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Palabras sobre la palabra

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Sin las palabras que lo nombran no existiría el universo. Don de los dioses muy superior y más extraordinario que el fuego prometeico es el de la palabra. Somos a la vez creación suya y sus creadores.

Las varias narraciones del mito inicial que el Génesis propone coinciden en atribuirle a la palabra ―a la voz― poderes generativos.

En la primera el dios que no se puede nombrar, el motor primero del filósofo, dice que la luz sea, que sean las aguas, dice, y dice que, sobre ellas y la tierra, la que también surge de su voz, se forme el firmamento.

Es el acto verbal, el decir del dios, lo que hace que de las tinieblas del vacío se alce la luz, se forme la tierra, se expanda infinito el universo entero. Y como para confirmar la existencia de los elementos recién creados les da nombre en un acto verbal que los substantiva.

Sin las palabras que lo nombran no existiría el universo. Sin el idioma del todopoderoso no habría creación.

Poder inmenso el del verbo en boca del demiurgo.

En la segunda narración cuenta el mito que dios le dio a su primera creatura —el hombre, al que creó a su imagen y semejanza, es decir, se supone, con algo de divino— la compañía de los demás seres vivos y lo dejó que, así como lo hiciera él mismo al nombrar días antes la noche y el día, le diera a cada uno un nombre.

Y Adán los nombró con parecida autoridad creativa.

Y desde entonces no hemos dejado de nombrar el mundo y a nosotros mismos en un inagotable génesis que nos ha ido haciendo a lo largo de los milenios cada vez más completos y al mundo cada vez más una creación humana.

Don de los dioses muy superior y más extraordinario que el fuego prometeico es el de la palabra. Somos a la vez creación suya y sus creadores.

Como los magos de la superstición, pero sin trucos engañosos, hacemos aparecer prodigios de la nada y con ellos vamos completando el rompecabezas de la realidad, pieza a pieza, palabra a palabra.

Podría confundirse alguno creyendo que el arte de la palabra le pertenece al poeta. Lo cierto es que es una función esencialmente humana y exclusiva de nuestra especie y que no hay uno solo de nosotros que no haga uso de ella. Tal vez por eso se diga que todos somos en mayor o en menor grado poetas o, como significa en griego, creadores.

Función principalísima de la lengua es crear. Comunicar es una consecuencia natural del impulso creativo que en todos bulle como el agua hirviendo.

Cada cual crea a su manera y entre todos se inventa el mundo compuesto de palabras.

A los escritores les corresponde la tarea hermosa —no necesariamente superior a otras― de hacer de la palabra de múltiples usos material del arte y a la vez instrumento con el que forjar el objeto estético.

Cabe anotar que no toda palabra crea lo necesario y lo admirable, que no todo poema dice de veras ni toda ciencia o filosofía es sincera. Como todo bien, el verbo puede volverse un mal en la mentira: tenemos los humanos la tendencia irreprimible de volver dañino lo que se concibió como bueno. No es que en las manos del hombre las armas se transformen en arados ―como algunos sueñan―, sino todo lo contrario: las herramientas de trabajo sirven tarde o temprano al instinto ancestral de la violencia.

Lo mismo con el idioma. En boca de farsantes y mitómanos, de mentirosos y embaucadores —muchos de ellos lamentables escritores— el poder de la palabra resulta pavoroso. Préstesele oído al guirigay de los dogmas, la propaganda y las vanidades de un arte hueco para entender que el mundo que la humanidad se ha creado a lo largo de siglos de palabrería hipócrita no es para nada perfecto porque imperfectos somos los vanidosos semidioses dotados de palabra.

No por nada hay quienes optan por el silencio.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015).


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