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Travesura celeste

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO No sé ni sabes tú, si en la mujer o la ceniza hay una trampa para releer a contrapelo, las efemérides, las celebraciones oficiosas o las noticias del día. La anécdota no cuenta ni cuenta lo que cuentan los que cuentan la historia desde adentro.

La muerte debe ser algo muy aburrido. Quiero seguir viviendo sin condiciones, como sea…
Adolfo Bioy Casares

De jardines ajenos

Aunque no ha podido ser científicamente comprobada la aparición del hombre sobre la tierra, ni el talante o decibelio del berrido de las cabras que ayudaron al descubrimiento de los rollos del Mar Muerto, se tiene idea vaga del instante en que surgieron los primeros censores y aguafiestas sobre la faz del lenguaje que, para su salud y pureza —del lenguaje, por supuesto—, nació sin lengua… No me anima tirria alguna contra los correctores, editores y puristas de vieja data —Satán me cubra en el seno de sus piras, si mintiera—; me arroban los tantálicos tableteos de los teclados, los tambores y el trastabilleo de las sílabas, los fonemas y los monemas manoteándose con persistente perversidad hasta engendrar la frase que, feliz o infeliz, enciende el verbo o la palabra a todo tren sobre el papel o el aire. Me encantan las palabras y, ya lo he dicho, manipularlas como dardos o pinceles sobre el lienzo del diálogo, sin condones, sin reglas.

—¡Ojo, maestro, septiembre!

Dicen que le dijo, orgulloso y ufano el meloso impresor, al apocado viejito Azorín al enmendarle las planas de la primera edición de El escritor, quien, sin parafernalia ni boato alguno, lo remitió a tomar en cuenta el sentido del oído; como diciéndole: no es como se vea, sino como se oiga más mejor… En fin, que me divierte bañarme en los alambres de la guardarraya. Escribo y leo en el placer del fuego que no moja el agua que lo quema; y más que nada, me encanta llevarles la contraria a los amigos y editores que, desde que el día amanece, salen a la luz con preservativos y resguardos contra el juego, la alegría y la disensión.

—¡Oído contra el odio!

Asumo que le dijo la mula al trillo, o viceversa. Cada año pasa un año de la fecha conmemorativa del aniversario del fallecimiento de Adolfo Bioy Casares, que ¿por azar? coincidió con dos fechas nada bioycasarianas, y que, a mi modo de ver, encajaban con los hilos de las tramas del maestro. Como historia marginal sin trama y sin acento, quiero compartir la censurada nota que, por ausencia de sentido y en aras del buen sentido y la cordura, mi editor de ese entonces tuvo a bien, sin dilación y sin misterio, devolverme intacta y sin reparo.

El sueño de los héroes

Miércoles de Ceniza del 2000. Hoy hace un año ya que, hecho polvo el polvo de los días, tiembla en la página en blanco, poblándose de sueños, endomingándose de duendes, burlándose de todos. De ti y de mí, igual que haría Malagón si tuviera de nuevo la oportunidad de apurar su cafecito en Humanidades, con su sobado ejemplar de Finnegan’s Wake debajo del brazo, hablando de sus otros amados Proust, Maugham, Hemingway y Beckett, puteando a Lipe y al centenar que siguen repitiendo y repitiéndose la pendejada del perro mordido por el amo o el periodista de la inexistente movilización estudiantil por la sesuda intervención de la uniformada, de la objetiva objetividad de los compañeros del partido, de la prensa amarilla, de todos los gacetilleros y aguafiestas que pergeñan textuales indulgencias y oran rendidos, sin ingenio sin vergüenza ni medida ante los pies o la cabeza de la mentida y pregonada pirámide del qué, quién, cómo, dónde, cuándo sin el por qué que tanto desvelara la oscura perspectiva de la gris y manoseada teoría de El nuevo periodismo de Neale Cople.

Hoy, 8 de marzo, paradójico y contestatario día del calendario, hace precisamente un año que, urdiendo su postrer y más siniestro Plan de evasión, Adolfo Bioy Casares salió a Dormir al sol. Una muñeca rusa, desconsolada llora ante El sueño de los héroes y La invención de Morel, del otro lado del espejo, quizás donde está el otro, el duende mayor, con toda la visión de su ceguera, leyendo en La trama celeste un tema bufo y retozón que se burla de la fecha y de los días, principalmente como estos, en que el azar o el esquicio trasponen todas las puertas y bisagras, dislocan los más preclaros laberintos y, de cabeza, voltean y revuelven en potingues proclamas, protestas, pancartas y mentidos planteamientos que se venden o se compran con homenajes, reconocimientos y discursos por líneas que se arrugan, se trocean o se tiran al cesto entre risas y mofas de los dos que, sorbiendo una milonga o rielando un tango con Bustos Domec, tratan de resolver los Seis problemas para Isidro Parodi.

En fin, quizá buscando un sueño, quizá tejiendo historias o mateando hasta rabiar con el viejo Macedonio, Baldomero o Julito, el juguetón de la Rayuela, manosean a la sobrina preferida del tío Bioy. Solos o acompañados todos juntos, paseándose y escondiéndose, En viaje, De un mundo a otro o De jardines ajenos, leen, eso sí, sin voces engoladas, sin estridencias para que escuche Borges, para que se sonría y se le trabe la lengua al tío Julio, El diario de la guerra del cerdo o las Historias fantásticas o las de amor. No sé ni sabes tú, si en la mujer o la ceniza hay una trampa para releer a contrapelo, las efemérides, las celebraciones oficiosas o las noticias del día. La anécdota no cuenta ni cuenta lo que cuentan los que cuentan la historia desde adentro. Como diría la Duras, cuenta la historia que desde afuera se genera por lo que adentro permanece ausente.| Para Adolfo Bioy Casares, de un mundo a otro


Comments (1)

  • Mery Sananes

    No sorprende ni la historia ni el cuento. No viniendo de René Rodríguez Soriano, prolífico escritor que nada sabe ni quiere saber de las peripecias
    de los encargados de imponer el orden a la lengua, para que sus productos puedan ser vendidos a buen precio y sin que dama alguna acuse al difusor de romper los protocolos del deber ser.

    En su propia escritura ha roto todos los moldes del decoro de los llamados géneros y las sabias advertencias de los críticos que para hacer su trabajo requieren que el texto cumpla las condiciones que su editores le exigen a su propio trabajo.

    Hace tiempo que el lenguaje dejo de pertenecernos a lo seres comunes y corrientes. Ha sido expropiado por toda suerte de prestidigitadores que se hacen pasar por científicos, comunicadores sociales, corresponsales nacionales o extranjeros, críticos o maestros de una asignatura recién inventada.

    Para unos se trata de que nada se entienda. Para otros que debe entenderse a la perfección, aún para los que no tienen la menor idea de qué se está hablando. En medio de ese preciosismo, lo que el hombre común, o el poeta, novelista, creador quiere decir queda delimitado a condiciones exigibles. Y si para colmo se pretende ejercer una crítica, sólo será validada aquella que haya cumplido las veinte condiciones del concurso.

    Lo que cuenta René sobre la nota que los editores le devolvieran sin enmienda ni advertencia para que hiciera con ella lo que mejor placiera, es una buena demostración de una actitud aún no superada por el gremio de los que viven de lo que otros escriben. Pero aún más resulta en un desconocimiento gigantesco de aquel a quien la nota va dedicada: Adolfo Bioy Casares, quien hizo de su obra el anverso de lo real, la contraparte del raciocinio lineal, la exégesis de lo no explicable.

    Y qué más absurdo que la coincidencia de tres fechas en un 08 de marzo: Día de la Mujer, Miércoles de Ceniza y el día en que Bioy Casares le tocó arribar al territorio de lo aburrido, a un hombre que quería seguir viviendo, como fuera!.

    De allí que, con su conocida manera de darle un zarpazo al lector con una palabra golosa, RRS concluye: La anécdota no cuenta ni cuenta lo que cuentan los que cuentan la historia desde adentro. Como diría la Duras, cuenta la historia que desde afuera se genera por lo que adentro permanece ausente.

    Y sin duda que alcanzar esa esfera de lo que permanece ausente es un asunto con el cual el lector debe lidiar si aspira que la lectura que haga se cimbre en su interior con idéntica fuerza a la que hizo sucumbir al creador para escribirlo.

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