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Elogio y memoria de Antonio Fernández Spencer

CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO [mediaisla] Fue Spencer un espíritu resistente, fascinado por el misterio de las palabras y los goces exquisitos del intelecto, en un ambiente poco favorable para el menester literario. Fue asimismo un hombre de arraigadas convicciones éticas y contagiosas incitaciones estéticas.

El 18 de enero de 1994, el ya desaparecido periódico El Siglo informaba a sus lectores, a través de una escueta nota, que el poeta y crítico Antonio Fernández Spencer comenzaría a publicar a partir de ese día su columna El signo y el tiempo en las páginas de opinión y de arte y literatura. Bajo esta rúbrica aparecieron las dos primeras entregas —dedicadas a Pablo Neruda—, pero desde el 25 de enero, con la publicación de la primera «Entrevista imaginaria», hasta el 20 de marzo de 1995, en que se divulgó el último artículo enviado por el autor —consagrado a Borges—, la columna adoptó el título definitivo de El gallo y la veleta. Durante ese año y medio, Fernández Spencer no dejó de escribir en el citado rotativo hasta casi el final de sus días.

Este ejercicio periodístico, que siempre había sido parte integral de su labor intelectual, se acrecentó con el paso de los años, como apunta José Mármol: “Fernández Spencer era un verdadero portento del idioma, que a una edad provecta, en la que se suponía debía escribir o un diario o unas memorias, o bien cartas de reclamo de nombradía, amén de dolencias de salud, se lanzaba al ruedo de la creación dos y tres veces por semana con artículos de fresquísimas y reveladoras ideas, en las páginas de un diario, a la mejor usanza de sus maestros españoles” (Ética 206).

De estos maestros fue sin duda Ortega y Gasset el principal.[1] En sus libros, el joven Fernández Spencer aprendió una lección fundamental: que el periodismo podía ser un campo propicio para el pensamiento y la crítica literaria, cuyo cultivo exigía claridad expositiva y un estilo depurado, no por ello ajeno a los primores poéticos. En A orillas del filosofar —libro en el que se abrazan la excelencia de prosa y el acierto especulativo—, Fernández Spencer evocaba su temprano descubrimiento del autor de las Meditaciones del Quijote: “En el año 1941 leí por primera vez un libro de José Ortega y Gasset, Mocedades. Desde esa lectura sus obras ejercieron sobre mí un atractivo invencible. En ellas muchos problemas que comencé a entrever en mi primera mocedad encontraban magníficas soluciones o cumplidos planeamientos. Poco a poco fui entrando en el conocimiento de que esas obras eran el fruto de uno de los más decisivos filósofos de Occidente. Por Ortega, pues, encontré el camino de la filosofía” (77).

Si la escritura filosófica de Fernández Spencer es, en esencia, de raíz orteguiana, su crítica literaria procura seguir el ejemplo de Pedro Henríquez Ureña y las teorías de T. S. Eliot.[2] El rigor y la erudición del primero se entrelazan con el arquetipo del poeta-crítico establecido por el segundo. Sobre esta última cuestión, el mismo Fernández Spencer afirmaba que “[e]l buen escritor es cuando escribe un ser dual en el que reina el poeta y medita parsimoniosamente el crítico” (Caminando 17). Esta dualidad orienta la composición de los artículos de El gallo y la veleta: cuando Spencer hace crítica o periodismo, lo hace desde su sustancial condición de poeta, con el propósito de glosar su praxis poética, explicitando sus fundamentos teóricos. En este aspecto, nuevamente Eliot le sirve de modelo. En The Use of Poetry and the Use of Criticism, éste sostenía lo siguiente: “When the critics are themselves poets, it may be suspected that they have formed their critical statements with a view to justifying their poetic practice” (29). Sin duda, nuestro poeta compartía esta creencia, y, como el norteamericano, sabía que el talento individual de un escritor sólo es mensurable dentro de su particular tradición literaria, en la que el pasado pervive, no como un cuerpo moribundo sino como una entidad actual y efectiva: lo que Eliot denomina “the present moment of the past” («Tradition» 44).[3] La escritura poética —entendía Fernández Spencer al igual que Octavio Paz— debía estar siempre acompañada del complemento crítico, como un texto paralelo que la iluminara, despejando sus arcanos.

Fernández Spencer no dejó nunca de cultivar con pasión y esmero la crítica literaria, a la que consideraba “una actividad humana indispensable” (Caminando 13); en esto también llegó a coincidir con Eliot, para quien la crítica era tan inevitable como el respirar («Tradition» 37). En el coloquio que en 1989 sostuvo con Bruno Rosario Candelier, Marcio Veloz Maggiolo y Rafael García Romero, Fernández Spencer, al referirse a su labor crítica, se hacía eco del ideal propuesto por el autor de The Waste Land: “Nunca he abandonado la crítica literaria. Todo va junto. […] ¿Por qué Eliot nunca abandonó la crítica literaria? Eliot escribía mucho más crítica literaria que poesía. Es que no tiene por qué ser el poeta, poeta y crítico literario aparte. […] Eso es falso. Baudelaire es el más grande crítico de su época, superior a Sainte-Beuve. […] Yo tengo más de 3,000 páginas de crítica inédita” (Ensayos 350).

La excelencia crítica de Fernández Spencer ha sido ampliamente reconocida por la intelectualidad dominicana. A juicio de José Alcántara Almánzar, el «Estudio preliminar» que abre su antología Nueva poesía dominicana, publicada en Madrid en 1953, “no ha sido superado en muchos de sus aciertos, sobre todo en lo concerniente a la evaluación de los poetas antologados” y constituye un ejemplo de crítica “exigente, lúcida, a ratos polémica, pero siempre aguda” (24, 346). Para Manuel Rueda, en la crítica de Fernández Spencer “se halla una de las vetas más brillantes” de su talento literario, “avalado por una prosa de gran perfección formal” y por ideas vigorosas, tajantes y apasionadas (248). Finalmente, en opinión de Rosario Candelier, Spencer continúa la tradición crítica desenvuelta por Henríquez Ureña, Federico García Godoy y Joaquín Balaguer (131). Este reconocimiento ha supuesto la relegación o la relativa valoración de la poesía spenceriana.[4]

Fernández Spencer encarnó a la perfección la figura del humanista acuñada por Pedro Henríquez Ureña en las letras dominicanas, como han señalado José Mármol («El Ulises» vii), Víctor Villegas (3) y Lupo Hernández Rueda (8), y reconoció, como su maestro, el imperativo de diseminar los frutos de la faena intelectual entre los jóvenes.[5] El ensayismo de Fernández Spencer, al igual que el de Ureña, se asentó sobre un sólido acervo filosófico, y se sirvió de juicios ponderados y de una expresión pulquérrima (Lebrón Saviñón 1000). Estos criterios orientaron asimismo su periodismo cultural.

Poesía y pensamiento constituyen los ejes temáticos primordiales de El gallo y la veleta: la poesía —tanto la nacional como la universal— y la filosofía —desde los presocráticos y Platón hasta Heidegger y el existencialismo— son tratadas por Fernández Spencer con ánimo socrático, en ocasiones empleando el diálogo como recurso literario, con el fin de contrastar opiniones disímiles; de ahí la importancia de la interlocutora imaginaria Margarita Ronsard, posible trasunto de la estudiosa francesa Marianne de Tolentino. Junto a estas dos preocupaciones cardinales, se sitúan —en un plano secundario y marginal— la política y el arte.[6]

En realidad, El gallo y la veleta no entraña novedad alguna ni variación radical en el quehacer de su autor, más bien lo prolonga, ensanchándolo, si se quiere, al desplegarse en las páginas de un diario matutino. Si bien se observa, la mayoría de los asuntos discutidos por Spencer en estas columnas había sido ya objeto de su atención desde finales de los años cuarenta, época en la que comienza a elaborar su obra crítica.[7]

Esta edición de El gallo y la veleta (Cielonaranja, 2017) reproduce el orden cronológico de su publicación original en prensa. Se realizaron las enmiendas tipográficas y ortográficas imprescindibles, y se revisaron las citas empleadas y los abundantes nombres consignados. La publicación de este volumen pretende afianzar la labor de rescate y difusión de la obra de Fernández Spencer, emprendida por los escritores Lupo Hernández Rueda y Miguel D. Mena.[8]

Estos textos periodísticos despliegan un copioso arsenal de conocimientos. Nada humano e intelectual le era ajeno a Fernández Spencer; su anhelo de erudición, su inmensa curiosidad, traspasaban fronteras geográficas e idiomáticas, y vencían todo género de dificultades ambientales. Configuran, en síntesis, un pensamiento eminentemente interdisciplinario y multifacético.

El índice onomástico y temático que conforma El gallo y la veleta subraya el amplio saber que llegó a acumular su autor. Se trata —conviene señalarlo— de referencias que asisten a la reflexión, y no de una mera exhibición culturalista o un ejercicio de pedantería intelectual. Estas columnas cuentan con el aval de la inteligencia, fruto del estudio minucioso y de sosegadas lecturas. La cultura en Fernández Spencer no es un leve barniz que se desprende al más mínimo cuestionamiento; es, en puridad, un espacio natural y dialógico en el que el poeta se mueve con facilidad y destreza.

Fue Spencer un espíritu resistente, fascinado por el misterio de las palabras y los goces exquisitos del intelecto, en un ambiente poco favorable para el menester literario. Sin la consideración de este contexto inadecuado, no podría aquilatarse la envergadura de su producción. Fue asimismo un hombre de arraigadas convicciones éticas y contagiosas incitaciones estéticas. Lo recuerdo en su despacho de la Biblioteca Nacional, un recinto que, por la ausencia de todo lujo, parecía más el habitáculo severo de un cenobita que la oficina de un funcionario del gobierno de la República. Recuerdo los estantes repletos de libros, los numerosos papeles desperdigados sobre su mesa de trabajo y su egregia figura, un tanto encorvada tal vez por el peso de los años o los sinsabores de la vida.

Expresa este volumen en su propio título la antigua simbología que lo alienta y la clave de su justificación y propósito: el gallo, provisto de sus afilados espolones —la crítica—, simboliza la vigilancia, la luz solar y la supremacía de lo espiritual sobre lo material; coronando la veleta, pieza giratoria con forma de saeta, indica la dirección del viento —del pensamiento, de la cultura— desde lo alto de un edificio —la Biblioteca Nacional—. Símbolo, en definitiva, del poeta, que se erige en conciencia crítica de su tiempo y sociedad, que se propone guiar a sus conciudadanos desde la altura de sus años y su esforzada sapiencia.

 

En 1989, Enriquillo Sánchez, al hacer el retrato de Fernández Spencer, aventuraba la hipótesis de que dentro de ochenta años se hablaría de su obra, “de las palabras que zurció como un iluminado”, y no de la pelota, el merengue o la política de ese entonces (94). Sánchez apostaba sin vacilación a esta posteridad literaria. Fue quizás el primero; sólo se equivocó en el cómputo de los años, pues, desde su muerte en 1995, no ha dejado de hablarse del maestro.

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CARLOS X. ARDAVÍN es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Es autor de los libros La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria (2002), La transición a la democracia en la novela española (2006), Diccionario personal de literatura dominicana (2010) y La isla letrada (2011)

Obras citadas

Alcántara Almánzar, José. Estudios de poesía dominicana. Santo Domingo: Alfa y Omega, 1979.

Eliot, T. S. The Use of Poetry and the Use of Criticism. London: Faber, 1933.

___. «Tradition and the Individual Talent». Selected Prose of T. S. Eliot. Ed. Frank Kermode. New York: Harcourt Brace & Company-Farrar, Straus & Giroux, 1988. 37-44.

Fernández Spencer, Antonio, ed. Nueva poesía dominicana. Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1953.

Fernández Spencer, Antonio. Caminando por la literatura hispánica (1948-1964). Santo Domingo: Arquero, 1964.

___. Vendaval interior (Obras poéticas) 1937-1993. Prólogo de José Mármol. Santo Domingo: Universidad Interamericana, 1996.

___. Un pueblo sin memoria y otros cuentos. Santo Domingo: Ediciones El Pez Rojo,___. Caminos del ser dominicano. Ed. Miguel D. Mena. Santo Domingo-Berlín: Ediciones Cielonaranja, 2009.

___. A orillas del filosofar. Segunda ed. Santo Domingo-Berlín: Ediciones Cielonaranja,[Primera ed.: Ciudad Trujillo: Arquero, 1960].

___. Ensayos sobre historia y letras dominicanas. Ed. Miguel D. Mena. Santo Domingo-Berlín: Ediciones Cielonaranja, 2014.

Gatón Arce, Freddy, ed. Publicaciones y opiniones de La Poesía Sorprendida. San Pedro de Macorís: Universidad Central del Este, 1988.

 

Hernández Rueda, Lupo. «Antonio Fernández Spencer, poeta y humanista», Isla Abierta 653 (7 de abril de 1995): 8-9.

Lebrón Saviñón, Mariano. Historia de la cultura dominicana. Tomo II. Santo Domingo: Editora Taller, 1994.

Mármol, José. «El Ulises sin retorno» (prólogo). Vendaval interior (Obras poéticas) 1937-1993. Antonio Fernández Spencer. Santo Domingo: Universidad Interamericana, 1996. v-xiv.

___. Ética del poeta (Escritos sobre literatura y arte). Santo Domingo: Amigo del Hogar, 1997.

Mena, Miguel D. «Introducción». Caminos del ser dominicano. Antonio Fernández Spencer. Santo Domingo-Berlín: Ediciones Cielonaranja, 2009. i-iv.

Rosario Candelier, Bruno. Valores de las letras dominicanas. Santiago: Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, 1991.

Rueda, Manuel, ed. Antología mayor de la literatura dominicana (siglos XIX-XX). Poesía II. Santo Domingo: Ediciones de la Fundación Corripio, 1999.

Sánchez, Enriquillo. Para uso oficial solamente 1989-1991. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, 2000.

Veloz Maggiolo, Marcio. «Memorias y ocasos», Mythos. Revista Literaria Trimestral 14 (2002): 1-3.

Villegas, Víctor. «Antonio Fernández Spencer y el Premio Nacional de Literatura», Isla Abierta 653 (7 de abril de 1995): 3-5.

[1] Al paradigma intelectual de Ortega y Gasset, Miguel D. Mena añade el de Miguel de Unamuno, aunque en grado más lejano (iii).

[2] En opinión de Miguel D. Mena, Fernández Spencer conforma, junto con Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch, una especie de tríada de la literatura dominicana del siglo XX, caracterizada por la “precisión en la forma, lo incisivo en la mirada y la frescura en la expresión” (i).

[3] A través de su maestro Eliot, Fernández Spencer comprende que la influencia y el plagio suponen costumbres que todo auténtico escritor debe reivindicar y asumir sin temor, de manera plena (Ensayos 349).

[4] En 1979, Alcántara Almánzar lamentaba que a Fernández Spencer, “a pesar de haber ganado dos premios de poesía en España”, se le considerara más crítico que poeta (17).

[5] Léase, a este respecto, la necrológica («Memorias y ocasos») que le dedicara Marcio Veloz Maggiolo.

[6] La política en Fernández Spencer fue una pasión o inclinación griega; también lo fue su periodismo. En A orillas del filosofar se reivindica la índole mundana del saber: “El griego creó sus modos del saber en relación con lo mundano, a pleno sol, en los mercados de Mileto o Atenas, en íntimo contacto con el bullir multitudinario y las pasiones de los hombres” (20).

[7] Componen esta obra las notas que Fernández Spencer publicó entre agosto y noviembre de 1947 en los cuatro números de la revista Entre las Soledades, por él dirigida, y los diversos trabajos críticos que vieron la luz en España entre 1948 y 1953, recogidos en Caminando por la literatura hispánica. Debe incluirse en esta nómina el «Estudio preliminar» de la antología Nueva poesía dominicana (1953). Los números de la revista citada pueden consultarse en Publicaciones y opiniones de La Poesía Sorprendida, edición al cuidado de Freddy Gatón Arce.

[8] La publicación de Vendaval interior —la muestra más representativa de la poesía de Fernández Spencer— y de Un pueblo sin memoria y otros cuentos, no hubiese sido posible sin los esfuerzos de Hernández Rueda. Mena se ha ocupado primordialmente de re-editar su obra ensayística y crítica, a través de las recopilaciones Caminos del ser dominicano y Ensayos sobre historia y letras dominicanas.


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