que hace de ésta, de su contingencia, algo más que un fenómeno físico: le otorga trascendencia, es decir una existencia inmaterial, una esencia puramente conceptual.

Y es esta invención de la mente humana la que se impone desde los orígenes de la autoconciencia, la que se descubre a sí misma y se horroriza de su fugacidad de fenómeno mental de un ente material constreñido a las leyes de lo vivo y su materia. Es a partir de entonces, del momento en que se cerraron con estrépito indignado las puertas del jardín de la pre-conciencia de sí misma que le dio comienzo a la especial humana, que a la realidad natural se le adjunta y se le impone una realidad conceptual, la creada no por el espíritu sin nombre, sino por su encarnación en la mente humana.

Vivimos desde entonces en el mundo creado por nosotros mismos, el mundo de los deseos y la fantasía; un mundo aparentemente real pero esencialmente conceptual: una invención que pertenece a la mente y en la mente se perpetúa.

La humanidad misma no es más que un concepto materializado en parte por la multitud. Concepto es también el individuo y la democracia, el pueblo y la anarquía, el bien y el mal, los ángeles los demonios. Conceptos son la propiedad y el despojo, la justicia, la honradez, el odio. Son componentes de nuestro mundo, de nuestra realidad, la concebida por nosotros mismos, auténticos demiurgos.

A esta realidad creada por la mente humana pertenecen el alma y dios, la ilusa vida eternal del espíritu, el amor que redime y cuanta filosofía y cuanto dogma definen y determinan lo que se cree es la verdad.

Y a esta misma realidad que la especie ha creado y recrea a diario para su satisfacción y consuelo pertenecen también una infinidad de elementos materiales, objetos que solo han podido realizarse como concepciones de la imaginación, como concreciones de una idea. Se trata de la realidad concreta producida por la creatividad humana: desde el techo precario de la primitiva tribu nómada hasta la espectacular belleza de la arquitectura actual, toda construcción humana existe solo en cuanto fantasía e invención.

Una silla cualquiera, el puñal, la cerveza, todos los libros (página a página), cada una y todas las botellas, un portaviones y los aviones que porta, el croissant, las tachuelas y el misil nuclear, como la cimitarra y la bandera al viento existen como objetos concretos: son material que no existía hasta que surgió en la mente la idea que la creó.

¿No es también el propio universo y la armonía de sus nébulas, galaxias e infinitud una invención de la mente humana: hervor nervioso del cerebro, ese órgano biológico puramente material?

Al revolver el té la cucharilla forma en la taza un vórtice de aroma.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)


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