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Letras vueltas

Chuvas de verão | Tiempo de cosecha para René Rodríguez Soriano | Alejandra Pizarnik: la poeta inconcebible | Los ríos profundos en las voces nuevas | La cultura negra importa | El Lenguaje del Corazón – Ezequiel Taveras | El siglo de una de las reinas del jazz | Carmen Natalia, más que escritora | Guerras, Imperio y doble moral | Crítica de la crítica | El drama de los dos exilios | Richard Mosse: “Es importante que el arte no se convierta en propaganda” | Una madre – James Joyce | Los cien años de Irving Penn.

Tiempo de cosecha para René Rodríguez Soriano

Houston, TX. Abril, 2017- A juzgar por las valoraciones y publicaciones en torno a la literatura y la trayectoria de René Rodríguez Soriano que han sido publicadas en los primeros cuatro meses del 2017, este es el año de un autor que ha desarrollado su obra a fuerza de perseverancia, alejado de las maledicencias y el incestuoso ruido del poder y sus miserias.

Siete son las obras (una propia y otras seis donde valoran o recopilan textos suyos) relacionadas con el mundo escritural de Rodríguez Soriano que han salido entre enero y abril de este año, a saber: Antología esencial del cuento dominicano; No les guardo rencor, papá; Jugar al sol (más de 13 historias de René Rodríguez Soriano); Para leer a René Rodríguez Soriano (sin maestro); Diáspora. Narrativa breve en español de Estados Unidos; En tránsito. Antología de la cuentística dominicana actual (1970-2017) y A toda lágrima y a toda sed. Conversaciones con René Rodríguez Soriano.

El primero de esos volúmenes, la Antología esencial del cuento dominicano de la autoría de Miguel Ángel Fornerín, contiene una apretada selección de los textos que a su juicio constituyen “una flor” de la cuentística dominicana. En la misma fueron incluidos los cuentos “La radio”, “Laura baila para mí” y “Manías de Piro” de René Rodríguez Soriano.

No les guardo rencor, papá es una narración emblemática de René Rodríguez Soriano; es un trozo de los duros días de la dictadura de Rafael L. Trujillo en República Dominicana. Tres voces, un niño, una joven casamentera y un estudiante universitario, dan cuerpo a una especie de coro a través del cual llegamos a percibir los ecos de una historia de terror y mutilaciones. Todo sucede en un pueblito de la sierra, el 14 de junio de 1959 un grupo de dominicanos, acompañados por otros latinoamericanos empeñados en derrocar la sangrienta tiranía trujillista, desembarcan en las montañas de Constanza.

En cambio, Jugar al sol (más de 13 historias de René Rodríguez Soriano), es un volumen que contiene 24 narraciones de Rodríguez Soriano. El mismo fue recopilado y editado por el narrador Máximo Vega, está integrado por narraciones extraídas de los libros Todos los juegos el juego (1986), No les guardo rencor, papá (1989), Su nombre, Julia (1991), La radio y otros boleros (1996), El diablo sabe por diablo (1997) y El nombre olvidado (2013).

Para leer a René Rodríguez Soriano (sin maestro), es un trabajo de investigación y análisis del académico Miguel Ángel Fornerín; una lectura crítica de las obras y el quehacer de Rodríguez Soriano; ubica al autor dentro del devenir de la narrativa breve en República. También muestra el entroncamiento de su obra con el Boom latinoamericano y los antecedentes en Virgilio Díaz Grullón y José Alcántara Almánzar.

A principios de abril comenzó a circular la antología editada por Gerardo Cárdenas: Diáspora. Narrativa breve en español de Estados Unidos, un volumen que congrega unas 25 voces de narradores que escriben en español en territorio estadounidense. René Rodríguez Soriano y Rey Andújar son los únicos autores seleccionados en el volumen que publicó Vaso Roto Ediciones de México. El texto de Rodríguez Soriano que aparece en este volumen es “Helga”.

Otra antología que inicia su andadura en el mes de abril es En tránsito. Antología de la cuentística actual (1970-2017), compilada por el narrador y profesor universitario Nan Chevalier. Esta antología incluye escritores de tres generaciones, desde la posguerra de 1965 (especialmente los autores que empezaron a publicar en la década de los años setenta, años de represión estatal) hasta el presente año 2017. De Rodríguez Soriano el texto seleccionado es “Sade”.

El listado lo completa el volumen armado por la profesora e investigadora SaraMaría Rivas, un volumen que compila una serie de entrevistas realizadas por periodistas y escritores en distintas etapas de su trayectoria. En el volumen, titulado A toda lágrima y a toda sed. Conversaciones con René Rodríguez Soriano, que acaba de ser publicado en la Colección Editorial del Banco Central de la República Dominicana, la académica concluye afirmando: “A toda lágrima y a toda sed funciona como el otro lado de la moneda, no lo que se dice de Rodríguez Soriano sino lo que él dice”.

No es un récord, ni algo que tuviera que ver con la acumulación originaria de capital y otros asuntos. Más de una vez, en sus presentaciones y entrevistas, René Rodríguez Soriano ha confesado que, como el Gabo, “escribe para que lo quieran más”. Al parecer, lo está logrando. Acaba de agradecerlo, como siempre, con estas sencillas palabras: “A veces, los amigos ponen a uno a transitar sobre la cuerda de la equilibrista. Son ellos, los amigos, tan distintos, tan cercanos, quienes arriesgan y comprometen alma y piel a cambio de nada. Y uno, tan casi nada, qué otra cosa puede hacer…” Siga leyendo René Rodríguez Soriano

Alejandra Pizarnik: la poeta inconcebible

Henri Michaux, poeta y pintor francés, y uno de los escritores preferidos de Alejandra Pizarnik, decía en una de sus citas que «El alma es un océano bajo la piel», y es ese océano de las cosas el que ella quería abarcar alimentándose de él, respirándolo, absorbiéndolo, adentrándose en la hondonada de su abismo, como dejó escrito y como así buscó hacer durante toda su vida, «No quiero ir nada más que hasta el fondo», a pesar de la constante presencia en ella de uno de los pensamientos que más llegaron a obsesionar a la poeta y, finalmente, a ocasionarle un desgarro de desdibujada encarnadura: «Sospecho que lo esencial es indecible».

Nacida en el seno de una familia de ascendencia ruso-judía, y en un sentido simbólico, de la propia matriz de la poesía, como considero representa su obra, la luz de Alejandra iluminó las calles de Buenos Aires el 29 de abril de 1936. Hija de Elías Pozharnik y Rejzla Bromiker, un matrimonio inmigrante que halló en Argentina la salvación de lo que hubiera sido una muerte segura en su tierra natal, pues la práctica totalidad de sus familiares murieron en el Holocausto, vivió una infancia contraria a los límites impuestos y ajena a la alienación y el determinismo, dada la educación abierta y libre proferida por su padre. Las huellas de estos inicios serán mantenidas por ella durante toda su vida, fiel reflejo de ello serán los versos de su poema «Anillos del silencio», buscando preservar el derecho a la libertad de expresión en la época de la dictadura argentina:

Y cuando es de noche, siempre, una tribu de palabras mutiladas busca asilo en mi garganta para que no canten ellos, los funestos, los dueños del silencio.

Es en la etapa inicial de su vida, cuando empieza a fraguarse en ella lo que se convertirá en el futuro en una profunda y sostenida repulsión por lo concerniente a la política, tras la destrucción de su familia en el Holocausto, y su relación con la muerte, que será ya desde sus comienzos una presencia viva y uno de los ejes centrales de su poesía.

Con la misma fuerza impetuosa, pero reflexiva al extremo, en un vínculo de dependencia patológica, pretenderá Alejandra durante toda su existencia y de una forma lacerante, el retorno a dicha infancia en su proceso de no aceptación de su realidad de mujer adulta, que nunca llegó a interiorizar, pero de cuyo rechazo era plenamente consciente:

Heme aquí llegada a los treinta años y nada sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva.

Los años de esa infancia trascurrieron a través de un camino de introversión, soledad, irrefutable sensibilidad, y con la experiencia hiriente de los complejos que le aquejaban, como su tartamudez, unida a un acento muy definido que siempre la hizo percibirse distinta, entre otras vivencias muy personales de su realidad, por las que ella se sentía diferente, otro de los fundamentos clave en su obra, su preocupación por el hecho de «ser en el mundo»; un hecho que le generaba una notable y manifiesta desubicación ante las connotaciones implícitas en una magnitud que le obsesionaba, y que reflexionó y experimentó desde diversas vertientes, con la vehemencia y la exacerbación de una personalidad verdaderamente apasionada e introspectiva en todas sus dimensiones. Su padre, en un intento de ayudar a Alejandra, que tras la finalización de la Secundaria, se mostraba desorientada en la elección de su camino vocacional, combinando estudios no finalizados de Filosofía y Letras, y Periodismo y algunas experiencias profesionales a este último respecto, con sus inicios en el mundo pictórico guiada por uno de los pintores del surrealismo, Batlle Planas, movimiento presente e identificador de su realidad personal y especialmente vigente en la última etapa de su poesía, sufragó los gastos de la publicación del que fue su primer libro, que firmó con el nombre de Flora, pues su nombre real era Flora Alejandra Pizarnik, La Tierra Más Ajena, en 1955. El inicio de un camino de profundo, vivido, y cuestionado por sí misma.

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Los ríos profundos en las voces nuevas

La serie de importantes aniversarios que se cumplen este año, los que podemos pensar como verdaderos acontecimientos –entre ellos, los centenarios de los nacimientos de Juan Rulfo y Augusto Roa Bastos y los cincuenta años de la primera edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez– son un disparador interesante para volver a pensar lo que significó el boom de la literatura latinoamericana allá por los 60 y principios de los 70, y reflexionar sobre las herencias y distorsiones en el marco actual de esta literatura.

¿Qué fue realmente el boom? Como fenómeno de mercado que reilumina y expande la nueva narrativa latinoamericana al mundo, el boom (cuyas fechas Angel Rama ubica entre 1964 y 1972) coincide con la repentina curiosidad internacional por la región que había instalado la Revolución Cubana y con la consolidación de un campo intelectual en América Latina que gira alrededor del ideario socialista y de la existencia del Tercer Mundo. Este concepto circulaba con la lectura de Franz Fanon y del convencimiento de que las dos terceras partes del mundo estaban dispuestas a dar a la revolución tantas ametralladoras como fueran necesarias, y la otra parte daba su apoyo moral a los condenados de la tierra.

El fenómeno editorial se consolida originalmente en México y Buenos Aires, también en San Pablo, para pasar luego a Barcelona, donde la tardía información sobre la literatura latinoamericana proporcionó una primera imagen de la arbitrariedad que caracterizó al boom: el conocimiento de Mario Vargas Llosa fue anterior al de Julio Cortázar, y el de este anterior al de Jorge Luis Borges, lo que contribuyó desde el inicio a una especie de aplanamiento sincrónico de la historia de la narrativa latinoamericana que sólo posteriormente y con mucha dificultad la crítica intentó enmendar.

Sin embargo, el boom también tuvo un aspecto positivo en tanto, en su afán de englobar a América Latina, el mercado editorial recoge materiales de diversas procedencias, muchos de los cuales carecían de circulación interna en la región, y les permite una difusión que, más que para España, funcionó eficazmente aquí.

¿Quiénes formaron parte del boom? No es fácil contestar esta pregunta, que arrastra largas polémicas y algunas estrategias de marketing y autofiguración como el ya hoy clásico texto de José Donoso Historia personal del boom, de 1972. Allí, establece una jerarquía e incluye su nombre junto a los de Cortázar, Carlos Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa como “los más exageradamente alabados y los más exageradamente criticados” por público y crítica. Otro libro importante para entender este fenómeno es Los nuestros (1966), traducido al inglés el año siguiente como Into the Mainstream. Luis Harss parte en este libro de entrevistas personales a diez escritores (Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias, Borges, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Cortázar, Rulfo, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa) y ofrece un riguroso panorama de los diversos caminos de la literatura latinoamericana. Sin embargo, en la tercera edición del libro, que obtuvo un inmediato éxito en ventas, Harss agrega un epílogo desencantado donde reconoce al boom como un fenómeno que tiene más que ver con una revolución editorial y publicitaria que con un florecimiento creativo, y se queja de la existencia de “reputaciones infladas”.

Sin lugar a dudas, este fenómeno sociológico enteramente nuevo en el continente como fue la demanda masiva de obras literarias coincide y se explica a partir de la gran madurez del mercado editorial. El lanzamiento que hace la editorial Sudamericana de Cien años de soledad, en mayo de 1967 en Buenos Aires, arroja cifras que todavía hoy sorprenden: una tirada inicial de 25.000 ejemplares que al año siguiente se incrementa en una producción anual de 100.000 ejemplares. De esta manera, los escritores del boom descubrieron algo que no habían podido conocer integralmente los modernistas ni los vanguardistas ni tampoco los regionalistas, que en su tiempo habían protagonizado un cuasi boom: la necesidad de asumir un régimen de trabajo acorde con el nuevo sistema. De esta manera y arrojados a la profesionalización, se convierten en productores. Y ya en los setenta, Rama advierte sobre los peligros que acarrea a la calidad literaria una profesionalización que encadena a los escritores a los tiempos, presiones y límites del mercado. La polémica que por aquel entonces enfrenta a Cortázar con José María Arguedas ilumina estas preocupaciones. Mientras lucha por terminar de escribir El zorro de arriba y el zorro de abajo, que finalmente quedará inconclusa por su suicidio, el 2 de diciembre de 1969, Arguedas autoconstruye allí su imagen de escritor. El peruano la piensa como una especie de sacerdocio que lo reintegra casi mágicamente al centro de su comunidad. Para él, el escritor no desempeña un oficio más: debe ser un vate, ocupar un puesto de resistencia, que ve incompatible con la postura profesionalizada de Cortázar, cómodamente instalado en París. Siga leyendo Los ríos profundos

La cultura negra importa

Libros, premios, películas y exposiciones dan cuenta del éxito de los creadores afroamericanos actuales en las artes y las letras estadounidenses.

Una de las respuestas a por qué las producciones literarias, cinematográficas o televisivas de los creadores negros provenientes del mundo anglosajón reciben últimamente una mayor atención podría estar en Obama. Él tuvo en su campaña especial cuidado de no hacer hincapié en la raza —debía ser el presidente de todos los americanos—, pero no hay duda de que el hecho de llegar a la presidencia a pesar de su color replanteó la visión que de la raza se tenía en Estados Unidos. Más aún cuando, sin necesidad de hablar de ello, era patente que el político mestizo había decidido formar parte del colectivo afroamericano. Su boda con una mujer de la cual se oía frecuentemente decir “es muy guapa a pesar de ser negra-negra” tuvo el “efecto colateral” de normalizar la presencia —y la belleza— de la mujer negra preparada y ausente, con puntuales excepciones, de los medios de comunicación.

Dejando de lado los casos de la música negra, que fue aceptada —tras el desprecio primero y luego la explotación— hace ya décadas (con los músicos, al igual que con los deportistas, se aplican diferentes parámetros; son desclasados que actúan como punta de lanza), esta (más o menos) aceptación actual de la cultura afroamericana por parte del mainstream se ha ido forjando muy lentamente y ha experimentado, según las disciplinas, diferentes tempos. La literatura despega con la narrativa de esclavos, avalada, como confirmación de su autenticidad, por abolicionistas blancos que la publicaban con la finalidad de luchar contra la esclavitud. Esos libros, muy vendidos en su época, desaparecieron con la guerra de Secesión. El escritor, editor y activista que acabaría siendo consejero en los asuntos negros del presidente Lincoln, Frederick Douglass, fue quien alcanzó las mayores tiradas, pero hubo muchos autores situados entre la primera narrativa, la del marino Olaudah Equiano (1789), y la última, la del educador Booker T. Washington (1901). William Wells Brown, Harriet Jacobs o Solomon Northup, cuyo relato Doce años de esclavitud fue llevado al cine en 2013, se cuentan entre los nombres sobresalientes. No fue hasta el renacimiento de Harlem cuando volvió a resurgir, siempre a ojos del mayoritario público blanco, una literatura negra.

El renacimiento se dio en época de la ley seca (1920-1933), cuando Harlem ofreció lugares, los speakeasy, donde los disidentes se reunían en discretos locales. Allí la bohemia intelectual blanca descubrió a la negra. El nuevo filón editorial perdió continuidad con la llegada de las dificultades económicas acarreadas por el crash de 1929. Langston Hughes es el autor más destacado del periodo, pero la lista es larga: W. E. B. Du Bois, Jean Toomer, Zora Neale Hurston, Countee Cullen, James Weldon Johnson, Nella Larsen… y se cierra con Richard Wright, expatriado en París. A grandes rasgos no fue hasta las luchas por los derechos civiles cuando se dieron a conocer los nombres que marcarían la siguiente época de rotunda afirmación negra: por un lado, los brillantes ensayos de James Baldwin o los inspirados discursos de Martin Luther King, y, por otro, los seguidores de la corriente separatista como Malcom X, George Jackson o Eldridge Cleaver. En 1968 se inauguró el primer departamento universitario de estudios afroamericanos —una batalla ganada en la lucha por los derechos civiles—, que dio salida a pequeñas editoriales negras que surtían a los estudiosos, pero también a las clases populares. Pronto los grandes sellos se dieron cuenta de la existencia de esa clientela. Surgieron nombres de largo recorrido como Amiri Baraka, Ralph Ellison o Angela Davis. En 1993 llegó el primer Premio Nobel, el de la excelsa Toni Morrison —también notable editora—, quien para muchos norteamericanos funcionó como un despertador. Siga leyendo La cultura negra

El Lenguaje del Corazón – Ezequiel Taveras

El reverendo Martin Luther King, Jr., dijo en una oportunidad: “Existen de vez en cuando momentos de inefable satisfacción que no pueden explicarse con palabras. Su significado sólo puede articularse con el inaudible lenguaje del corazón.”

Optimismo y fe en la capacidad del hombre para superar las adversidades, bellamente encapsulados en la anterior declaración, son alentadores y adecuados para prologar la exposición del artista dominicano Ezequiel Taveras, especialmente cuando consideramos el mundo desigual, dividido, odioso, casi salvaje, con el que lidiaba el Dr. King. No importa hasta qué punto el ser humano ha sido capaz de superar sus deficiencias y fallas de carácter, siempre hay suficientes para descarrilar los esfuerzos de otros por corregirlas. Charlotte Brontë ingeniosamente comparó la maleza con los prejuicios que abruman el corazón de las personas sin educación. Vincent Van Gogh, cuya vida fue un constante reto para encontrar la paz consigo mismo, fue capaz, sin embargo, de concluir que, “según avanzamos en la vida ésta se hace más difícil, pero en la lucha contra las dificultades el corazón se fortalece”.

En esta exposición nos enfrentamos con la paradoja de poner en palabras una avalancha de conceptos que Taveras transforma sensiblemente en imágenes que corresponden a objetos hechos de arcilla, cuerdas y cables, componiendo un vocabulario “inaudible” que habla poética y misteriosamente de las contradicciones de la vida y el mundo desproporcionadamente desequilibrado que el hombre ha creado, pero también de la capacidad de resistencia del espíritu humano: “El trabajo de un hombre no es más que una caminata lenta para redescubrir, a través de los desvíos del arte, las dos o tres grandes y simples imágenes ante cuya presencia el corazón se abrió por primera vez”, nos recuerda Albert Camus.

A través de la historia -las partes que de ella conocemos- los seres humanos han asignado un papel sin precedentes al corazón, antes del desarrollo de la ciencia y otras disciplinas afines. De todos los delicados órganos que estructuran la compleja fisiología del cuerpo, el corazón -más que el cerebro- ha desconcertado la curiosidad, ocupando una posición de enorme importancia en el desarrollo de la civilización, con implicaciones físicas y metafísicas.

En el lenguaje bíblico del judaísmo, el corazón es el asiento de la fuerza de la vida, pero el hebreo ve lo corporal y lo espiritual como una unidad, no separada, y cuando habla del corazón se refiere al centro del hombre. Siga leyendo El lenguaje del corazón

El siglo de una de las reinas del jazz

Un recorrido por la vida y los clásicos de la voz femenina más grabada de la historia de la música, cuya inmensa influencia sigue hasta nuestros días.

Érase una vez hace 100 años… Ella, la dama de la canción. La voz femenina más grabada de la Historia, Ella Fitzgerald. Madre universal del swing, diosa de la tierra y del ritmo. Negra y brumosa. Ella, ninguna igual. Esa mujer: la reina del jazz.

Ella Jane Fitzgerald cumpliría 100 años este 25 de abril. Fue una de las más grandes instrumentistas de jazz. Y su instrumento fue su voz. Comenzó con la orquesta de Chick Webb, una big band con hinchada propia y dirigida por un baterista que en los albores del swing había derrotado al conjunto de Benny Goodman en el histórico Savoy Ballroom de Harlem. Los primeros pasos de Ella comenzaron en un concurso de baile para talentos jóvenes en el Apollo Theater. Fue hasta allí, se dio cuenta de lo que el feroz público juzgaba y, en vez de bailar (su plan original), cantó. Y venció. Pero en el teatro no la juzgaron muy linda como para contratarla y entonces la descubrió Charlie Linton, el cantante de la orquesta de Webb. Al verla, Webb –jorobado, 1,24 metros de altura por una tuberculosis vertebral– dijo algo así como “‘eso’ no va a cantar en mi orquesta”. Ella tenía todo el aspecto desalineado de una huérfana de 17 años que había escapado de orfanatos para vivir en la calle o en burdeles. Linton amenazó con renunciar si la orquesta no la contrataba. Y dos años después, las revistas Downbeat y Metronome la votaron como la mejor cantante del país. Ella Fitzgerald vencía a Billie Holiday.

A los 21 años su versión de “A-Tisket, a-Tasket”, una canción infantil, había llegado al N° 1 en las radios. Cuando la fragilidad física de Webb empeoró y lo llevó a una prematura muerte, llegó a decirle a un amigo: “Cuiden de Ella”. Pero Ella, yin femenino, una voz blanda y flexible en el yang competitivo del mundo del jazz masculino, no necesitó que la cuiden: se hizo cargo del equilibrio de la orquesta y la dirigió hasta su disolución en 1942, cuando se hizo solista.

“No sé qué tenías, que me quedaba inmóvil, como hipnotizada y embarazada; supliste a todos los varones con tu formidable sexualidad plateada”, escribió la poeta Marosa Di Giorgio. La sexualidad de Ella era un tic sensual de mujer adulta y nena pizpireta al mismo tiempo. Su sentido inigualable para el scat, la improvisación vocal, quedó escrita en la historia en su versión de “Oh, Lady, be Good”. Es la suntuosidad de su voz que sube por su apetitoso cuello de alpaca y se convierte en gracia, en humor. En swing. Siga leyendo Ella Fitzgerald

Carmen Natalia, más que escritora

Este año se celebra el bicentenario de esta poetisa dominicana, que con sus escritos desafiantes, denunció el hastío social de la era trujillista.

La vida idílica de Carmen Natalia Martínez estuvo rodeada por una profunda crisis de valores, donde la libertad de expresión representaba una estampilla de amenaza a los que “desafiaban” el poder del dictador Rafael Leónidas Trujillo. Sin embargo, sus líneas no toleraron censura alguna ni se sumieron al silencio de la época, más bien, plasmaron con vigor la soledad, el dolor y la angustia como un grito ardiente del sentir de los dominicanos.

Su larga práctica clandestina, la convirtieron en símbolo de la mujer valiente que alza su voz para expresar el descontento e inconformidad contra los males que afligen la sociedad.

Fue su rebeldía y disposición altruista que le provocaron persecuciones políticas en su contra. Pues esta mujer luchaba, aunque solo lo expresara con papel y lápiz, por la liberación de su tierra respecto al régimen trujillista. Por esta causa en 1950 fue exiliada a Puerto Rico.

En este país desarrolla su pasión literaria, la cual sirvió de contenido televisivo y radial, mientras continuaba con su ardua labor como defensora de los derechos de la mujer; también fue redactora de “Exilio e Inter- Club”, y directora de la revista “Ventanas”.

Tras la muerte de Trujillo en 1961, regresa a República Dominicana, y luego ocupa el puesto de Embajadora Alterna de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos y Presidenta de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM). Siga leyendo Carmen Natalia

Guerras, Imperio y doble moral

En el periodo 2011-2015 Estados Unidos destacó como el principal exportador de armas del mundo, al sumar el 33% de las exportaciones mundiales de gran armamento, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz (SIPRI) de Estocolmo. En el último año del periodo analizado, 2015, el SIPRI resaltaba que el presupuesto militar estadounidense era, con diferencia, el mayor del mundo: 596.000 millones de dólares, el 36% del total mundial. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no parece decidido a virar la tendencia. A finales de febrero anunció un “histórico” incremento en el gasto del Pentágono, que cifró en el 10% (54.000 millones de dólares). A menudo la propaganda presenta las operaciones bélicas como “misiones humanitarias” y casi una operación de cirugía, pero no ocurre así sobre el terreno. El 13 de abril la Agencia Efe informaba de un ataque aéreo de la coalición internacional contra el Estado Islámico, que según reconocía el Pentágono había causado la muerte de 18 milicianos de las llamadas Fuerzas de Siria Democrática (FSD) en Al Tabqa.

Human Rights Watch ofreció detalles el 18 de abril de otro bombardeo realizado por aviones y drones estadounidenses un mes antes contra una mezquita en la localidad siria de Alyina, al oeste de Alepo. Al menos 38 personas perdieron la vida, informó la Agencia Efe. La mencionada organización de derechos humanos señaló que no existen “evidencias” de que el templo acogiera a terroristas de Al Qaeda, explicación difundida por el Pentágono. Testigos consultados por la ONG aseguraron que en el momento del bombardeo en la mezquita sólo había civiles. La calificación de crímenes de guerra incluye “atacar deliberadamente a civiles o edificios de civiles, también mezquitas”, recordó Human Rights Watch. Además, las bombas de la coalición internacional contra ISIS podrían haber causado el 17 de marzo la muerte de cerca de 200 civiles en un edificio al oeste de la ciudad iraquí de Mosul. “Hay muchas posibilidades” de que así ocurriera, afirmó el comandante de la operación “Resolución Inherente”, Stephen Townsend, en declaraciones a The New York Times recogidas por Europa Press.

Los tres episodios han ocurrido en apenas un mes. Casi al mismo tiempo que la presidencia de Trump se estrenaba con el lanzamiento de la mayor bomba “no nuclear” (la GBU-43, de 10 toneladas) en Afganistán; arrojaba 59 misiles Tomahawk contra la base aérea siria de Al Shayrat y acercaba un portaviones de la clase Nimitz a la Península de Corea. Para muchos analistas la escalada implica que el multimillonario presidente abandona la consigna electoral –aislacionista- del “América primero”, y opta por el expansionismo y la intervención en diversos frentes. Pero no es la primera vez que se anuncia una “nueva” era; y, pese a ello, se mantienen las corrientes de fondo. El libro del filósofo, lingüista y politólogo, Noam Chomsky “Una nueva generación dicta las reglas” (Crítica, 2002) recuerda algunos de los discursos con los que se iniciaba el nuevo siglo. Era la época (marzo de 1999) en la que la OTAN, que además conmemoraba su 50 aniversario, empezaba a bombardear Serbia. “Si alguien se dispone a perseguir a civiles inocentes, si intenta masacrarlos en razón de su etnia, raza o religión y está en nuestra mano detenerlos, lo haremos”, afirmaba el presidente de Estados Unidos, William Clinton. Se trataba de “luchar por los valores y por un nuevo internacionalismo”, según el primer ministro británico, Tony Blair.

Los libros de Noam Chomsky constituyen una denuncia documentada de la doble moral de los Estados Unidos y sus aliados, así como de las mentiras establecidas en las agendas mediáticas. ¿Qué había ocurrido antes -o sucedía mientras- las bombas “humanitarias” de la OTAN alcanzaban Serbia? Las explicaciones oficiales apuntaban a detener las atrocidades que se estaban cometiendo en Kosovo. Pero uno de los ejemplos más graves de limpieza étnica en la década de los 90 (del siglo pasado) se produjo en un país de la OTAN, en la zona suroriental de Turquía. “El exterminio masivo del pueblo kurdo –recuerda Chomsky- se apoyaba en el armamento suministrado en cantidades desorbitadas por Occidente, sobre todo por Estados Unidos”. El escritor y activista, autor de títulos como “El miedo a la democracia”, “La responsabilidad de los intelectuales” o “El nuevo orden mundial (y el viejo)”- subraya que la potencia estadounidense suministró a Turquía cerca del 80% de las armas a mediados de los 90, “cuando repuntaron las atrocidades”. En sólo un año, 1997, el abastecimiento de armas a Turquía por parte de la Administración Clinton superó a la suma del adquirido por Turquía entre 1950 y 1983. Gracias a este apoyo militar, “Turquía fue capaz de pulverizar la resistencia kurda”, concluye Chomsky. En el balance, al iniciarse el nuevo siglo, decenas de miles de muertos, entre dos y tres millones de refugiados y la devastación de unos 3.500 pueblos. Siga leyendo Noam Chomsky

Crítica de la crítica

En su ensayo Pasiones teóricas, Diego Peller repasa los dilemas y rupturas de la crítica cultural desde fines de los años sesenta.

En Pasiones teóricas Diego Peller investiga y escribe sobre las quebraduras de la crítica desde 1969 para acá, sobre los procesos y los nombres que permitieron deshacer la normalidad (moralidad) analítica. Lo hace juntando fichas no de un tablero sino las del lector prolijo que en algún momento se cansa de serlo, un sobrio atolondrado. Es este un libro específico, paciente y riguroso. Cada capítulo es un tomo de la historia social de la crítica argentina peinado críticamente. Así como Osvaldo Lamborghini decía que “cuando Rimbaud dice ´me voy´ hay que entender que se viene, se va quiere decir que se viene para acá”, los libros de Sartre y la revista Temps Modernes iban a parar a las orillas del Rio de la Plata. Los jóvenes que yiraban por lo que años después se fosilizaría bajo el término “manzana loca”, bajaban unas cuadras por Viamonte y después del puerto del recordado Marqués de Sebregondi encontraban embarrados sus ejemplares, que estaban destinados a ser leídos, marcados y revoleados. Que llevaban concentradas dos formas de vida que en principio parecía la misma: la honra de David Viñas y la imaginación de Oscar Masotta. Dos “modelos” de vocación crítica y de quemazón ética. Viñas, un criollismo anarquista descarado y furioso. Masotta, un sartrismo inicial al que se le van pegando los sambenitos teóricos de la época y del que se va despidiendo a fuerza de curiosidad, estética y chantaje como una teoría bien entendida del sujeto como malentendido. Los dos son las erinias de toda una época difícil de tabicar.

Pasiones teóricas parte de esa estela para situarse en lo que pasó “después de Contorno”. Pasaron tantas cosas. Pero Peller elige estudiar los años setenta con la revista estructuralista Los Libros como punta de riel y desde ahí los legados que perviven en el presente de las lecturas argentinas. Ante todo es un libro sobre y a partir de revistas. Las revistas tenían hasta no hace tanto el peso de marcar la cancha cultural. Ya no hay ese peso y los kioscos de la calle Corrientes, como dice Christian Ferrer, son “parras caídas”.

Elije una y luego otra, dos revistas que se hacen con propósitos semejantes y luego se siguen haciendo con propósitos diferentes. Los Libros y Literal tuvieron en su centro al Lenguaje, la primera leía todo bajo la lámpara de la semiología pública y la segunda era la decana y más genial actitud bromista sobre cualquier signo. Una defendía al hombre nuevo y la otra no quería Hombres, más bien entendía que había que desecharlos como cualquier otra moda. La época se comía a las personas bajo el trotyl, la picana, las anfetaminas o el influyo de Las Palabras y las cosas. De toda esta época iba a surgir lo que hoy, en el pináculo de la decadencia social se nombra como “la gente”. Los Libros era una revista hacia el populismo, cuando no directamente hacia Isabelita. Literal era una revista hacia la tragedia de la retórica. Estructuralistas, posestructuralistas, maoístas, lacanianos, gauchescoides bataillianos, macedonianos, anglófilos, performers, atribulados… todos eran grandes maestros de la retórica, casi una colchoneta que le sirve al libro y al autor para saltar de momento a momento o de persona a persona y decirle a las palabras, pasión.

Desde este umbral, que es el territorio de la década del setenta, Peller elige poner alguna otra señal ética ya del lado de la Argentina “democrática” y escribe la vuelta de las pasiones críticas. Habría que hacer alguna vez una filosofía de la vuelta, o de lo que vuelve, ya que nada nunca “vuelve”. La vuelta es una manera de ponerse de acuerdo sobre dos cosas: que las cosas y los procesos nunca están cortados por la misma tijera y que a su vez algo de lo que deja el filo los asemeja.  “La vuelta”, en este caso, son la revista Babel, la biografía que Ricardo Strafacce escribió sobre Osvaldo Lamborghini y el así llamado “debate” por las repercusiones de una carta que Oscar del Barco envió a la revista cordobesa La intemperie. Son ecos de los setenta en una época ya no de sujetos, sino de ciudadanos, ya no de pueblo, sino de población. Siga leyendo Crítica de la crítica

El clasicismo transgresor de un maestro: Irving Penn

Revolucionó la fotografía de moda a principios de los 40, pero su maestría creativa abarcó distintos campos. Una retrospectiva en el MET celebra su centenario.

“Una buena fotografía es aquella que toca el corazón del espectador y lo cambia después de haberla visto”, decía Irving Penn. Sencilla explicación por parte de uno de los grandes maestros de la fotografía del siglo XX, quien durante casi siete décadas no dejó de sorprender al público a través de imágenes de engañosa simplicidad e intransigente y austero clasicismo, capaces de desafiar a las convenciones del lenguaje fotográfico con el talante renovador de la vanguardia. Compleja tarea.

Consideró la fotografía como el medio para ahondar en la historia visual del hombre. Un enlace adecuado que conectaba el Paleolítico con un presente multicultural. En sus imágenes el tiempo se detiene. Es eterno. “Debido a que Penn se empapó del arte de todas las eras, sus imágenes están cargadas de profundas conexiones históricas, y aunque estas son en gran parte invisibles en una primera consideración, todos las presentimos de forma instintiva”, señala la comisaria Maria Morris Hambourg. “Esta aceptación histórica, junto con la autoridad del talento de Penn, es lo que otorga a sus fotografías esa calidad atemporal que identificamos en el gran arte”.

Morris es la comisaría de Irving Penn:Centennial, una exposición inaugurada la semana pasada en el Metropolitan Museum de Nueva York, que celebra los cien años de este célebre creador nacido el 16 de junio en Plainfield, New Jersey, Estados Unidos. Muestra que aspira a ser la retrospectiva más extensa del artista norteamericano celebrada hasta el momento, y que incluye tanto las obras más grandiosas como las más desconocidas, de sus principales series.

“Uno está perdido en el momento en que sabe cual será el resultado”, decía Juan Gris. De forma intuitiva Penn supo de esta máxima del pensamiento creativo cuando, en los albores de su carrera, trabajando con Alexei Brodovitch, sin cobrar, en la revista Harper´s Bazaar, un becario tiró por accidente un negativo del diseñador ruso al suelo. Penn recordaba que al llevarle el negativo a su maestro, este lo miró y sin inmutarse le dijo:“forma parte del medio”. “¡Sorpréndeme!”, reclamaba con frecuencia Brodovitch; este enemigo del cliché y de la imitación, que en esos momentos rediseñaba el diseño gráfico de América como director artístico, y con quien había iniciado contacto cuando lo tuvo de profesor en el Penssylvania Museum and School of Industrial Art. Debido a su precaria economía, Penn dormía en el estudio de su mentor. Por las noches examinaba minuciosamente una colección de publicaciones que incluían a Arts et Métiers Graphiques, Cahiers d´Art, Verve y Minotaure, alumbrándole por los senderos de la rutilante vanguardia parisina; en especial el surrealismo. Siga leyendo El clasicismo transgresor

El drama de los dos exilios

Verna Calverton escribe con gran inteligencia y honestidad una novela formidable y nada maniquea sobre un tema recurrente: la Alemania pos-Hitler.

Dicen los editores de esta gran novela que bien podría ser un relato perteneciente a Somerset Maugham o a Graham Greene. Cierto, tiene ese poderío narrativo, esa capacidad de construir una buena historia, ese magnetismo y empatía de ambos maestros, pero es una novela de Verna B. Carleton; quiero decir que es una novela con una personalidad definida, de una solvencia moral y una sensibilidad como pocas veces una autora es capaz de reunir en torno a una historia admirablemente concebida y admirablemente expuesta.

Basándose en un viaje a Alemania que la autora hizo con su íntima amiga la gran fotógrafa Gisèle Freund, Verna B. Carleton tuvo ocasión de conocer el ambiente alemán tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del llamado “milagro alemán”. Estamos, pues, en los años cincuenta. La narradora, una periodista norteamericana, se encuentra a bordo de un viejo barco italiano que navega por el Caribe recogiendo pasajeros para Southampton y Génova. Allí conoce a un matrimonio inglés que regresa a su país, Nora y Eric Devon. Desembarcados en Inglaterra, decide acompañarlos en un viaje a Berlín.

La novela tiene una personalidad definida y una solvencia moral y una sensibilidad como pocas veces una autora es capaz de reunir en torno a una historia.

Eric es un hombre lleno de rencor que se ha creado una explicación de lo que le sucedió, pues la familia (que lo sacó del país) quedó atrás. Su padre murió en la cárcel. No sabe dónde vive su hermana Käthe. Visitan la vieja casa familiar, convertida en un solar. Buscando en la guía telefónica encuentra su apellido en una dirección que le deja estupefacto: es la de la casa que compró su padre, a la que se mudaron y que suponen confiscada por los nazis. Deciden acudir a ver quién la habita con su apellido y la sorpresa es mayúscula: se trata de su tía Rosie. Rosie es para Eric la traidora, la que abandonó a la familia a su suerte apoyada en su marido nazi. En las siguientes 20 páginas llega una escena portentosa, soberbia, un increíble cambio dramático que hará de la tía Rosie el personaje más memorable de la novela.

Eric, parapetado tras su fachada de inglés impecable, empieza a descubrir la diferencia entre la realidad urdida por él en la distancia de la Alemania del Führer y de la derrotada y arrasada, que es lo que han vivido directamente su hermana Käthe y la tía Rosie. La novela se convierte entonces en un viaje en el tiempo, un viaje espiritual y mental a la vez que físico, en el que Eric se adentra en “el otro lado”, el que él no vivió y que imaginó, del que se hizo una composición de lugar en la que el rencor tuvo protagonismo fundamental; una visión, la suya, basada en el egocentrismo de su dolor, que le impide abrirse a la otra realidad, la que representa a los que se quedaron y hubieron de soportar el régimen. Estamos, pues, ante un drama clásico, el de los dos exilios: el exilio del que escapa del horror y la muerte y el exilio interior, el de las almas decentes que se ven obligadas a sobrevivir por todos los medios a su alcance. Siga leyendo El drama

Richard Mosse: “Es importante que el arte no se convierta en propaganda”

El fotógrafo irlandés desafía nuevamente los límites de la fotografía documental haciendo uso de una cámara térmica militar.

La cámara de Richard Mosse (1980, Kilkenny, Irlanda) ve lo mismo que un misil. Ve más allá del alcance del hombre. Es capaz de detectar un cuerpo humano a más de 30 Km de distancia, e identificar con precisión a un individuo a 6,3 kilómetros, día y noche. Así, los rostros anónimos que pueblan sus imágenes son casi un borrón en blanco y negro. Refugiados y migrantes ilegales, figuras sin nombre que no tienen donde ir, que día tras día llegan a las fronteras huyendo de la guerra, el hambre, los efectos del cambio climático y los conflictos. Algunos lo han perdido todo, incluso su condición de ciudadano. Inquietante testimonio del desesperado periplo de parte de los 65 millones de desplazados (según estimaciones de las Naciones Unidas), actores de un éxodo de dimensiones bíblicas.

El fotógrafo supo de la existencia de un nuevo tipo de cámara que detecta la radiación térmica, incluyendo la temperatura corporal. Patentada por el ejército de Estados Unidos, fue inicialmente diseñada como un sistema de vigilancia y está siendo utilizada para seguir el rastro y disparar al enemigo. La cámara está catalogada como un arma y regulada por la International Traffic in Arms Regulations (ITAR). Mosse hace uso de ella como un arma arrojadiza que nos confronta con la incómoda realidad y nos hace abrir más los ojos ante la desesperada lucha por la supervivencia de aquellos a quienes nos hemos acostumbrado a observar con la distancia propia de nuestro cómodo entorno. “Somos todos refugiados en potencia”, recuerda el artista.

Durante 52 minutos tres pantallas de ocho metros nos adentran en uno de los capítulos más significativos y dramáticos de nuestra reciente historia. Sumergidos en la oscuridad de The Curve, sala expositiva del londinense Barbican Centre, Incoming, la videoinstalación de Mosse (filmada con la colaboración del director de fotografía, Trevor Tweeten), nos traslada de los bombardeos a los asentamientos del Daesh en Siria por parte del ejército norteamericano, a las traicioneras aguas del mar Egeo donde cientos de personas pierden sus vidas, a las trágicas operaciones de rescate, a los polvorientos caminos transitados por camionetas atestadas de aquellos que cruzan el desierto del Sahara -persiguiendo lo que muchas veces resulta ser una entelequia-, a la cruda realidad de los campamentos de refugiados en Grecia y a la jungla de Calais. Mosse sumerge al espectador en una incómoda y sobrecogedora geografía acompañada de los sonidos disonantes recopilados por el compositor Ben Frost durante la filmación.

Las primeras pruebas realizadas con la cámara (pesa 23 kg que sumado a un Steadicam y otros accesorios alcanza un total de 80kg) revelaron un tipo de imagen que, prescindiendo del color, resultaba tan estético como perturbador. La cámara era incluso capaz de registrar el calor de las manos de los operarios de los grupos de salvamento que desesperadamente trataban de resucitar a las víctimas de hipotermia. Del mismo modo, al registrar solo los contornos de las zonas de distinta temperatura, la piel de los humanos aparecía cubierta por una tonalidad monocroma, sutil y resplandeciente. Una especia de pátina moteada que deshumaniza a los sujetos, quedando reducidos a meros rastros biológicos. Siga leyendo Richard Mosse

Una madre | James Joyce

[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. Una madre, por el irlandés James Joyce (1882-1941), considerado por muchos como uno de los autores universales más influyentes de la primera mitad del siglo XX. Su obra más conocida es la novela Ulises. El siguiente cuento ha sido tomado de su libro de cuento Dublinenses, publicado en el 1914.].

Una madre

El señor Holohan, vicesecretario de la sociedad Eire Abu, se paseó un mes por todo Dublín con las manos y los bolsillos atiborrados de papelitos sucios, arreglando lo de la serie de conciertos. Era lisiado y por eso sus amigos lo llamaban Aúpa Holohan. Anduvo para arriba y para abajo sin parar y se pasó horas enteras en una esquina discutiendo el asunto y tomando notas; pero al final fue la señora Kearney quien tuvo que resolverlo todo.

La señorita Devlin se transformó en la señora Keamey por despecho. Se había educado en uno de los mejores conventos, donde aprendió francés y música. Como era exangüe de nacimiento y poco flexible de carácter, hizo pocas amigas en la escuela. Cuando estuvo en edad casadera la hicieron visitar varias casas donde admiraron mucho sus modales pulidos y su talento musical. Se sentó a esperar a que viniera un pretendiente capaz de desafiar su frígido círculo de dotes para brindarle una vida venturosa. Pero los jóvenes que conoció eran vulgares y jamás los alentó, prefiriendo consolarse de sus anhelos románticos consumiendo Delicias Turcas a escondidas. Sin embargo, cuando casi llegaba al límite y sus amigas empezaban ya a darle a la lengua, les tapó la boca casándose con el señor Keamey, un botinero de la explanada de Ormond.

Era mucho mayor que ella. Su conversación adusta tenía lugar en los intermedios de su enorme barba parda. Después del primer año de casada intuyó ella que un hombre así sería más útil que un personaje novelesco, pero nunca echó a un lado sus ideas románticas. Era él sobrio, frugal y pío; tomaba la comunión cada viernes, a veces con ella, muchas veces solo. Pero ella nunca flaqueó en su fe religiosa y fue una buena esposa. Cuando en una reunión con desconocidos ella arqueaba una ceja, él se levantaba enseguida para despedirse, y, si su tos lo acosaba, ella le envolvía los pies en una colcha y le hacía un buen ponche de ron. Por su parte, él era un padre modelo. Pagando una módica suma cada semana a una mutual se aseguró de que sus dos hijas recibieran una dote de cien libras cada una al cumplir veinticuatro años. Mandó a la hija mayor, Kathleen, a un convento, donde aprendió francés y música, y más tarde le costeó el Conservatorio. Todos los años por julio la señora Kearney hallaba ocasión de decirles a sus amigas:

-El bueno de mi marido nos manda a veranear unas semanas a Skerries.

Y si no era a Skerries era a Howth o a Greystones.  Siga leyendo Una madre

Los cien años de Irving Penn

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