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Jorge Luis Borges: el único niño que fue octogenario

ESTEBAN PEICOVICH [mediaisla] En algún momento de sus frecuentes caminatas, Borges y Peicovich, decidieron compartir con un tercero algunas de sus travesuras. Esta entrevista, que a la sazón hace parte del libro «Gente bastante inquieta», constituye una auténtica pieza de colección. Uno y el otro ponen a prueba las más depuradas tácticas y estrategias del merodeo, la acechanza, el manejo del silencio y la excelente administración de juicios…

Hay un personaje de Borges en el que Borges nunca reparó y hay por lo menos siete fechas en las que el personaje, a los tumbos, buscó desesperadamente.

En 1956, cuando Borges no era Homero todavía sino un buda encastillado en la Biblioteca Nacional con un mujerío a sus pies que le recitaba poemas en inglés frente al río menos inglés del mundo.

En 1958, cuando Borges accedió a conferenciar a la vera de unos tristes frigoríficos de Berisso y el personaje lo presentó como “Borges, el palabrista”.

En 1963, cuando Borges regresando de un viaje a Texas alcanzó a delinear en exclusiva a un insomne cronista que lo aguardaba en Ezeiza la historia de un cowboy negro que desechó la gracia de hablar antes de ser ahorcado, porque lo que quería era precisamente era morir, no hablar.

En 1970, cuando su personaje lo descubrió desde un colectivo en la intemperie de México y Bolívar y de la furtiva imagen sólo quedó una boina vasca, raída, azul, una cara de cera y nube, y esos ojos que se perdían en la fábula bibliotecológica del sur.

En 1977, cuando paseando de su brazo, subrepticiamente, el personaje alcanzó a saber que Borges rezaba de noche.

En 1978, cuando el personaje lo alzó en sus brazos como si fuera un niño y en vilo lo llevó hasta la explanada de Machu Picho a la que Borges volvía por tercera vez, ahora ciego, a olfatear las piedras que según él iban cambiando con el tiempo. En esta sexta fecha, el personaje cometió el error de confesar que era periodista, lo cual dio a Borges la ocasión de crear el más insólito epitafio al oficio: “Menos pregunta Dios y perdona”. Y el fracaso otra vez.

Hasta este abril de 1980, en que Borges, creyéndose solo en la trastienda de una sastrería teatral madrileña, tras probar el jacquet para la ceremonia de recepción del Premio Cervantes de manos de un rey, apoyado en su báculo negro de dieciséis dólares, no advierte que cerca suyo, silencioso, el personaje se deleita en escucharlo cantar, en voz alta, la milonga “Los Orientales”. Tan beatífico permanecía en ese rincón Jorge Luis Borges, cantando para sí, que apenas se encrespó cuando el personaje se le acercó, lo acompañó, caminó con él hasta el hotel y le dijo:

¿Hablamos, Borges?

—Sería bueno hacerlo en un pacto de mutuo olvido. Detesto la publicidad.

Pero o la memoria. El periodismo trabaja para ella…

—No es cierto. En ochenta años yo no he leído ningún diario y tengo buena memoria. Pero veamos, perdone, ¿me acompañaría al baño?

Sin sorprenderme (ningún cronista literario lo es si no ha llevado al menos una vez a orinar a Borges) lo tomo del brazo, lo enfilo hacia el toilette y ya enfrentado a la gatera de mármol, le sostengo el bastón, doy un paso atrás, quedo en asistencia, mientras él, lento, desabotona la bragueta de su pantalón de paño inglés.

Estamos solos. La situación discurre entre compasiva y rara. El enorme gurú, inválido por la ceguera y el tiempo, y uno evaluando lo ridículo y al mismo tiempo inolvidable del instante. (Aunque lo más ridículo está por suceder…)

—Dígame… —dice, comenzando a orinar serenamente, mientras, a sus espaldas, lo escucho—. ¿No estuvimos hablando ayer de John Thomas?

Su pregunta me toma en blanco, sin datos, y por no quedar en falta ante él, en típica reacción que argentinos llamamos tilinga trato de salir del apuro con un

¿Cómo dice? No sé, creo haber escuchado algo sobre este autor, pero…

—Ah, ¿no sabe usted quién es John Thomas? Pues es el nombre coloquial de la pija en inglés. Y Lady Jane, es la concha… John Thomas and Lady Jane… John solo, no tendría gracias. Pero John Thomas, sí… Por eso nadie se llama John Thomas en Inglaterra. Qué curios, ¿no? Es el nombre que quería ponerle Lawrence al amante de Lady Chatterley…

Quedo de una pieza, avergonzado de mi imbecilidad, y tras la carcajada con que celebro al mismo tiempo su salida y mi paso en falso, retomamos la conversación. Borges ríe malicioso al relatar que la noche anterior una mujer lo acosó en el lobby para fotografiarse en su compañía.

—Como repetía en voz alta que sería una foto para la posteridad le respondí que no era justo hacerle algo así al futuro, ¿no?

Le adelanto pormenores del libro que acabo de terminar, en donde recojo su oralidad y al que titulé Borges, el palabrista. También sugiero la posibilidad de un prólogo.

—Sé vagamente de qué trata el su libro. Usted dice que es mío y no suyo. Pero ¿cómo puede ser mío lo que yo he dicho ya? No vaya a creer que no me divierte tener un espacio de tradición oral Borges, como los pueblos primitivos, apócrifa, desde luego.

Si no se hubiesen registrado las palabras de Homero, la Ilíada y la Odisea no existirían.

—Puede ser, puede ser… Pero, ¿sabe? Yo no hablo en hexámetros. Y tampoco creo que este caso requiera un prólogo. Sería algo impúdico. Además, los prólogos no son necesarios. Tal vez el único prólogo necesario fue el Génesis. Bien. ¿Y sobre qué hablaremos hoy?

De sus pecados capitales. No recuerdo que se haya referido a ellos…

—Stevenson decía que los siete pecados capitales eran uno solo: la crueldad. El pecado contra el Espíritu Santo. Los demás no tienen importancia.

Sin embargo, la crueldad no está entre esos siete. Es extraño. Pero olvidemos a Stevenson y vayamos a usted y a los pecados clásicos. ¿Cuál ha sido la pereza de Borges?

—Sí, he pecado porque soy muy haragán. Yo creo que he trabajado tanto porque soy muy haragán.

¿Y el de la envidia?

—No. Yo nunca he sentido envidia. Por ejemplo, he estado enamorado y he sabido que otra persona estaba enamorada de la misma mujer que yo. Y yo pensaba, en fin, esto nos une. Los dos nos damos cuenta de que esta mujer es admirable y él debe sentir amistad por mí y yo sentir amistad por él. La idea de la rivalidad, de los celos, de la envidia, es horrible. Pero fíjese que cuando he confesado esto a algún amigo o amiga me han dicho que no, que es un bizantinismo, que es una paradoja, que eso no puede ser.

A mí me parece una belleza.

—¿Cómo dice? Usted es la primera persona que no se escandaliza. Me alegra, sabe. Porque si yo quiero a una mujer y otro hombre la quiere también, quiere decir que nos parecemos de algún modo, ¿no? Nos encontramos en los mismo. Es como si alguien dice que le gusta el álgebra, pues a mí también, o la literatura, y a mí también, fulana de tal, a mí también. Eso une. ¿Dónde le verán el bizantinismo?, digo yo.

¿Cuál ha sido su pecado de gula?

—Sí, la gula sería, a ver, los copos de maíz, el café y el dulce de leche. También el de guayaba. A mí en general me gusta la comida seca. La comida mojada no me gusta. Cuando salgo a comer, pido arroz con manteca y queso, dulce de batata y café. Comida más frugal no se puede pedir.

¿El vino sería una comida mojada?

—No, yo no he bebido mucho vino. Cuando joven me gustaba el ajenjo. Tampoco me gustan las salsas. En cambio sí los copos de maíz, el arroz, las uvas. Las uvas son como una purificación, eh. Cuando fui a Japón encontré uvas que son como dobles de las nuestras, con gusto a vino, riquísimas. Y las mandarinas son un prodigio. No tienen semillas y uno puede comerse la cáscara. Las bananas también son riquísimas en el Japón. Mejor dicho los plátanos, porque banana es una palabra tosca. Pero lo de las uvas es algo que han conseguido en estos últimos quince años. Son de gran tamaño y con ligero sabor a vino. Aunque yo no conozco bien el vino. Me gustaba, como le digo, el ajenjo, porque produce una alegría liviana… Cuando era chico lo bebían los compadritos en los almacenes. Recuerdo que tomaba hasta tres copas de ajenjo cuando estaba en Palma de Mallorca y después salíamos a escalar la montaña. Había muros ciclópeos y, sin embargo, gracias al ajenjo, yo me agarraba bien de las grietas y ascendía bastante bien. Quiere decir que la embriaguez que nos producía era muy liviana, si no nos hubiéramos matado antes de llegar a la cumbre. Era en Valldemosa. Subíamos con un pintor cordobés, Octavio Pinto.

¿Sabe usted que muy cerca de allí, en Deyá, vivió la mitad de su vida Robert Graves?

—No me diga. Un gran poeta. Compré sus Obras completas. Buscaba un poema que él eliminó de sus obras. Ese poema es lindísimo, merece ser muy antiguo, merece no ser contemporáneo, merece ser algo que los hombres han soñado durante mucho tiempo. El argumento es éste: Alejandro de Macedonia no muere en Babilonia sino que se extravía de su ejército y va errando por una geografía desconocida, ve una claridad, es un campamento, hoy hombres de piel amarilla y de ojos oblicuos, tártaros, chinos, entonces ya que su oficio es ser soldado, él entra y se alista en ese ejército. Pasan muchos años, hace la guerra, no le importa ser jefe, siempre es soldado, y un buen día como pago del trabajo de guerrear distribuyen monedas. Está allí, viejo, rodeado de tártaros o chinos y entonces dice: “Claro, es la moneda que yo hice acuñar para celebrar la victoria de Arbela cuando yo era Alejandro de Macedonia”. Su victoria contra los persas. Pero él dice: “cuando yo era”. Claro, él ya es otro. Un soldado perdido allí entre los chinos o los tártaros. Este poema merecería están en Las mil y una noches o en Plutarco. Y sin embargo, que raro, Graves lo eliminó. Es extraordinario. Haber inventado ese poema es haber inventado todo.

¿Volvemos a los pecados? ¿Cuál ha sido su soberbia?

—No creo, no. Cuando yo converso con alguien siempre trato, hago lo posible, porque el interlocutor tenga razón. Además la idea de una discusión es errónea. Debiera ser una colaboración, una investigación para llegar a un fin y no importa si el fin queda de este lado o del otro. Los chinos dicen que no hay que discutir para ganar, sino para dar con la verdad. La idea de ganar es horrible. Por eso aquí en Madrid, en las tertulias del café Colonial. Cansinos Assens impuso la costumbre de que no se hablara de ningún contemporáneo para que no se hablara mal de nadie. De modo que uno podía mencionar a Virgilio o a Platón pero no a Gómez de la Serna o a Unamuno. Eso también lo tenía Macedonio, que en sus reuniones le decía al que tenía al lado “vos habrás observado, sin duda, che…” y luego venía algo suyo extraordinario. Qué lindo, qué grandeza ser así. Macedonio es de las personas que más me impresionaron en mi vida. Y otros muy famosos, nada. Lugones no me impresionó. Ortega y Gasset tampoco. Ingenieros, sí, era simpático. Pero otros, por ejemplo Camus, no me impresionó nada. Bueno, Marinetti no tenía por qué impresionar a nadie, ¿no? ¿Usted sabe cómo le dicen en Italia a Marinetti?

No, ¿cómo?

—Un cretino fosforescente.

¿Fue avaro alguna vez?

—No prestar libros para que no se quedaran con ellos.

¿Y pecado de lujuria?

—Yo creo que sí, eh… bueno, no sé si es un pecado. Creo como Stevenson que no es un pecado. Haber deseado bastante, querido mucho, no es pecado, ¿no?

¿Y la ira?

—No. Xul Solar decía que era una pobreza mía el no enojarme. Hace mejor desahogarse. No, ira, no… O tal vez sí, tres veces, cuando eché a los estudiantes de la clase por querer interrumpirlas. Pero yo pensaba que eso no era personal, que tenía que defender la cátedra.

Y una de esas veces defendió precisamente a Coleridge, cuando la huelga en el puerto.

—Es cierto. Les dije: “El señor Coleridge está esperando y no lo podemos hacer esperar”.

Y dígame, Borges, ¿habrá habido en su vida un octavo pecado, específicamente suyo, inventado por usted para usted?

—Y bueno, yo he sentido odio por dos personas. Por Perón y por mi lejano pariente Rosas. Y por nadie más, que yo sepa. Porque lo demás ocurría muy lejos. En el caso de Hitler no era odio. Decía yo, qué raro que este hombre que es un genio militar sea al mismo tiempo un loco.

¿Respondió usted alguna vez al cuestionario “a la Proust”?

—Lo conozco, pero no creo que él haya hecho eso. Produce trivialidades. Creo que debe haber sido la cocinera de Proust. Es una especie de juego. Un juego de sociedad.

Vamos al juego. ¿Cuál es su color?

—El amarillo.

¿El animal?

—Podría ser el leopardo.

¿La flor?

—El jazmín.

¿El pájaro?

—Mis conocimientos ornitológicos son tan breves que no sé si distingo bien entre un pájaro y otro.

¿Pero sí entre el colibrí y el cuervo?

—No, son pájaros muy literarios. Pájaros más naturales. ¿Qué pájaros naturales hay?

Y desde la paloma hasta el gorrión. Nuestro gorrión.

—¿El gorrión? Fue importado por Bieckert. No los había en la Argentina. Yo diría la gaviota, sugiere el mar.

¿Cuál es el personaje histórico que usted admira más?

—Voy a ser muy localista, vamos a poner Sarmiento.

¿Y el personaje mujer?

—Carlota Corday.

¿El varón de la ficción que más le haya impresionado?

—Lord Jim, de Conrad.

¿Y el personaje femenino?

—Yo casi me olvido de que haya mujeres. Lo dejamos en blanco.

Bien, ¿y cuál es su pinto preferido?

—Podrían ser dos: Rembrandt y Turner.

¿Y su músico?

—El único músico al cual yo me he acercado con toda la humildad y la ignorancia: Brahms.

¿Su dramaturgo?

—Uno tiene que decir… Shakespeare. No, yo voy a decir Bernard Shaw.

¿La película que más recuerda?

Ser o no ser de Ernst Lubitsch. Creo que nadie la conoce, ¿no?

Sí, la mencionan en las historias del cine, la consideran. ¿Y su libro siempre? El de la mesa de luz…

El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. Sigamos jugando con Proust.

He cometido una herejía. Le incluí una película…

—Dentro de la trivialidad general, está bien.

¿Y cuál es su filia más acendrada, más definida?

—Ponga todo lo escandinavo.

¿Y su fobia?

—La publicidad.

Borges está espléndido, más delgado y haciendo bromas continuas. Presenta a su bastón.

—Lo compre hace poco en Chinatown y me costó dieciséis dólares. Es bueno para aferrarse a él. Es casi como un guante. Es muy fotogénico. Ha salido conmigo en todas las fotografías en que aparezco estos días. Es un buen báculo. Ahora necesitaría uno blanco.

Al concluir el almuerzo el camarero le pregunta con inocencia sobre la paella que le ha servido.

—Estuvo bien porque cada arroz ha mantenido su individualidad.

Borges, ¿usted recuerda cuál fue su primer juguete?

—Un palo de escoba. Luego un caballo de madera. Pero para mí, el único, el verdadero caballo, era el palo de escoba. A los otros los veía como apócrifos.

Para su edad eran caballos casi míticos…

—Sí, ya sé, pero para mí el caballo era el palo de escoba.

¿Usted rezó alguna vez?

—Sí, yo rezo todas las noches porque mi madre me pidió que rezara. Ahora yo no sé si no estoy hablando en un teléfono al vacío, ¿no? Además, que si no hay Dios, yo no me comprometo con eso.

¿A qué edad conoció usted a la primera mujer?

—¿En qué sentido?

En el descubrimiento del amor…

—Desde siempre, yo estoy enamorado siempre. Creo que como todos los hombres. Aunque el amor puede ser imágenes del cine, del deporte…

Antes nos enamorábamos más de las mujeres del cine.

—Sí, es cierto. Yo he sido fiel a Mary Pickford y a Katherine Hepburn.

¿Qué es lo peor que ha hecho usted en su vida? Si a veces hizo algo peor…

—He sido egoísta, he sido insensible al afecto de otros.

Cuando usted sonríe, ¿qué quiere decir? ¿Es constante la sonrisa en usted cuando responde? ¿Qué significa?

—Creo que debe ser nervioso, ¿no? Soy muy tímido y esta situación para un tímido es un poco incómoda.

¿Es posible que esa timidez de la cual usted habla nos haya puesto una pared entre el Borges real y el que nosotros vemos?

—Sí, podría ser. Pero al mismo tiempo eso me ha servido para toda mi obra literaria. El hecho de no comunicarme directamente sino por medio de símbolos. De haber sido una persona más explícita, no hubiera sido escritor.

¿Cómo es la vejez, Jorge Luis? ¿A qué se parece la vejez?

—Desde luego es menos agradable que la juventud. Pero eso no es un gran elogio tampoco, ¿no? Además uno la sobrelleva mejor. De joven tampoco tiene experiencia de ser joven, no sabe hacerlo. En la vejez uno va adiestrándose.

¿Por qué cosas merecería Borges ir al infierno?

—Por haber capitaneado el movimiento ultraísta.

¿Y si el infierno fuera una biblioteca?

—Entonces no sería un infierno. Claro, depende de los autores. Creo que si en el infierno están excluidos los más autores, incluso yo, entonces ya o selecciono. Ahora, si llego a encontrarme con libros míos allí, mejor…

¿Qué libro suyo tendría que estar en el infierno?

—El que publicaré el año próximo.

¿Cuál ha sido el momento más grave de su vida?

—He sido desdichado tantas veces que se precisaría una especie de concurso.

Borges… ¿soñó usted anoche?

—Sí, soñé con Alfonso Reyes. Tenía un tamaño desmesurado y yo ante él era más bien petiso. Se me apareció con una cara como de tártaro y no le pude entender ni una sola palabra. Esto me daba mucha vergüenza. Estuvo a punto de ser una pesadilla pero me desperté. Sentí el sabor de la pesadilla. Un sabor único. La pesadilla tiene un sabor peculiar. Podría ser una prueba de que existe el infierno.

¿Dónde le gustaría celebras sus noventa años?

—En la Recoleta. En la bóveda de mis mayores. Terrible eso de los noventa años, ¿no? Era una broma. Todavía quiero conocer la China. Creo merecer la China. También me gustaría ir a la India y a Pakistán. Tal vez el año próximo. Ya después, a los noventa y dos, puedo morirme.

¿Qué calle desearía usted que llevase su nombre?

—Es un error dar nombres de personas a las calles.

Sirven para recordar a la persona que nombran.

—Al revés, hacen olvidar a la persona pues ésta es reemplazada por una calle. Pero bueno, si usted puede influir sobre el intendente, preferiría una calle cualquiera del sur. Parque Patricios, no. Está lejos. Y a la Boca no la conozco. Montserrat o San Telmo.

¿Hacia dónde cree usted que va el hombre? ¿Hacia Abel o hacia Caín?

—En estos días ya ha llegado a Caín… No necesita ir.

Borges, ¿usted es inmortal?

—No diga eso. No hay hombres inmortales. Sólo los animales lo son.

¿Por qué?

—Porque no saben que han de morir.

Y a usted, ¿cómo le gustaría morir?

—Inmediatamente.

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ESTEBAN PEICOVICH [Zárate, Buenos Aires, 1930], poeta y periodista de vasta actuación; actualmente es columnista del diario La Nación y produce el programa radial “Los palabristas”. Ha publicado Borges, el palabrista (1980), Instrucciones al pavo real (1993) La bañera azul (1995), Poemas plagiados (2000) y Gente bastante inquieta. Conversaciones (2001), entre otros.


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