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Del silencio a la inquietud: Para una poética del “ser en el tiempo”

CLARIBEL DÍAZ [mediaisla] Un poema surge de la preocupación por las posibilidades infinitas de la creación mediante la cual se intenta arribar a una órbita que el sujeto de la poesía atraviesa recurriendo al proyecto de la imagen como su modo de constituirse.

En la exposición de los problemas de la temporariedad
se da por primera vez la respuesta concreta a aquello
que interroga por el sentido del ser.
Martin Heidegger

Un poema ha de ser escrito mediante la mayor preocupación por el decir posible. Es preciso el lenguaje y la elaboración del mismo que permita alcanzar la Imagen Poética contenida en ese núcleo en donde se alberga la sensibilidad propia del registro de lo imaginario.

Una interrogante constante acerca del lugar en dónde surge la poesía o lo poético implica un proceso de larga reflexión. Y lo de larga reflexión nos puede llevar al poeta Pablo Neruda cuando dice: “Mis criaturas nacen de un largo rechazo”, pues un poema o poemario parte de un proyecto en el que se incluyen, en gran magnitud, la eliminación y, por otro lado, lo que me atrevería a denominar: asimilación de un resto.

Mediante la eliminación, se omite la mayor parte de lo que surge del proceso homólogo al llamado “asociación libre de ideas” por Freud. En su versión clínica, esta técnica permite que quien participa del proceso analítico “exprese todo lo que se le ocurra” hasta que, por el corte en la sesión, como intervención del psicoanalista, devenga la metáfora que ha de contribuir a la transformación del sujeto. Y así como lo es para la cura en el psicoanálisis, esa vertiente puede ser fundamental en la creación artística; pero hay que considerar que lo que en principio aparece por libre asociación es sólo idea y/o pensamiento, de manera que es necesario establecer un recorrido para que tal producción se convierta en una imagen literaria verdadera, tal y como lo señala Paul Valery en sus reflexiones acerca de cómo se conquista la cuestión poética o, como la llama él, “la forma”. Según Valery, ha de establecerse un trabajo con el lenguaje que implique esa superación que va desde la idea proporcionada por el pensamiento hasta la imagen creativa.

La otra parte del proceso, o asimilación del resto, posee un sentido paradójico ya que, desde el sentido de la lógica, el resto es lo que debe ser eliminado, es lo que sobra o lo que queda. Aquí, como quiero acuñarlo, ese resto es lo admitido; lo asimilado debe ser, precisamente, lo menor.

El resto es producto de algo que, más que a un elemento retórico, alude a un saber en el que se destacan, fundamentalmente, las condiciones últimas del ser y que, por tanto, pertenecería al orden de lo afectivo (volviendo al ámbito de lo imaginario) y no sólo al del pensamiento. Y si todo esto se ubica, principalmente, en lo afectivo, para complicarlo, habría que circunscribirse a la marca que inaugura el Inconsciente con lo cual arribamos al terreno ineludible de Freud y Jacques Lacan.

El saber en la poesía, si se quiere, es un conocimiento re-formulado que iría desde lo inconsciente a su elaboración; es búsqueda de la “palabra plena” para decirlo desde Lacan o de la “palabra densa”, en términos de Roland Barthes. De esta manera, la poesía sería el resultado de un proceso en el que un “saber desconocido” aparece para provocar el “asombro” del que habla Jorge Luis Borges o como esa “cuestión inaprensible” de la que habló Olga Orozco en sus disquisiciones sobre el quehacer poético. Es un saber que puede ser tomado por una de sus múltiples aristas o un descubrimiento que lejos de llenar o completar nuestras búsquedas más bien deja una interrogante o, quizás, una inquietud.

Así, un poema surge de la preocupación por las posibilidades infinitas de la creación mediante la cual se intenta arribar a una órbita que el sujeto de la poesía atraviesa recurriendo al proyecto de la imagen como su modo de constituirse. Y es aquí en donde lo que atañe al ser entra en juego. El cuestionamiento en cuanto al logro de la metáfora, más arriba señalado, se anuda a la pregunta que, por otro lado, inquieta al sujeto del lirismo sobre sus posibilidades de “ser o no ser” o a las de poder atender o no a la demanda del otro instaurándose una especie de mal-decir en el que es la imposibilidad la que se enfrenta llevándole a su fragmentación. Tenemos así al sujeto que se resiste a ser nombrado, ser que no es en tanto es abolido por la falta. Ser carente por la “no definición” como lo formula Heidegger en El ser y el tiempo pues, según él, “decir ser es hablar del más vacío de los conceptos”; mientras que, desde la teoría psicoanalítica, el sujeto deviene tal mediante la marca de la “falta en ser” que el Inconsciente implica.

Vacío y escisión (Entre Heidegger y Lacan) constituyen pues los conceptos para tratar la dificultad de acceder a la elaboración del sujeto o del ser. ¿Qué cosa entonces más propicia que el poema como forma concreta del lenguaje para ubicarlo? Qué mejor que el texto poético y su ritmo para lograr la modulación a transformar la errática y hamletiana vacilación del ser obsesivo, del sartreano “ser y la nada” para entonces sí “ser en el tiempo”. Pero esta modulación no opera en el punto extremo de lo absoluto pues el sujeto de la poesía entiende que el todo es la posibilidad que sólo puede realizarse a nivel de la formación creativa o en el registro simbólico, aunque se apunte a lo real o al centro de sus historias para extraer de ahí su sustancia, ya que la marca de lo imposible lo atraviesa mostrándole la irremediable falta impuesta por la ley representada por el lenguaje mismo.

Ahora, y desde todo lo anterior, vemos la imposibilidad o la “falta en ser” como esa que se torna en lo opuesto a través de las posibilidades del ritmo. De esta manera, la psicoanalista Eunice Cortés, al ir de Freud a Lacan en su preocupación por lo atemporal del Inconsciente, encuentra, que las perturbaciones del sujeto están dadas por la falta de relación entre el deseo tachado, bajo los efectos de la represión, y la palabra. Pero la reaparición del mismo, es decir del deseo, en el proceso psicoanalítico, y su engarce en la cadena del significante, permite que lo antes desprendido y que aparecía como síntoma, o como dolor, a modo de compulsión a la repetición y sin cadencia en el padecimiento de la angustia, se ponga a tono con el nuevo tiempo del sujeto devolviéndole su unidad y su sentido. Esto es lo que también sucede a través del poema.

La formación creativa, producto también de lo inconsciente pero a nivel de sublimación —no del proceso fallido que el síntoma implica, como lo explica en sus lecciones el Psicoanalista Isidoro Vegh— puede ser entendida, igualmente, como una de las posibilidades simbólicas primordiales para que la cadencia temporal-espacial sea recreada. La idea es renunciar a una parte del Goce o al “más allá del principio del placer”; abandonar lo absoluto, asumir la falta en pos de la integridad del sujeto. Lo caótico del goce se ordena así y obtiene su ritmo a partir de la reestructuración que la consecución o reconocimiento del deseo organiza ya sea por la vía de la clínica psicoanalítica, en tanto permite la construcción del fantasma mediante la puesta en palabra que proporciona un nuevo saber que habrá de sustituir al síntoma o a través de la alternativa rítmica de la formación artística, entiéndase aquí, el poema. Éste constituye una de las opciones vitales de superación de las condiciones destructivas, abandono de la repetición y/o pathos que seduce conduciendo a la imposible completud que menoscaba las cualidades del ser.

“El ritmo es libre modulación del tiempo”, volviendo a la analista Cortés quien, no solamente se basa en los argumentos del Psicoanálisis para plantearlo, sino que lo señala también con un basamento literario al acudir a Octavio Paz en El Arco y la Lira: “El ritmo es un ir hacia algo, aunque no sepamos qué puede ser ese algo, y engendra en nosotros una disposición de ánimo que sólo podrá calmarse cuando sobrevenga”Este es un hallazgo feliz, sobre todo para una propuesta que intenta elaborar una poética del ser o, lo que es lo mismo, una poética del “ser en el tiempo”.

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CLARIBEL DÍAZ (Santo Domingo, RD, 1963). Poeta, ensayista, psicóloga clínica y educadora dominicana. Reside en Nueva York desde 1996. Posee trayectoria de psicoterapeuta y docente universitaria. Tiene publicados los poemarios: Ser del silencio/Being of Silence (edición bilingüe 2003) y Orbita de la inquietud (2010).

Referencias bibliográficas

Barthes, R. El grado cero de la escritura, Siglo XXI Editores, Madrid, 2005.-

Cortés, E. De Freud a Lacan: la clínica del tiempo, en El tiempo, el psicoanálisis y los tiempos, Coloquios de la Fundación 9, Volumen a cargo de Néstor Braunstein, Fundación Mexicana de Psicoanálisis, México, D. F. 1993.-

Freud, S. Más allá del principio del placer (1920) en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1981.-

Heidegger, M. El ser y el tiempo (1927) Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina, 2da edición, 2009.-

Jacques L. El Seminario: La lógica del fantasma, Libro (14), en El Seminario, Paidós, Buenos Aires, Argentina.-

Lacan, J. El seminario: R.S.I. Lo real, lo simbólico y lo imaginario, libro 22, Versión Crítica, Escuela Freudiana de Buenos Aires, 1974-1975.

Lacan, J. Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, en Escritos 1, Siglo XXI Editores, México, D. F. 1997.

Orozco, O. La poesía, en Obra poética, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 2000.-

Valery, P. Variaciones de un pensamiento, en De Poe a Mallarme: ensayos de Poética y estética, Gallimard, Buenos Aires, 2010.-

Vegh, I. Grupos de Estudios sobre El Seminario de Jacques Lacan, Argentina-New York, 2017.-

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