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Libro como hábitat: «Una casa en la palma de tu mano», de Denisse Español

JUAN HERNÁNDEZ INIRIO [mediaisla] Este libro no es otra cosa que un cuerpo expuesto en la galería de sus abstracciones; un cuerpo ruborizado por la caricia de los días; un cuerpo de madre y de amadora; este libro es una casa caliente que regala su temperatura con palabras movedizas.

La fundación del mundo es la fundación de la metáfora. La palabra pone la primera piedra en la arquitectura de la existencia, y de ese discurso antiquísimo y vigente, de la vida como palabra de un dios solidario y de nombre minúsculo, se han hecho todos los días de los hombres hasta llegar al umbral de un libro como cuerpo y morada, intitulado Una casa en la palma de tu mano (mediaIsla, 2017) y con la firma de la dominicana Denisse Español.

Hay que ser muy atrevido para ser poeta en tiempos de oscuridad universal. Hay que ser un vidente optimista para apostar a la poesía. De eso se ha tratado siempre este oficio, de una cierta temeridad, de una fértil rebeldía para mirar a contraluz y convertir en semillas esas miradas que hablan.

La lectura ya nombrada ha comportado para mí un encuentro afortunado con la poesía, ésa que se disfraza de pan y luz en la presencia del papel y del alma. Ningún libro se gobierna. Los escritores comprometidos lo sabemos bien. No buscamos la complacencia del cielo ni el aplauso de la tierra. Esta autora lo profesa. Su libro delata las latitudes de su silueta, sus devociones incógnitas, todo lo que la delinea como una mujer cósmica. Su palabra es una puerta a lo tórrido del amor. Hay en este poemario una casa abierta como una mano generosa, un universo minimizado en la música del beso. Sobre todo, hay una mujer hecha del polvo de libros viejos, con media angustia en la sonrisa y los sentidos en permanente revolución. Hay intimidad regodeándose en el fuego.

Mi pecho izquierdo es una mano rodeando tu mano, un proyecto que grita en silencio al compás de tus dedos mudos (pág. 24).

Amanezco, se eleva un sol desde mi ombligo, los murciélagos de mi cuerpo se extienden en el silencio (pág. 26).

Los silbidos se amarran a tu nombre (pág.. 32).

La de Denisse Español es una lira afirmativa que se confía a la intuición femenina. Canta en primera persona como si fuera una fiesta ser ella misma. Su verso es un centinela del momento. Lo aprehende, lo capta. El tiempo, el de todas las cosas, que en su larga paradoja puede ser y es también el tiempo del amor, acontece en esta poesía como desenterrando ángeles reticentes. Denisse es una mujer, a su decir, “arrullando el cosmos con su vientre”. Ella se engendra a sí misma, con furia y denuedo.

Me doy a luz
escupo en segundos alternados
a un ser que llega al mundo de pies (…)
Pariré tantas veces como sea necesario
hasta construir a la mujer final,
asesina del destino.
Guerrera en la espesura de los días
que se ensambla en los amaneceres de mi boca
(pág. 35).

Su yo es una identidad compartida con el universo y con la calidad de mujer. Sus amores son ejércitos; sus mariposas tienen alas reivindicativas. Al decir esto, no puedo dejar de evocar a Virginia Woolf, la célebre escritora de Londres, cuando dice: “Yo me aventuraría a pensar que el Anon (anónimo), quien escribiera tantos poemas sin firmarlos, fue a menudo una mujer”.  Para Virginia Woolf en el siglo XX y para Denisse Español en la pubertad de este siglo XXI, ser abiertamente escritora es una dignidad sobre los hombros, después de milenios de silencio para la mujer. No implica esto que no lleguen las horas de incertidumbre y de desolación privada. Ser una persona en contraposición a un autómata o una bestia, alcanzar un grado de civilización y de equilibrio existencial, es desconfiar de la inercia y de los instintos, y, en el caso de una poeta, cortarse todos los días las venas con el frío filo del mundo. La aeda se formula preguntas imposibles en el poema “Fuera del lugar irremediable”, en la página 37:

¿Quién habla desde el espejo?
¿Quién vigila al otro lado? (…)                 

¿Quién me ocupa?
¿Quién muerde mis uñas?
¿Quién llora en las cavernas?(…)

¿Dónde se esconde la mujer que respondía por mi nombre?

La poesía es también para mí un oráculo misterioso, un túnel de donde nadie puede salir cuerdo. Pienso, de hecho, que la cordura es un peligro para la creación literaria. No puedo defender la moral sórdida de los poetas malditos franceses del siglo XIX ni de la Generación Beat en Estados Unidos durante el mediodía de la centuria pasada, pero solo hay espejos rotos en la poesía que sale de la boca del infinito y masculla eternidad en el corazón de quienes la poseen.

“Cada palabra es una casa”, dice la poeta Denisse Español. Mujer y hombre, según la experiencia espiritual de este libro, son “diccionarios de la tierra”. Ella habla “del ser que habita la vasija con mi nombre”. En su piel de barro cabe la piel de los milenios, en ella pueden fundirse todos los tiempos gramaticales. Su poesía toca la música de los milagros, así como invoca el erotismo como una obra prodigiosa de las galaxias en el poema “Inquiriendo”, de mi total predilección entre los que conforman esta colección de himnos:

¿Qué otro submundo podría nacer
del big bang que ocurre a puertas cerradas?
¿Qué otra tierra será nuestra tierra
después que el incendio merme
y el universo decida cambiar de palma?
(pág. 21).

Sean el sexo, la soledad, la rutina, el trance de caminar sobre el planeta, todo es luz reveladora para esta cantata, todo en esta edificación libresca forcejea con los límites desconocidos de su pluralidad. La autora asevera que “las letras se confunden entre las sombras de un cuerpo desnudo”. Esa desnudez es imprescindible para la ludopatía de los altos poemas. Nada nos cubre la mortalidad frágil de la que estamos hechos, “este ínfimo libro de piel” que somos.

Este libro no es otra cosa que un cuerpo expuesto en la galería de sus abstracciones; un cuerpo ruborizado por la caricia de los días; un cuerpo de madre y de amadora; este libro es una casa caliente que regala su temperatura con palabras movedizas. Una casa en la palma de tu mano irá convirtiéndose, con el aval de otros lectores, de otros habitantes, en un edificio cuyo tamaño no podemos predecir, porque la medida de la literatura traspasa la brevedad de la vida. Aspiro a que sean vastas sus dimensiones y a que en las palmas de las manos de quienes sostengamos sus páginas, nos traspase el dulce aguijón de la poesía. El último tesoro del mundo será la metáfora, cuando ya no nos quede nada más. Por ahí empezamos, y por ahí seguiremos reinventando, como lo hace Denisse Español, la hipersensible arquitectura del universo.

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JUAN HERNÁNDEZ INIRIO [La Romana, RD, 1991]. Poeta, compositor, guionista y gestor cultural. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Cantar de hojas muertas (2010), Musa de un suicida (2014) y El oráculo ardiendo (2016).


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