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«Rumor de pez», donde crece la luz

JORGE BOCCANERA [mediaisla] En las páginas de su libro «Rumor de pez», René Rodríguez Soriano ha echado a andar, desde el mismo título, un tacto de palabras tras este símbolo de la abundancia, el eros y la mitología.

Quizá el sentido de la vida sea esperar el vislumbre de un pez atravesando el agua de los sueños. Un rastro, una señal apenas, un trazo de fuego en su vuelo subterráneo. Con el tambor de su revólver repleto de vida y sus alas acarreando muerte, el pez sagrado y profano, espiritual y fálico, sigue representando en la poesía momentos de dolor y goce. Como un ser bifronte carga por igual panes y piedras, aunque parece indeleble su sello como símbolo de la fecundidad y la sexualidad.

En las páginas de su libro Rumor de pez, el poeta dominicano René Rodríguez Soriano ha echado a andar, desde el mismo título, un tacto de palabras tras este símbolo de la abundancia, el eros y la mitología. En las redes de sus poemas guiados por una trama dialogada, busca dar con el rastro de aquella estrella con escamas y aletas en un tránsito que elude todo dramatismo y viaja por la cuerda del goce, a prudente distancia de las “musas grises y apelmazadas”. A la mueca trágica que suele acompañar textos marcados por la pasión amorosa, el lenguaje de Rodríguez Soriano contrapone el festejo y un tono zumbón que amplifica el canto celebratorio.

De los grandes baúles del soliloquio, saca el poeta a ratos el fraseo abolerado de una poesía que se insinúa no sólo en lo que expresa, sino también en un ritmo vehemente que acompasado por juegos fónicos, versos eslabonados y hasta un palíndroma de contrabando (“Eva como Adán nada como ave”) acrecienta el momento de la osadía. El deseo de ese bocado desbocado, es un decir que se deslengua y deja una estela como las ondas de un cuerpo agitándose en el agua. Así el lenguaje de un hablante “incierto y sacudido” que eleva oraciones al pez amador, se anuncia (“A lápiz surco el aire”), adopta un tono confidente (“tengo un dolor muy agrio en un paraje/ cercano de las lágrimas”, reclama (“sacúdeme los trapos sonoros de este llanto”) y ruega (“empújame este ardor/ que se acobarda en mis bolsillos”) para iniciar el viaje hacia el sitio más profundo, allí “donde no llegan las palabras/ lugar que alberga los silencios y los rastros/ de los besos sucios de mí, sucios de ti”.

Tiene la poesía latinoamericana marcadores altos respecto a una poesía de corte amoroso; ese árbol que da por igual frutos de pasión y soledad, plenitud y abatimiento. Textos como “Los amorosos” (Jaime Sabines), “Cuadrilla” (Carlos Drummond de Andrade) o “El mueble” (Manuel del Cabral) certifican esa relevancia. En esa línea serpentea este Rumor de pez donde el poeta rebusca en los sótanos de la luz, así “como se entra en las nubes con garfios sin espanto”, para hallar nada más, nada menos, que “la unión de los contrarios”.

Pez espada clavado a su propia acrobacia; pez cebra, mariposa acuática, un delfín talismán avanza contra el tiempo vacío mientras Rodríguez Soriano desgaja de la noche pétalos del siempre y del nunca: “Talo decires/ como relojes en la hora del nunca jamás”. Sabe el poeta que en toda pasión verdadera anida lo indecible, ese ovillado enigma que acaso ninguna palabra sea capaz de nombrar. Sus versos lo dicen de modo rotundo: “será la carne ebria estremecida/ otro lenguaje que no tiene lengua”.

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JORGE BOCCANERA [Bahía Blanca, Argentina, 1952]. Poeta, dramaturgo y ensayista. De sus libros de poesía merecen destacarse: Contraseña (1976), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Música de fagot y piernas de Victoria (1979), Polvo para morder (1986), Zona de Tolerancia (1998) y Bestias en un hotel de paso (2001).


Comments (1)

  • MARTA CWIELONG

    Felicito a los dos poetas latinoamericanos, Jorge Boccanera y René Rodríguez Soriano, por su lealtad a la palabra, y por ejercerla con exactitud.

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