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Nueva visita a Comala, la tierra de Pedro Páramo

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla] El cronotopo narrado por Rulfo es una radiografía del ser condenado a la inclemencia de su propia historia. A la falta de un horizonte esperanzador quedan los recuerdos de un tiempo que no se alcanza a recuperar.

Comala queda lejos. Allá donde se asienta el viento. Las almas en pena. Gira el recuerdo. La gente está signada por la soledad. Un pueblo del que había que salir. Y, un espacio-tiempo que queda como cosa vacía, donde se escuchan y repiten los ecos. Todos duermen en un pasado de odio y rencor. El cronotopo narrado por Rulfo es una radiografía del ser condenado a la inclemencia de su propia historia. A la falta de un horizonte esperanzador quedan los recuerdos de un tiempo que no se alcanza a recuperar.

Cuando Juan Preciado llega a Comala en busca de lo que, según su madre Dolorita, le corresponde, ya Comala era un recuerdo. Como son recuerdos querencias de Pedro Páramo sobre Susana San Juan. Ésta es tal vez la escena más significativa. El hombre duro se queda esperando que el mandadero le traiga la noticia de que su amada volverá. Pero ella se ha ido a otra parte. Entre el rencor, el recuerdo, las lamentaciones, lo humano existe sin un horizonte de espera. Sin un aliento que pueda cambiar un mundo de por sí clausurado al futuro. Es un cronotopo que precisa la luz que la utopía marca en el camino de los hombres.

Frente a la vida y la muerte, el hombre se posiciona antes de derrumbarse y caer por la pendiente de su propio tiempo. Ni las luchas civiles ni las ambiciones de los otros, ni la tierra en su sentido más social frente al egoísmo de la posesión pueden cambiar el destino de soledad al que están sujetos los hombres de la ciudad anti-utópica.

México como contexto que contiene a Comala es un país grande. Juan Rulfo une la soledad espacial a la soledad existencial. Por eso no hay una salida religiosa y ante la vida se prefiere la muerte. El tiempo es circular y toda la narración es una configuración de un tiempo pasado que gira en pequeños círculos en donde se encuentran y chocan las voces. En el horizonte se inscribe el viento que parece sostener la vastedad de la llanura. Y las gentes son sombras, espectros de un pasado que ya no volverá. Queda entonces un lamentar la caída que refuerza la visión absurda de la vida y la inutilidad de las acciones humanas.

“Esta noche volvieron a sucederse los sueños. ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?” (104), señala Susana en su monólogo. Ella habla como si pretendiera resumir la condena de esas almas, apuntando que era preferible la muerte al recuerdo. Esto tal vez porque la vida se ha vivido como condena, como un factum que no se logra evadir. Como ocurre en las obras del existencialismo cristiano, la lucha entre la fe y la desdicha termina con la negación de la divinidad: “¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él”, dice recordando a Florencio, “Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas” (105).

De este modo, Comala en la distancia es un poco de calor, fuerza de la posesión de Pedro Páramo quien tiene en su poder, además de la tierra, la ausencia de Dios. También la entrega por temor de las mujeres, el servilismo del licenciado Gerardo Trujillo que ha servido a toda la familia: a Lucas, a Pedro, a Miguel Páramo. Aquél que ha arreglado por nada todos los entuertos legales y no puede irse de Comala, por lo contrario tienen que cambiar sus deseos y retornar a sus asuntos y pedir la comprensión de don Pedro quien, en su absolutismo, llena todo y todo lo dispone a su manera. Sin embargo, se le resiste Damiana Cisneros. Y muestra su debilidad con el deseo nostálgico de Susana San Juan, a quien fervorosamente espera. La lluvia sobre Comala y una luna pálida, junto a la voz que expresa de forma lacónica las respuestas del arriero a Juan Preciado la configuran.

La novela es la crónica de un mundo sin utopía. Como novela de discurso existencial, los seres están muertos en vida y si viven prefieren morir; caminar acompañados a la otra vida, ante la soledad de Comala, la ausencia de valores y la falta de esperanza.

Don Pedro Páramo muere en un sueño de Abundio. Muere en el recuerdo de Susana como si ese fuera el único consuelo. Se quiebra su corazón cuando una mujer lo abandona. En el tiempo circular, el procedimiento de Rulfo, la forma de su diégesis es presentar el ser y su contrario. Todo lo que se hace se vuelve a deshacer. Las aspiraciones, pueden ser la muerte, la gloria, a veces, pero sobre todo el regreso. Las noches y su luna triste, el ladrido de los perros y un largo rencor. Quedan en el horizonte, la lluvia y el calor; la lluvia y la oscuridad; los fantasmas y las voces.

En el mundo maravilloso de Comala, la vida y la muerte están juntas. Ellas plantean la vida en la lejanía, en el abandono, en la ausencia de solidaridad. Arrojados a su propio destino, estos seres no tienen ni tuvieron otro horizonte que no fuera salir de Comala como se sale del infierno. El mismo Juan Preciado desanda los pasos de su madre, a cambio de encontrar su origen. ¿Podríamos pensar que la economía, la lucha por la tierra, la lucha política que remite al relato histórico de México, determine la vida de estos seres? Evidentemente no, es un cierto fatalismo, un sentido de destino que cierra todo horizonte de expectativa atenuado con la idea de salir de Comala. No todo el mundo es este pueblo. Hay un exterior, un alejarse. Pero tan solos están todos que hasta Pedro Páramo se queda en su propia soledad.

El actante mayor de esta obra es el tiempo. Él cambia todas las cosas y es en su pasado donde se encuentra un consuelo que puede abrir una vía hacia la esperanza. Abundio ha venido a matar a su padre. Damiana le reprende con el crucifijo. Es un demonio contra otro demonio. Es una confirmación de la tragedia. Como en el teatro griego el asesinato del progenitor. El fin de Pedro viene de uno de los sueños. Es el destino el que cierra la historia. Y la lucha social no llega. La salida salvadora por vía del concierto humano que es el que establece el bien y maneja el tiempo como realización, no acude a cambiar las cosas. El discurrir temporal está obligado a presentarse como una arbitrariedad, algo que sólo la fatalidad produce. No hay historicismo. Sólo el destino marca el rumbo. Sin embargo, Pedro Páramo muere y a la vez se salva. Sigue vivo en la diégesis hasta que su cuerpo se derrumba y nos deja un símil que nos vuelve a recordar lo que ha sido Comala: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras” (128).

Tierra de hombres, poder, religión, espectros del pasado, recuerdos, fuerza y abandono, lamentos y salida. El viento y la noche, el presente y el pasado, la luna y la soledad confluyen en una tenue aspiración humana: el encuentro con un pasado que tal vez pudo haber ido mejor.

Como novela que toca al existencialismo, Pedro Páramo se funda de forma hipertextual entre la tragedia griega, la construcción de un humanismo frente al tiempo, la ausencia de un horizonte de expectativa que condena a los seres. Permite refigurar la ausencia de un sentido utópico que podría mostrar una salida. Dialoga con la novela de la tierra y la novela de la Revolución mexicana y reniega, en parte, del realismo social porque mezcla lo existencial a una representación azarosa de las condiciones económicas en que desarrollan su vida los sujetos.

Al igual que la picaresca, esta novela no tiene nada de ejemplar en cuanto a que las acciones humanas no sirvan de paradigma para la vida. Ella es como diría G. Lukács, un mundo sin dioses. Un destino social abierto a lo absurdo que son las acciones del poder por dominar a los sujetos. De tal modo se puede decir que en Pedro Páramo (1955) existe un microcosmos que deja ver un afuera, porque Comala es un pueblo y no es todos los pueblos.

Condenados a la soledad y en las lejanías los seres que lo habitaron prefirieron la muerte a la vida. En la diégesis de Juan preciado se echa de ver que el poder se deshace en el tiempo. Y muestra, de forma significativa, las vanidades humanas. El poder es una tensión muy fuerte que sólo es atenuada por el amor, amor que Abundio no puede profesar y que Juan Preciado busca como la imagen perdida del padre. Imagen protectora o bienhechora. Pero enclavada en el mal proceder.

Y en este aspecto, la novela gana en su propia constitución; ella es el mundo tal y como es. No sirve de paradigma. Nos queda entonces el verdadero arte. La forma de Juan Rulfo narrar, de realizar la diégesis, la economía de palabras: el decir lo preciso. Artista de la concisión y de la forma, la estructura va en fuga. Una novela que atrapa por sus temas, pero, sobre todo, por su forma. Aunque el crítico o el novelista la admiran en demasía. Es difícil su lectura, porque en ella una nueva forma de narrar se instala en la literatura hispanoamericana. Por esta razón la releemos. No se deja agotar en una ni dos lecturas y esa es su verdad artística. Una estructura poco complaciente, poco empática al lector común. Como el arte que queda. Mientras permanecen las prácticas del poder que reducen a los seres a sobras, a nada; la posesión de la tierra y los sujetos poseídos por una razón humana, ciega, de dominio del otro, de abuso de su humildad y bondad. En fin, la obra es el relato de un mundo sin salida. La búsqueda de la identidad ansiada que sólo logra remedio de manera parcial en el amor.

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (2009), Las palabras sublevadas (2011) y Los letrados y la nación dominicana (2013), entre otros.


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