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Kafka y la metáfora de un siglo

MANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] Al leer los diarios de Kafka, una y otra vez tropezamos con apuntes que prefiguran la metáfora de Samsa. Su lectura es conminatoria no únicamente por su calidad literaria sino por todos los matices que aporta a la comprensión de la existencia del poeta.

Al romper el siglo XX, Amschel Kafka era un joven de diecisiete años, miembro de una antigua comunidad judía en una de las más bellas y florecientes ciudades de Europa central, Praga. Ya comprimían su espíritu el peso de una tradición estricta y el dictado de un padre que siempre lo tuvo a menos. Muchas cosas que lo afligían veía el joven sensible y formal aunque nada lejano al humor estudiante. La ironía es un brote de la inteligencia inquisitiva.

El mundo europeo se crispaba cada día más, resultado de los crecientes intereses capitalistas, los imperios era colosales (Praga misma era una ciudad del imperio Austro-Húngaro), se tensaba el conflicto entre lo que Heinrich Böll denominara el sacramento del cordero y el sacramento del búfalo, entre civilistas y militaristas respectivamente. Se resquebrajaba el hasta entonces sólido racionalismo positivista, nuevas aproximaciones científicas en diversos campos y un cuestionamiento filosófico que hurgaba en lo irracional y subconsciente, se encargaban de ello. La gente común, fatigada por el capitalismo utilitarista, buscaba espacios de promisorio mejoramiento en el socialismo. Pronto verificaría el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, sobrino del emperador de donde le habían adoptado su nombre occidental, Franz, motivo desencadenante de la I Guerra Mundial.

De modo que al inaugurarse el siglo, el joven Kafka ya tenía inoculados los elementos de su peculiar visión y modo de expresar el mundo que le tocó vivir.

Quince años después publicará un relato que, desde entonces y para siempre, resumiría ese peculiar mundo personal y contextual que lo encorsetó, La metamorfosis. Esta historia, muy vigente a pesar de cumplir ahora más de un siglo, en que Gregorio Samsa amanece un buen día convertido en un deplorable insecto, no es meramente un desborde de la imaginación. Es, como todo cuanto escribió, ante todo una aguda y sutilmente estructurada parábola de un modus vivendi. Resume mucho de la urdimbre humana que produce situaciones que empujan al hombre a la intolerancia, el desencuentro y el confinamiento.

Un invierno, en Praga, mientras desandaba por las callejuelas del barrio judío tuve una visión reveladora. La oscuridad que había sobrevenido tempranamente en la tarde, el filoso frío que prácticamente me trozaba nariz y orejas, la humedad suspendida sobre todo como un pájaro maligno, la estrechez de callejas, comercios, casas, el severo panorama hecho de piedras, la casi total ausencia de caminantes, los escasos seres que se cruzaban en mi camino ensimismados, presurosos e indiferentes, con una distanciada cautela hacia los foráneos, la gente amurallada en casas y cafés, todo se me juntó en una atmósfera inquietante. Entonces me dije, “Ahora es que entiendo a Kafka.” Si en estos años más dispuestos al intercambio y lo diferente me llegaba aquella sensación opresiva, ¿qué no sentiría aquella alma sensible y quebradiza en una era tan jerarquizada, excluyente y predispuesta a la confrontación?

Al leer los diarios de Kafka, una y otra vez tropezamos con apuntes que prefiguran la metáfora de Samsa. Su lectura es conminatoria no únicamente por su calidad literaria sino por todos los matices que aporta a la comprensión de la existencia del poeta (me niego a decir vida y obra pues una y otra son inseparables e incomprensibles una sin la otra, a la larga, lo que logramos hacer con nuestra vida es nuestra mejor obra). Son anotaciones viscerales y urgidas que comenzó a los veintisiete años, en 1910, y solo concluyó en 1923, cuando la voracidad de la muerte lo extenuaba. En esas devoluciones de su intimidad, sistemática y reiteradamente expone observaciones que dejan entrever un estado de irritación, de encerramiento, de incomunicación con su entorno.

Al principio de los Diarios, un apunte revela ciertos elementos generales de su comportamiento:

Al fin, tras cinco meses de mi vida en los que no pude escribir nada que me dejase satisfecho, y que ningún poder me compensará, aunque todos se sintiesen comprometidos a ello, me viene la ocurrencia una vez más de hablar conmigo mismo.

Observamos en primer lugar la angustia por el paso del tiempo sin réditos productivos. Es una preocupación muy común entre creadores conscientes. Kafka, una y otra vez, se cuestionará qué ha hecho con sus días sin dejar fruto salvable. En principio, no podía solamente escribir sino que debía dedicarse a otros asuntos para el sustento que lo dispersaban de sus intereses. En segundo lugar, debía cumplir compromisos sociales y familiares que le mermaban horas. En tercer lugar, no siempre su estado de ánimo era propicio. De modo que su tiempo era como agua arrojada a una jarra agujereada. Lo más impactante es esa convicción de que las horas así dilapidadas no tendrían expiación.

El tiempo es la potencialidad de la obra y su consumo sin frutos desespera. Sin embargo, un aspecto principal, no es ansiedad ante el simple hecho de escribir sino angustia de no producir textos que le dejasen satisfecho.  Aquí asoma la exigencia del genuino creador. No es la compulsión presuntuosa de juntar papeles para, por escala del número y la repetición del nombre, lograr un cintillo propagandístico. Se trataba de alcanzar un adensamiento intelectual, un punto de gravidez en su universo expresvio donde lo hecho justificara el irreversible tiempo invertido. En el caso de un creador de verdad lo que cuenta no es la cantidad de escritos sino la complejidad, coherencia y riqueza de mundo personal conformado.

Por último, como sucede en numerosas ocasiones, cuando una individualidad altamente singular en su inteligencia y sensibilidad busca el diálogo, no le es fácil hallar interlocutores. Muchos están acomodados en las convenciones y lugares comunes. Otros no alcanzan ni eso y no intentan ahondar en su percepción del mundo. Aún otros pueden hallarse ensimismados en sus propias indagaciones para prestar oídos a disquisiciones y opiniones distintas. Entonces el refugio es ese semejante especular y consecuente complementario que llevamos dentro. Se vuelve necesario tal distanciamiento para, no solo ver el mundo en perspectiva, sino para alcanzar a escuchar la voz auténticamente propia y singular que nos habla y, sobre todo, para mantener la lucidez y la fe en el ejercicio intelectual.

Estas preocupaciones por hacer un empleo fructífero del tiempo y por lograr una obra sustanciosa son parte de sus obsesiones recurrentes. Hay otras inquietudes que son concomitantes con estas. Así las exigencias de la familia y los amigos, las compulsiones del universo de relaciones donde se mueve, las demandas del enfermizo cuerpo que no lo ayuda. En la vida de Kafka todo parece ser apretujamiento, coerción, limitación. Esto se percibe desde la casita de la hermana en el Callejuela de los Artífices a un costado del regio Hradchany, adonde escapaba a escribir, hasta su sitio de reposo final, el viejo cementerio judío de Praga, donde unas lápidas casi se devoran a otras en el consumido espacio. Entonces es comprensible esta nota:

La verdad es que soy como de piedra, soy como mi propio mausoleo; no quedan ni un resquicio para la duda o para la fe, para el amor o para la repulsión, para el valor o para el miedo, en lo concreto o en lo general; vive únicamente una vaga esperanza, pero no mejor que las inscripciones de los mausoleos.

Esta comparación con lo pétreo, en su dura reconcentración, específicamente con la piedra que señala lo muerto, indica un sentimiento de vacío existencial aterrador. Se consideraba totalmente insensible para el intercambio con el mundo en ese instante, fajado en una coraza pétrea.

Su ánimo regularmente se siente enjaulado. Así más adelante escribe:

Yo, decaído como antes y como siempre. La sensación de estar atado, y al mismo tiempo, la otra, la de que, si me desatara, sería peor aún.

Esta indeterminación de su voluntad, ese sentimiento de que ni acción ni inacción lo ayudan, dan ese carácter asfixiante y final a todo cuanto escribe. Y aquí uno se pregunta si era un ser escaso de voluntad o si el contexto que le correspondió fue mellándola y desintegrándola. Cualquier respuesta debe ser cuidadosa, pues hay que ubicarse siempre en el ser y las circunstancias del otro.

En línea posterior señala:

Hace dos días y medio que, aunque no del todo, estoy solo y, si no me he transformado ya, voy por camino de hacerlo.

La soledad es otra sombra que rondará al poeta una y otra vez. Ya hemos visto que no hallaba interlocutor adecuado más que sí mismo. Su peculiar modo de resistirse a la ortodoxia judía, al protocolo familiar, a la necesaria incorporación a un trabajo nada interesante para sus motivaciones, su inclinación a la búsqueda de una expresión personal, no lo hacen simpático. Las personas más aceptadas socialmente son las que asumen un comportamiento de medianía, que complace al mayor número de semejantes. El ser singular cobra una alta probabilidad de aislamiento. Incluso en el amor, a pesar de haber conocido este afecto, de haber amado a tres mujeres distintas y fundamentales, por sus propias notas apreciamos que fueron aventuras convulsas y nunca desligadas de incomprensión y vicisitudes.

Además, en esta nota habla de la posibilidad de quedar “transformado”, sinónimo de “metamorfosis”. Se siente al borde de un cambio radical en su persona, uno que lo aislará definitivamente.

En otras anotaciones se verifica este elemento de crisalidación de su ser.

Hoy cuando iba a dejar la cama, me he doblado sobre mí mismo. La razón es muy sencilla: estoy totalmente agotado…

Recordemos que Gregorio Samsa descubre su nuevo estado larval al irse a levantar. Y más adelante escribe:

Durante unos instantes, me sentí como metido en una armadura.

“Armadura” es la descripción más cercana a la envoltura quitinosa que un buen día ciñe a Samsa. Una y otra vez leemos sobre ese sentimiento de hallarse encerrado en una estructura paralizante.

Un individuo de un pensamiento tan exigentemente singular difícilmente haya acomodo entre sus semejantes:

No rehúyo a la gente porque desee vivir tranquilo, sino porque quiero sucumbir tranquilo.

De manera que, lo que en principio fue soledad, gradualmente deriva hacia esquiva de aquellos que nada tienen de común o interesante para el autor. Sin embargo, este aislamiento voluntario el propio Kafka lo explica no como misantropía sino búsqueda de paz para dejar de sufrir.

Lenta pero crecientemente, el poeta percibe que el vacío de la enfermedad y la renuncia lo socavan:

Me siento otra vez frío y sin alma; no queda más que el amor senil por el reposo completo. Y como cualquier animal totalmente segregado de los seres humanos…

Esa paz, que él concibe “senil”, es el último refugio de los vencidos. Cuando se vislumbra ineluctable la derrota, no hay mayor dignidad ni mejor estrategia que la entrega serena. Es un ámbito más que una relación lo que busca el poeta, un estado donde congeniar sosegadamente con las negaciones del tiempo y el cuerpo.

Resulta asombroso cómo Kafka era explícito en su convicción de que se deslizaba irrevocablemente hacia su aniquilamiento. Y, lo más tremendo, resulta su conformidad sin temor de ello e, incluso, su decidida búsqueda de tal desenlace:

La destrucción sistemática de mí mismo a lo largo de los años es asombrosa.

Esta aceptación la llega a concebir como sustento de su escritura, como si lo moviera la sentencia de Motaigne que el sentido de la vida es prepararnos para la muerte:

Lo mejor que he escrito tiene su origen en esta capacidad de poder morir contento.

No resulta un azar entonces descubrir a lo largo de la obra del checo ese desplome en la pérdida y la anulación. Sus textos indefectiblemente tratan de alguien que aún antes de ser juzgado ya está condenado a muerte. Lo que se nos narra, su eje de interés, resulta entonces el difícil y angustioso camino hacia esa inmolación.

Inclusive, dentro de este sistema personal de rechazo y distanciamiento, es en la aceptación de su sino que encuentra alivio. Halla ahí lo que concibe como un estado de felicidad:

La felicidad consistió en que llegó el castigo y yo lo acepté de un modo tan libre, convencido y dichoso.

Al calificar su obra la denominamos absurda o alucinante. Y las situaciones o conflictos que se parecen a ella lo nombramos kafkiano. El propio Kafka solo creyó encontrar en el discurrir de su existencia elementos despojados de razón y tino:

Sólo lo insensato tuvo acceso en mí.

No obstante, ¿es esto solo el fruto de una mente frustrada e incomprendida? Miremos a nuestro entorno, dentro de la multitudinaria actividad del hombre cotidianamente, ¿cuántas de sus acciones podemos valorar de efectivamente sensatas? La sensatez es el máximo valor de uso de la conciencia pero, lamentablemente, es el menos acogido y prestigiado.

El artista que pulsaba en Kafka supo que nada podía hacer para revertir esta situación. Entonces aprovechó para explorar lo que en sus entrañas se oculta. La persona que sufre, y más, se entrega sin reproches a su sufrir, desarrolla cierta sensibilidad, cierta habilidad perceptiva para descubrir sutilezas de las confrontaciones del ser con su entorno y consigo mismo que el ensimismamiento en las realizaciones de la vida cotidiana no permite. Escribe:

El que no sabe qué hacer con su vida mientras vive necesita una de sus manos para desviar un poco la desesperación por su destino (…), pero con la otra mano puede tomar nota de lo que ve por debajo de las ruinas, porque ve cosas diferentes y en más abundancia que los otros; es, sin duda, un muerto en vida, y a la vez el único superviviente, lo cual no presupone que no necesite las dos manos, y más, si las tuviera, para luchar contra la desesperación.

Hay aquí un gesto de nobleza y de servicio, extraer experiencias de un destino nefasto, para legar un conocimiento que, de otro modo, resultaría inaccesible.

Al leer estas anotaciones podemos iluminar mejor el mundo de permanente metamorfosis que es la obra de Franz Kafka. Como un insecto creativo, una espléndida araña, fue segregando su obra de la propia experiencia consciente de su vida toda. Kafka aceptó su vida tal y como era. La vivió con lucidez y conciencia e hizo de su experiencia lo mejor que podía: una señal que nos informa y advierte. [Todas las citas están tomadas de Franz Kafka, Diarios 1910-1923, Tusquets Editores, Barcelona, 2000].

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MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) es profesor, poeta, traductor y editor. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Entre sus últimas publicaciones destacan Luz sobre la piedra (2011) y El día de La Cruz (2012).


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