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XAMAYTA: Orígenes de Arecibo, de Ernesto Álvarez

DAVID CORTÉS CABÁN [mediaisla] «XAMAYTA: Orígenes de Arecibo» es un enjundioso estudio sobre el origen del nombre de Arecibo, y de la historia de sus indios en el ámbito de nuestra realidad insular. Una historia que necesitaba ser contada a la luz de un enfoque que no se desviara de la realidad.

Al poeta y crítico literario Ernesto Álvarez le ha parecido oportuno detenerse a revisar la historia de Arecibo. Su libro más reciente, XAMAYTA: Orígenes de Arecibo (Arecibo, Ediciones Boán, Colección Voces de Abacoa, 2015), es un enjundioso estudio sobre el origen del nombre de Arecibo, y de la historia de sus indios en el ámbito de nuestra realidad insular. Ha retomado los escritos y documentos históricos sobre Puerto Rico para aclarar situaciones y conceptos que parecen equívocos en torno al origen de Arecibo y la realidad de los indios que habitaban estas tierras a la llegada de los españoles.

El Dr. Ernesto Álvarez no ha escrito con pretensiones de condenar interpretaciones que, viniendo de quienes vienen, se han mantenido a través de los años como una absoluta verdad. Por el contrario, el principal objetivo del autor es escudriñar el pasado analizando fuentes fidedignas que corroboran y confirman las razones aquí expuestas. Este libro tampoco pretende herir sensibilidades, ni empañar la imagen de nuestros más reconocidos historiadores, sino explorar la realidad y rectificarla devolviéndole al pueblo de Arecibo otro modo de conocer su pasado.

Xamayta está articulado en 23 apartados. Los dos últimos conciernen a la bibliografía general, trabajos literarios y obras escritas por el autor, pero mirados rigurosamente son 22 los apartados que enlazan el texto siguiendo un movimiento espiral. La lectura provoca la sensación de un recorrido detectivesco por los anales de nuestra historia. Una indagación que partiendo del origen del nombre de Arecibo y de la vida de sus indios, va descubriendo y estableciendo evidencias a la luz de una nueva y rigurosa interpretación. El lenguaje mismo genera un sistema de correspondencias que ordena, intercala y reitera deliberadamente hechos que expanden y justifican el método crítico.

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Desde el punto de vista estilístico nos enfrentamos a un lenguaje claro y conciso, de exploración y confrontación de realidades que no habían sido cuestionadas hasta el momento de esta publicación. Es ésta, pues, una visión que evoca y a su vez demanda otras posibilidades de indagar la historia, de ir más allá de lo conocido buscando lo que está ausente o entreverado en un lenguaje de prolongados silencios y/o retóricas nebulosas. Por eso Ernesto Álvarez responde con un enfoque distinto que desde su génesis hasta su gestación nos muestra que es posible abordar la historia de manera distinta creando aperturas novedosas de análisis. Esto es, dilucidando y poniendo de manifiesto verdades ignoradas o deliberadamente obviadas por nuestros historiadores del siglo XIX en la sutileza de sus observaciones. El epígrafe de Francisco M. Cadilla (“Nada diré de las lacras que antaño igual que hogaño se observaron en toda sociedad; como el reloj de sol, únicamente señalaré las horas luminosas y tranquilas, dejando a otros las oscuras tormentas”.) que precede al capítulo de introducción, “Nacimiento de un nombre: Arecibo”, expone una peculiaridad inquietante al relacionar las “oscuras tormentas” con el devenir histórico de nuestros pueblos. Pero, digámoslo ya de entrada: contra esas oscuras tormentas se revela Ernesto para situarse en un plano que nos permita mirar el pasado tal como fue, es decir, desde un ángulo más sustancial y auténtico.

Ernesto Álvarez volverá una y otra vez sobre el lenguaje de las encomiendas y otros textos, reiteraciones útiles para clarificar los errores cometidos por uno de nuestros más ilustres historiadores. Siguiendo este criterio señala pasajes claves de las Crónicas de Arecibo del historiador Cayetano Coll y Toste para destacar “deducciones” y “omisiones” sobre la realidad histórica de Arecibo. No sólo se demuestran las equivocaciones que nuestro primer historiador incurre en torno al nombre de Arecibo, también se exponen las relaciones entre Lope Conchillos, Sancho Velázquez, Baltazar de Castro, y otros personajes cuyas implicaciones en los primeros años de nuestra historia dejaron profundas y funestas huellas en el origen de nuestro pueblo.

Su apreciación crítica conlleva un enfoque opuesto a la versión oficial creada en torno a nuestra historia. Su estudio no sólo replantea las complejas relaciones de una colonización plagada de injusticias, sino también demuestra una conciencia que pone a prueba la verdad de cómo ocurrieron los hechos. En este sentido Álvarez nos induce a mirar la realidad, a confrontarla con enérgica voluntad, y a reconstruirla siguiendo criterios de dimensiones más justas y humanas. No se trata aquí de crear una visión idealizada. Esto sería aceptar un tipo de intervención inadmisible, y por eso mismo el autor confronta esta particular visión del historiador arecibeño: “Si algo debemos admirar en Coll y Toste es su habilidad para acomodar la información al arbitrio de su interés por escribir una historia idealizada, distanciado de las feas máculas que rodean la fecha de la entrega de los indios arecibeños en la encomienda, disimulando lo poco heroico que mediante los documentos el “héroe fundador” se le manifiesta.” (51) Y añade: “Esto, sin dudas, es su mérito. Sólo que no es la historia revelada en los documentos disponibles”.  En efecto, muchas de las cosas que denuncia Ernesto Álvarez van apareciendo a través de su investigación y haciéndosele más claras al lector.

El lenguaje mismo de los cronistas, las cédulas y las encomiendas adquirirán un matiz más provocativo y revelador en este análisis. Por ejemplo, ¿cómo llegó Coll y Toste a obtener el nombre de Arecibo para aplicárselo a nuestro pueblo? ¿O de dónde procedía el cacique Francisco Jamayca Aracibo, y qué motivó a Coll y Coste a utilizar el último nombre del mencionado indio y omitir los dos primeros? ¿Por qué la mirada crítica del Dr. Cayetano Coll y Toste falla al documentar este hecho en sus Crónicas de Arecibo? ¿O quiénes eran Lope Conchillos y Sancho Velázquez y qué implicaciones tuvieron éstos en nuestra incipiente historia arecibeña? ¿Qué información contenía la Cédula del 13 de marzo de 1515? ¿Qué eran las cabalgadas? ¿Quiénes construyeron las calzadas de la isleta de San Juan? ¿Qué sucedió con los indios de Arecibo?

Cada uno de estos aspectos, y otros más que no pretendo mencionar ahora, son analizados con el imperioso objetivo de aclarar dudas respecto al nombre de Arecibo y la vida de los indios que poseían estas tierras a la llegada de los españoles. Todo esto visto a través de un meditado análisis que avanza sobre el pasado para proyectar una nueva perspectiva hacia el presente. Por eso para Álvarez es imperativo explorar la historia e insertarnos en un presente que nos permita mirar el pasado tal como fue. Y corregir en nuestras mentes los errores que en la época de estudiantes aprendimos en las escuelas del país, para poder ver la historia a la luz de una nueva interpretación, pues no se busca aquí trasplantar una realidad por otra o de ningún modo restar méritos o desmerecer el trabajo que otros hicieron, sino presentar las cosas tal como acontecieron y enmarcarlas dentro de un enfoque que nos transmita la visión verdadera de los hechos relativos a nuestro origen. En este contexto su mirada escrutadora se desplazará buscando develar un tiempo y un espacio histórico sin claudicar ante el pasado, ni evadir la verdad con eufemismos. En otras palabras, expondrá claramente lo que ilustrar la realidad: “Francisco Jamaica Arecibo fue, caso distinto de los rebeldes, un cacique dócil y obediente, sin que una crónica registre su resistencia ante la invasión extranjera.” (49) Fue un intermediario, dice Álvarez; y subraya más adelante, “aunque se le halague con el título de cacique”. Así, para proyectar la imagen de Francisco Jamaica Arecibo. Un ser acomodaticio ante las circunstancias históricas que le tocó vivir, sin duda para preservar su vida de la explotación a que los indios fueron sometidos. Y aunque no justificamos su conducta, es éste en rigor el modelo de cacique de quien Coll y Toste sustrae el nombre (Arecibo) para otorgárselo al pueblo, y no del río Arecibo del cual ciertamente proviene su nombre, como señala Álvarez para demostrar como el autor de Crónicas de Arecibo se ha apartado de la verdadera realidad para crearnos y ofrecernos una historia.   

 En fin, XAMAYTA: Orígenes de Arecibo es una reinterpretación ajustada a los hechos que formaron los primeros años de nuestro pueblo. Una historia que necesitaba ser contada a la luz de un enfoque que no se desviara de la realidad. Un libro que nos enfrenta con un pasado que nada tiene de romántico y que exige entenderlo tal como fue. Ojala, los que se acerquen a Xamayta obtengan un conocimiento más claro y profundo del origen de nuestro pueblo, como el que yo he adquirido al leer y releer sus páginas.

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DAVID CORTÉS CABÁN (Puerto Rico, 1952). Ha publicado: Poemas y otros silencios (1981), Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1991), El Libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros: Antología Personal 2002 (2004).

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